lunes, 6 de julio de 2026

EL SEGUNDO ASTRONAUTA

Csaba Béla Varga

 

¿Crees que el cosmonauta soviético Yuri Gagarin fue el primer astronauta de la humanidad? ¡Ojalá tuvieras razón!

 

Hum, el segundo astronauta de la humanidad, estaba de pie junto al mar contemplando las barcas que navegaban hacia el lugar donde nacía el sol. Él también era pescador, como casi todos los habitantes de la aldea situada al pie de las cumbres nevadas cubiertas de pinos.

En aquella época todavía brillaban dos lunas en el cielo. Corría el vigésimo milenio antes de Cristo, si alguno de nosotros hubiera sabido escribir.

Hum era alto, de anchos hombros, espalda recta, ojos oscuros y nariz aguileña. Para evitar malentendidos, conviene aclarar que ya era un auténtico Homo sapiens. Durante los siglos anteriores, la confederación tribal que, tras la gran separación y la larga migración, acabaría siendo antepasada tanto de los sioux americanos como de los celtas europeos, había exterminado sin piedad a las demás especies humanas de las Siete Islas. En aquellos tiempos avanzaban con paso firme hacia la dominación mutua y el descubrimiento de la esclavitud, aunque para esto último todavía tendrían que modificar un poco el menú de los banquetes de la victoria.

La bahía en cuya orilla se encontraba Hum se convertiría, veinte años después, en el puerto principal de Angra Manju, o, como hoy la conocéis, Atlántida.

Las barcas desaparecieron detrás de la gigantesca roca que recordaba la silueta de un hombre erguido, y Hum se volvió. Apretó con fuerza el hacha de obsidiana viva, afilada como una navaja, que la noche anterior había intercambiado con Vivanhan por nueve pieles de tiburón, y echó a correr con paso ligero y seguro. Su camino ascendía hacia los acantilados costeros. Ambos habían asumido un enorme riesgo, pues los dioses, apenas llegaron, prohibieron portar armas. A cualquiera que encontraran con obsidiana o con hueso pulido le esperaba la muerte.

Alcanzó la aldea, escondida bajo la sombra de los árboles siempre verdes, pero no redujo la velocidad. Los hombres estaban en el mar o cultivaban los campos bajo un calor ya sofocante. Solo Ferkah, el antiguo jefe guerrero, gravemente quemado, no había salido con ellos. Al oír el ritmo de las pisadas levantó la cabeza con esfuerzo y volvió el rostro hacia Hum. Alzó su puño ennegrecido por las quemaduras para desearle buena fortuna en la batalla.

Las mujeres, luciendo sus nuevas faldas de vivos colores y exhibiendo las joyas hechas con un metal brillante desconocido hasta hacía poco, observaron su carrera en silencio y con gesto sombrío. Los ancianos, que todavía recordaban los tiempos en que la Madre Luna aún no había arrebatado el poder a las jefas del clan, lo siguieron con la misma hostilidad que los jóvenes, las muchachas y las mujeres recién casadas.

Hum no pudo dejar de advertir que las mujeres casadas llevaban el cabello peinado exactamente igual que las solteras. Poco tiempo atrás aquello habría sido inconcebible. Poco tiempo atrás, cuando Hum, el joven héroe destinado a convertirse en jefe de guerra, era el favorito de todas.

Antes de la llegada de los dioses.

Zare, la hermana de Kháli, lo esperaba junto al primer pino, bloqueando el estrecho sendero donde tantas veces Hum se había encontrado con su amada.

—No deberías ir tras ella —dijo con voz fría y con aquella expresión inescrutable e inquietante que había hecho que, durante la Fiesta de la Primavera, Hum eligiera a la hermana mayor en lugar de a Zare.

¿Solo habían pasado cuatro años? ¿O aquello pertenecía a otra era del mundo?

—Apártate de mi camino —gruñó él, mirando por encima de su cabeza.

—Si sigues adelante, vas hacia la muerte.

—Tú debes saberlo. Eres la más sumisa de las servidoras de los dioses.

—Yo sirvo al Conejo de la Luna, a la Gran Madre, a la vida fecunda, al único dios. De los nuevos dioses solo aprendo. Nadie los conoce mejor que yo. —Lo miró fijamente a los ojos—. Y sé que morirás si intentas recuperar a Kháli.

—Kháli es mi prometida. No permitiré que nadie me la arrebate. La amo y ella también me ama. Estoy seguro de que el señor Taszter se la llevó por la fuerza.

—Si la amas, querrás que sea feliz. ¿No es así?

—Claro. Quiero hacerla feliz.

—¿Y qué puedes ofrecerle tú, pescador? ¿Guerrero? ¿Hijo de los hombres?

—Será mi esposa. Seremos felices. Tendremos hijos. Le construiré una casa hermosa. Nunca le faltará nada.

—¿Y en esa hermosa casa pasará el día pendiente de todos tus deseos? ¿Lavará tu ropa? ¿Morirá dando a luz, como tantas otras? ¿Envejecerá sin haber hecho otra cosa que repetir la vida de su madre y de su abuela? ¿Esperará el día en que le traigan la noticia de tu muerte durante una cacería de ballenas o en una batalla? ¿Se quedará ciega encorvada sobre el huso?

—No. Mi esposa no tendrá que trabajar. Ya no vivimos en el viejo mundo. Volveremos a vencer a las tribus malvadas. Tendremos esclavos.

—Los dioses no permitirán que hagáis la guerra. ¿Ya olvidaste lo que ocurrió con los guerreros de Ferkah? ¡Ardieron!

—Aun así quiero salvarla.

—¿Salvarla de qué? ¿De la felicidad? ¿Dónde podría ser más feliz que en la casa de los dioses? Allí comerá su comida, beberá sus bebidas y cantará sus canciones.

Hum levantó la vista hacia el cielo, atónito. La roja hoz de la Luna Menor aún era perfectamente visible, y el pescador sabía que, en algún lugar allá arriba, flotaba el palacio de los dioses. ¡Ni siquiera las águilas podían llegar tan alto!

—¿La llevarán al hogar de los dioses? ¿A los cielos? ¿El dios señor Taszter se la llevará con él?

—Sí. —Zare no pudo ocultar su decepción—. La eligieron a ella, aunque yo aprendí sus enseñanzas con mucho más empeño. Los dioses también la prefieren a ella. Será la primera que ascienda a los cielos.

—¿A los cielos? ¿Hasta los cielos?

Hum sabía que solo podría llegar allí cuando su cuerpo hubiera muerto y su alma emprendiera el camino hacia el reino del Conejo de la Luna.

Lanzó un rugido y apartó a la muchacha de un brusco empujón antes de echar a correr tan rápido como pudo. Zare gritó al chocar contra el áspero tronco oscuro del árbol, aunque no cayó al suelo. Contempló cómo el hombre se alejaba y ni siquiera ella estaba segura de si la lágrima que resbaló por su mejilla era fruto del dolor.

—Vas hacia la muerte, insensato —susurró.

Al caer la tarde, Hum llegó al Bosque de los Rostros de Piedra. En otro tiempo él mismo había ayudado a colocar el grueso disco de piedra roja sobre la cabeza de la estatua más reciente para impedir que el alma del gran jefe regresara entre los vivos. El corazón le golpeaba el pecho cuando alcanzó el extremo de las largas hileras de gigantescas cabezas erigidas en la empinada ladera. Se detuvo junto a la primera de ellas, levantada sin duda por un pueblo de frente huidiza y mandíbulas anchas en honor de su caudillo, y, ocultándose tras la piedra cubierta de musgo, entrecerró los ojos para observar el inmenso disco plateado, de casi mil pasos de diámetro, que dominaba la meseta.

Los monstruos avanzaban hacia las aberturas del disco como si fueran hormigas. Ya no les tenía miedo. Sabía que eran estúpidas criaturas de metal que solo hacían lo que los dioses les ordenaban. Y ni siquiera demasiado bien. Probablemente aquel día ya habían terminado de cosechar piedra.

Hum no vaciló. Corrió hacia ellos y se dejó caer dentro del cesto del último monstruo. Los fragmentos de roca triturada le desgarraron el vientre y los muslos hasta hacerlos sangrar, pero no prestó atención al dolor. Permaneció inmóvil hasta que el vientre del disco los engulló.

Los relatos de las muchachas y, más recientemente, de las mujeres casadas que habían entrado en el disco le permitieron encontrar sin dificultad el sendero por donde los dioses acostumbraban caminar. Hum se acuclilló sobre el suelo liso y blanco como la nieve y comenzó a olfatear. Percibió, muy débilmente, el olor de Kháli. De pronto, la tierra tembló bajo sus pies, de un modo semejante a cuando Angra Manju sacudía las montañas y las islas. Pero la sensación que siguió era distinta de cualquier cosa que Hum hubiera experimentado jamás en su vida como Homo sapiens. Era como si su cuerpo se hubiera convertido en roca. Al mismo tiempo sintió que caía, mientras una fuerza implacable lo aplastaba contra la lisa losa blanca. La sangre comenzó a brotar de su nariz y de sus oídos.

Con enorme esfuerzo logró darse la vuelta y quedar boca arriba. No percibía el paso del tiempo; ignoraba cuánto había durado aquel tormento. Se pasó un dedo bajo la nariz y contempló con estupor la sangre que la manchaba.

Entonces, de pronto, lo comprendió todo.

—Ya debemos de estar en los cielos —pensó.

Y si era así, entonces estaba muerto. Con la mano ensangrentada se frotó la frente hasta teñirla de rojo, tal como era costumbre despedir a los muertos. Así su alma tampoco regresaría para atormentar a los vivos.

El disco dio un sacudón y Hum comenzó a flotar. Si hasta entonces había albergado alguna duda, ya no le quedaba ninguna: había muerto. Solo los muertos podían volar. Sin embargo, antes de que su alma pidiera entrar en la morada de la Madre Luna, aún debía cumplir aquello para lo que había venido.

Apenas formuló ese pensamiento, recuperó el peso y su cuerpo descendió nuevamente hasta el suelo. Se puso de pie. De algún modo se sentía más liviano que en su tierra. En la pared blanca descubrió una ventana circular cubierta por una materia transparente. Y allí fuera, increíblemente cerca, brillando con una intensidad que jamás había visto, ni siquiera cuando había escalado la montaña más alta para demostrar su valor, contempló la Luna.

Comprendió al instante que era una señal.

La Madre Luna le había devuelto el cuerpo durante el tiempo suficiente para cumplir su misión.

Hum dejó de temer por completo a los nuevos dioses. La Madre Luna estaba con él.

Como el cazador nato que era, avanzó sin hacer el menor ruido, guiado únicamente por sus instintos.

—Hay un solo dios —susurró—. La Madre Luna, y nadie más—. ¡Hay un solo dios! —gritó cuando el hacha de obsidiana cayó sobre el cráneo del sorprendido dios—. ¡Hay un solo dios! —jadeó cuando hubo acabado también con el séptimo.

Las paredes comenzaron a lanzar gritos, mientras gemas rojas destellaban allí por donde pasaba. Hum jamás había sido tan feliz. Nunca habría imaginado que estar muerto pudiera resultar tan maravilloso.

Entonces algo comenzó a gritar dentro de su mente. Algo quería advertirle que existía una señal, que nada marchaba como debía, que algo terrible estaba ocurriendo. Miró los dos cadáveres tendidos frente a él. De repente advirtió, con una claridad insoportable, que las ropas de aquellos dos dioses estaban empapadas de sangre roja. Roja. ¡La sangre de los dioses no era roja!

Percibió el olor de la carne quemada al mismo tiempo que el delicado perfume de Kháli. Entró por la puerta por la que había escapado corriendo su última víctima. Lo que vio lo obligó a lanzar un alarido. Deseó haber muerto de verdad unos instantes antes.

Kháli yacía extendida sobre una amplia mesa cubierta de sangre. Su hermoso cabello negro como la noche había sido arrancado junto con el cuero cabelludo. Brazos y piernas estaban sujetos a la mesa mediante relucientes abrazaderas. Desde la entrepierna hasta el pecho le habían abierto el cuerpo, y en su interior penetraban tentáculos semejantes a medusas, por cuyo interior circulaba un fluido palpitante. Otro tentáculo sostenía el corazón todavía latiendo de la muchacha dentro de un recipiente lleno de un líquido transparente.

Hum se lanzó junto a la mesa. Aulló de dolor. Aunque todavía percibía el aliento de Kháli, aunque aún veía la luz en sus ojos, se pasó los dedos por sus propias heridas y con su sangre le untó la frente. Allá arriba, el cuerpo tardaba mucho en aceptar que su dueño ya estaba muerto.

El dios señor Taszter lo esperaba en el salón más grande.

El gigante de piel metálica contempló en silencio al hombre que acababa de entrar. En su rostro dorado, semejante al de un ángel, no se reflejaba emoción alguna. Solo los cuatro animales tendidos delante de su trono comenzaron a gruñir con ferocidad. Ellos ya habían aprendido a disfrutar del sabor de la carne humana.

Hum no sintió miedo. Sabía que nadie llegaría tan deprisa como él junto a la Madre Luna. Kháli seguramente ya habría llegado y pronunciaría una buena palabra en su favor para facilitarle la entrada en el reino de la felicidad.

El dios hizo un gesto. Los animales se lanzaron enloquecidos sobre Hum. Antes de que el león pudiera hincarle los dientes en el hombro, antes de que la serpiente lograra morderlo, Hum hizo girar el hacha de piedra.

Los dioses debieron de ser grandes guerreros, temibles señores en el mundo del que procedían. Sin duda habían concebido estrategias crueles y tácticas ingeniosas para derrotar a sus enemigos. Tal vez habían mandado ejércitos conquistadores de estrellas. Seguramente estaban por encima de todos los demás y despreciaban incluso a quienes apenas eran un poco inferiores a ellos en inteligencia o fuerza. Eran más poderosos que el oso y más sabios que la serpiente.

Pero, si alguna vez habían conocido el uso del hacha, hacía mucho que lo habían olvidado. Sus ojos mágicos podían detectar el metal desde muy lejos. Sus redes tejidas con fuego eran capaces incluso de impedir el paso de la luz del sol. Sin embargo, aquel hacha había sido fabricada con madera y piedra por las manos seguras de un artesano. El movimiento, practicado miles de veces, la lanzó describiendo un arco perfecto. Voló más deprisa que en el mundo de abajo. No le dio tiempo al gran señor. El negro hueso de la Tierra alcanzó su objetivo. El metal crujió.

La divina sangre verdosa y la divina médula amarillenta salpicaron la túnica plateada, borrando y embarrando la huella de la sangre de la muchacha humana, que empezaba lentamente a secarse.

La Luna brillaba en las ventanas circulares cuando el cuerpo del segundo astronauta terrestre cayó sobre el blanco suelo y los monstruosos híbridos de mundos extraños hundieron sus dientes en su carne.

Su cuerpo no sufrió durante mucho tiempo. Y su alma atravesó rápidamente la puerta del Conejo de la Luna. La lanzadera, ya sin tripulación, se aproximó siguiendo una trayectoria irregular a la base de los extraterrestres instalada sobre la luna menor de la Tierra. Como no respondió a las llamadas, la base activó de inmediato su sistema de defensa.

Abajo, junto al árbol que crecía al borde del sendero, Zare pudo contemplar con toda claridad el destello que iluminó el cielo nocturno.


Csaba Béla Varga es un escritor húngaro nacido en 1966. Ha publicado ocho novelas y tres libros de no ficción. Vivió cinco años en la India. Publicó su primer relato de ciencia ficción en 1994 en la revista de ciencia ficción húngara Galaktika. En 2022, su relato “Ördögnyelv” recibió el Premio Monolit. Además de relatos de ciencia ficción, ha escrito novelas fantásticas e históricas, así como numerosos artículos para revistas sobre historia militar y Oriente.

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