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martes, 5 de mayo de 2026

LA TIERRA PROMETIDA

Krunoslav Mikulan 

Juraj seguía a un hombre y a una mujer mientras subían por las escaleras cubiertas de basura. Apretaba con fuerza la empuñadura fría de la pistola y esquivaba con cautela a las personas que yacían en el suelo. Ya estaba oscuro, y últimamente la vista se le había debilitado de manera notable. No había iluminación. No había nada en aquellos días.

La pareja dobló en la esquina. Juraj apuró el paso para no perderlos de vista. Un pasaje estrecho, basura desparramada, cajas, tablas, ladrillos… Excelente. La mujer había estado hablando de algo todo el camino, luego llorando, luego lamentándose. Él no la entendía. Mejor así. Más fácil.

Alcanzaba a distinguir varias siluetas en el pasaje. No eran importantes. Ahogadas en su propia desesperación. Esperando para siempre. Ni siquiera las miró. No eran importantes.

¡Ahora! Una carrera corta, la pistola en la mano, un golpe en la cabeza de la mujer. ¡Callate de una vez! Ella se desplomó como un saco. Mejor así; podría haber gritado. El hombre se sorprendió, se confundió, levantó las manos. Juraj lo agarró del cuello y le apoyó la pistola en la sien.

—¡Dame el oro! ¡Give gold! —siseó Juraj en croata y en un mal inglés.

Los ojos del hombre se abrieron de par en par. Debían de estar llenos de miedo. Menos mal que había penumbra. Negó con la cabeza. Tal vez no entendía, tal vez fingía. Juraj lo golpeó con la pistola. A la mierda, no tenía tiempo, debía darse prisa. El hombre cayó al suelo y soltó un gemido. No le había pegado con suficiente fuerza. Otro golpe, y después otro. ¡Callate! ¡Callate, ¿me oyes?! Juraj jadeaba mientras el corazón le latía tan fuerte que sentía dolor en el pecho. Quizás también se acercaba su propio final. Tenía que apurarse. Registró rápidamente el cuerpo. Tanteó hasta encontrar la billetera del hombre, la sacó, la abrió y volcó el contenido en su palma. El oro brilló a la luz de la luna.

 

Juraj apartó el pedazo de tela de la entrada de la tienda. Blaž y Margareta ya dormían en sus sacos. Barbara lo esperaba. Como siempre. Menos mal que estaba oscuro. Tampoco quería verle los ojos.

La luna, sin embargo, iluminó por un momento la sangre que empapaba la manga de su brazo derecho. Barbara le tomó la mano para revisarla.

—¿Es tuya? —susurró.

—No —respondió él con voz ronca, y volvió la cabeza.

Vergüenza. Culpa. A la mierda.

Barbara empezó a respirar rápido.

—¿Alguien te vio?

—No —repitió Juraj.

Sacó las monedas y se las metió en la mano a Barbara.

—Cuenta.

Barbara las contó deprisa.

—Alcanza.

—¿Estás segura?

Barbara asintió. Se sentó en el suelo y se puso a llorar. Juraj se sentó a su lado y la abrazó. Empezó a temblar. El shock. A la mierda. Blaž y Margareta soñaban el sueño de los inocentes. Mejor así.

 

El sol abrasaba, y miles de personas se apiñaban frente a la cerca que rodeaba el pequeño puerto. Alboroto, lamentos, llanto. Sonó un disparo. Alguien había querido saltar la cerca. Sin piedad. Juraj y su familia no se unieron a aquel mar de desesperación. Su objetivo estaba un poco más lejos. Un gran edificio rosado con inscripciones griegas ilegibles. Juraj no era bueno para los idiomas. Era ingeniero, no lingüista.

El edificio también estaba cercado, con alambre de púas, y al menos veinte guardias bien armados lo rodeaban. Delante había bastante menos gente. En pequeños grupos, probablemente familias, los guardias los dejaban pasar despacio. A veces echaban a algún grupo entre gritos y llantos. A veces los golpeaban. A veces se oía un disparo. Había muchos disparos en el pueblo. Así habían echado a su familia una semana antes. Pero Juraj no se había entregado a la desesperación.

Los guardias hablaban griego y un mal inglés. Incluso peor que el suyo. No importaba. Hoy hablaba el oro. La familia se puso en fila. Juraj le mostró el oro al guardia. ¡Pasen! En el edificio estaba sentado un hombre gordo. Hacía un calor insoportable. Por supuesto, no había aire acondicionado, ni siquiera un ventilador común. Juraj puso el oro frente al hombre. No hacía falta decir nada. Ochenta ducados, o su equivalente en oro de menor calidad. Por una familia de cuatro. El hombre contó las monedas de oro, asintió y señaló la puerta en el extremo opuesto de la habitación.

 

La barca estaba llena de gente. Juraj no era marinero, pero sabía que el viaje sería peligroso. Había varios idiomas: griego, albanés, ucraniano, macedonio, rumano, serbio… Y croata, por supuesto. Juraj no le dirigía la palabra a nadie. No hacía falta encariñarse con nadie. Sacó una pequeña radio y la encendió. La encendía cinco minutos por día. Ya no había más baterías. Mientras duraran, durarían. La emisora estaba en inglés. No entendía todo. Barbara había estudiado inglés en la escuela; ella entendería mejor.

A pesar del estado de emergencia, hay cada vez más desorden. Viena, Budapest, Zagreb y Belgrado están en llamas. Se estima que hay diez millones de refugiados en Grecia, y que llegarán otros tantos durante la próxima semana. Bucarest fue completamente abandonada porque el nivel de radiación alcanzó valores letales. La nube radiactiva llegó a Italia, donde… ¡clic!

La gente a su alrededor empezó a gritar. Querían que volviera a encender el radio. Las baterías se habían agotado. No tendría que haber sacado el radio, pero las noticias en inglés se transmitían todos los días al mediodía. ¿Qué esperaba? ¿Buenas noticias? Idiota.

 

La tormenta los sorprendió en el mar. No sabía dónde estaban, ni si estaban cerca de su destino. No había salvavidas. ¡Un grito! Alguien cayó al mar. Nadie reaccionó. No había ayuda. La barca se alzó, se inclinó, y unas cuantas personas más cayeron al agua. Juraj abrazó a Barbara, Blaž y Margareta. Se aferraron con fuerza. Juraj no era religioso. ¿Para qué? De todos modos, Dios no los miraba…

Una ola enorme barrió la barca. El mar rugía, furioso con la gente. La mano de Barbara se soltó de la de Juraj. Olas, espuma, tragos de agua de mar, tos.

—¡Barbara! ¡Blaž! ¡Margareta!

¡Allí! ¡Allí! Blaž y Margareta estaban juntos.

—¡Barbara! ¡Barbara!

El mar no respondía. Los castigaba. Sin importar la nación. Sin importar el idioma. Ni Dios.

 

Juraj se arrastraba por la orilla arenosa. Solo un poco más. Blaž y Margareta estaban con él. Incluso habían llegado a la orilla antes que él.

—Barbara… —lloró en voz baja.

El mar respondió con un rugido y con el chapoteo de las olas.

Soldados con uniformes parduzcos reunían a quienes habían conseguido llegar a la orilla por sus propios medios. No se preocupaban por los demás. Un soldado se acercó a Juraj.

—¿Egypt? —preguntó Juraj.

—¡Misr! —respondió el soldado. Juraj no entendió. ¡Malditos idiomas extranjeros!

Unos cuantos camiones estaban estacionados un poco más allá. Militares, pintados con los colores del desierto. Los soldados separaban a los hombres de las mujeres, incluso a los niños. Uno agarró a Margareta de la mano.

—¡No! —gritó Juraj, y buscó la pistola. No estaba. La había perdido luchando contra la naturaleza—. ¡No! —volvió a gritar, y se lanzó contra el soldado.

Un culatazo en la cabeza. Otro golpe. Oscuridad.

 

—¿Name? —preguntó el soldado, con aburrimiento en la voz.

—Margareta. Name Margareta. Mi hija. Daughter.

—¿Age?

—Ah, a la mierda. ¡Blaž!

—Twelve —dijo Blaž, ayudándolo.

El soldado escribía algo, de derecha a izquierda, en escritura árabe. Maldita sea. Años antes, cuando le habían ofrecido ir a trabajar a una obra en Egipto, él se había negado. En casa se está mejor, había dicho. Podría haber aprendido algo de árabe. Ahora no estarían tan metidos en la mierda.

We look. We find —dijo por fin el soldado—. Next!

—Eso dijiste la última vez —murmuró Juraj.

De hecho, era la cuarta vez. Nada. Desaparecida. Si alguien la había vendido por dos camellos, los mataría. A todos.

—¿Creés que van a encontrar a Megi? —preguntó Blaž.

—Sí. Sí.

—¿Y a mamá?

El puño helado de la muerte alrededor del corazón. Un sollozo ahogado.

—Hijo…

No pudo terminar. El mar es despiadado, había dicho Anđelo, su compañero de trabajo. Lo que se lleva no lo devuelve. Entonces se había reído. En una vida pasada.

—Prometiste que siempre estaríamos juntos…

—Perdón…

Extendió la mano hacia Blaž. El chico se soltó y empezó a pegarle con las manos. Lo mordió en el hombro.

—Perdón.

 

Cena. Una especie de papilla sin sabor. Después de freírse al sol, todos comían con avidez.

Había algún tipo de disturbio junto a la cerca. Pasaba Đorđe, un montenegrino.

—Eh, Juraj, están buscando ingenieros para trabajar. ¿No eras una especie de ingeniero civil?

Juraj agarró rápidamente a Blaž de la mano y lo arrastró hacia la cerca. Se pusieron en la fila. Soldados que otra vez se morían de aburrimiento.

—Soy ingeniero, ¿entiendes? ¡Blaž! ¿Cómo se dice eso?

Engineer.

—Eso. I engineer, me.

What about him? —preguntó el soldado.

—Es mi ayudante, mi aprendiz. ¿Cómo se dice aprendiz?

—Creo que apprentice.

—Eso. He apprentice. My. Of me.

Otro soldado le mostró un dibujo.

What is this?

Juraj entendió: estaban comprobando si de verdad era ingeniero. Intentó explicarlo en su mal inglés. Blaž a veces intervenía para ayudar.

El primer soldado les hizo una seña para que se pusieran junto al camión. Allí ya había diez personas. Conocía a algunas. Sahib era de Tuzla, también estaba Georgi, de Bulgaria. A veces hablaba un poco con ellos. No formaba amistades.

—¿Oíste? —le dijo Sahib—. Todo se fue al carajo.

—¿De qué hablas?

—Allá en casa, todo está contaminado. Menos mal que nos escapamos. Ahora también están huyendo los italianos. El grupo que llegó ayer, todos italianos. Ahora van a seguir los franceses, los alemanes…

—¿Y Zagreb? ¿Split?

—Todo se acabó… Las lluvias radiactivas obligaron a todos a huir. El que se quedó ya está muerto. Mi Tuzla ya no existe…

Okay, let’s go! —gritó un soldado.

Los hombres, unos veinte, subieron al camión. Se dirigieron hacia el sur. El viaje duró toda la noche. Blaž se quedó dormido. Siempre se dormía con facilidad. Mejor así.

Por la mañana tomaron un amplio desvío alrededor de una gran ciudad. Maquinaria de construcción por todas partes. Polvo. El sol ya ardía.

—Nuevo Cairo —dijo Sahib.

Estaba bien informado. Más que Juraj. Conocía el Corán, también sabía unas cuantas palabras de árabe, así que a veces hacía de intérprete en el campamento. Era extraño que no le hubieran dado un trabajo mejor hasta entonces.

—La nueva capital. Allí podría haber trabajo.

El camión no se detuvo, sino que siguió durante otra hora. Pasaron una especie de barrera. Por fin. Los soldados les gritaron que bajaran. Juraj despertó a Blaž y saltaron.

Frente a ellos: una pirámide. Nueva. Inacabada.

—¿Qué mierda es esto? —se le escapó a Juraj.

You work here! —gritó el soldado—. Come!

 

—Margareta. Mar-ga-re-ta.

El soldado estaba anotando el nombre. Este era joven. No se moría de aburrimiento. Junto a él había un voluntario de la Media Luna Roja. Explicaba algo, pero su inglés también era malo.

We find. She alive, we find.

And my wife. Barbara. Bar-ba-ra. Barbara. She in sea. Ocean. Ah, no, a la mierda, no el océano, sino el mar. Sea, ¿entiendss?

Yes. We find —dijo el voluntario, y le entregó una bolsa con comida, jabón y una botella de agua.

Juraj se dirigió hacia las tiendas. Su turno empezaba pronto. Ahí estaba Sahib otra vez. Le había suplicado a la Media Luna Roja que le dieran una radio. De todos modos, internet no funcionaba. Salvo alguna versión local, lenta, en árabe. Había encontrado algunas noticias en inglés. Tal vez las mismas que Juraj solía escuchar.

Más de treinta millones de personas abandonaron Turquía y entraron en Siria e Irak. Entre ellas hay unidades militares completas, armadas y equipadas. Estallaron nuevos conflictos con la población local porque los refugiados no tienen comida ni agua. Israel cerró sus fronteras y prohibió la entrada y la salida del país. En la frontera entre Egipto e Israel hubo un intercambio de fuego de artillería en el que murieron al menos veinte civiles.

—¿Algo sobre nosotros?

—¡Nada! No queda nadie allá en casa.

—Sahib, ¿estás casado?

—No. Y mejor que no.

Sonó el gong. Mediodía. Todos los refugiados debían reunirse en la “plaza” frente a la tienda y presentar sus respetos al presidente Ahmed. Que se fuera al carajo. Sahib decía que se había vuelto loco, que quería proclamarse faraón. Por eso estaba construyendo aquella pirámide. Para la eternidad. Un lunático. Creía que iba a restaurar el antiguo Imperio egipcio. Sahib decía que iría a la guerra contra Israel. Si se declaraba faraón, sucesor del dios Sol, entonces ¿qué pasaba con Alá? ¿Cómo se lo explicaría a su gente?

Guardias, obreros, voluntarios, todos estaban de rodillas, mirando hacia la capital. Llegaron una especie de político y un sacerdote para dar un discurso. Juraj no los entendía.

 

—¡Margareta! ¿Eres tú?

La niña corrió a los brazos de su padre. Lágrimas. Abrazos. Risas. Llegó Blaž. Todo otra vez. Estaba bien. Estaba bien. Solo faltaba encontrar a Barbara.

—¡Estás más delgada, Megi!

—¡Tú también estás más flaco!

—Mala comida…

—Bueno, ¡no hay cerdo!

Risas. Abrazos. Charlas. Lágrimas. Recuerdos.

—¿Dónde está mamá?

Silencio. Lágrimas.

 

Juraj y Blaž estaban en la cima de la pirámide. Tres meses más, como mucho, y estaría terminada, probablemente. Después habría otros seis meses de trabajo alrededor del lugar. Y tal vez construirían otra pirámide. El presidente se había casado hacía poco. Quizás necesitaran una pequeña pirámide para Sara, la primera dama. ¿O una sola para los dos? A la mierda, ¿cómo iba a saber él esas cosas?… Pero quizá habría trabajo. Quizás Megi, Blaž y él encontrarían la felicidad. ¿Acaso no la merecían?

Los soldados empezaron a gritar. Se disparaban tiros al aire. El sargento Jusef, que estaba con ellos en la cima de la pirámide, encendió la radio. Estaba en árabe, a la mierda. Una voz exaltada decía algo.

Margareta subía con dos baldes de agua. Los dejó junto a las escaleras, con miedo en los ojos. Juraj le hizo señas para que se acercara.

—¡Jusef! —gritó Juraj—. What happened?

Egypt attack Israel. We kill them all. All!

Entonces sacó la pistola y empezó a disparar al aire.

All attack. Turkey, Syria, Jordan, Palestine, all attack. They dead!

Metió un cargador nuevo y volvió a disparar todas las balas al aire.

¡Que todo se fuera al carajo! Habían huido de una guerra y se habían metido en otra.

Después de unos minutos, el ruido cesó. El sargento bajó por las escaleras, probablemente para ver qué estaba pasando exactamente. Blaž aprovechó la pausa y se acurrucó contra un bloque de piedra. Dormido. Bendito sea. Todos los obreros se sentaron, y Megi les sirvió agua.

Llegaron sirenas desde la dirección de la ciudad. Juraj se puso de pie y miró hacia abajo. Los soldados entraban en pánico. Algunos corrían, otros huyeron hacia el interior de la pirámide. Pánico. Maldita sea.

Un sonido sordo. Retumbo, zumbido. Juraj miró hacia el nordeste. En el cielo se veían varias estelas de motores de cohetes. Venían precipitándose hacia ellos.

—Papá, tengo miedo —dijo Margareta.

Juraj atrajo a Margareta hacia sus brazos. Se sentaron juntos junto a Blaž, que seguía durmiendo.

—No mires, Megi. No. Descansemos un momento. Estamos cansados. No despiertes a Blaž. Dejalo dormir. Se lo merece.

Juraj escupió la pirámide. Barbara apareció ante sus ojos. Su única y verdadera. Él había prometido que siempre estarían juntos. Lo había arruinado todo. Todo. La culpa le atenazó el alma. Estaba indefenso. Margareta temblaba, Blaž gemía en sueños. Tal vez lo sabía.

Juraj abrazó con fuerza a su hijo y a su hija, y alzó el rostro hacia la llama ardiente de la eternidad.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

jueves, 19 de marzo de 2026

SOBRE LOS HOMBRES Y LOS FANTASMAS

Krunoslav Mikulan

 

¿Soy un ser humano? Fuera de contexto, esta pregunta puede parecerles extraña. Me la hago a mí mismo mientras observo la puesta de sol en mar abierto. Estoy de pie sobre una roca; sopla una suave brisa del sur; hace calor; en la bahía hay una hilera de casas, un pueblo; conozco su nombre y su número de habitantes; algunas personas pasean por la orilla; sus identidades se escriben automáticamente sobre mi retina, en un blanco neutro; ah, allí, un cuadrado verde: es Bojana, la conocí hace ochenta y dos años, el cinco de enero, a las diez y catorce de la mañana, en la playa del lugar, a trescientos veintisiete metros de aquí.

Es mi cumpleaños. Uno redondo. Y hago lo que hago cada año, no siempre en el mismo lugar, pero siempre solo. Desactivo todas las mejoras, me desconecto de la red, apago los suplementos oculares, detengo los nanobots que circulan por mi torrente sanguíneo.

Vértigo. Debilidad repentina. Me aferro con fuerza a la roca y me siento. Los cuadraditos han desaparecido; siento pánico, me siento desorientado. Hace apenas cinco segundos sabía cómo se llamaba el pueblo de la bahía, cuántos habitantes tenía, sabía cuál era la velocidad del viento, cuál la humedad del aire, sabía a qué distancia estaba el siguiente asentamiento. Ahora no sé nada. Pero este desconcertante desplazamiento de la realidad pasará. Pasa todos los años.

En mi cumpleaños siempre busco la soledad. ¿Por qué? Entonces pienso. Intento recordar a las personas, los acontecimientos, la infancia… Sin mejoras es más difícil. Debo concentrarme especialmente. Relajarme. Respirar hondo. Intentarlo otra vez.

Abro la mente, me dejo caer por la cascada de los recuerdos. Son imperfectos, nebulosos; nunca estoy seguro de ellos. ¿Ocurrió realmente así? Recuerdo un cumpleaños en la casa vecina. No sé cuántos años tengo. Tal vez diez. Me inquieto cuando me doy cuenta de que no recuerdo quiénes estaban presentes. El hermano y la hermana de al lado, a ellos los recuerdo; sí, incluso sé qué comimos: sándwiches con fiambre y queso, con mayonesa; sobre la mesa, botellas de Coca-Cola; la torta… no recuerdo exactamente de qué era, pero siempre me gustó más el chocolate. ¿No es así?

Camino por los recuerdos sin saber siquiera qué estoy buscando. Con sorpresa me doy cuenta de que brilla el sol. ¿Por qué en los recuerdos siempre brilla el sol? Estoy en casa; claro que ya no existe; ahora hay allí un edificio de cincuenta pisos, propiedad de una corporación cuyo nombre no puedo recordar. Solo la infancia permanece en mi memoria sin mejoras…

Estoy en la sala de estar y dormito sobre el pecho de mi padre, que ronca. ¿Por qué hago eso? Me divertía. Lo amaba; sí, lo recuerdo bien; me invade la nostalgia, entonces, cuando aún era “pequeño”. Más tarde surgieron conflictos, pero ahora no quiero pensar en eso. Retrocedo aún más en el pasado, hacia aquellos tiempos sencillos…

…y con horror me doy cuenta de que no puedo recordar el rostro de mi padre.

Trago saliva con dificultad y me aferro todavía más a la roca. Es áspera. No me importa ahora. Si me corto, los nanobots cerrarán la herida más tarde. El pánico vuelve a apoderarse de mí. En mis pensamientos me vuelvo y busco a mi madre. La veo, veo su rostro. Lo recuerdo. Me vuelvo hacia la cama en la que duerme mi padre. No tiene rostro. ¡No tiene rostro!

Me froto los ojos con fuerza, respiro hondo otra vez, debo concentrarme. Sin activar las mejoras. ¡Debo recordar!

Una gaviota lanza un chillido y pasa volando junto a mí. Me sobresalto, sorprendido. ¿Es real la gaviota? ¿O es una simulación? Entrecierro los ojos intentando percibir alguna irregularidad. Ya está demasiado lejos. Las gaviotas aún existen. En algunos lugares. Pero me ha interrumpido, ha destruido mi concentración. Respiro hondo el aire del mar. Por un instante, como siempre en una situación semejante, me pregunto si estoy en el mundo real o en una realidad virtual. Estoy tan inseguro con las mejoras desactivadas…

Me levanto, algo torpemente, y me dirijo hacia la casa de mi amigo. Luka ha decidido organizar una celebración por mi cumpleaños. Él no necesita un motivo especial para una fiesta desenfrenada. El sendero asciende; por todas partes se oyen grillos; huele a lavanda. Los sonidos son reales; los aromas también. Se acercan dos mujeres. ¿Dónde está…? Ah, claro, lo he desactivado todo…

Se asustan, se sobresaltan; no pueden identificarme, mis mejoras no transmiten mi identicod. Retroceden por un sendero lateral. Quise detenerlas, disculparme, explicarlo, pero no llegué a hacerlo. En realidad, me quedé inmóvil, indeciso. ¿Qué podría decirles? ¿Que no puedo recordar el rostro de mi padre? No lo entenderían…

No quiero ir a la celebración. Preferiría seguir navegando por los recuerdos… A mi padre le gustaba la ciencia; hablaba conmigo con entusiasmo sobre el desarrollo de la astronomía, la física, la ingeniería genética.

—Hijo, vivirás en una época de progreso inimaginable —me decía a veces; o algo parecido, no estoy seguro—. La ciencia está a punto de hacer inmortal al hombre. Quizá dentro de unos cincuenta años, no más. Me alegra que tú vayas a vivir para verlo.

Siento una opresión en el pecho y en la garganta. Me dejo caer bruscamente sobre una piedra grande junto al sendero. Las lágrimas empiezan a correr. Tenía razón. Han pasado cientos de años. Yo sigo caminando por el mundo y no puedo recordar su rostro. ¡No puedo!

—Señor, le ruego que active sus mejoras —oigo decir.

Un policía androide está de pie a poca distancia de mí y me observa con unos ojos que recuerdan a los humanos.

—¿Necesita ayuda, señor? Mi subprograma psicológico me indica que se encuentra en una situación de angustia emocional.

Me seco las lágrimas con la palma.

—No, no —consigo decir—. Solo las desactivé un momento… Ya sabe, hoy es mi cumpleaños…

—Ah, comprendo. Depresión de cumpleaños. Una reacción psicológica habitual. Si fuera tan amable de activar sus mejoras, podría recomendarle un procedimiento para restablecer el equilibrio emocional.

Le doy las gracias, me levanto, activo las mejoras; de inmediato recibo una notificación de que cerca hay un fantasma desconocido y que conviene tener precaución. No puedo evitar reír. Fantasma, sí. Una persona sin mejoras. Quería quedarme solo con mis pensamientos. Ahora sé exactamente qué sendero debo tomar, la dirección del viento y su velocidad, la humedad del aire; las noticias fluyen hacia arriba por el lado derecho; incontables llamadas por la izquierda… Los nanobots se han reiniciado; veo perfectamente en la oscuridad que ya ha caído; la dopamina inunda mi cerebro; la concentración se agudiza…

De la casa de Luka, en lo alto de la colina, llega música fuerte, ruido, gritos. Ya no estoy jadeando; los músculos funcionan impecablemente. Abro la puerta. Destellos. Velas aromáticas. Música. Bebidas. Potenciadores del placer. Muy tradicional. Luka es de la vieja guardia.

La mayoría de los cuadraditos ahora son verdes, pero también hay algunos blancos. Lo importante es que no haya rojos: mis enemigos, que con los años se han ido acumulando, o simplemente personas que me irritan. Ah, mira, Brigita ha cambiado de género; ya no es una rubia; ahora es un hombre atlético de piel azul y cabello negro salpicado de estrellas. Sin el identicod no la habría reconocido.

—¿Cómo estás? ¿Sigues todavía…? ¿No? ¡No puedo creerlo!

Naturalmente, las mejoras registran toda la información nueva en las bases de datos. Oh, Amanda ha venido en un cuerpo androide. Es alquilado. Tampoco ella se parece a sí misma, claro. Vive en Tahití; no puede asistir a todos los cumpleaños en persona.

—¡Desapareciste por un momento! Haces eso todos los años, ¿verdad?

La conozco desde hace cuatro décadas; conoce mis costumbres; pregunta por cortesía.

—No puedo quedarme mucho, todavía tengo dos reuniones esta noche.

Unas cincuenta personas. Pocas. Pero esto es solo la realidad ordinaria. La virtual es mucho más importante.

—¿Dónde estás, hombre? —oigo la voz de Luka en mi cabeza—. ¡He diseñado esto durante tres días! ¡Sumérgete! ¡Llegas tarde!

Me sumerjo en la realidad virtual. Ah, aquí hay mucha más gente. Varios cientos. A muchos los conozco; naturalmente no recuerdo sus nombres; las mejoras me los escriben, junto con una fotografía de su aspecto real y otras informaciones que considero útiles. Aquí es aún más fácil ser otro, distinto: la ropa, el maquillaje, el cabello, el género… todo puede cambiarse en un segundo; allí “afuera” todavía se necesitan un par de minutos.

Luka ha adoptado la figura de Elvis Presley, el famoso músico del siglo XX. Ya les dije que es tradicional. De la vieja escuela. Lo imita a la perfección; toca sin fallos; la voz es impecable. Por todas partes hay espuma que se derrama en colores de arcoíris; cristales que se extienden desde el techo casi hasta el suelo y vibran; aromas especialmente diseñados llenan mis fosas nasales; las felicitaciones llueven desde todas partes, desde personas virtuales hasta mensajes de video. Caos. Todo para olvidar…

Saco de una carpeta virtual fotografías antiguas. Aquí está el rostro de mi padre. Me tranquilizo. Sí, así es. Es él. Exactamente así se veía el día en que dormí sobre su pecho. Cuando tenía diez años. Cuando disfrutaba que su respiración me meciera suavemente arriba y abajo. Cuando el mundo era joven y la eternidad estaba al alcance de la mano.

Luka grita que nos preparemos. Algo nuevo. Él es diseñador de mundos virtuales. Siempre tiene algo nuevo. Curioso, considerando lo tradicional que es. Sin embargo, sus ideas tienen éxito regularmente. La espuma desaparece, el humo se disipa; estamos sobre una plataforma negra pulida; alrededor hay montañas, nubes; nos iluminan tres soles y dos lunas.

—¡Hoy volamos! —grita Luka y conduce al rebaño hacia el borde del abismo.

Salta primero. Todos detrás de él. Me dejo arrastrar. Lo admito. Soy débil. Espero tensión, terror, placer, cualquier cosa con tal de no pensar. Salto. Caigo, caigo, profundamente, a través de las nubes. El suelo se acerca rápidamente. Lo siento todo: primero la excitación; luego el terror. El placer no llega; lo reemplaza el pánico, el horror; el suelo se aproxima, erizado de púas de acero. Me inundan la adrenalina, la noradrenalina, el cortisol. Sé que está planeado así, que debe ser así, pero el miedo me desgarra. Grito, aúllo; a mi alrededor una multitud innumerable cae y grita a pleno pulmón; suplica ayuda, suplica que se detenga, suplica misericordia. Alcanzan el clímax.

Una púa de acero me atraviesa.

Me encuentro otra vez en la sala, en el suelo. A mi alrededor hay gritos; luego risas; vítores:

—¡Más, más, vamos otra vez!

El diseño ha tenido éxito, Luka es el rey. Yo también río; es más fuerte que yo. Permanezco sentado en el suelo. Los demás saltan otra vez. Varias veces. Lloran, ríen; las hormonas actúan.

Los cuadraditos son verdes. Pero todos son extraños. Excepto quizá Luka. ¿Por qué hay tantos extraños? Las mejoras necesitan unos segundos para restablecer el equilibrio hormonal. Salgo. En la casa nadie se mueve; todos están inmersos. Eso me conviene. Algo no está bien en mí. Quizá antes no debería haber desactivado las mejoras. Un trastorno del equilibrio; ocurre.

¿Dónde están mis amigos? No estos cuadraditos verdes. Mis amigos. Los de la infancia. Aquellos con quienes celebraba los cumpleaños. Me conecto a la red para comprobarlo. Cierro los ojos. Los he olvidado, no en sentido estricto; los he descuidado. Ahora es demasiado tarde. No encuentro a ninguno. Busco. El último fue Stjepan. Suicidio. Hace veintisiete años. Desactivó las mejoras y se arrojó al abismo. Por el acantilado. No por uno virtual.

Desactivo las mejoras. Siento náuseas. Vomito. Solo queda Luka. Conocía a Stjepan. ¿Por qué no me lo dijo? ¿Acaso lo sabía? ¿Le importó…?

Todos mis amigos de la infancia han desaparecido. Mi familia ya no está conmigo. Como un rayo me golpea la comprensión de que tuve una hija, hace mucho; sin mejoras, no sé cuándo fue. Las mejoras han amortiguado el devastador sentimiento de tristeza; están programadas así. Ella ya tampoco está. Hace mucho que la lloré. Perdió el sentido de la vida; fue antes de la regulación automática de la producción hormonal; simplemente se desvaneció, como un fantasma… ¿Soy culpable? Sí… Debo serlo… No estoy seguro…

Salgo al porche, me agarro a la barandilla para no caer y me siento torpemente en un escalón. ¡Tampoco puedo recordar su rostro! Me estremezco de horror. Cierro los ojos e intento evocar su imagen. ¿Por qué me torturo? ¿Por qué intento recordar usando mi imperfecto cerebro? ¿Por qué he vuelto a desactivar las mejoras?

Lo sé.

Quiero convencerme de que todavía soy un ser humano.

Mis sentimientos son un caos, ahora atados en un nudo, ahora desatados, pero siempre confusos. Debo calmarme. Respirar. Concentrarme. Inhala, exhala. Despacio. Su rostro empieza a surgir. Nevena. Cabello castaño, dientes blancos, rectos, incluso sin modificaciones genéticas. Reía con una risa cristalina. El sol brillaba, como siempre.

Lloro, inconsolable. Largo tiempo. Mucho tiempo. ¿Me siento mejor? No. Es mentira que el tiempo cure todas las heridas. Solo las oculta. Lloro por Nevena, por mi padre, por mi madre, por mis amigos, por todos aquellos con quienes compartí la vida. Me tiendo en el porche y me retuerzo entre sollozos. La celebración está en pleno apogeo. Nadie saldrá de la casa ahora.

Poco a poco, muy poco a poco, me incorporo, me levanto; sigo llorando.

Camino por el sendero.

Un fantasma de hombre.

Solo, para siempre.

Krunoslav Mikulan es licenciado en Lengua y Literatura Inglesas y en Lengua y Literatura Alemana, además de tener un máster y un doctorado en Literatura Inglesa. Actualmente es profesor asociado en la Facultad de Formación del Profesorado de la Universidad de Zagreb (Croacia). Ha publicado ocho novelas y numerosos relatos, poemas y diarios de viaje en diversas revistas y anuarios; también ha publicado numerosos libros y artículos en los campos de la teoría literaria, la lingüística aplicada, la historia y la numismática.

 

APLICACIÓN: TÚ