viernes, 31 de julio de 2026

BARRO DE LA TIERRA

Ruben De Baerdemaeker

 

Para Finn, romántico hasta la médula

 

En lo más profundo de sí, Phineas Oudenwereldt era un alma romántica y creía (aunque jamás lo habría expresado con semejante pomposidad) que por el arte había que sufrir, al menos un poco. Un escritor no escribe para ganarse el pan; un escritor escribe porque necesita escribir. Y si no gana un centavo con ello, si por el contrario renuncia a su empleo de tiempo completo y a la comodidad económica, eso no hace más que engrandecer su condición de escritor. Lo que pierde en ingresos lo gana en integridad, y Oudenwereldt ya había hecho su elección.

Sin embargo, mañanas como aquella eran difíciles. Noviembre es, de todos modos, el mes más cruel (diga lo que diga T. S. Eliot; él nunca había sido pobre), y el brusco descenso de la temperatura le hizo pensar en la factura del gas. Cuando despertó, la mañana ya estaba bastante avanzada, pero la luz gris prometía uno de esos días que nunca llegan a aclarar del todo. El perro levantó la vista cuando Phineas bajó la escalera arrastrando los pies y volvió a echarse en su cama. Phineas interpretó aquella falta de entusiasmo como un reproche evidente; buen animal, aunque siempre había tenido algo de pasivo-agresivo.

Solo quedaban cereales en casa, y otra vez se había acabado la leche. En realidad, la leche se había acabado hacía varias semanas, pero era una de esas compras insignificantes que daba pereza hacer. Preferiría, al estilo de Bukowski, echar un resto de Jack Daniel's sobre los cereales, pero no le gustaban las bebidas fuertes y, además, ¿sabías cuánto cuesta una botella hoy en día?

Naturalmente, tampoco ayudaba que la noche anterior hubiera terminado otra vez demasiado tarde. Había sido el cumpleaños de alguien (siempre era el cumpleaños de alguien), así que había habido la fiesta obligatoria (siempre había alguna fiesta), y Phineas había vuelto a ser completamente Phineas. En su cabeza palpitaban, como bajos atronadores, fragmentos de recuerdos, unos más vergonzosos que otros. Lo que una pista de baile puede hacerle a una persona, a un escritor… No, esas fiestas, a partir de cierta edad, se pagan al contado, y la cuenta bancaria de su resistencia física llevaba ya tiempo entrando regularmente en números rojos.

El gran Phineas Oudenwereldt estaba descalzo junto a la encimera, intentando tragarse un puñado de cereales secos, sin éxito. Al final se inclinó sobre el grifo y empujó el engrudo hacia el estómago con agua del grifo.

Desayuno de campeones.

El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Al parecer, ya habían aparecido las fotos de la noche anterior. Vio una versión de sí mismo sin camisa, pero con un sostén rodeando su torso desnudo. Claro, una fiesta temática oben ohne; las fiestas temáticas siempre son las mejores. Si alguna vez había tenido una imagen pública, acababa de hacerse añicos. Ningún escritor serio desde Hemingway se había dejado fotografiar con el torso desnudo; y Hemingway, por lo menos, no llevaba sostén. ¡Ja! ¡Larga vida a los márgenes oscuros del mundo literario!

El teléfono volvió a iluminarse en su mano. Llamaba Alvo, su editor, nada menos. Aquel buen hombre llevaba una editorial por puro amor a los libros y, precisamente por eso, jamás había obtenido beneficios.

No, ahora no.

Los cereales se le pegaban a las cuerdas vocales y el desprecio hacia sí mismo se le adhería a la lengua.

El perro abandonó el tratamiento del silencio y se acercó trotando hacia él.

La nieve mezclada con lluvia golpeaba el cristal.

Por eso lo llaman un tiempo de perros.

El escritor y su perro caminaron lentamente junto al Escalda. Con aquel tiempo, por suerte, no había corredores y los ciclistas eran escasos. Avanzaron junto al largo muro del cementerio, cada uno perdido en sus pensamientos. Aquel brazo del Escalda era poco más que un arroyo fangoso en una llanura de barro marrón, llena de juncos y bolsas de plástico, y probablemente con suficientes metales pesados como para envenenar a todo Gentbrugge. La corriente que había engrandecido a Flandes. Explicaba muchas cosas y constituía una metáfora perfecta.

Oudenwereldt sintió el cosquilleo, el impulso, el deseo, la necesidad de escribir.

El Escalda muerto serpentea junto al cementerio. ¡Qué imagen! ¡Qué frase!

Tenía hambre de frases, de jugar con las palabras. Ah, la vida es un juego de palabras, un juego del destino, un juego de la ortografía, el tejido de una maraña verbal… ¡El sentido de la vida es la vida de una frase!

Phineas apresuró el paso de regreso a casa, persiguiendo a la musa, empujado por el gélido viento del norte de la inspiración. Hasta el perro comprendió que había prisa.

Ni siquiera se quitó el abrigo. Se sentó en su silla de escribir, ante su escritorio, que en realidad no era otra cosa que la mesa de la cocina, y abrió su vieja computadora portátil.

Sus dedos golpearon el teclado con frenesí.

«El Skaäldaa había engrandecido el reino de Goandabrugia, pero ahora no era más que una corriente fangosa junto al inmenso cementerio...»

Junto a la computadora comenzó a sonar el teléfono.

Sin pensarlo, Phineas deslizó el dedo por la pantalla.

Aceptar llamada.

Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por la habitación. Pasearse mientras hablaba por teléfono daba una agradable sensación de importancia.

—¡Alvo! Justamente estoy escribiendo un nuevo cuento. Fantasía, pero metafórica. Habla del mundo, aunque en realidad no. Tiene algo de cli-fi, algo de distopía, ¿sabes?

—¡Por fin contestas! ¡Intento llamarte desde anoche!

Anoche. Claro.

—¿Recuerdas que la semana pasada te hablé de unas posibilidades de publicación internacional? —Alvo, que en persona era más bien bajo de estatura, soñaba a lo grande. Eso era precisamente lo que Phineas apreciaba de él: su grandeza imaginativa—. Mientras tanto he hecho algunos contactos. Un viejo amigo en HarperCollins. Estaban entusiasmados.

—¿Entusiasmados? ¿Cómo que entusiasmados?

—Van a comprar los derechos para publicar el libro en inglés. Gran campaña de promoción, todo el paquete...

—¿HarperCollins?

—Sí, sí, pero eso es solo por el libro. También estamos negociando los derechos cinematográficos. Para tres de tus cuentos el acuerdo ya está cerrado; seguimos trabajando en otros dos.

—¿Los derechos cinematográficos?

—Sí. Bovenlijf, ese relato corto, ya deja por lo menos dos millones. Warner Bros. lo quería a toda costa. Para los demás estamos negociando con Netflix. En total –libro más películas– vas a ganar, como mínimo, quince millones. Y eso solo para empezar. ¿Te haces una idea?

Phineas tragó saliva. Los cereales le pesaban en el estómago. La lengua le parecía un lenguado hundido en el barro.

—Alvo, te llamo luego, ¿de acuerdo? Justo estaba inspirado con un cuento.

—Claro, déjalo reposar un poco. Yo me encargo del resto y te aviso cuando necesite tu firma.

Phineas volvió a dejarse caer en la silla. El cursor parpadeaba; primero de manera invitadora, luego, con el paso del tiempo, como un reproche y, finalmente, con burla. Se quedó mirando la pantalla.

El Skaäldaa, Goandabrugia... Lo había visto todo con absoluta claridad, pero la imagen había desaparecido. Solo quedaba una pantalla que se burlaba de él con su forma rectangular. Aquello no iba a ninguna parte. Un día perdido. El dolor de cabeza, que hacía un momento parecía haber remitido, regresó con fuerza. Phineas tragó saliva. Tomó el teléfono y abrió el chat del grupo. El cursor brillaba. Con dedos temblorosos escribió:

«¿Fiesta, alguien? Tema: ¡el dinero no da la felicidad! Traigan billetes y un encendedor. ¡Corran la voz, compartan el amor!»

El perro lo miró lleno de expectativa.

Sobre el suelo de la sala había quedado un rastro de huellas de perro y de suelas de zapatillas gastadas, dibujadas en la nieve derretida y el barro que empezaba a secarse.

A Ruben De Baerdemaeker siempre le han apasionado los libros y las historias, desde que tiene memoria. Imparte clases de neerlandés e inglés en un instituto de secundaria en Bélgica, donde disfruta leyendo cuentos y poemas con sus alumnos, a la vez que los anima a escribir. Escribe principalmente ficción especulativa y ha publicado varios relatos cortos en neerlandés, en línea, en revistas y en libros. Su primer libro en solitario, una colección de relatos cortos, se publicará en 2026.

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