Ruben De Baerdemaeker
Para Finn, romántico hasta la médula
En lo más profundo de sí,
Phineas Oudenwereldt era un alma romántica y creía (aunque jamás lo habría
expresado con semejante pomposidad) que por el arte había que sufrir, al menos
un poco. Un escritor no escribe para ganarse el pan; un escritor escribe porque
necesita escribir. Y si no gana un centavo con ello, si por el contrario
renuncia a su empleo de tiempo completo y a la comodidad económica, eso no hace
más que engrandecer su condición de escritor. Lo que pierde en ingresos lo gana
en integridad, y Oudenwereldt ya había hecho su elección.
Sin embargo, mañanas como aquella eran difíciles.
Noviembre es, de todos modos, el mes más cruel (diga lo que diga T. S. Eliot;
él nunca había sido pobre), y el brusco descenso de la temperatura le hizo
pensar en la factura del gas. Cuando despertó, la mañana ya estaba bastante
avanzada, pero la luz gris prometía uno de esos días que nunca llegan a aclarar
del todo. El perro levantó la vista cuando Phineas bajó la escalera arrastrando
los pies y volvió a echarse en su cama. Phineas interpretó aquella falta de
entusiasmo como un reproche evidente; buen animal, aunque siempre había tenido
algo de pasivo-agresivo.
Solo quedaban cereales en casa, y otra vez se había
acabado la leche. En realidad, la leche se había acabado hacía varias semanas,
pero era una de esas compras insignificantes que daba pereza hacer. Preferiría,
al estilo de Bukowski, echar un resto de Jack Daniel's sobre los cereales, pero
no le gustaban las bebidas fuertes y, además, ¿sabías cuánto cuesta una botella
hoy en día?
Naturalmente, tampoco ayudaba que la noche anterior
hubiera terminado otra vez demasiado tarde. Había sido el cumpleaños de alguien
(siempre era el cumpleaños de alguien), así que había habido la fiesta
obligatoria (siempre había alguna fiesta), y Phineas había vuelto a ser
completamente Phineas. En su cabeza palpitaban, como bajos atronadores,
fragmentos de recuerdos, unos más vergonzosos que otros. Lo que una pista de
baile puede hacerle a una persona, a un escritor… No, esas fiestas, a partir de
cierta edad, se pagan al contado, y la cuenta bancaria de su resistencia física
llevaba ya tiempo entrando regularmente en números rojos.
El gran Phineas Oudenwereldt estaba descalzo junto a
la encimera, intentando tragarse un puñado de cereales secos, sin éxito. Al
final se inclinó sobre el grifo y empujó el engrudo hacia el estómago con agua
del grifo.
Desayuno de campeones.
El teléfono vibró sobre la mesa de la cocina. Al
parecer, ya habían aparecido las fotos de la noche anterior. Vio una versión de
sí mismo sin camisa, pero con un sostén rodeando su torso desnudo. Claro, una
fiesta temática oben ohne; las fiestas temáticas siempre son las
mejores. Si alguna vez había tenido una imagen pública, acababa de hacerse
añicos. Ningún escritor serio desde Hemingway se había dejado fotografiar con
el torso desnudo; y Hemingway, por lo menos, no llevaba sostén. ¡Ja! ¡Larga
vida a los márgenes oscuros del mundo literario!
El teléfono volvió a iluminarse en su mano. Llamaba
Alvo, su editor, nada menos. Aquel buen hombre llevaba una editorial por puro
amor a los libros y, precisamente por eso, jamás había obtenido beneficios.
No, ahora no.
Los cereales se le pegaban a las cuerdas vocales y el
desprecio hacia sí mismo se le adhería a la lengua.
El perro abandonó el tratamiento del silencio y se
acercó trotando hacia él.
La nieve mezclada con lluvia golpeaba el cristal.
Por eso lo llaman un tiempo de perros.
El escritor y su perro caminaron lentamente junto al
Escalda. Con aquel tiempo, por suerte, no había corredores y los ciclistas eran
escasos. Avanzaron junto al largo muro del cementerio, cada uno perdido en sus
pensamientos. Aquel brazo del Escalda era poco más que un arroyo fangoso en una
llanura de barro marrón, llena de juncos y bolsas de plástico, y probablemente
con suficientes metales pesados como para envenenar a todo Gentbrugge. La
corriente que había engrandecido a Flandes. Explicaba muchas cosas y constituía
una metáfora perfecta.
Oudenwereldt sintió el cosquilleo, el impulso, el
deseo, la necesidad de escribir.
El Escalda muerto serpentea junto al cementerio. ¡Qué
imagen! ¡Qué frase!
Tenía hambre de frases, de jugar con las palabras. Ah,
la vida es un juego de palabras, un juego del destino, un juego de la
ortografía, el tejido de una maraña verbal… ¡El sentido de la vida es la vida
de una frase!
Phineas apresuró el paso de regreso a casa,
persiguiendo a la musa, empujado por el gélido viento del norte de la
inspiración. Hasta el perro comprendió que había prisa.
Ni siquiera se quitó el abrigo. Se sentó en su silla
de escribir, ante su escritorio, que en realidad no era otra cosa que la mesa
de la cocina, y abrió su vieja computadora portátil.
Sus dedos golpearon el teclado con frenesí.
«El Skaäldaa había engrandecido el reino de
Goandabrugia, pero ahora no era más que una corriente fangosa junto al inmenso
cementerio...»
Junto a la computadora comenzó a sonar el teléfono.
Sin pensarlo, Phineas deslizó el dedo por la pantalla.
Aceptar llamada.
Se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro por
la habitación. Pasearse mientras hablaba por teléfono daba una agradable
sensación de importancia.
—¡Alvo! Justamente estoy escribiendo un nuevo cuento.
Fantasía, pero metafórica. Habla del mundo, aunque en realidad no. Tiene algo
de cli-fi, algo de distopía, ¿sabes?
—¡Por fin contestas! ¡Intento llamarte desde anoche!
Anoche. Claro.
—¿Recuerdas que la semana pasada te hablé de unas
posibilidades de publicación internacional? —Alvo, que en persona era más bien
bajo de estatura, soñaba a lo grande. Eso era precisamente lo que Phineas
apreciaba de él: su grandeza imaginativa—. Mientras tanto he hecho algunos
contactos. Un viejo amigo en HarperCollins. Estaban entusiasmados.
—¿Entusiasmados? ¿Cómo que entusiasmados?
—Van a comprar los derechos para publicar el libro en
inglés. Gran campaña de promoción, todo el paquete...
—¿HarperCollins?
—Sí, sí, pero eso es solo por el libro. También
estamos negociando los derechos cinematográficos. Para tres de tus cuentos el
acuerdo ya está cerrado; seguimos trabajando en otros dos.
—¿Los derechos cinematográficos?
—Sí. Bovenlijf, ese relato corto, ya deja por
lo menos dos millones. Warner Bros. lo quería a toda costa. Para los demás
estamos negociando con Netflix. En total –libro más películas– vas a ganar,
como mínimo, quince millones. Y eso solo para empezar. ¿Te haces una idea?
Phineas tragó saliva. Los cereales le pesaban en el
estómago. La lengua le parecía un lenguado hundido en el barro.
—Alvo, te llamo luego, ¿de acuerdo? Justo estaba
inspirado con un cuento.
—Claro, déjalo reposar un poco. Yo me encargo del
resto y te aviso cuando necesite tu firma.
Phineas volvió a dejarse caer en la silla. El cursor
parpadeaba; primero de manera invitadora, luego, con el paso del tiempo, como
un reproche y, finalmente, con burla. Se quedó mirando la pantalla.
El Skaäldaa, Goandabrugia... Lo había visto todo con
absoluta claridad, pero la imagen había desaparecido. Solo quedaba una pantalla
que se burlaba de él con su forma rectangular. Aquello no iba a ninguna parte. Un
día perdido. El dolor de cabeza, que hacía un momento parecía haber remitido,
regresó con fuerza. Phineas tragó saliva. Tomó el teléfono y abrió el chat del
grupo. El cursor brillaba. Con dedos temblorosos escribió:
«¿Fiesta, alguien? Tema: ¡el dinero no da la
felicidad! Traigan billetes y un encendedor. ¡Corran la voz, compartan el
amor!»
El perro lo miró lleno de expectativa.
Sobre el suelo de la sala había quedado un rastro de huellas de perro y de suelas de zapatillas gastadas, dibujadas en la nieve derretida y el barro que empezaba a secarse.

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