viernes, 31 de julio de 2026

TRASCENDER ES EXISTIR

Angélica Guzmán Reque

 

Te asomas a la ventana, como acostumbras y, sin quererlo presencias un fatal accidente. Inmediatamente, tus recuerdos se hacen presentes con una frase de Hegel, el filósofo que te agrada: “muerte y mundo se unen en uno solo por la esperanza o el pensamiento de trascendencia de la existencia”. Aquella contemplación, unida a la frase, te produce cierto desasosiego. El aire fresco de la mañana ya no te es indiferente y tu cuerpo experimenta un aprendizaje que siempre indagas. El aire golpea tus sienes, rozando las cortinas, sonidos y murmullos lejanos que provocan aún más tu intranquilidad.

La calle se llena de gente. Poco a poco todo cambia, sin embargo, el árbol frente al edificio permanece con su rama torcida que parece resistirse al crecimiento ordenado. El perro atado a la reja de la casa de la esquina no ladra, aúlla de manera lastimera. Las ventanas de las casas vecinas permanecen cerradas, como cuando los párpados se niegan a abrirse.

Todo parece continuar y, esa continuidad te produce cierta incomodidad inesperada. Piensas, sin saber por qué, que las cosas persisten con demasiada facilidad. Ajenas a lo que acontece, inclusive al llanto de la gente o al sonido de las sirenas de las ambulancias.

Cierras la ventana y tus pasos se dirigen a la cocina. El reloj colgado en la pared lateral marca las ocho y diez. Hace tiempo que atrasa cinco minutos, pero nunca te molestaste en corregirlo. Gustas de esa pequeña falla, ese error constante que no te altera en nada y, sin embargo, está siempre ahí. Preparas café, dejas que el agua hierva unos segundos más de lo necesario, como si el tiempo pudiera estirarse y uno lo mirara de frente.

Mientras sorbes el café, observas tus manos. No presentan nada en particular, salvo unas manchas claras cerca de los nudillos que no recuerdas haber tenido antes. Las tocas con el pulgar, sin dolor, sin sorpresa. Comprendes que tu cuerpo sigue su propio ritmo, mientras puedas ocupar el tiempo de otras cosas. Vivir, piensas, debía parecerse mucho a eso de estar presente solo a ratos.

Sales del departamento con la sensación de olvidar algo importante, aunque no logras identificar qué. En el ascensor ves tu imagen reflejada en el espejo opaco de la pared. No te reconoces del todo, pero tampoco te resulta extraño. Es un rostro que viste muchas veces, uno que va modificándose de manera discreta, sin pedir permiso. Viene a tu mente todas las versiones anteriores de ti mismo, las que quedaron atrás, acumulándose, como capas invisibles.

Ya en la calle, el movimiento de costumbre no llama tu atención porque casi es el mismo, por lo que se absorbe con rapidez. Gente que camina de prisa, como queriendo alcanzar algo importante, autos detenidos en un semáforo, un vendedor ambulante que repite su discurso, con una precisión mecánica. Todo parece funcionar bajo una lógica que no admite interrupciones. Caminas sin rumbo fijo durante un tiempo, alejando tus pasos sólo por el hábito de avanzar, hasta que te detienes frente al escaparate de una vieja librería. La observas con curiosidad porque no recuerdas haberla visto antes, aunque es probable que siempre hubiera estado allí.

Entras. El lugar huele a papel húmedo y a polvo conservado. Los estantes repletos de libros desordenados, algunos apilados en el suelo, otros inclinados, como cansados de sostenerse. Pasas los dedos por el lomo de algunos de ellos, sin leer los títulos. Piensas que, cada uno contiene una vida entera, una existencia condensada en páginas que, quizá ya nadie abre.

Sigues la vista y, en un rincón percibes una caja que dice: fotografías antiguas. Las tomas sin pedir permiso. Rostros desconocidos te miran desde otros tiempos: bodas, cumpleaños, viajes que no sabes si sucedieron. Detienes tu mirada en la imagen de una familia sentada frente a una casa que ya no existe. Todos sonríen con una serenidad que te resulta inquietante. Piensas que, de algún modo, estarían muertos dos veces: una en el mundo real y otra en la memoria de quienes los conocieron.

Dejas la foto en su lugar y sales, sin comprar nada. Afuera, el sol comienza a declinar, y esa leve variación de la luz te hace pensar en la fragilidad del día. Comprendes que la mañana ya terminó, sin que se diera cuenta.

Buscas un lugar donde sentarte y encuentras un banco en un paseo alegre. Apenas te sientas, suena tu celular. Es la llamada de un amigo, breve, casi formal. Un antiguo conocido te informa que alguien falleció. No era un amigo cercano, apenas un nombre asociado a otro tiempo, a una etapa que crees ya cerrada. Apagas y te quedas mirando el teléfono durante algunos minutos, como si el objeto pudiera añadir algo más a la noticia. No sientes tristeza inmediata, solo una especie de un vacío atento, como si tu cuerpo se preparara para una emoción que no sientes.

Decides asistir al entierro al día siguiente. No por obligación, sino por una necesidad difícil de explicar para ti mismo. Quieres ver qué aspecto tiene el final, cuando ya no te pertenece.

El cementerio está vacío. Miras las lápidas alienadas con una precisión que te parece excesiva, como si incluso la muerte necesitara orden. Observas a los pocos asistentes: rostros serios, gestos contenidos, palabras medidas. Nadie solloza. La muerte, piensas, se volvió discreta, casi educada ¿Será siempre así?, te preguntas.  

Durante la ceremonia, te sorprendes mirando el cielo. No esperas nada de él, pero te resulta tranquilizador comprobar que sigue allí, indiferente al ritual que se desarrolla debajo. Cuando todo termina, te quedas un momento más, no sabes qué hacer con ese tiempo que parece sobrar. Piensas en la persona que acaban de enterrar: en tu infancia, sonríes, en tus días comunes, en tus pensamientos que nunca serán conocidos por nadie más. Toda una vida reducida a un espacio exacto en tus vivencias y sobre este espacio llamado Tierra.

Al regresar a tu casa, notas el silencio de manera diferente, no como ausencia de ruido, sino como una presencia densa. Cada objeto parece ocupar un lugar más extenso que el habitual. Buscas el sofá, te sientas, mientras miras la pared frente a ti. No hay nada allí, sin embargo detienes la vista. Comprendes que piensas en tu propia muerte, no con miedo, sino con curiosidad serena, no como un evento futuro, sino como una certeza de que te acompaña desde siempre.

Los días transcurren con una lentitud extraña. Continuas con tu rutina diaria, pero cada gesto parece adquirir un peso distinto. Lavar tus manos, cerrar una puerta, esperar en un semáforo. Todo te parece significativo por el simple hecho de estar ocurriendo. Comprendes que existir no es otra cosa que atravesar una sucesión de momentos que no siempre piden ser comprendidos.

Decides ordenar tu departamento. No porque estuviera desordenado, sino porque necesitas tocar tu propias cosas, confirmar que siguen allí. Encuentras objetos que no recuerdas haberlas guardado: una carta sin abrir, una llave que no sabes a qué puerta pertenece, una libreta con páginas en blanco. Te sorprende que nunca la hayas usado. Piensas que, de algún modo, esas páginas vacías son una forma del futuro que ya no te pertenece.

Al anochecer vuelves a abrir la ventana. El aire entra igual que siempre. La calle sigue allí, persistente. El árbol, el perro, las ventanas cerradas. Nada cambia, y sin embargo tú sí, no de manera visible, sino en un lugar más profundo, difícil de señalar.

Sientes que la muerte no era lo opuesto a la existencia, sino su límite, la forma que le da sentido. Que vivir no consiste en huir de ella, sino en aceptar su compañía silenciosa. Cierras la ventana con cuidado, como si no quisieras molestar a nadie, ni a nada.

Antes de irte a la cama miras el reloj de la cocina. Marca las ocho y diez. Sonríes apenas, pero no corriges la hora.

Apagas la luz.

Y el mundo, fiel a su costumbre, continúa.

Angélica Guzmán Reque es una escritora boliviana de marcada trayectoria en la literatura infantil y juvenil. Profesora de letras. Licenciada en psicopedagogía. Diplomada en Educación Superior y Master en escritura creativa. Autora de cuentos infantiles y juveniles, leyendas sobre la naturaleza y su origen, poesía infantil y novelas cortas infantiles y juveniles, incursionó en la literatura histórica; la investigación, ensayos de distinta naturaleza y Reseñas literarias de Literatura Latinoamericana en Editorial BGR de España. Ha publicado una veintena de obras personales, entre cuentos, leyendas y novelas infantiles y juveniles. Figura en Antologías nacionales e internaciones. Textos de lenguaje y literatura para primaria y secundaria. Con la Editorial El Paúro y Comunicarte.

 

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