Yaseen Ghaleb
—La cautela no te salva
del destino.
Así lo repetía Fatum, con su voz
áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada
como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.
Aquella sentencia resonaba en los
oídos de Shahin como un conjuro. Pero él, como todos los hombres que creen
estar por encima de la ley, jamás le prestó atención. No veía en aquellas
palabras más que cenizas de viejas historias que no pertenecían a su tiempo.
Shahin, con el cuerpo mestizo que
había heredado de su madre, era un meteorito que estallaba en medio de la
oscuridad del club nocturno. Sus ojos lanzaban chispas y sus pasos sobre la
pista parecían seguir un ritmo distinto al de la música.
La bailarina, aquella que el
destino había puesto en su camino, se contorsionaba ante él como una serpiente
luminosa. Giraba a su alrededor, avivando un fuego que solo podía extinguirse
mediante el riesgo. Ella extendió la mano y se golpeó ligeramente su pecho,
indicándole que se acercara. Él avanzó sin vacilar, como una mariposa
persiguiendo el resplandor de una llama, sin saber que aquel paso marcaba el
comienzo de su caída.
El local estaba sumergido en una
cascada de luces de neón, como una escena invertida de un paraíso oculto en los
brazos del infierno.
Shahin, cuya virilidad era tema de
conversación tanto entre mujeres como entre hombres, tomó a la bailarina y la
hizo sentir su sexo como quien vuelve a descubrir su propio cuerpo.
No era la primera vez. Y tampoco
habría sido la última. Si no hubiera aparecido el hijo del presidente.
Aquella sombra pesada que
arrastraba tras de sí escoltas vestidos de negro y rostros vacíos de expresión
entró en el local como entra un cazador en un bosque cuyos senderos conoce de
memoria.
Se detuvo de pronto frente a
Shahin, como si hubiera captado una chispa de desafío suspendida en el aire.
—¿Ya te habías acostado antes con
la bailarina? —preguntó con una frialdad semejante a una cuchilla.
Shahin levantó la cabeza, como
quien desafía lo que no puede ser desafiado.
—Sí, señor.
—¿Cuántas veces?
—Una sola.
El hijo del presidente miró a la
bailarina, que se había convertido en una estatua de miedo, y luego volvió la
vista hacia él.
—¿Sabes que ella me pertenece?
—Todos estamos a su servicio,
señor.
Al hijo del presidente la respuesta
no le gustó. Buscaba un pretexto. Cualquier pretexto.
—¿Me pediste permiso antes de
acostarte con ella?
—No, señor.
No hubo tiempo para pensar ni para
retroceder. La mano del hijo del presidente se elevó como una tormenta
repentina y le cruzó el rostro con tal fuerza que parecía querer borrarlo de la
existencia. Un diente delantero cayó al suelo como un mal presagio.
—Tu madre era una prostituta —dijo con
una voz cargada de desprecio mortal—. ¿Por qué no pediste permiso?
Shahin permaneció de pie,
limpiándose la sangre con la mano desnuda, y respondió con una calma cercana a
la locura.
—Mi madre no era una prostituta,
señor.
El hijo del presidente volvió a
reír. Su risa sonó como si se abrieran las puertas del infierno.
—¡Tu madre murió de tanto acostarse
con hombres!
Shahin no supo qué responder. No
sabía si debía llorar por aquella madre a la que apenas había conocido como una
sombra ausente, o dejarse arrastrar por la ola de rabia que lo invadía. El
silencio se volvió tan pesado que parecía capaz de matar a todos los presentes.
—Todas las bailarinas de aquí me
pertenecen —añadió entonces el hijo del presidente, con tono definitivo—. Si
quieres tocarlas, hablarles o acostarte con ellas, primero me pides permiso.
¿Entendido?
Shahin levantó la cabeza.
En sus ojos brillaba la mirada de
quien contempla la muerte cara a cara.
—¿Y por qué tendría que pedir
permiso, señor? ¿Acaso es su madre?
El aire pareció congelarse. Nadie
se atrevió a moverse. Y en aquel instante comenzó el final. El local estalló en
gritos. Los puños de los guardaespaldas cayeron sobre el cuerpo de Shahin como
si quisieran borrar toda huella de su existencia.
Caía. Volvía a levantarse. Volvía a
caer. Como un náufrago luchando contra olas más fuertes que él.
En aquel momento Shahin comprendió
que la cautela, por grande que fuera, jamás salva del destino.
Tal como repetía Fatum, con su voz
áspera, sentada en el umbral de la casa de barro, aspirando una colilla gastada
como si estuviera absorbiendo los últimos restos de vida que le quedaban.

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