jueves, 30 de julio de 2026

LA MUERTE DE MI MADRE

Branka Ćubrilo

ilustración de la autora

 

Cuando murió olvidé todo: todo lo que alguna vez le había reprochado, todo lo que alguna vez me había enfurecido de ella. Solo quedó un pesado remordimiento: ¿por qué no le permití verme con frecuencia durante todos aquellos años? Y, al final, ¿por qué me enfadé tanto aquella última vez que la vi, hasta el punto de marcharme de su casa decidido a no volver nunca más?

Hubo períodos en los que no la llamé ni la vi durante varios años, ni siquiera cuando ella me telefoneaba o me enviaba alguna de sus patéticas cartas.

La muerte.

¿Qué puede decirse de la muerte? Nunca estamos preparados para ella. Yo tampoco lo estaba aquella mañana en que sonó el teléfono.

Era Pierina.

Debo decir que hacía exactamente diez años que no hablábamos.

—Otto, habla Pierina.

—¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas? ¿Quién demonios te dio mi número...? —Quise añadir: ¿y quién te dio permiso para llamarme?, pero las palabras quedaron en la punta de mi lengua.

—Valeria ha muerto —dijo Pierina.

Esas mismas palabras aparecieron en la pantalla donde, años atrás, había suprimido con un enorme borrador todos los recuerdos de mi madre durante aquel viaje en tren de Bolonia a Milán.

Ahora era real. Valeria había muerto. Colgué sin decir una palabra y rompí a llorar por la madre a la que había dado la espalda y de cuya casa me había marchado, ofendido, para siempre.

Fui a la oficina y le dije al gran jefe que mi madre había fallecido.

Me miró sin ofrecer una sola palabra de consuelo.

—¿Cuántos días va a faltar esta vez? —preguntó únicamente.

—Solo porque estoy destrozado por el dolor no alcanzo a percibir todo el cinismo de su pregunta —respondí—. Estaré ausente una semana. Y, ya que estamos, permítame preguntarle una cosa por simple curiosidad: si hubiera muerto su madre, ¿cuántos días faltaría usted? ¿Ninguno, quizá?

Eso fue exactamente lo que dije. Y, en medio de toda aquella desesperación, me sentí orgulloso de mi rapidez y de mi valentía. Debo admitir que incluso yo mismo me sorprendí. Nunca habría esperado una respuesta tan audaz.

En realidad, el remordimiento me había acompañado durante toda la vida. Pero cuando mi madre murió, ese sentimiento ocupó el centro del escenario de mi ya de por sí frágil mundo emocional y terminó por coronarse como soberano en el invisible trono de mi quebradiza autoestima.

La voz del remordimiento me susurraba sin descanso: Eres culpable, Otto. Había demasiados motivos para sentirme culpable. Demasiadas decisiones equivocadas. Demasiadas acciones de las que arrepentirme. Y con cada minuto que pasaba era más consciente de la magnitud de mi culpa: haber traicionado a mi madre, haber traicionado sus expectativas, no visitarla nunca, enfurecerme cada vez que me decía la verdad –porque, al fin y al cabo, era la verdad–: que yo era un inútil, que jamás tendría éxito, que nunca llegaría a ser alguien digno de consideración... Y así sucesivamente. En vista de expuesto, quizá tenía razón. Tal vez ella siempre lo supo. Y me atreví incluso a pensar que acaso había muerto por culpa de todos mis errores. Al fin enfrentaba la verdad. Pero ya no había vuelta atrás. No existía manera de negociar con la muerte. Devuélveme a mi madre y admitiré que soy un imbécil, que jamás llegaré a ser nadie importante, que soy un excéntrico, un loco... Devuélvemela. ¡Me arrepiento!

No. La realidad no funciona así. La muerte posee una lógica propia, imposible de comprender para nosotros.

A los mortales solo nos queda el remordimiento.

Aunque hacía mucho tiempo que había dado la espalda a la Iglesia, a los sacerdotes y a toda aquella fauna, me prometí que, cuando el dolor disminuyera un poco, hablaría con un sacerdote. Quizá él pudiera encontrar la manera de transmitirle todo aquello a mi madre.

Había demasiadas razones para sentir remordimiento. Todo comenzaba en mi infancia. Ellos querían un Otto distinto. Yo era un niño rebelde. Todo lo que deseaba era ser diferente, ser único. Incluso de pequeño sabía que quería ser poeta. Pero, en la realidad de mis padres, en el libro donde estaban escritos todos sus deseos, figuraba otra cosa: Otto será abogado. Igual que su santo padre. Heredará el estudio jurídico.

¡No! Nada de códigos. Nada de uniformes, escribientes, policías, decretos, enormes libros llenos de frases idénticas, trajes grises, corbatas ni voces autoritarias de hombres omnipotentes. ¡No! ¡Otto no quería nada de eso!

¡Pero no hubo misericordia! ¿Quién iba a preguntarle a un niño qué quería ser? ¿Quién le preguntó alguna vez a Otto qué soñaba para su vida? Nadie. Mi padre repetía ante cualquiera, se lo preguntaran o no: Mi hijo será abogado. Y aquella voz interior –que entonces todavía no sabía que acabaría convirtiéndose en la voz del remordimiento– gritaba desesperada: ¡No! ¡No! ¡No! ¡Es un error! ¡Otto será poeta! Pero solo yo podía escucharla. Mi rostro contaba otra historia. Sonreía. Y bajaba los ojos para ocultar el secreto. Siempre ocurría igual. Cada vez que mi padre anunciaba: Mi hijo será abogado. Yo estiraba los labios en una sonrisa forzada y contemplaba las puntas de mis zapatos. Tanto mi madre como yo obedecíamos los deseos de mi padre sin pronunciar una sola palabra, porque en aquella casa no había lugar para nuestros propios sueños, esperanzas o deseos. Todo eso quedaba aplazado para algún futuro impreciso.

Durante mis primeros años nunca hablé de lo que realmente quería. Solo asentía con la cabeza mientras esperaba ese futuro. Y, cuando me encontraba completamente solo, iba al jardín y contemplaba la copa del viejo álamo, que me indicaba hacia dónde navegaban las nubes. Su copa parecía la enorme aguja del reloj del cielo, señalándome el camino hacia el paraíso.

Y para mí, Otto Visconti, solo existía un camino: alcanzar el cielo en alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad. En la escuela era el hazmerreír de todos. Era el más pequeño, delgado como una rama y extremadamente tímido. Cuando tenía que hablar, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. El calor me subía al rostro y me enrojecía las sienes. Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

La única paz que encontraba era sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé así mi primera colección de poemas, que jamás llegó a publicarse: Solo para mi álamo.

Y para mí, Otto Visconti, el único camino hacia el cielo era recorrerlo sobre las alas de la poesía.

Solo sobre las alas de la poesía podía sobrevivir en aquella realidad.

En la escuela era el hazmerreír de todos: el más pequeño de la clase, delgado como una rama y terriblemente tímido. Cuando tenía que decir algo, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que las palabras salieran. Ese calor me enrojecía el rostro y las sienes.

Todavía no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.

El único alivio consistía en sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.

Por eso titulé mi primera colección de poemas, que jamás llegaría a publicarse: Solo para mi álamo.

Branka Ćubrilo es una reconocida novelista, cuentista, poeta, lingüista y artista surrealista de renombre internacional que nació en Croacia y reside en Mosman, Sídney, Australia. Es autora de nueve novelas y dos colecciones de cuentos (publicadas en varios idiomas y países), centrándose principalmente en la ficción histórica y las complejidades de la condición humana. Recientemente, tras una importante pérdida, Branka ha redescubierto una antigua pasión que le ha servido de consuelo y sanación: la pintura, creando más de cien obras en tan solo unos meses. A principios del año 2000, Branka recibió premios literarios y una beca del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.




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