Branka Ćubrilo
Cuando murió olvidé
todo: todo lo que alguna vez le había reprochado, todo lo que alguna vez me
había enfurecido de ella. Solo quedó un pesado remordimiento: ¿por qué no le
permití verme con frecuencia durante todos aquellos años? Y, al final, ¿por qué
me enfadé tanto aquella última vez que la vi, hasta el punto de marcharme de su
casa decidido a no volver nunca más?
Hubo períodos en los que no la
llamé ni la vi durante varios años, ni siquiera cuando ella me telefoneaba o me
enviaba alguna de sus patéticas cartas.
La muerte.
¿Qué puede decirse de la muerte?
Nunca estamos preparados para ella. Yo tampoco lo estaba aquella mañana en que
sonó el teléfono.
Era Pierina.
Debo decir que hacía exactamente
diez años que no hablábamos.
—Otto, habla Pierina.
—¿Qué quieres? ¿Por qué me llamas?
¿Quién demonios te dio mi número...? —Quise añadir: ¿y quién te dio permiso
para llamarme?, pero las palabras quedaron en la punta de mi lengua.
—Valeria ha muerto —dijo Pierina.
Esas mismas palabras aparecieron en
la pantalla donde, años atrás, había suprimido con un enorme borrador todos los
recuerdos de mi madre durante aquel viaje en tren de Bolonia a Milán.
Ahora era real. Valeria había
muerto. Colgué sin decir una palabra y rompí a llorar por la madre a la que
había dado la espalda y de cuya casa me había marchado, ofendido, para siempre.
Fui a la oficina y le dije al
gran jefe que mi madre había fallecido.
Me miró sin ofrecer una sola
palabra de consuelo.
—¿Cuántos días va a faltar esta
vez? —preguntó únicamente.
—Solo porque estoy destrozado por
el dolor no alcanzo a percibir todo el cinismo de su pregunta —respondí—.
Estaré ausente una semana. Y, ya que estamos, permítame preguntarle una cosa
por simple curiosidad: si hubiera muerto su madre, ¿cuántos días faltaría
usted? ¿Ninguno, quizá?
Eso fue exactamente lo que dije. Y,
en medio de toda aquella desesperación, me sentí orgulloso de mi rapidez y de
mi valentía. Debo admitir que incluso yo mismo me sorprendí. Nunca habría
esperado una respuesta tan audaz.
En realidad, el remordimiento me
había acompañado durante toda la vida. Pero cuando mi madre murió, ese
sentimiento ocupó el centro del escenario de mi ya de por sí frágil mundo
emocional y terminó por coronarse como soberano en el invisible trono de mi quebradiza
autoestima.
La voz del remordimiento me
susurraba sin descanso: Eres culpable, Otto. Había demasiados motivos
para sentirme culpable. Demasiadas decisiones equivocadas. Demasiadas acciones
de las que arrepentirme. Y con cada minuto que pasaba era más consciente de la
magnitud de mi culpa: haber traicionado a mi madre, haber traicionado sus
expectativas, no visitarla nunca, enfurecerme cada vez que me decía la verdad –porque,
al fin y al cabo, era la verdad–: que yo era un inútil, que jamás tendría
éxito, que nunca llegaría a ser alguien digno de consideración... Y así
sucesivamente. En vista de expuesto, quizá tenía razón. Tal vez ella
siempre lo supo. Y me atreví incluso a pensar que acaso había muerto por culpa
de todos mis errores. Al fin enfrentaba la verdad. Pero ya no había vuelta
atrás. No existía manera de negociar con la muerte. Devuélveme a mi madre y
admitiré que soy un imbécil, que jamás llegaré a ser nadie importante, que soy
un excéntrico, un loco... Devuélvemela. ¡Me arrepiento!
No. La realidad no funciona así. La
muerte posee una lógica propia, imposible de comprender para nosotros.
A los mortales solo nos queda el
remordimiento.
Aunque hacía mucho tiempo que había
dado la espalda a la Iglesia, a los sacerdotes y a toda aquella fauna, me
prometí que, cuando el dolor disminuyera un poco, hablaría con un sacerdote. Quizá
él pudiera encontrar la manera de transmitirle todo aquello a mi madre.
Había demasiadas razones para
sentir remordimiento. Todo comenzaba en mi infancia. Ellos querían un Otto
distinto. Yo era un niño rebelde. Todo lo que deseaba era ser diferente, ser
único. Incluso de pequeño sabía que quería ser poeta. Pero, en la realidad de
mis padres, en el libro donde estaban escritos todos sus deseos, figuraba otra
cosa: Otto será abogado. Igual que su santo padre. Heredará el estudio
jurídico.
¡No! Nada de códigos. Nada de
uniformes, escribientes, policías, decretos, enormes libros llenos de frases
idénticas, trajes grises, corbatas ni voces autoritarias de hombres
omnipotentes. ¡No! ¡Otto no quería nada de eso!
¡Pero no hubo misericordia! ¿Quién
iba a preguntarle a un niño qué quería ser? ¿Quién le preguntó alguna vez a
Otto qué soñaba para su vida? Nadie. Mi padre repetía ante cualquiera, se lo
preguntaran o no: Mi hijo será abogado. Y aquella voz interior –que
entonces todavía no sabía que acabaría convirtiéndose en la voz del
remordimiento– gritaba desesperada: ¡No! ¡No! ¡No! ¡Es un error! ¡Otto será
poeta! Pero solo yo podía escucharla. Mi rostro contaba otra historia. Sonreía.
Y bajaba los ojos para ocultar el secreto. Siempre ocurría igual. Cada vez que
mi padre anunciaba: Mi hijo será abogado. Yo estiraba los labios en una
sonrisa forzada y contemplaba las puntas de mis zapatos. Tanto mi madre como yo
obedecíamos los deseos de mi padre sin pronunciar una sola palabra, porque en
aquella casa no había lugar para nuestros propios sueños, esperanzas o deseos. Todo
eso quedaba aplazado para algún futuro impreciso.
Durante mis primeros años nunca
hablé de lo que realmente quería. Solo asentía con la cabeza mientras esperaba ese
futuro. Y, cuando me encontraba completamente solo, iba al jardín y
contemplaba la copa del viejo álamo, que me indicaba hacia dónde navegaban las
nubes. Su copa parecía la enorme aguja del reloj del cielo, señalándome el
camino hacia el paraíso.
Y para mí, Otto Visconti, solo
existía un camino: alcanzar el cielo en alas de la poesía.
Solo sobre las alas de la poesía
podía sobrevivir en aquella realidad. En la escuela era el hazmerreír de todos.
Era el más pequeño, delgado como una rama y extremadamente tímido. Cuando tenía
que hablar, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba la garganta e impedía que
las palabras salieran. El calor me subía al rostro y me enrojecía las sienes. Todavía
no se había inventado nada capaz de aliviar aquel fuego.
La única paz que encontraba era
sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome
el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único
consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma.
¿Cómo iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en
convertirme en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.
Por eso titulé así mi primera
colección de poemas, que jamás llegó a publicarse: Solo para mi álamo.
Y para mí, Otto Visconti, el único
camino hacia el cielo era recorrerlo sobre las alas de la poesía.
Solo sobre las alas de la poesía
podía sobrevivir en aquella realidad.
En la escuela era el hazmerreír de
todos: el más pequeño de la clase, delgado como una rama y terriblemente
tímido. Cuando tenía que decir algo, tartamudeaba. Un nudo ardiente me cerraba
la garganta e impedía que las palabras salieran. Ese calor me enrojecía el
rostro y las sienes.
Todavía no se había inventado nada
capaz de aliviar aquel fuego.
El único alivio consistía en
sentarme en el jardín y contemplar la copa de mi álamo, que seguía señalándome
el camino hacia el cielo. Mi álamo era mi único amigo. Mi único
consejero. Mi único consuelo. Y solo yo sabía que aquel árbol tenía un alma. ¿Cómo
iba a explicárselo a un padre abogado? ¿O a una madre empeñada en convertirme
en una copia exacta de él? Solo podía expresarme ante mi álamo.
Por eso titulé mi primera colección
de poemas, que jamás llegaría a publicarse: Solo para mi álamo.
Branka Ćubrilo es una reconocida
novelista, cuentista, poeta, lingüista y artista surrealista de renombre
internacional que nació en Croacia y reside en Mosman, Sídney, Australia. Es
autora de nueve novelas y dos colecciones de cuentos (publicadas en varios
idiomas y países), centrándose principalmente en la ficción histórica y las
complejidades de la condición humana. Recientemente, tras una importante
pérdida, Branka ha redescubierto una antigua pasión que le ha servido de
consuelo y sanación: la pintura, creando más de cien obras en tan solo unos
meses. A principios del año 2000, Branka recibió premios literarios y una beca
del Ministerio de Asuntos Exteriores de España.

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