sábado, 17 de octubre de 2026

HASTA LA MÁS AVANZADA JUVENTUD

Mihai Cacior

 

El hombre caminaba despacio por el centro de la pista de baile, con las manos en los bolsillos, como si paseara por un parque.

—De todos modos, ya no existen las relaciones serias —dijo la mujer.

—No estoy de acuerdo —dijo su amiga.

—Solo existe el último encuentro sexual antes de que decidas poner fin a tu vida —continuó ella—. ¡Y yo apenas he empezado!

El hombre se puso a bailar con alguien.

Estaban de moda las prendas luminosas, holgadas, que desafiaban la gravedad. Las mujeres llevaban vestidos largos que flotaban a su alrededor, con motivos luminosos que danzaban al ritmo de la música, y los hombres usaban abrigos hasta los tobillos, de hombros anchos, y sombreros con intrincados diseños geométricos. Solo él se distinguía de los demás. Llevaba una sencilla camisa blanca, pantalones de tela gris y guantes negros. Tenía el cabello corto y no llevaba barba. Ella solo le había visto la cara, pero ya intuía que no tenía ningún tatuaje.

—Sigo creyendo que existen las almas gemelas —continuó su amiga—. Como en los cuentos antiguos. ¡Hasta la más avanzada vejez!

—Querida, la vejez ya no existe.

Terminó su bebida y activó la glándula depuradora. Quería tener la mente despejada. El alcohol desapareció de su sangre. Se sentía como si acabara de despertar de un sueño reparador.

Lo veía en todos los bailes.

No lo perdió de vista mientras se abría paso entre la multitud. Él se movía despacio; su pareja bailaba con energía y llevaba un vestido multicolor hasta el suelo, aunque no lo tocaba: flotaba a su alrededor, al igual que su cabello, lleno de joyas. No hacían buena pareja.

Él la vio acercarse. Le sonrió.

Cuando llegó a su lado, apartó la mano de la cintura de la otra mujer, la estrechó entre las suyas y empezaron un vals lento que no tenía ninguna relación con la música del baile. Los guantes eran tan finos que parecía que no los llevaba. La otra mujer se alejó sin mostrar rencor y, al cabo de unos instantes, encontró otra pareja.

La mujer y el hombre continuaron el vals, sonriéndose. Convirtieron en un juego su resistencia al ritmo de la multitud.

Más tarde, cerca del amanecer, ella pensó que su intuición había sido acertada. Él no tenía ningún tatuaje.

—Ya no existen las relaciones para toda la vida, ¿verdad? —preguntó antes de dormirse, mientras él le acariciaba la espalda.

—¿Mmm? Sí, solo las circunstanciales —añadió él.

Ella despertó primero y se metió en la ducha. Ya pensaba en el próximo baile, en el próximo hombre. Cuando salió, lo encontró vestido. Estaba frente a una cocina con una sartén en la mano.

—¿Quién sigue cocinando para sí mismo? —preguntó.

Él se limitó a sonreírle.

En serio, ¿quién seguía cocinando?, volvió a preguntarse ella, desconcertada. Cuando era tan fácil pedir cualquier exquisitez y recibirla de un dron dondequiera que estuvieras. O ir a un restaurante y cenar mientras contemplabas bailarines que flotaban en el aire, una ópera o una obra de teatro. Cuando todo costaba lo mismo que un vaso de agua, una entrada para un baile o un departamento: nada.

Se sentaron a la mesa de la cocina. Él sirvió una tortilla trenzada y jugo de naranja.

—Está muy bueno —dijo ella.

—No te lo esperabas, ¿verdad? —Él le sonrió—. Es una lástima que ya no hagamos las cosas como antes.

—¿Por ejemplo? Aparte de cocinar.

—Por ejemplo, presentarnos. Me llamo…

—Basta —lo interrumpió ella—. No quiero que nos digamos nuestros nombres. Es que después podrías buscarme.

—¿Y si solo te digo el mío? Así seguiré sin poder encontrarte. ¿O tienes miedo de buscarme tú?

—El miedo es otra de las cosas de las que prescindo. Está pasado de moda, es una antigualla.

Cuando terminó de comer, ella se levantó.

—¿Qué planes tienes para hoy? —preguntó él.

—Son secretos.

—Nada en particular, entonces. Quédate un rato más. Quiero mostrarte algo.

—Ya me mostraste todo lo que quería. Estuvo bien. No estropeemos el recuerdo.

Se vistió. Antes de salir del departamento, volvió a mirarlo. Lavaba los platos y tarareaba. Él giró la cabeza apenas lo necesario para guiñarle un ojo.

—Hasta la vista —dijo.

—Adiós —lo corrigió ella.

 

El siguiente baile se celebró en otra zona de la ciudad orbital. La gravedad era tan baja que los invitados volaban entre las plataformas con alas de terciopelo o pequeños motores ocultos en el forro de la ropa. Se encontraban entre las ramas de un árbol de cientos de metros de longitud, con hojas de varios metros de ancho, situado en el centro de una cúpula de diamante que dejaba pasar la luz natural de las estrellas.

No tardó en verlo. No se acercó.

Buscó otra pareja. Bailó con un hombre que hablaba demasiado, luego con otro que fumaba demasiado y después con uno que se había puesto demasiado perfume. Se acercaba el amanecer. La multitud empezó a dispersarse. Ella se quedó sola. Volvió a distinguirlo: estaba solo, meciéndose sobre una hoja como en una hamaca, fumando una pipa y mirándola. Lo invitó a bailar.

Había bebido toda la noche y no se había molestado en eliminar el alcohol de la sangre, así que estuvo algo más alocada de lo que habría querido. Bailaron, rieron, se besaron. Mientras ella le acariciaba el cabello, él preguntó:

—¿Con cuántos te has acostado?

—Es una pregunta bastante personal.

—¿Más íntima que decirme tu nombre?

—No, nada es más íntimo. Y, de todos modos, ¿quién lleva la cuenta?

—Tú pareces precisamente de las que llevan la cuenta. De las que valoran cada noche, cada rostro, cada gesto.

Ella asintió con una sonrisa.

—¿Y tú?

—Con pocas.

—Pareces decepcionado.

—Sí, pero por otro motivo.

—¿Ah, sí?

—Uno personal.

—Olvida que pregunté, entonces.

Él la tomó de la mano y ella se dejó llevar. Abandonaron el baile saltando desde la plataforma de la rama gigantesca, salieron del inmenso recinto y dejaron atrás el árbol. Con la mente todavía embotada, no advirtió que no iban a casa de él hasta que se detuvieron ante otra cúpula, de apenas unas decenas de metros de diámetro. Volvían a contemplar el espacio. Veían un gigante gaseoso rodeado de anillos de colores, las estructuras del puerto y puntos luminosos en movimiento: los motores de las naves. El sol se ponía detrás del planeta; la luz crepuscular fue menguando hasta que el astro se ocultó y entonces pudieron ver de verdad el cielo, con todas sus estrellas y nebulosas. Él le tomó la mano y la dirigió hacia un punto del cielo. Hacia una estrella apenas visible.

—De allí venimos. Sol, la estrella de la Tierra. Algún día me gustaría visitarla.

Ella no retiró la mano.

—¿Qué crees que encontrarás allí que no tengamos aquí?

—Algo que todavía no conozco.

A la mañana siguiente, él preparó panqueques y sirvió jugo de granada.

 

Siguió viéndolo en todos los bailes, siempre en contraste con la multitud. La ropa que desafiaba la gravedad había pasado de moda. Durante un tiempo, todos llevaron trajes de formas geométricas, angulosas, hechos de un material espejado, y la multitud se convirtió en un caleidoscopio agotador. Durante otra temporada, la moda fue la desnudez. Después volvieron las prendas coloridas y extravagantes. Ella se adaptaba a cada cambio, aunque nunca conseguía armar un atuendo que impresionara. Solo él permanecía igual.

No volvió a acercarse a él, ni siquiera cuando no encontraba una pareja de su agrado, algo que le sucedía cada vez con mayor frecuencia. Cuando bailaba con alguien nuevo, o simplemente conversaba o le acariciaba el cabello, la sorprendían pensamientos sobre él y volvía a buscarlo con la mirada, hasta encontrarlo bailando con alguna otra mujer o, a veces, con un hombre. Él siempre le devolvía la mirada y le sonreía.

Ella había dejado de usar la glándula depuradora. Daba rienda suelta al alcohol; ya no le importaba sentir cada caricia, cada gesto, saborear cada palabra. Así le resultaba más fácil encontrar pareja. Despertaba con resaca en una cama ajena y regresaba de inmediato a su casa.

Hasta que una noche, en un sótano estrecho y oscuro, con una música que le hacía vibrar todo el cuerpo, lo vio apoyado en un rincón, otra vez vestido de negro. Ni siquiera supo cómo había logrado distinguirlo.

—No parece que te estés divirtiendo —le dijo.

—¿Mmm? ¿Por qué no? —respondió él, mirando el club con hastío—. A veces me gustaría poder ser un ermitaño, ¿sabes?

Ella se apoyó a su lado. Pidió otra bebida y bebió hasta marearse.

—Querías mostrarme algo. ¿Todavía te acuerdas? Después de la primera noche.

—¿Mmm? Ah, sí. Ya no viene al caso —respondió él, y solo entonces la miró a los ojos por primera vez aquella noche—. Pero ven, te mostraré otra cosa.

Le tomó la mano. Como siempre, llevaba guantes.

Recorrieron los pasillos y las plazas de la ciudad, concurridos, llenos de vida y de arte. Subieron a un tren y bajaron en una zona gris y funcional. Allí la gente caminaba con un propósito; nadie llevaba vestidos ni abrigos multicolores. Incluso vieron un grupo de niños. No se oía música. Él la condujo por una serie de pasillos hasta llegar a un restaurante. Era un local amplio, de techo alto, con las mesas separadas y conversaciones tranquilas. Una de las paredes era un ventanal que daba al exterior de la ciudad, al espacio.

Contemplaron un astillero donde se ensamblaban cascos de todos los tamaños, algunos de apenas unas decenas de metros y otros de varios kilómetros. Veían brazos mecánicos y robots que maniobraban las piezas y las soldaban. Entre las estructuras se distinguían pequeñas figuras, como hormigas, con dos brazos y dos piernas.

—¿Esos son seres humanos? —preguntó ella—. ¿Qué pueden hacer que un robot no haga mejor y más rápido?

—Planteas mal la pregunta. ¿Qué puede hacer el trabajo por ellos que no haga por los robots? Darles la satisfacción de una tarea bien hecha.

Siguieron paseando. Él le mostró zonas de la metrópolis orbital en las que ella nunca había pensado: depósitos, fábricas, laboratorios. Por último llegaron a casa de él. Como no había eliminado el alcohol a tiempo, estaba exhausta. Se durmieron abrazados.

A la mañana siguiente, cuando despertó y se vio todavía vestida, aunque cubierta, comprendió que no habían tenido sexo. Nunca le había sucedido algo así. Se asustó. ¿Qué sentido tenía dormir con alguien si no pasaba nada?

Él la esperaba con la mesa puesta, leyendo un libro. Ella comió deprisa, luego lo tomó de la camiseta, lo desvistió y puso las cosas en orden. Como ya era mediodía cuando quedaron satisfechos, se quedó con él. Pasearon hasta el anochecer; él le mostró los invernaderos hidropónicos donde crecían frutas. Por la noche, desnudos bajo el edredón, ella estaba decidida a hacer que aquella noche valiera la pena. Pero seguía cansada de los encuentros de unas horas antes. Decidió que ya no tenía sentido ir a dormir a su propia cama. Se quedó con él.

Por la mañana, mientras se vestían, lo observó plancharse la camisa, acomodársela, calzarse y ponerse los guantes.

—¿Por qué usas guantes?

—Es una costumbre de mis antepasados. Vivían en una teocracia, hace unos milenios. Mostrar las manos era un tabú. Es interesante lo que una sociedad decide considerar importante y cómo se amolda la vida cotidiana a eso. Por ejemplo, como siempre llevaban guantes salvo en familia, el simple acto de cenar se había convertido en algo íntimo, importante, una señal de gran confianza.

—Sigues sin responderme. ¿Por qué los usas tú?

—Estas pequeñas dificultades hacen más interesante la vida, ¿no te parece?

—Mmm. Por cierto, esta noche dormiré en mi casa.

—Muy bien.

—Y voy a ir al baile de los marqueses.

—Que te diviertas. Quizá también pase por allí, pero todavía tengo algunas cosas que hacer.

Aquella noche, en el baile de los marqueses, ella no lo buscó con la mirada. Llevó a casa a un hombre alto de piel suave.

Siguió viéndolo de vez en cuando en los bailes. A veces ella encontraba a otra persona y él también; otras, se acercaba a él. Advirtió que cada vez que lo buscaba, él dejaba a su pareja de baile para estar con ella.

Pasaban cada vez más días juntos. Se perdían cada vez más bailes. Ella había dejado de estar al tanto de las modas.

Él le mostró lo que había querido enseñarle aquella primera mañana. La condujo a una habitación de su departamento que ella no conocía: un taller de carpintería. En otra había una sala acogedora, un piano, cuadros en las paredes y muebles de madera hechos por él. Le explicó que había creado aquella sala para tener un lugar donde reunir a sus amigos más queridos.

—Creo que todavía necesitamos lugares así, que no estén construidos con precisión matemática para agradar al mayor número posible de personas; un lugar donde podamos ser nosotros mismos.

Le habló de un amigo pianista que lo visitaba a menudo.

—Incluso me dijo que le gusta más tocar aquí que en cualquier sala de conciertos.

—¿Y toca bien?

—Mejor que nadie. De hecho, va a tocar en el baile de esta noche. ¿Quieres que vayamos?

—¿Cómo, juntos?

—Sí, ¿por qué no?

—Pero… ¿qué ropa está de moda ahora?

—¿Crees que lo sé? —respondió él, riendo.

Él se puso un saco negro y ella un vestido azul ceñido. Los demás iban envueltos en prendas que recordaban las dunas de un desierto. A ella le gustó la música.

 

Como pasaba más tiempo en casa de él que en la suya, decidió dejar libre su departamento. Cuando sintiera la necesidad de una pareja nueva, algo que ocurría cada vez menos, le resultaría igual de fácil conseguir una habitación por una noche o ir a casa de su pareja de aquella velada. Y cada vez que iba sola a un baile, aunque él siempre decía que de todos modos tenía trabajo, que no saldría y que la esperaba al día siguiente, ella deseaba que él también encontrara a alguien nuevo para esa noche.

Pasaron así varios años juntos, hasta una tarde en que ella leía en la sala y él trabajaba en la habitación contigua. A través de las dos puertas altas de madera y vidrio, hechas por él, lo veía trabajar en una silla. Llevaba guantes ásperos, manchados de pintura y cubiertos de aserrín. A ella le gustaba aquel silencio atravesado por los sonidos del trabajo, de los clavos al entrar, de la madera al cortarse. Le gustaba el olor de la madera. Él dejó la sierra sobre la mesa, se sacudió el aserrín y bebió un vaso de agua. Se quitó los guantes de trabajo y, al ver sus manos desnudas, aunque las había visto y sentido tantas veces durante tantas noches, ella experimentó una excitación más intensa que cuando había visto por primera vez a un hombre desnudo en su cama.

Él se puso los guantes de entrecasa, los finos, y hablaron un rato de la novela que ella estaba leyendo, tomada de su biblioteca. Cocinaron juntos y comieron. Después él le dijo:

—Vámonos.

—¿Adónde?

—Hacia Sol. Hacia la Tierra.

Ella quedó asombrada ante la propuesta, ante su seriedad. Cerró el libro sin fijarse en qué página había quedado.

—¿Dejar todo lo que has hecho aquí? —preguntó, mirando hacia el taller.

—Lo encontraremos todo igual, aunque regresemos dentro de cien años.

Ella sintió un miedo como nunca había experimentado en su vida, pero también un entusiasmo de la misma intensidad. Asintió.

Partieron hacia Sol en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas, pero no las sintieron, porque pasaron todos aquellos años sumidos en un sueño sin sueños. Pisaron el planeta natal de la humanidad y recorrieron cada rincón de cada continente. Visitaron ciudades cuya historia se remontaba a decenas de miles de años. Después abandonaron el sistema de Sol, pero no regresaron a casa: se dirigieron hacia otras estrellas, hacia otras tierras, nuevas para ambos.

 

Llevaban ciento once años viviendo juntos: decenas de miles de noches durmiendo abrazados, otras tantas mañanas perezosas, tardes entregadas a los paseos, veladas en las que preparaban la cena. Él había cumplido trescientos treinta años; ella, ciento cincuenta y cinco. Tenían exactamente el mismo aspecto que la noche en que habían bailado por primera vez.

Ella cerró el libro. Él estaba acostado a su lado, con la mirada perdida, quitándose los guantes y volviendo a ponérselos. Ella le tomó la mano. Estaban en una habitación de hotel de un mundo acuático; desde el dormitorio veían arrecifes de coral.

—Podríamos visitar también Sirio, ver los anillos de Upsala —le dijo. Él seguía con la mirada perdida—. Podríamos visitar los bosques de Mitobirion.

Él negó suavemente con la cabeza.

—Sé que ya lo hablamos —continuó ella— y dijimos lo que dijimos, pero aun así podríamos…

Él la miró a los ojos y preguntó:

—¿Has cambiado de opinión? ¿De verdad quieres un hijo o solo quieres darme un propósito en la vida? Lo único que quiero es volver a casa.

Abandonaron el mundo acuático. Se embarcaron en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas.

Regresaron al departamento que habían dejado un siglo atrás. Las sartenes tenían las mismas manchas; el suelo del taller estaba cubierto de aserrín; sobre el piano de la sala había una caja de clavos y un martillo, aunque el departamento que encontraron se hallaba en otro barrio de la metrópolis orbital. Él tomó una silla que se parecía a la que había hecho un siglo antes, la olió, acarició con la mano desnuda el respaldo barnizado. La arrojó al suelo, rompió una pata y observó las fibras de la madera.

El departamento era una imitación del original. El suelo no crujía, el piano no estaba desafinado, la madera no se había hinchado ni enmohecido. Él tomó la caja de clavos y la arrojó contra la puerta. Agarró el martillo y golpeó el piano con todas sus fuerzas, le rompió las patas, destrozó las teclas. Cayó de rodillas, exhausto. Ella lo miró a los ojos enrojecidos y no los reconoció.

 

Los seres humanos ya no envejecen. Nacen, crecen, atraviesan una adolescencia tan tumultuosa como en cualquier época de la historia de la humanidad, se convierten en adultos jóvenes y así permanecen. Sin embargo, siguen acumulando experiencias, vivencias, expectativas. Llega un momento inevitable, después de cien años o de mil, en que la mente, hecha para una vida de mecha corta, que venía con fecha de vencimiento, incluso ahora, con todos los milagros médicos que han desterrado la vejez y la enfermedad, se llena de vivencias hasta el límite. Sucede cuando las personas han visto todo lo que había por ver, han sentido todo lo que había por sentir, se han reído de todo lo gracioso y han llorado por todo lo triste. Llega un momento en que la vida corporal ya no tiene nada nuevo que ofrecer.

Ese momento llegó primero para él y, finalmente, para ella. Cada día se había convertido en una representación teatral bien ensayada; ya no había nada que los alegrara ni los entristeciera. Habían hecho todo lo que alguna vez habían deseado hacer y decidieron que ya no tenía sentido intentar lo que todavía no habían intentado.

Él eligió una muerte sencilla; se resignó a pasar a la nada.

Ella eligió transferir su mente al paraíso digital, donde todo era posible, donde las personas podían convertirse en algo más que simples seres humanos.

Se acostaron juntos por última vez, estrechamente abrazados, ahuyentando el sueño cuanto podían, prolongando el tiempo. Con los labios pegados a su oído, ella le susurró su nombre, nunca pronunciado durante el siglo que habían pasado juntos. Él hizo lo mismo. Se despidieron. Se durmieron: él, en una quietud sin fin; ella, en un sueño del que despertaría en otro lugar, transformada para siempre.

Mihai Cacior (nacido en 1997 en Rumania) es un escritor de ficción especulativa y ciencia ficción. Se graduó en la Facultad de Automática y Computación de la Universidad Politécnica de Bucarest, combinando su actividad profesional en el ámbito tecnológico con la creación literaria. Ha publicado narrativa corta en reconocidos espacios culturales y revistas literarias de su país, como la plataforma Ficțiunea y los circuitos de literatura fantástica y de anticipación vinculados al club Helion.

 

 

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