Mihai Cacior
El hombre caminaba
despacio por el centro de la pista de baile, con las manos en los bolsillos,
como si paseara por un parque.
—De todos modos, ya no existen las
relaciones serias —dijo la mujer.
—No estoy de acuerdo —dijo su
amiga.
—Solo existe el último encuentro
sexual antes de que decidas poner fin a tu vida —continuó ella—. ¡Y yo apenas
he empezado!
El hombre se puso a bailar con
alguien.
Estaban de moda las prendas
luminosas, holgadas, que desafiaban la gravedad. Las mujeres llevaban vestidos
largos que flotaban a su alrededor, con motivos luminosos que danzaban al ritmo
de la música, y los hombres usaban abrigos hasta los tobillos, de hombros
anchos, y sombreros con intrincados diseños geométricos. Solo él se distinguía
de los demás. Llevaba una sencilla camisa blanca, pantalones de tela gris y
guantes negros. Tenía el cabello corto y no llevaba barba. Ella solo le había
visto la cara, pero ya intuía que no tenía ningún tatuaje.
—Sigo creyendo que existen las
almas gemelas —continuó su amiga—. Como en los cuentos antiguos. ¡Hasta la más
avanzada vejez!
—Querida, la vejez ya no existe.
Terminó su bebida y activó la
glándula depuradora. Quería tener la mente despejada. El alcohol desapareció de
su sangre. Se sentía como si acabara de despertar de un sueño reparador.
Lo veía en todos los bailes.
No lo perdió de vista mientras se
abría paso entre la multitud. Él se movía despacio; su pareja bailaba con
energía y llevaba un vestido multicolor hasta el suelo, aunque no lo tocaba:
flotaba a su alrededor, al igual que su cabello, lleno de joyas. No hacían
buena pareja.
Él la vio acercarse. Le sonrió.
Cuando llegó a su lado, apartó la
mano de la cintura de la otra mujer, la estrechó entre las suyas y empezaron un
vals lento que no tenía ninguna relación con la música del baile. Los guantes
eran tan finos que parecía que no los llevaba. La otra mujer se alejó sin
mostrar rencor y, al cabo de unos instantes, encontró otra pareja.
La mujer y el hombre continuaron el
vals, sonriéndose. Convirtieron en un juego su resistencia al ritmo de la
multitud.
Más tarde, cerca del amanecer, ella
pensó que su intuición había sido acertada. Él no tenía ningún tatuaje.
—Ya no existen las relaciones para
toda la vida, ¿verdad? —preguntó antes de dormirse, mientras él le acariciaba
la espalda.
—¿Mmm? Sí, solo las
circunstanciales —añadió él.
Ella despertó primero y se metió en
la ducha. Ya pensaba en el próximo baile, en el próximo hombre. Cuando salió,
lo encontró vestido. Estaba frente a una cocina con una sartén en la mano.
—¿Quién sigue cocinando para sí
mismo? —preguntó.
Él se limitó a sonreírle.
En serio, ¿quién seguía cocinando?,
volvió a preguntarse ella, desconcertada. Cuando era tan fácil pedir cualquier
exquisitez y recibirla de un dron dondequiera que estuvieras. O ir a un
restaurante y cenar mientras contemplabas bailarines que flotaban en el aire,
una ópera o una obra de teatro. Cuando todo costaba lo mismo que un vaso de
agua, una entrada para un baile o un departamento: nada.
Se sentaron a la mesa de la cocina.
Él sirvió una tortilla trenzada y jugo de naranja.
—Está muy bueno —dijo ella.
—No te lo esperabas, ¿verdad? —Él
le sonrió—. Es una lástima que ya no hagamos las cosas como antes.
—¿Por ejemplo? Aparte de cocinar.
—Por ejemplo, presentarnos. Me
llamo…
—Basta —lo interrumpió ella—. No
quiero que nos digamos nuestros nombres. Es que después podrías buscarme.
—¿Y si solo te digo el mío? Así
seguiré sin poder encontrarte. ¿O tienes miedo de buscarme tú?
—El miedo es otra de las cosas de
las que prescindo. Está pasado de moda, es una antigualla.
Cuando terminó de comer, ella se
levantó.
—¿Qué planes tienes para hoy?
—preguntó él.
—Son secretos.
—Nada en particular, entonces.
Quédate un rato más. Quiero mostrarte algo.
—Ya me mostraste todo lo que
quería. Estuvo bien. No estropeemos el recuerdo.
Se vistió. Antes de salir del
departamento, volvió a mirarlo. Lavaba los platos y tarareaba. Él giró la
cabeza apenas lo necesario para guiñarle un ojo.
—Hasta la vista —dijo.
—Adiós —lo corrigió ella.
El siguiente baile
se celebró en otra zona de la ciudad orbital. La gravedad era tan baja que los
invitados volaban entre las plataformas con alas de terciopelo o pequeños
motores ocultos en el forro de la ropa. Se encontraban entre las ramas de un
árbol de cientos de metros de longitud, con hojas de varios metros de ancho,
situado en el centro de una cúpula de diamante que dejaba pasar la luz natural
de las estrellas.
No tardó en verlo. No se acercó.
Buscó otra pareja. Bailó con un
hombre que hablaba demasiado, luego con otro que fumaba demasiado y después con
uno que se había puesto demasiado perfume. Se acercaba el amanecer. La multitud
empezó a dispersarse. Ella se quedó sola. Volvió a distinguirlo: estaba solo,
meciéndose sobre una hoja como en una hamaca, fumando una pipa y mirándola. Lo
invitó a bailar.
Había bebido toda la noche y no se
había molestado en eliminar el alcohol de la sangre, así que estuvo algo más
alocada de lo que habría querido. Bailaron, rieron, se besaron. Mientras ella
le acariciaba el cabello, él preguntó:
—¿Con cuántos te has acostado?
—Es una pregunta bastante personal.
—¿Más íntima que decirme tu nombre?
—No, nada es más íntimo. Y, de
todos modos, ¿quién lleva la cuenta?
—Tú pareces precisamente de las que
llevan la cuenta. De las que valoran cada noche, cada rostro, cada gesto.
Ella asintió con una sonrisa.
—¿Y tú?
—Con pocas.
—Pareces decepcionado.
—Sí, pero por otro motivo.
—¿Ah, sí?
—Uno personal.
—Olvida que pregunté, entonces.
Él la tomó de la mano y ella se
dejó llevar. Abandonaron el baile saltando desde la plataforma de la rama
gigantesca, salieron del inmenso recinto y dejaron atrás el árbol. Con la mente
todavía embotada, no advirtió que no iban a casa de él hasta que se detuvieron
ante otra cúpula, de apenas unas decenas de metros de diámetro. Volvían a
contemplar el espacio. Veían un gigante gaseoso rodeado de anillos de colores,
las estructuras del puerto y puntos luminosos en movimiento: los motores de las
naves. El sol se ponía detrás del planeta; la luz crepuscular fue menguando
hasta que el astro se ocultó y entonces pudieron ver de verdad el cielo, con
todas sus estrellas y nebulosas. Él le tomó la mano y la dirigió hacia un punto
del cielo. Hacia una estrella apenas visible.
—De allí venimos. Sol, la estrella
de la Tierra. Algún día me gustaría visitarla.
Ella no retiró la mano.
—¿Qué crees que encontrarás allí
que no tengamos aquí?
—Algo que todavía no conozco.
A la mañana siguiente, él preparó
panqueques y sirvió jugo de granada.
Siguió viéndolo en
todos los bailes, siempre en contraste con la multitud. La ropa que desafiaba
la gravedad había pasado de moda. Durante un tiempo, todos llevaron trajes de
formas geométricas, angulosas, hechos de un material espejado, y la multitud se
convirtió en un caleidoscopio agotador. Durante otra temporada, la moda fue la
desnudez. Después volvieron las prendas coloridas y extravagantes. Ella se
adaptaba a cada cambio, aunque nunca conseguía armar un atuendo que
impresionara. Solo él permanecía igual.
No volvió a acercarse a él, ni
siquiera cuando no encontraba una pareja de su agrado, algo que le sucedía cada
vez con mayor frecuencia. Cuando bailaba con alguien nuevo, o simplemente
conversaba o le acariciaba el cabello, la sorprendían pensamientos sobre él y
volvía a buscarlo con la mirada, hasta encontrarlo bailando con alguna otra
mujer o, a veces, con un hombre. Él siempre le devolvía la mirada y le sonreía.
Ella había dejado de usar la
glándula depuradora. Daba rienda suelta al alcohol; ya no le importaba sentir
cada caricia, cada gesto, saborear cada palabra. Así le resultaba más fácil
encontrar pareja. Despertaba con resaca en una cama ajena y regresaba de
inmediato a su casa.
Hasta que una noche, en un sótano
estrecho y oscuro, con una música que le hacía vibrar todo el cuerpo, lo vio
apoyado en un rincón, otra vez vestido de negro. Ni siquiera supo cómo había
logrado distinguirlo.
—No parece que te estés divirtiendo
—le dijo.
—¿Mmm? ¿Por qué no? —respondió él,
mirando el club con hastío—. A veces me gustaría poder ser un ermitaño, ¿sabes?
Ella se apoyó a su lado. Pidió otra
bebida y bebió hasta marearse.
—Querías mostrarme algo. ¿Todavía
te acuerdas? Después de la primera noche.
—¿Mmm? Ah, sí. Ya no viene al caso
—respondió él, y solo entonces la miró a los ojos por primera vez aquella
noche—. Pero ven, te mostraré otra cosa.
Le tomó la mano. Como siempre,
llevaba guantes.
Recorrieron los pasillos y las
plazas de la ciudad, concurridos, llenos de vida y de arte. Subieron a un tren
y bajaron en una zona gris y funcional. Allí la gente caminaba con un
propósito; nadie llevaba vestidos ni abrigos multicolores. Incluso vieron un
grupo de niños. No se oía música. Él la condujo por una serie de pasillos hasta
llegar a un restaurante. Era un local amplio, de techo alto, con las mesas
separadas y conversaciones tranquilas. Una de las paredes era un ventanal que
daba al exterior de la ciudad, al espacio.
Contemplaron un astillero donde se
ensamblaban cascos de todos los tamaños, algunos de apenas unas decenas de
metros y otros de varios kilómetros. Veían brazos mecánicos y robots que
maniobraban las piezas y las soldaban. Entre las estructuras se distinguían
pequeñas figuras, como hormigas, con dos brazos y dos piernas.
—¿Esos son seres humanos? —preguntó
ella—. ¿Qué pueden hacer que un robot no haga mejor y más rápido?
—Planteas mal la pregunta. ¿Qué
puede hacer el trabajo por ellos que no haga por los robots? Darles la
satisfacción de una tarea bien hecha.
Siguieron paseando. Él le mostró
zonas de la metrópolis orbital en las que ella nunca había pensado: depósitos,
fábricas, laboratorios. Por último llegaron a casa de él. Como no había
eliminado el alcohol a tiempo, estaba exhausta. Se durmieron abrazados.
A la mañana siguiente, cuando
despertó y se vio todavía vestida, aunque cubierta, comprendió que no habían
tenido sexo. Nunca le había sucedido algo así. Se asustó. ¿Qué sentido tenía
dormir con alguien si no pasaba nada?
Él la esperaba con la mesa puesta,
leyendo un libro. Ella comió deprisa, luego lo tomó de la camiseta, lo
desvistió y puso las cosas en orden. Como ya era mediodía cuando quedaron
satisfechos, se quedó con él. Pasearon hasta el anochecer; él le mostró los
invernaderos hidropónicos donde crecían frutas. Por la noche, desnudos bajo el
edredón, ella estaba decidida a hacer que aquella noche valiera la pena. Pero
seguía cansada de los encuentros de unas horas antes. Decidió que ya no tenía
sentido ir a dormir a su propia cama. Se quedó con él.
Por la mañana, mientras se vestían,
lo observó plancharse la camisa, acomodársela, calzarse y ponerse los guantes.
—¿Por qué usas guantes?
—Es una costumbre de mis
antepasados. Vivían en una teocracia, hace unos milenios. Mostrar las manos era
un tabú. Es interesante lo que una sociedad decide considerar importante y cómo
se amolda la vida cotidiana a eso. Por ejemplo, como siempre llevaban guantes
salvo en familia, el simple acto de cenar se había convertido en algo íntimo,
importante, una señal de gran confianza.
—Sigues sin responderme. ¿Por qué
los usas tú?
—Estas pequeñas dificultades hacen
más interesante la vida, ¿no te parece?
—Mmm. Por cierto, esta noche
dormiré en mi casa.
—Muy bien.
—Y voy a ir al baile de los
marqueses.
—Que te diviertas. Quizá también
pase por allí, pero todavía tengo algunas cosas que hacer.
Aquella noche, en el baile de los
marqueses, ella no lo buscó con la mirada. Llevó a casa a un hombre alto de
piel suave.
Siguió viéndolo de vez en cuando en
los bailes. A veces ella encontraba a otra persona y él también; otras, se
acercaba a él. Advirtió que cada vez que lo buscaba, él dejaba a su pareja de
baile para estar con ella.
Pasaban cada vez más días juntos.
Se perdían cada vez más bailes. Ella había dejado de estar al tanto de las
modas.
Él le mostró lo que había querido
enseñarle aquella primera mañana. La condujo a una habitación de su
departamento que ella no conocía: un taller de carpintería. En otra había una
sala acogedora, un piano, cuadros en las paredes y muebles de madera hechos por
él. Le explicó que había creado aquella sala para tener un lugar donde reunir a
sus amigos más queridos.
—Creo que todavía necesitamos
lugares así, que no estén construidos con precisión matemática para agradar al
mayor número posible de personas; un lugar donde podamos ser nosotros mismos.
Le habló de un amigo pianista que
lo visitaba a menudo.
—Incluso me dijo que le gusta más
tocar aquí que en cualquier sala de conciertos.
—¿Y toca bien?
—Mejor que nadie. De hecho, va a
tocar en el baile de esta noche. ¿Quieres que vayamos?
—¿Cómo, juntos?
—Sí, ¿por qué no?
—Pero… ¿qué ropa está de moda
ahora?
—¿Crees que lo sé? —respondió él,
riendo.
Él se puso un saco negro y ella un
vestido azul ceñido. Los demás iban envueltos en prendas que recordaban las
dunas de un desierto. A ella le gustó la música.
Como pasaba más
tiempo en casa de él que en la suya, decidió dejar libre su departamento.
Cuando sintiera la necesidad de una pareja nueva, algo que ocurría cada vez
menos, le resultaría igual de fácil conseguir una habitación por una noche o ir
a casa de su pareja de aquella velada. Y cada vez que iba sola a un baile,
aunque él siempre decía que de todos modos tenía trabajo, que no saldría y que
la esperaba al día siguiente, ella deseaba que él también encontrara a alguien
nuevo para esa noche.
Pasaron así varios años juntos,
hasta una tarde en que ella leía en la sala y él trabajaba en la habitación
contigua. A través de las dos puertas altas de madera y vidrio, hechas por él,
lo veía trabajar en una silla. Llevaba guantes ásperos, manchados de pintura y
cubiertos de aserrín. A ella le gustaba aquel silencio atravesado por los
sonidos del trabajo, de los clavos al entrar, de la madera al cortarse. Le
gustaba el olor de la madera. Él dejó la sierra sobre la mesa, se sacudió el
aserrín y bebió un vaso de agua. Se quitó los guantes de trabajo y, al ver sus
manos desnudas, aunque las había visto y sentido tantas veces durante tantas
noches, ella experimentó una excitación más intensa que cuando había visto por
primera vez a un hombre desnudo en su cama.
Él se puso los guantes de
entrecasa, los finos, y hablaron un rato de la novela que ella estaba leyendo,
tomada de su biblioteca. Cocinaron juntos y comieron. Después él le dijo:
—Vámonos.
—¿Adónde?
—Hacia Sol. Hacia la Tierra.
Ella quedó asombrada ante la
propuesta, ante su seriedad. Cerró el libro sin fijarse en qué página había
quedado.
—¿Dejar todo lo que has hecho aquí?
—preguntó, mirando hacia el taller.
—Lo encontraremos todo igual,
aunque regresemos dentro de cien años.
Ella sintió un miedo como nunca
había experimentado en su vida, pero también un entusiasmo de la misma
intensidad. Asintió.
Partieron hacia Sol en un arca
interestelar. El viaje duró varias décadas, pero no las sintieron, porque
pasaron todos aquellos años sumidos en un sueño sin sueños. Pisaron el planeta
natal de la humanidad y recorrieron cada rincón de cada continente. Visitaron
ciudades cuya historia se remontaba a decenas de miles de años. Después
abandonaron el sistema de Sol, pero no regresaron a casa: se dirigieron hacia
otras estrellas, hacia otras tierras, nuevas para ambos.
Llevaban ciento
once años viviendo juntos: decenas de miles de noches durmiendo abrazados,
otras tantas mañanas perezosas, tardes entregadas a los paseos, veladas en las
que preparaban la cena. Él había cumplido trescientos treinta años; ella,
ciento cincuenta y cinco. Tenían exactamente el mismo aspecto que la noche en
que habían bailado por primera vez.
Ella cerró el libro. Él estaba
acostado a su lado, con la mirada perdida, quitándose los guantes y volviendo a
ponérselos. Ella le tomó la mano. Estaban en una habitación de hotel de un
mundo acuático; desde el dormitorio veían arrecifes de coral.
—Podríamos visitar también Sirio,
ver los anillos de Upsala —le dijo. Él seguía con la mirada perdida—. Podríamos
visitar los bosques de Mitobirion.
Él negó suavemente con la cabeza.
—Sé que ya lo hablamos —continuó
ella— y dijimos lo que dijimos, pero aun así podríamos…
Él la miró a los ojos y preguntó:
—¿Has cambiado de opinión? ¿De
verdad quieres un hijo o solo quieres darme un propósito en la vida? Lo único
que quiero es volver a casa.
Abandonaron el mundo acuático. Se
embarcaron en un arca interestelar. El viaje duró varias décadas.
Regresaron al departamento que
habían dejado un siglo atrás. Las sartenes tenían las mismas manchas; el suelo
del taller estaba cubierto de aserrín; sobre el piano de la sala había una caja
de clavos y un martillo, aunque el departamento que encontraron se hallaba en
otro barrio de la metrópolis orbital. Él tomó una silla que se parecía a la que
había hecho un siglo antes, la olió, acarició con la mano desnuda el respaldo
barnizado. La arrojó al suelo, rompió una pata y observó las fibras de la
madera.
El departamento era una imitación
del original. El suelo no crujía, el piano no estaba desafinado, la madera no
se había hinchado ni enmohecido. Él tomó la caja de clavos y la arrojó contra
la puerta. Agarró el martillo y golpeó el piano con todas sus fuerzas, le
rompió las patas, destrozó las teclas. Cayó de rodillas, exhausto. Ella lo miró
a los ojos enrojecidos y no los reconoció.
Los seres humanos
ya no envejecen. Nacen, crecen, atraviesan una adolescencia tan tumultuosa como
en cualquier época de la historia de la humanidad, se convierten en adultos
jóvenes y así permanecen. Sin embargo, siguen acumulando experiencias,
vivencias, expectativas. Llega un momento inevitable, después de cien años o de
mil, en que la mente, hecha para una vida de mecha corta, que venía con fecha
de vencimiento, incluso ahora, con todos los milagros médicos que han
desterrado la vejez y la enfermedad, se llena de vivencias hasta el límite.
Sucede cuando las personas han visto todo lo que había por ver, han sentido
todo lo que había por sentir, se han reído de todo lo gracioso y han llorado
por todo lo triste. Llega un momento en que la vida corporal ya no tiene nada
nuevo que ofrecer.
Ese momento llegó primero para él
y, finalmente, para ella. Cada día se había convertido en una representación
teatral bien ensayada; ya no había nada que los alegrara ni los entristeciera.
Habían hecho todo lo que alguna vez habían deseado hacer y decidieron que ya no
tenía sentido intentar lo que todavía no habían intentado.
Él eligió una muerte sencilla; se
resignó a pasar a la nada.
Ella eligió transferir su mente al
paraíso digital, donde todo era posible, donde las personas podían convertirse
en algo más que simples seres humanos.
Se acostaron juntos por última vez, estrechamente abrazados, ahuyentando el sueño cuanto podían, prolongando el tiempo. Con los labios pegados a su oído, ella le susurró su nombre, nunca pronunciado durante el siglo que habían pasado juntos. Él hizo lo mismo. Se despidieron. Se durmieron: él, en una quietud sin fin; ella, en un sueño del que despertaría en otro lugar, transformada para siempre.
Mihai Cacior (nacido en 1997 en
Rumania) es un escritor de ficción especulativa y ciencia ficción. Se graduó en
la Facultad de Automática y Computación de la Universidad Politécnica de
Bucarest, combinando su actividad profesional en el ámbito tecnológico con la
creación literaria. Ha publicado narrativa corta en reconocidos espacios
culturales y revistas literarias de su país, como la plataforma Ficțiunea
y los circuitos de literatura fantástica y de anticipación vinculados al club Helion.

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