Lucy Taylor
Poco después de
cumplir quince años, regresé a casa y descubrí que se había llenado de agua. No
quiero decir que estuviera bajo el agua: estaba llena de agua,
como un juguete que uno metería en un acuario. Dentro, mi madre y mi hermana
Babette, de diez años, flotaban de una habitación a otra como grandes y
delicadas bailarinas que hicieran piruetas en una empapada cámara lenta.
Me quedé mirando a través de la
ventana, sin atreverme a abrir la puerta por temor a que saliera un torrente de
agua, así que esperé afuera hasta que papá llegó tambaleándose, con aquel
brillo malicioso en los ojos que sugería que la acogida que había recibido en
el bar del barrio no había estado a la altura de su rango en la Orden Fraternal
de Borrachos, Matones y Cretinos. Ni siquiera se fijó en el estado de la casa,
sino que se precipitó directamente contra una pared de agua, gritando y
agitando los brazos con torpeza en cámara lenta. Casi no se oía nada. Alcancé a
distinguir unos gorgoteos que podrían haber sido «maldita perra» y «cantinero
imbécil», pero en su mayor parte solo eran sonidos suaves, de succión. No daban
ningún miedo. Mamá gritó algo que salió a borbotones de su boca en una larga
hilera de burbujas plateadas, como si estuviera vomitando perlas o las cápsulas
de huevos de alguna exótica criatura marina.
Papá levantó el puño. Cuando la
golpeó, ella se dobló en un silencio lento y elegante, mientras el vestido se
inflaba alrededor de sus caderas. Un diente salió flotando de su boca. Respiré
profundamente y me zambullí en la sala sumergida.
En cuanto entré en el agua, papá se
abalanzó sobre mí, con sus labios gomosos retorcidos como los de una morena
enfurecida; movía la boca, pero de ella no salía ningún sonido, salvo el gluglú
de las burbujas. Intentó agarrarme, pero antes de que pudiera golpearme,
Babette pasó flotando, braceando frenéticamente, con el cabello rojo desplegado
alrededor de la cabeza como un halo de fuego. Me tomó de la mano y subió
flotando por las escaleras delante de mí como un ángel ahogado.
No fue hasta que entramos nadando
en nuestra habitación y nos escondimos en el armario cuando comprendí que había
estado respirando todo el tiempo. El agua era espesa, fría y empalagosa, pero
al cabo de un rato dejé de notarlo. Solo estaba agradecida de poder respirar.
Aquellas primeras semanas de
adaptación a la vida bajo el agua fueron difíciles. Dormía mucho y tenía sueños
extraños y turbios en los que me ahogaba, revivía y volvía a ahogarme, pero
también empecé a sentir una nueva y agradable calma, un entumecimiento
maravilloso en el que incluso las peleas más violentas estallaban en medio del
silencio y la serenidad, y la sangre que brotaba de mi labio o de la nariz de
mamá se desplegaba como hermosas serpientes submarinas en el agua azul aciano.
Los gritos de papá no me asustaban, y el dolor físico, cuando llegaba a
sentirlo, parecía producirse en el cuerpo de otra persona; las sensaciones eran
lejanas, como el eco de un tren que desaparece a lo lejos por un túnel.
Empecé a lamentar todos los años
que había pasado viviendo en el aire.
Por las noches, Babette y yo nos
acostábamos juntas en nuestra cama sumergida y hablábamos en susurros, mientras
sus burbujas estallaban sobre mi rostro como besos.
—¿Cómo ocurrió esto? —pregunté—.
Quiero decir, nuestra casa ni siquiera era capaz de impedir que entrara la
lluvia. ¿Cómo puede contener toda esta agua?
—¿De qué estás hablando? —dijo
Babette—. Nuestra casa se llenó de agua cuando murió la abuela. Papá se
emborrachó y cayó contra el ataúd, y mamá empezó a gritar. Cuando volvimos a
casa, estaba llena de agua. Siempre me pregunté por qué nunca decías nada al
respecto.
—¿Por eso nunca te he visto llorar?
¿Has estado bajo el agua todos estos años?
—Lo siento. Debería habértelo
dicho. Pensaba que simplemente fingías no saberlo.
—Pero eso sigue sin explicar por
qué una casa habría de llenarse de agua.
—Porque necesitamos que sea así
—dijo Babette—. Para poder vivir aquí sin volvernos locas.
Tenía razón. Al cabo de un tiempo
me acostumbré al silencio, a la lentitud, a flotar de una habitación a otra en
lugar de caminar. Y entonces, ¡bam!, llegaba la hora de ir a la escuela,
a la iglesia o al supermercado, y el mundo exterior, lleno de ruido, bordes
duros y personas ásperas y espinosas, me golpeaba como un ladrillo en los
dientes, y lo único que quería era volver a zambullirme bajo el agua.
También era extraño cuando venía
alguien de afuera y yo estaba a salvo bajo el agua, pero el visitante no, de
modo que nos movíamos en dos mundos diferentes, una criatura terrestre y otra
marina, incapaces de comunicarnos. Recuerdo un desastre durante mi primer Día
de Acción de Gracias bajo el agua. Dejé que un muchacho que me gustaba, Luke,
viniera a casa para ver una película. Justo a mitad de la película, papá
irrumpió, flotó hasta chocar con el perchero y lo derribó, y luego salió
despedido contra la mesa de centro. Un jarrón se hizo añicos, un fragmento de
vidrio le hizo un corte en la mejilla a Luke y él salió corriendo y gritando.
Lo único que yo podía pensar era lo estúpido que resultaba montar semejante
escándalo cuando lo único que tenía que hacer era echarse hacia atrás y flotar.
Creía haberme adaptado a mi mundo
submarino hasta el día en que papá se comió a Babette. Mamá estaba arriba,
flotando por el ático mientras hacía la limpieza de primavera. Papá miraba
lucha libre profesional en la televisión y avanzaba a buen ritmo en su
propósito de reemplazar con cerveza toda la sangre de su cuerpo. Yo jugaba a
ser una sirena, moviéndome lánguidamente cerca del techo, dando volteretas en
cámara lenta en mi habitación.
De pronto, Babette lanzó un
chillido aterrador incluso bajo el agua. Nadé escaleras abajo y llegué a tiempo
para ver a papá en el suelo, con Babette inmovilizada debajo de él. Ella
intentó escabullirse, pero papá la agarró por los tobillos.
Babette nadaba, pataleaba y gritaba
cuando, de pronto, los brazos y las piernas de papá se encogieron hasta
convertirse en muñones. De su vientre y de su espalda brotaron aletas. Se
convirtió en un tiburón con unas horribles mandíbulas de color metálico y unos
ojos que parecían arrancados de un cadáver congelado. Abrió la boca y succionó
a Babette. Primero se tragó sus pies y sus piernas, después las caderas y luego
el resto. El agua se volvió roja y turbulenta. Trozos de carne pasaron flotando
frente a mi rostro. Yo no podía pensar, no podía luchar, no podía nadar, y el
cráneo de Babette estaba siendo aplastado como una lata de cerveza vacía. Vi
sus ojos, vidriosos y enormes, mientras su rostro desaparecía dentro de
aquellas fauces, y entonces nuestro Padre, el Gran Tiburón Blanco, levantó la
cabeza y concentró en mí su hambre indescriptible, aquel impulso voraz de
devorar y destruir.
Abrí una ventana, respiré
profundamente y salí nadando, para caer en el luminoso y estridente mundo
exterior, lleno de bordes duros y ruido, donde ya no podía nadar, así que me
puse de pie y corrí, corrí para salvar la vida.
Es curioso cómo cambia uno después
de haber vivido bajo el agua. El mundo de la luz y el aire nunca termina de
sentirse bien, nunca funciona del todo. Es como ser una refugiada durante el
resto de la vida, buscando siempre un hogar que apenas puedes recordar y que ni
siquiera estás segura de haber querido, pero que fue el único lugar donde
alguna vez todo pareció normal.
Pasé bastantes años en el mundo del
aire. Viajé hacia el oeste haciendo autostop y viví un tiempo en la calle;
después fui a un refugio para jóvenes fugitivos, terminé la escuela y conseguí
trabajo vendiendo publicidad para una emisora de radio. Con el tiempo aprendí a
no hacer burbujas en público ni intentar cruzar una habitación nadando a braza,
porque la gente me miraba de manera extraña. Me adapté tan bien que nadie
habría imaginado que me había criado en otro lugar que no fuera el aire.
Entonces, una noche después del
trabajo, vi en una esquina a un muchacho rubio de ojos verdes como ágatas y
sonrisa burlona, fumando un cigarrillo. Ojos duros de ave de presa y una boca
carnosa, tentadora, con un rastro de crueldad en las comisuras y un bulto bajo
sus Levi's que hizo que el corazón se me derritiera, resbaladizo, ardiente y
húmedo, hasta las bragas.
Me detuve donde estaba. Lo saludé.
No me decepcionó.
Se llamaba Darius. Su apartamento
estaba en un edificio sin ascensor junto a una licorería. El apartamento estaba
bajo el agua. Abrió la puerta y entró nadando. Yo nadé detrás de él. Follamos
como peces, en silencio y con un esplendor de sangre fría, mientras el agua nos
protegía, nos mantenía separados, una barrera a través de la cual el odio, el
miedo y la violencia apenas lograban alcanzarnos. Allí donde la sangre era
hermosa y el dolor una distracción interesante.
Supe que había vuelto a casa.
Lucy Campbell
Taylor (Richmond, Virginia, 30 de noviembre de 1951) es una escritora de terror
estadounidense. En los años 90, fue descrita como "La reina del horror
erótico" por la editora Jasmine Sailing. Estudió filosofía e
historia del arte en la Universidad de Richmond, y se graduó con un Bachelor of
Arts en filosofía. Sus primeros escritos fueron de no ficción, principalmente
de viajes. A principios de los 90, se mudó a Boulder y empezó a escribir
ficción. Su colección The Flesh Artist (1993), fue nominada para el
premio Bram Stoker en 1994. Su novela The Safety of Unknown Cities fue
galardonada en 1995 a la mejor primera novela con el premio Bram Stoker y con
el International Horror Guild Award, y al año siguiente, en 1996, con el
Deathrealm Award a la mejor novela. Algunos de sus relatos originales aparecen
en los cinco volúmenes de la serie internacional de antología Exotic Gothic.
Entre sus obras pueden citarse, además de las nombradas, Close to the Bone (cuentos,
1993), Painted in Blood (cuentos, 1996), Sub-Human (novela, 1998),
Eternal Hearts (novela 1999), Saving Souls (novela, 2002), The
Silence Between The Screams (cuentos, 2011), Unspeakable and
Other Stories (cuentos, 2011), A Respite for the Dead (novela corta,
2014), Fatal Journeys (cuentos, 2014), In the Cave of the Delicate
Singers (novela corta, 2015), Sweetlings (novela corta, 2017), Spree
and Other Stories (cuentos, 2018), Desolation: A Horror Western Novella
(novela corta, 2021).

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