Roberto Schima
La tarde caía
perezosa, como si fuera el final habitual de un día más.
La primavera había comenzado; sin
embargo, persistía un vestigio del frío invernal.
Era como si la naturaleza se
resistiera a dar paso al tiempo y a nuevos cambios.
Pero ¿cómo impedir que fluya la
arena?
¿Cómo detener las gotas de lluvia?
¡Hasta las montañas acabarían
convertidas en guijarros!
Un mundo de misterios.
En un raro momento de silencio en
el bosque, las únicas cosas que se oían eran el viento entre el follaje y la
voz gastada del venerable anciano:
—¿Cómo fue creado todo en el
Universo? ¿Cuándo surgió el destello de la vida? ¿Quién creó La Lengua mediante
la cual nos comunicamos? ¿Cómo era el mundo antes de la rebelión de las
plantas?
Los jóvenes alumnos permanecieron
en silencio, con los ojos y los oídos atentos.
Mientras tanto, un poco más
adelante, la superficie de la Laguna de la Meditación permanecía plácida.
Los renacuajos nadaban.
Las libélulas volaban.
Los capibaras dormían.
El anciano prosiguió, con una voz
pastosa y lenta como el rastro de un caracol:
—Los misterios del mundo son
infinitos, niños. Como las estrellas del cielo, llenan el río de nuestras vidas
con miríadas de reflejos. Nunca dejen de sorprenderse, de maravillarse, de
aprender. ¿Comprenden?
Se oyó un coro de voces infantiles:
—¡Sí, señor, Maestro Tirugo!
Los tonos variaban tanto como las
formas de los alumnos: liebres, cabras, grillos, teros, serpientes, jaguares,
jabalíes, polillas, lagartos, armadillos, benteveos, lombrices y muchos otros.
La tortuga terrestre centenaria
sabía que la mayoría había respondido «sí» por la fuerza de la costumbre.
Suspiró. No era fácil ser el maestro de la comunidad. La sed de conocimiento
era cosa de pocos. Sin embargo, conservaba la esperanza de que al menos una de
las crías hubiera comprendido y de que la semilla de la curiosidad que él había
plantado germinara, creciera y, tal vez, floreciera.
Afortunadamente, siempre había
alguna. A lo largo de innumerables estaciones, Tirugo había visto florecer su
virtuoso jardín.
Sí, valió la pena, pensó,
suspirando una vez más.
De pronto, en medio de una pausa
durante la cual hasta el viento había amainado, un zumbido angustiado recorrió
el claro que hacía las veces de aula.
—¡Maestro Tirugo! ¡Maestro Tirugo!
¡Maestro Tirugo! —gritó la abeja, sin aliento.
Voló erráticamente hasta posarse en
la punta del hocico de la anciana tortuga, obligándola a bizquear para poder
verla, algo que, a esas alturas de su vida, no resultaba nada fácil.
—¿Qué ocurre...? —comenzó a decir,
pero se interrumpió porque no sabía el nombre del insecto; después de todo,
había tantas abejas y eran tan parecidas—. ¿Qué ocurre?
—Es... ¡Uf!... Es... ¡Uf!... Es...
—Tranquila, recupera el aliento.
Un murmullo recorrió a los alumnos.
Entonces la agitada abeja soltó de
una vez:
—Es Zé Bode, Maestro Tirugo... ¡Ha
llegado la hora!
Los niños exclamaron «¡Oh!» en un
segundo coro. Pero esta vez conocían el significado gracias a las
conversaciones que habían oído susurrar a los adultos. Matraca, la sobrina
menor de Currupaca –y tan chismosa como ella–, se contuvo para no contar todo
lo que sabía. A diferencia de su tía, poseía cierto decoro y se mordió la
lengua. Se limitó a erizar las plumas de la parte posterior de la cabeza en
señal de excitación y temor.
La sabia tortuga también estaba al
tanto de los hechos. Tarde o temprano ocurriría.
—La clase ha terminado, niños y
niñas.
Las distintas crías se dispersaron,
dejando libre el espacio del claro.
Tirugo sintió una conocida punzada
de tristeza en un rincón del corazón y un peso mayor dentro del pecho. Se
obligó a ignorarlos y dijo con resolución:
—¡Iré inmediatamente a los
peñascos! ¿Cómo te llamas, abejita?
Más dueña de sí misma, ella
respondió:
—Me llamo Rocío, Maestro.
—Descansa sobre mi caparazón,
Rocío, mientras me dirijo a la morada de Zé Bode a toda velocidad.
El insecto declinó cortésmente.
—Gracias, Maestro, pero el tiempo
apremia. Debo regresar a la colmena y atender a Su Alteza, la reina... Mi
madre. Solo vine a transmitir el mensaje de una hormiga, que no puede volar.
¡Adiós!
Antes de que el anciano pudiera
responder, la abeja salió disparada entre los arbustos.
Obviamente, «a toda velocidad» era
poco más que una forma de hablar en el caso de la vieja tortuga, cuyos
movimientos se habían vuelto más lentos con la edad, incluso en comparación con
los de sus semejantes.
Tardó poco más de una hora en
llegar a un agujero entre las rocas, el hogar de Zé Bode. La subida irregular y
los espacios entre las piedras dificultaron el trayecto, por no mencionar que
Tirugo era anciano y las patas de las tortugas terrestres son muy cortas.
Algunos incluso dirían que fue un milagro que lograra semejante hazaña. Su
proeza acabaría convirtiéndose en otra de las muchas leyendas del bosque y en
uno de los enigmas inexpugnables de la selva.
Muchos animales ya se encontraban
allí: la esposa y la hija de Zé Bode, la pareja de gorriones Gruc y Cristal, el
loro Verdolengo; Bira, el armadillo de tres bandas; la soñadora lagartija
Goiabela; Jaca, el caimán vegano; Pisca-Pisca, el galante luciérnaga; la
libélula Arisca; el mono Zé Mico; Pintado, el gato montés, y muchos otros.
Tirugo advirtió que algunos habían recorrido largas distancias para despedirse
de Zé Bode: unos venían del Valle de las Serpientes; otros, de la Llanura del
Trigo, de la Higuera de los Tucanes e incluso del Río de las Piedras Verdes.
Sinceramente, fue una sorpresa –y pocas cosas podían sorprender a la
experimentada tortuga–, pues nunca había imaginado que el malhumorado macho
cabrío fuera tan popular. Tal vez aquel hecho también pudiera incluirse entre
los misterios insondables.
Vivir y aprender, pensó
Tirugo, exhausto.
Saludó a cuantos pudo:
—Gruc... Cristal... Verdolengo...
Bira... Goiabela...
Con aquella extrema lentitud que le
era característica, el quelonio –guiado por la esposa y la hija de Zé Bode–
encontró al rumiante en el interior del agujero. Estaba tendido sobre un montón
de paja seca que servía tanto de cama como de aperitivo. Le costó recordar
cuándo había sido la última vez que había visto reunidos a Zé Bode y su
familia, pues su avanzada edad lo había convertido en una especie de ermitaño.
—Zé... —susurró Tirugo.
El otro levantó los párpados.
—¡Maestro Tirugo, ha venido!
—exclamó el viejo macho cabrío, con la barbita temblorosa. Era uno de los pocos
animales que trataban de esa manera a la venerable tortuga. Y, en un último
acto de mal humor, se volvió hacia los demás—: ¡Salgan todos! Necesito hablar
con él a solas.
Reacios, la madre y la hija
abandonaron la guarida, acompañadas por los demás.
Solo cuando estuvieron a solas cayó
la máscara.
Tirugo vio la inseguridad y el
miedo reflejados en los ojos de su amigo. También lo atormentaba pensar en el
destino de su esposa y su hija.
—¿Qué será de ellas?
—La comunidad cuidará de ambas.
—Eso espero... El tiempo ha volado,
Maestro.
—Sí, todavía recuerdo cuando
naciste. Eras una cría muy traviesa, saltando de un lado a otro como si
hubieras pisado un hormiguero. ¿Y cuando te convertiste en alumno mío?
Atormentabas a tus compañeros, repartiendo cabezazos a diestra y siniestra...
—Hasta que un novillo puso fin a mi
diversión.
—Sí. ¿Cómo se llamaba? ¡Rajado! Eso
es, Rajado...
—¿Qué habrá sido de él? —preguntó
el macho cabrío con aparente indiferencia.
—Hasta donde sé, se marchó al norte
con su manada, más allá de la Llanura del Trigo.
—Rajado... Vaya, ¿cuánto tiempo
hace que no pienso en él?
—Yo tampoco.
Dejando a un lado los rodeos, Zé
Bode expresó lo que realmente ocupaba sus pensamientos:
—¿Qué es la muerte, Maestro Tirugo?
La tortuga reflexionó un momento.
Ya había expresado sus creencias otras veces, pero en el fondo conservaba
ciertas reservas, pues prefería que cada criatura llegara a sus propias
conclusiones en lugar de seguirlo ciegamente. Aunque había aprendido mucho de
su padre, su abuelo y su bisabuelo –el añorado Carapaça–, lo que más deseaba
era despertar la sed por los misterios y que cada cual la saciara siguiendo su
propio camino. Además, era el primero en admitir que sabía poco, en especial
sobre las cuestiones más profundas.
—Pienso que es como despertar de un
sueño para sumergirse en otro, una frontera entre dos realidades diferentes.
—¿Entonces cree que hay otra vida
del otro lado?
—Si no una vida, quizá un estado de
hibernación en el que todos los seres que han partido quedan privados de sus
recuerdos y permanecen a la espera.
—¿A la espera de qué?
—De que su esencia vital, la Luz de
la Vida, vuelva a ser necesaria y sea introducida en un cuerpo físico en
formación para que, a partir de entonces, adquiera el don de la vida.
—Entonces, ¿no existe propiamente
una vida del otro lado? Quiero decir, ¿no conoceremos a otros animales,
trotaremos por los campos, comeremos, beberemos, pelearemos, replicaremos?
Su voz estridente resonó en el
interior de la guarida:
—¿Replicaremos?... ¿caremos?...
¿remos?...
Aunque estaba en las últimas, Zé
Bode conseguía mantener encendida una pequeña llama de mal humor.
Tirugo, de haber tenido hombros, los
habría encogido.
—¿Quién sabe? Solo he expuesto mi
teoría, expectativa o esperanza, como prefieras. Nunca he estado allí, hasta
donde sé. No tengo conocimiento práctico de una vida anterior ni posterior. Lo
que ocurrió con Nube Blanca fue un indicio. Aunque era un aguacatero, creía
haber sido una gaviota en otra existencia. Eso me llevó a creer que la Luz de
la Vida habita en cada uno de nosotros y que, de hecho, es nuestra propia
esencia. Si consideramos lo que le ocurrió después, quizá esa chispa se marche
cuando el cuerpo deja de ser necesario.
Zé Bode cerró los ojos y rumiaba
sus pensamientos. Sin abrirlos, gruñó:
—¡No es justo que los machos
cabríos vivan pocos años mientras las tortugas duran una eternidad!
Se oyó una vocecita:
—¡No se queje con el estómago
lleno! Yo vivo apenas cuarenta días. Y vivo solo para trabajar. Moriré
trabajando como mis hermanas. Para mí, es usted, Zé Bode, quien vive demasiado.
Tirugo entrecerró los ojos,
tratando de distinguir en la oscuridad de dónde provenía la protesta.
No tuvo que buscar mucho, porque la
criatura zumbó y se posó sobre su hocico.
—¿Rocío?
—Sí, he vuelto. Perdone mi
exaltación. Durante el intervalo de nuestra conversación me enteré de la
pérdida de varias hermanas. Mi madre, quiero decir, Su Alteza, me ordenó
regresar para mantenerla informada.
A pesar de todo, Zé Bode, cada vez
más débil, mostró humildad al decir:
—Es verdad, pequeña. Perdóname.
Gracias por haber llamado al Maestro. Quejarse es un arte. En cierto modo,
tienes suerte de no disponer de tiempo para cultivarlo.
—No sé —replicó el insecto—. ¡Creo
que acabo de soltar una queja bastante grande!
Por su parte, el quelonio
respondió:
—Es verdad. He tenido una vida
larga, he vivido demasiado. Y nuestra amiguita Rocío vive demasiado poco. No sé
por qué. ¿Justicia? ¿Quién soy yo para juzgar? Forma parte de los planes
trazados por la Gran Luz y no depende de nuestra voluntad. Para mí, todavía
eres como un niño, Zezinho. En cuanto a Rocío, ¡ah, hace honor a su nombre con
cada amanecer! Al principio puede parecerte ventajoso que yo viva tanto, pero
si algo he aprendido en el océano de mi ignorancia es que toda ganancia viene
acompañada de una pérdida. Cuanto mayor es la ganancia, proporcional es la
pérdida. Así como la noche sucede al día, la sequía sigue a la lluvia y el
final del verano trae en la brisa el anuncio del otoño.
Las incontables arrugas de su piel
fosilizada se hicieron más profundas.
—Cargo con el peso de miles de
despedidas, miles de muertes, miles de pesares, miles de nostalgias. ¿Cuántos
amigos queridos no llegaron, vivieron y se marcharon ante mis ojos? ¿Cuánta
tristeza no he sentido al ver partir a criaturas con las que conviví, a las que
enseñé, con las que compartí pensamientos, a las que aconsejé, cuyas historias,
temores, esperanzas, frustraciones y tristezas escuché? ¡Me duele el corazón
solo de pensarlo! No sé cómo he soportado esta carga creciente durante tantas
estaciones, amigo mío. Y, francamente, ¿cuántas veces no he envidiado a quienes
se marcharon rodeados por aquellos que los amaban? Veo partir a todos y temo
que, cuando llegue mi hora –que no tardará–, estaré solo.
—¿Cree en la Gran Luz, Maestro?
Después de una pausa, el anciano
dijo:
—Creo. Tengo que creer; si no, ¿qué
sentido tendría todo?
—¿Tiene que haber un sentido?
—Sí. Existir simplemente no basta.
—Si nuestra existencia es un ciclo,
¿nos habremos conocido antes o volveremos a conocernos después?
—Es posible, pero, si ocurre,
estaremos privados de cualquier recuerdo del pasado.
—¿Y habré sido malhumorado también
en una vida anterior?
Sorprendido, Tirugo contempló al
macho cabrío. Más sorprendido quedó al darse cuenta de que acababa de hacer una
broma.
—¿Quién sabe? —dijo el quelonio—.
Quizá hayas sido un oso hormiguero o incluso un árbol...
—Como el Árbol de los Lamentos.
—Sí... Como Nube Blanca.
—¿Cree que Nube Blanca fue llevado
por la Gran Luz?
—Vimos lo que vimos, Zé. ¿Qué más
se puede decir? Tal vez haya regresado con nosotros y ni siquiera lo sepamos;
quizá él tampoco...
—Me gustó que me llamara Zezinho,
como antes.
—Para mí siempre has sido Zezinho,
gruñón.
Zé Bode sonrió.
La Luz de la Vida se debilitaba en
el moribundo, apagándose como el fuego en una ramita.
Zé Bode miró a la vieja tortuga y,
a pesar de su propio estado, sintió pena por el anciano. Sin intención de sonar
irónico, balbuceó:
—Perdóneme por morir.
A lo que la tortuga respondió:
—Perdóname por vivir.
Rocío sorbió por la nariz.
Una de las patas de Tirugo tocó la
pezuña hendida de su amigo en una tierna despedida.
Así, en paz, Zé Bode se marchó.
La abeja regresó a la colmena.
Llamaron a los demás animales.
La hija rompió a llorar y fue
consolada por sus amigas.
La esposa, más resignada, aceptó
con serenidad su condición de viuda.
—Cuando la niña se haya calmado
—pidió Tirugo a la madre—, tráela conmigo.
Luego se volvió hacia el cuerpo del
difunto:
—Hasta pronto, Zezinho. Ojalá
volvamos a encontrarnos en la próxima existencia.
Al salir, Gruc, el gorrión, lo
abordó, preocupado por el aspecto del anciano:
—¿Está bien, Maestro?
—Dentro de lo posible. ¿Y tú, Gruc?
Me enteré de que serás abuelo...
—Es verdad, los niños ya no son
niños. Pronto tendrá nuevos alumnos.
Tirugo no respondió, consciente de
que su tiempo también se agotaba.
—El tiempo ha volado, ¿verdad?
—insistió el gorrión.
—Como un soplo de viento, Gruc,
como un soplo de viento...
A medida que aparecían las
estrellas y llegaban más y más animales, la vieja tortuga se internó entre las
rocas. Más abajo desapareció en el bosque, bajo la luz de la luna, rumbo a su
plácido rincón junto a la Laguna de la Meditación.
La naturaleza dio paso al tiempo y
a nuevos cambios.
El vestigio del invierno persistía
obstinadamente en el aire.
La noche llegó al inusual final de
la tarde.
¿Cómo detener las gotas de lluvia?
¿Cómo impedir que fluya la arena?
Los cambios se sucedieron.
Infinitos misterios.
Muerte y vida.
El adiós.
Roberto Schima nació en São
Paulo, Brasil, el 1 de febrero de 1961. Es nieto de japoneses radicados em ese país.
Há sido galardonado con el "Premio Jerônymo Monteiro", organizado por
la "Isaac Asimov Magazine" (Editorial Record), por el relato
"Como a Neve de Maio". Colaborador de las revistas digitales
"Conexão Literatura" y "LiteraLivre". Ha participado en
cuatrocientas cuarenta y dos antologías. Es autor de obras como: "Pequenas
Portas do Eu", "Limbographia", "O Olhar de Hirosaki",
"Sob as Folhas do Ocaso", "Os Fantasmas de Vênus",
"Cinza no Céu", "Tio Vampiro", "Caçada no Planeta
Duplo", "Era uma Vez um Outono", "Vozes e Ecos",
"Através do Abismo", entre otras.
https://revistaconexaoliteratura.com.br/?s=roberto+schima
https://www.wattpad.com/user/RobertoSchima

Muito obrigado pela divulgação do meu conto! Estou contente por ter minha história divulgada para o público argentino. Espero que gostem.
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