sábado, 19 de septiembre de 2026

ADIÓS, ZÉ BODE

Roberto Schima

 

La tarde caía perezosa, como si fuera el final habitual de un día más.

La primavera había comenzado; sin embargo, persistía un vestigio del frío invernal.

Era como si la naturaleza se resistiera a dar paso al tiempo y a nuevos cambios.

Pero ¿cómo impedir que fluya la arena?

¿Cómo detener las gotas de lluvia?

¡Hasta las montañas acabarían convertidas en guijarros!

Un mundo de misterios.

En un raro momento de silencio en el bosque, las únicas cosas que se oían eran el viento entre el follaje y la voz gastada del venerable anciano:

—¿Cómo fue creado todo en el Universo? ¿Cuándo surgió el destello de la vida? ¿Quién creó La Lengua mediante la cual nos comunicamos? ¿Cómo era el mundo antes de la rebelión de las plantas?

Los jóvenes alumnos permanecieron en silencio, con los ojos y los oídos atentos.

Mientras tanto, un poco más adelante, la superficie de la Laguna de la Meditación permanecía plácida.

Los renacuajos nadaban.

Las libélulas volaban.

Los capibaras dormían.

El anciano prosiguió, con una voz pastosa y lenta como el rastro de un caracol:

—Los misterios del mundo son infinitos, niños. Como las estrellas del cielo, llenan el río de nuestras vidas con miríadas de reflejos. Nunca dejen de sorprenderse, de maravillarse, de aprender. ¿Comprenden?

Se oyó un coro de voces infantiles:

—¡Sí, señor, Maestro Tirugo!

Los tonos variaban tanto como las formas de los alumnos: liebres, cabras, grillos, teros, serpientes, jaguares, jabalíes, polillas, lagartos, armadillos, benteveos, lombrices y muchos otros.

La tortuga terrestre centenaria sabía que la mayoría había respondido «sí» por la fuerza de la costumbre. Suspiró. No era fácil ser el maestro de la comunidad. La sed de conocimiento era cosa de pocos. Sin embargo, conservaba la esperanza de que al menos una de las crías hubiera comprendido y de que la semilla de la curiosidad que él había plantado germinara, creciera y, tal vez, floreciera.

Afortunadamente, siempre había alguna. A lo largo de innumerables estaciones, Tirugo había visto florecer su virtuoso jardín.

Sí, valió la pena, pensó, suspirando una vez más.

De pronto, en medio de una pausa durante la cual hasta el viento había amainado, un zumbido angustiado recorrió el claro que hacía las veces de aula.

—¡Maestro Tirugo! ¡Maestro Tirugo! ¡Maestro Tirugo! —gritó la abeja, sin aliento.

Voló erráticamente hasta posarse en la punta del hocico de la anciana tortuga, obligándola a bizquear para poder verla, algo que, a esas alturas de su vida, no resultaba nada fácil.

—¿Qué ocurre...? —comenzó a decir, pero se interrumpió porque no sabía el nombre del insecto; después de todo, había tantas abejas y eran tan parecidas—. ¿Qué ocurre?

—Es... ¡Uf!... Es... ¡Uf!... Es...

—Tranquila, recupera el aliento.

Un murmullo recorrió a los alumnos.

Entonces la agitada abeja soltó de una vez:

—Es Zé Bode, Maestro Tirugo... ¡Ha llegado la hora!

Los niños exclamaron «¡Oh!» en un segundo coro. Pero esta vez conocían el significado gracias a las conversaciones que habían oído susurrar a los adultos. Matraca, la sobrina menor de Currupaca –y tan chismosa como ella–, se contuvo para no contar todo lo que sabía. A diferencia de su tía, poseía cierto decoro y se mordió la lengua. Se limitó a erizar las plumas de la parte posterior de la cabeza en señal de excitación y temor.

La sabia tortuga también estaba al tanto de los hechos. Tarde o temprano ocurriría.

—La clase ha terminado, niños y niñas.

Las distintas crías se dispersaron, dejando libre el espacio del claro.

Tirugo sintió una conocida punzada de tristeza en un rincón del corazón y un peso mayor dentro del pecho. Se obligó a ignorarlos y dijo con resolución:

—¡Iré inmediatamente a los peñascos! ¿Cómo te llamas, abejita?

Más dueña de sí misma, ella respondió:

—Me llamo Rocío, Maestro.

—Descansa sobre mi caparazón, Rocío, mientras me dirijo a la morada de Zé Bode a toda velocidad.

El insecto declinó cortésmente.

—Gracias, Maestro, pero el tiempo apremia. Debo regresar a la colmena y atender a Su Alteza, la reina... Mi madre. Solo vine a transmitir el mensaje de una hormiga, que no puede volar. ¡Adiós!

Antes de que el anciano pudiera responder, la abeja salió disparada entre los arbustos.

Obviamente, «a toda velocidad» era poco más que una forma de hablar en el caso de la vieja tortuga, cuyos movimientos se habían vuelto más lentos con la edad, incluso en comparación con los de sus semejantes.

Tardó poco más de una hora en llegar a un agujero entre las rocas, el hogar de Zé Bode. La subida irregular y los espacios entre las piedras dificultaron el trayecto, por no mencionar que Tirugo era anciano y las patas de las tortugas terrestres son muy cortas. Algunos incluso dirían que fue un milagro que lograra semejante hazaña. Su proeza acabaría convirtiéndose en otra de las muchas leyendas del bosque y en uno de los enigmas inexpugnables de la selva.

Muchos animales ya se encontraban allí: la esposa y la hija de Zé Bode, la pareja de gorriones Gruc y Cristal, el loro Verdolengo; Bira, el armadillo de tres bandas; la soñadora lagartija Goiabela; Jaca, el caimán vegano; Pisca-Pisca, el galante luciérnaga; la libélula Arisca; el mono Zé Mico; Pintado, el gato montés, y muchos otros. Tirugo advirtió que algunos habían recorrido largas distancias para despedirse de Zé Bode: unos venían del Valle de las Serpientes; otros, de la Llanura del Trigo, de la Higuera de los Tucanes e incluso del Río de las Piedras Verdes. Sinceramente, fue una sorpresa –y pocas cosas podían sorprender a la experimentada tortuga–, pues nunca había imaginado que el malhumorado macho cabrío fuera tan popular. Tal vez aquel hecho también pudiera incluirse entre los misterios insondables.

Vivir y aprender, pensó Tirugo, exhausto.

Saludó a cuantos pudo:

—Gruc... Cristal... Verdolengo... Bira... Goiabela...

Con aquella extrema lentitud que le era característica, el quelonio –guiado por la esposa y la hija de Zé Bode– encontró al rumiante en el interior del agujero. Estaba tendido sobre un montón de paja seca que servía tanto de cama como de aperitivo. Le costó recordar cuándo había sido la última vez que había visto reunidos a Zé Bode y su familia, pues su avanzada edad lo había convertido en una especie de ermitaño.

—Zé... —susurró Tirugo.

El otro levantó los párpados.

—¡Maestro Tirugo, ha venido! —exclamó el viejo macho cabrío, con la barbita temblorosa. Era uno de los pocos animales que trataban de esa manera a la venerable tortuga. Y, en un último acto de mal humor, se volvió hacia los demás—: ¡Salgan todos! Necesito hablar con él a solas.

Reacios, la madre y la hija abandonaron la guarida, acompañadas por los demás.

Solo cuando estuvieron a solas cayó la máscara.

Tirugo vio la inseguridad y el miedo reflejados en los ojos de su amigo. También lo atormentaba pensar en el destino de su esposa y su hija.

—¿Qué será de ellas?

—La comunidad cuidará de ambas.

—Eso espero... El tiempo ha volado, Maestro.

—Sí, todavía recuerdo cuando naciste. Eras una cría muy traviesa, saltando de un lado a otro como si hubieras pisado un hormiguero. ¿Y cuando te convertiste en alumno mío? Atormentabas a tus compañeros, repartiendo cabezazos a diestra y siniestra...

—Hasta que un novillo puso fin a mi diversión.

—Sí. ¿Cómo se llamaba? ¡Rajado! Eso es, Rajado...

—¿Qué habrá sido de él? —preguntó el macho cabrío con aparente indiferencia.

—Hasta donde sé, se marchó al norte con su manada, más allá de la Llanura del Trigo.

—Rajado... Vaya, ¿cuánto tiempo hace que no pienso en él?

—Yo tampoco.

Dejando a un lado los rodeos, Zé Bode expresó lo que realmente ocupaba sus pensamientos:

—¿Qué es la muerte, Maestro Tirugo?

La tortuga reflexionó un momento. Ya había expresado sus creencias otras veces, pero en el fondo conservaba ciertas reservas, pues prefería que cada criatura llegara a sus propias conclusiones en lugar de seguirlo ciegamente. Aunque había aprendido mucho de su padre, su abuelo y su bisabuelo –el añorado Carapaça–, lo que más deseaba era despertar la sed por los misterios y que cada cual la saciara siguiendo su propio camino. Además, era el primero en admitir que sabía poco, en especial sobre las cuestiones más profundas.

—Pienso que es como despertar de un sueño para sumergirse en otro, una frontera entre dos realidades diferentes.

—¿Entonces cree que hay otra vida del otro lado?

—Si no una vida, quizá un estado de hibernación en el que todos los seres que han partido quedan privados de sus recuerdos y permanecen a la espera.

—¿A la espera de qué?

—De que su esencia vital, la Luz de la Vida, vuelva a ser necesaria y sea introducida en un cuerpo físico en formación para que, a partir de entonces, adquiera el don de la vida.

—Entonces, ¿no existe propiamente una vida del otro lado? Quiero decir, ¿no conoceremos a otros animales, trotaremos por los campos, comeremos, beberemos, pelearemos, replicaremos?

Su voz estridente resonó en el interior de la guarida:

—¿Replicaremos?... ¿caremos?... ¿remos?...

Aunque estaba en las últimas, Zé Bode conseguía mantener encendida una pequeña llama de mal humor.

Tirugo, de haber tenido hombros, los habría encogido.

—¿Quién sabe? Solo he expuesto mi teoría, expectativa o esperanza, como prefieras. Nunca he estado allí, hasta donde sé. No tengo conocimiento práctico de una vida anterior ni posterior. Lo que ocurrió con Nube Blanca fue un indicio. Aunque era un aguacatero, creía haber sido una gaviota en otra existencia. Eso me llevó a creer que la Luz de la Vida habita en cada uno de nosotros y que, de hecho, es nuestra propia esencia. Si consideramos lo que le ocurrió después, quizá esa chispa se marche cuando el cuerpo deja de ser necesario.

Zé Bode cerró los ojos y rumiaba sus pensamientos. Sin abrirlos, gruñó:

—¡No es justo que los machos cabríos vivan pocos años mientras las tortugas duran una eternidad!

Se oyó una vocecita:

—¡No se queje con el estómago lleno! Yo vivo apenas cuarenta días. Y vivo solo para trabajar. Moriré trabajando como mis hermanas. Para mí, es usted, Zé Bode, quien vive demasiado.

Tirugo entrecerró los ojos, tratando de distinguir en la oscuridad de dónde provenía la protesta.

No tuvo que buscar mucho, porque la criatura zumbó y se posó sobre su hocico.

—¿Rocío?

—Sí, he vuelto. Perdone mi exaltación. Durante el intervalo de nuestra conversación me enteré de la pérdida de varias hermanas. Mi madre, quiero decir, Su Alteza, me ordenó regresar para mantenerla informada.

A pesar de todo, Zé Bode, cada vez más débil, mostró humildad al decir:

—Es verdad, pequeña. Perdóname. Gracias por haber llamado al Maestro. Quejarse es un arte. En cierto modo, tienes suerte de no disponer de tiempo para cultivarlo.

—No sé —replicó el insecto—. ¡Creo que acabo de soltar una queja bastante grande!

Por su parte, el quelonio respondió:

—Es verdad. He tenido una vida larga, he vivido demasiado. Y nuestra amiguita Rocío vive demasiado poco. No sé por qué. ¿Justicia? ¿Quién soy yo para juzgar? Forma parte de los planes trazados por la Gran Luz y no depende de nuestra voluntad. Para mí, todavía eres como un niño, Zezinho. En cuanto a Rocío, ¡ah, hace honor a su nombre con cada amanecer! Al principio puede parecerte ventajoso que yo viva tanto, pero si algo he aprendido en el océano de mi ignorancia es que toda ganancia viene acompañada de una pérdida. Cuanto mayor es la ganancia, proporcional es la pérdida. Así como la noche sucede al día, la sequía sigue a la lluvia y el final del verano trae en la brisa el anuncio del otoño.

Las incontables arrugas de su piel fosilizada se hicieron más profundas.

—Cargo con el peso de miles de despedidas, miles de muertes, miles de pesares, miles de nostalgias. ¿Cuántos amigos queridos no llegaron, vivieron y se marcharon ante mis ojos? ¿Cuánta tristeza no he sentido al ver partir a criaturas con las que conviví, a las que enseñé, con las que compartí pensamientos, a las que aconsejé, cuyas historias, temores, esperanzas, frustraciones y tristezas escuché? ¡Me duele el corazón solo de pensarlo! No sé cómo he soportado esta carga creciente durante tantas estaciones, amigo mío. Y, francamente, ¿cuántas veces no he envidiado a quienes se marcharon rodeados por aquellos que los amaban? Veo partir a todos y temo que, cuando llegue mi hora –que no tardará–, estaré solo.

—¿Cree en la Gran Luz, Maestro?

Después de una pausa, el anciano dijo:

—Creo. Tengo que creer; si no, ¿qué sentido tendría todo?

—¿Tiene que haber un sentido?

—Sí. Existir simplemente no basta.

—Si nuestra existencia es un ciclo, ¿nos habremos conocido antes o volveremos a conocernos después?

—Es posible, pero, si ocurre, estaremos privados de cualquier recuerdo del pasado.

—¿Y habré sido malhumorado también en una vida anterior?

Sorprendido, Tirugo contempló al macho cabrío. Más sorprendido quedó al darse cuenta de que acababa de hacer una broma.

—¿Quién sabe? —dijo el quelonio—. Quizá hayas sido un oso hormiguero o incluso un árbol...

—Como el Árbol de los Lamentos.

—Sí... Como Nube Blanca.

—¿Cree que Nube Blanca fue llevado por la Gran Luz?

—Vimos lo que vimos, Zé. ¿Qué más se puede decir? Tal vez haya regresado con nosotros y ni siquiera lo sepamos; quizá él tampoco...

—Me gustó que me llamara Zezinho, como antes.

—Para mí siempre has sido Zezinho, gruñón.

Zé Bode sonrió.

La Luz de la Vida se debilitaba en el moribundo, apagándose como el fuego en una ramita.

Zé Bode miró a la vieja tortuga y, a pesar de su propio estado, sintió pena por el anciano. Sin intención de sonar irónico, balbuceó:

—Perdóneme por morir.

A lo que la tortuga respondió:

—Perdóname por vivir.

Rocío sorbió por la nariz.

Una de las patas de Tirugo tocó la pezuña hendida de su amigo en una tierna despedida.

Así, en paz, Zé Bode se marchó.

La abeja regresó a la colmena.

Llamaron a los demás animales.

La hija rompió a llorar y fue consolada por sus amigas.

La esposa, más resignada, aceptó con serenidad su condición de viuda.

—Cuando la niña se haya calmado —pidió Tirugo a la madre—, tráela conmigo.

Luego se volvió hacia el cuerpo del difunto:

—Hasta pronto, Zezinho. Ojalá volvamos a encontrarnos en la próxima existencia.

Al salir, Gruc, el gorrión, lo abordó, preocupado por el aspecto del anciano:

—¿Está bien, Maestro?

—Dentro de lo posible. ¿Y tú, Gruc? Me enteré de que serás abuelo...

—Es verdad, los niños ya no son niños. Pronto tendrá nuevos alumnos.

Tirugo no respondió, consciente de que su tiempo también se agotaba.

—El tiempo ha volado, ¿verdad? —insistió el gorrión.

—Como un soplo de viento, Gruc, como un soplo de viento...

A medida que aparecían las estrellas y llegaban más y más animales, la vieja tortuga se internó entre las rocas. Más abajo desapareció en el bosque, bajo la luz de la luna, rumbo a su plácido rincón junto a la Laguna de la Meditación.

La naturaleza dio paso al tiempo y a nuevos cambios.

El vestigio del invierno persistía obstinadamente en el aire.

La noche llegó al inusual final de la tarde.

¿Cómo detener las gotas de lluvia?

¿Cómo impedir que fluya la arena?

Los cambios se sucedieron.

Infinitos misterios.

Muerte y vida.

El adiós.

Roberto Schima nació en São Paulo, Brasil, el 1 de febrero de 1961. Es nieto de japoneses radicados em ese país. Há sido galardonado con el "Premio Jerônymo Monteiro", organizado por la "Isaac Asimov Magazine" (Editorial Record), por el relato "Como a Neve de Maio". Colaborador de las revistas digitales "Conexão Literatura" y "LiteraLivre". Ha participado en cuatrocientas cuarenta y dos antologías. Es autor de obras como: "Pequenas Portas do Eu", "Limbographia", "O Olhar de Hirosaki", "Sob as Folhas do Ocaso", "Os Fantasmas de Vênus", "Cinza no Céu", "Tio Vampiro", "Caçada no Planeta Duplo", "Era uma Vez um Outono", "Vozes e Ecos", "Através do Abismo", entre otras.

https://revistaconexaoliteratura.com.br/?s=roberto+schima

https://www.wattpad.com/user/RobertoSchima  

 

1 comentario:

  1. Muito obrigado pela divulgação do meu conto! Estou contente por ter minha história divulgada para o público argentino. Espero que gostem.

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