lunes, 31 de agosto de 2026

EL CUERPO

Claudia Isabel Lonfat

 

¿Te acordás, Gachi, cuando la Polaca nos decía que el pecado se notaba en el cuerpo, que todo cambia, que se desarrollan las tetas y el vello púbico crece como una maraña a la que llamó “alambres retorcidos”? Mientras recitaba sus sentencias morales, le mirabas los labios finos que se adelgazaban más con el gesto, hasta parecer ranuras que escupían cosas. La imitabas, estirando la boca y escondiendo los labios. Nos reíamos como locas. También nos compadecíamos de su hija que se sonrojaba con los comentarios de su madre y agachaba la cabeza hasta quedar jorobada. Tu risa inundaba todo mi espacio, contagiándome, inyectándome vida. Solo así podía salir de mi cono de sombra, donde se aislaba la niña de doce años para escribir poemas sobre pequeños muertos y cuervos. Hacías mi mundo libre y hermoso, hasta que llegaba Lena, tu vieja, como la llamabas a escondidas para no recibir una cachetada o pellizco. Lena para mí era la mujer roja, porque su nariz y mejillas estaban coloradas de furia. Limpiaba casas todo el día, y fregaba a mano ropa ajena, hasta dejarla inmaculada. Apenas veíamos que metía su mano gastada entre las tiras de plástico de la cortina multicolor, asomándose con el entrecejo fruncido y su mejor cara de diabla, el silencio era instantáneo; el canario dejaba de cantar, y los gatos huían a la casa del vecino. Inspeccionaba toda la casa en busca de alguna pelusa, alfombra fuera de lugar, migas de pan o cualquier mínimo descuido, como una sábana arrugada o mal tendida. Después abría la heladera y revolvía el plato de los fiambres. Se demoraba un largo rato durante la inspección y volvía furiosa, con pasos vacilantes y oliendo a alcohol. Me implorabas con la mirada. Yo sabía que me tenía que ir, que nos habíamos comido dos fetas de fiambre y te esperaban gritos y quizás alguna paliza. Y cuando ocurría esto último, no hacía falta contarlo. El cuerpo lo dice todo, Gachi. El tuyo era como la primavera, colorido, exuberante, prematuramente deseable. Dice que se posan ojos indebidos, y que las vecinas te odiaban porque sus hombres no podían evitar mirarte. Te culpaban por despertar el pecado en ellos, eso que no se podía decir. ¿Te acordás de Marquitos, el nene qué cuidabas para ganarte unos mangos, y el verano qué me pediste que te ayudara a cuidarlo? No querías quedarte sola porque estaba el padre; ese que nunca tuvo nombre, siempre fue “El papá de Marquitos”. Aquel día, cuando vio que tenías compañía, se fue enojado, y nosotras nos metimos rápido en el bañito de afuera, para revisar el rincón misterioso tapado con una lona y ladrillos. Aprovechamos que el nene dormía, para desentrañar el misterio. Había una pila de revistas. No eran ni de moda, ni de autos, ni fotonovelas. Eran revistas pornográficas. Las miramos. ¿Te conté Gachi que una vez vi un pito enorme, el de mi vecino, que salió desnudo al patio mientras yo jugaba con el perro en la terraza y que me escondí para que no se diera cuenta? Te reíste, pero no dijiste nada. Cada una de las revistas era la historia de un encuentro sexual, y como las fotonovelas, tenían principio y final. Las mirabas en silencio. Ese día que te vi desnuda fue revelador. Te estabas bañando, y enjabonada abriste la puerta para pedirme otra toalla porque se te había mojado. Fue cuando me di cuenta. No porque no te haya visto antes desnuda, de hecho muchas veces nos bañábamos juntas, pero por primera vez entendía las diferencias del cuerpo, el tamaño de tu vulva tan distinta a la mía. Y te pregunté con inocencia: ¿por qué tu chocha es grande y arrugada? Y vos te pusiste mal, nunca antes te había visto así. Te pedí que me contaras, pero no tenías voz, movías la boca, como un pez fuera del agua, y no salía ningún sonido. Me asusté, lloré, te abracé. Después recordé ese día que discutimos por una pavada, y te quedaste tildada en medio de una avenida. Te agarré de la mano, y me dijiste: “Sos lo único que tengo en la vida, si me dejás me mato”. Yo te abracé igual de fuerte que cuando tuve la revelación del cuerpo. El mundo siguió, la vida nos separó y no nos volvió a unir. Ni siquiera treinta años después al reencontramos en la fiesta de ex alumnos. Te hice recordar el día que nos conocimos en la plaza Alianza. Estabas en la calesita, yo me subí y charlamos mientras la hacíamos girar hasta marearnos. Y la sorpresa al encontrarte en tercer grado entre mis compañeros. Me dijiste: “No recuerdo nada Flaca, vos sos mi memoria”, y te volví a ver el mismo gesto de niña, cuando te mordías el labio inferior mostrando las paletas, frunciendo tu nariz respingada y pecosa. 


Claudia Isabel Lonfat es una narradora y poeta argentina, nacida en Caseros, provincia de Buenos Aires que actualmente reside en la localidad de Tortuguitas, de la misma provincia. Participó en antologías, tanto de narrativa como de poesía géneros, nacionales e internacionales, como Grageas 3, Cuentos de terror, Primera antología de escritores de Malvinas Argentinas, Sin fronteras y muchas otras. Es una de las fundadoras del grupo “EIMA” (escritores independientes de Malvinas Argentinas) que promovió la edición de una antología local. También colaboró como columnista en un diario digital, tocando temas sociales y políticos (México). Publicó Casi un libro de cuentos en coautoría con Luis Venosa y Los nombres que me nombran (cuentos, 2023). Además está terminando otro libro de relatos breves: La crueldad de las mariposas.

 

 

 

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