Graciela De Mary
Stella nunca tuvo militancia de ninguna clase. Es más,
siempre criticó a la gente que según ella perdía el tiempo en vez de ir a
trabajar como Dios manda. Pero sus hijas le salieron al padre, qué se le iba a
hacer. Ningún conflicto las dejaba indiferentes, y si eran causas perdidas,
mucho mejor. Cada vez que Stella pensaba en quien había sido el hombre de su
vida, y a pesar de que hacía muchos años que era viuda, una súbita paz le
envolvía el pecho y volvía a ser feliz. Se conocieron cuando él la asistió en
la calle el día que se desmayó después de que le hicieran un aborto. Ella
estaba tirada en una vereda. Se había ido deslizando lentamente hasta el piso,
con la frente sudorosa apoyada en la superficie fría de un portón. Eran los
tiempos del “no te metás” y la gente que pasaba creía que estaba borracha pero él
la levantó y la llevó a tomar un café con leche. Después la acompañó a la casa.
A la semana siguiente, la madre de Stella, que se había conformado con las
mentiras inventadas por la hija, atendió la puerta.
—Che, te busca el muchacho que te trajo el
otro día.
Stella se dio cuenta de que ni le había
preguntado el nombre.
—Carlos. Me llamo Carlos.
Hacía unas semanas que las hijas de Stella no
paraban en la casa, y cuando estaban, se la pasaban haciendo carteles. Verdes.
También llevaban día y noche pañuelos de ese color en el cuello, o atados a las
mochilas. Una tarde, mientras ella les cebaba mate, les preguntó en qué andaban.
Esa noche la iban a pasar frente al Congreso para apoyar la legalización del
aborto. A Stella le mortificaba la palabra. Si hubiera dependido de ella, la
habría prohibido.
—¿Sabés cuántas mujeres se mueren por abortos
clandestinos, mami?
Claro que sabía. Todavía seguía soñando con
Gladys, la partera que se lo practicó a ella. Se acordaba de la desesperación
que sintió cuando el noviecito que tenía la dejó; cuando la panza le empezó a
crecer; cuando se ahogaba con el llanto contenido por la almohada. Se acordaba
de la compañera del colegio que la había mandado a ese sucucho sucio. Se
acordaba de haber despertado de la anestesia, de haber llorado a los gritos por
el dolor y de cómo la hija de puta de la partera perdió la paciencia y se la
sacó de encima a los empujones. Si no hubiera sido por la ternura de Carlos, se
hubiera muerto ahí mismo de puro miedo.
—Voy con ustedes.
Subieron las escaleras de la estación Callao.
Stella, medio perdida, del brazo de sus hijas, se despreocupó del frío y de la
lluvia porque estaba sostenida por la multitud. Jamás había vivido nada igual.
En cada esquina, alguien comentaba el debate de los diputados o convidaba un
mate cocido caliente. Veía a sus hijas manejarse con soltura entre las
pancartas y las banderas que al cabo debieron recoger por culpa del viento.
Llegó a preguntarse cómo se había perdido todo eso. Separado por unas vallas,
había otro grupo, con carteles celestes. Le explicaron que eran los que estaban
en contra de la legalización del aborto. Había policías en el medio, de modo
que se cruzaban cantitos provocadores, pero nada más.
De pronto, a Stella le pareció haber visto una
cara conocida. Una corazonada la llevó a acercarse al otro bando.
—¿Adónde vas mamá?
—Ya vengo.
Se separó de su grupo y empezó a caminar más
rápido. Los policías no le prestaron atención. Su aspecto no intimidaba a
nadie.
—Hola Gladys —dijo bien fuerte.
Una de las mujeres que sostenía una bandera
con un dibujo parecido a un bebé, giró la cabeza.
—¿Quién sos? —La partera se calzó los anteojos
que colgaban de su cuello.
—¡Claro, qué te vas a acordar! ¿Qué carajo
hacés acá?—Stella le gritó en el oído, ya había traspasado las vallas.
—Salí de acá, tortillera de mierda —dijo
Gladys tratando de sacársela de encima.
—¡Maldita yegua! —Stella se abalanzó sobre
ella y se prendió de sus mechas
Unas horas después Stella recuperó la libertad. Sus hijas, orgullosas, la esperaban en la puerta de la comisaría.

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