sábado, 3 de octubre de 2026

LOS SUCESOS

Helen Ivory

 

Este árbol es idéntico al árbol que viste cuando tomaste este atajo y te adentraste en el corazón verde y oscuro del bosque que respira. Todos los árboles son idénticos a aquel árbol. Avanzas a trompicones entre los tojos y una cola de sombra lanza un chillido.

Por fin, un claro y un atisbo del bondadoso cielo. Qué raro es ver por estos parajes las galas de un caballero, un hombre de negro, con aspecto de sacerdote, pulcro y ordenado. Se quita el sombrero para saludarte y, por supuesto, tú también haces una reverencia lo mejor que puedes, a tu manera de liebre, deseando que el bosque te recoja en su seno.

 

La alta sombra te siguió, eso es lo que les dices. ¿De qué otra manera explicar su voz en la madriguera de tu oído? La gente ha dejado de llamar a tu puerta. Tu granero está abandonado, salvo por los menudos trajines de las ratas.

Desde Samhain, tu fuego no quiere arder, ni una sola brizna de llama. La muñeca de grano clavada en el dintel no hace más que llorar. No se lo cuentas a nadie; es mejor mantener la boca cerrada. La sombra se vuelve más ruidosa por la noche, cuando los pájaros están en sus dormideros. Se ha instalado en la silla de tu difunto padre y conoce tan bien todas las canciones antiguas que las canta al revés. A veces, el cuello de encaje que rodea el cuello de la sombra parece una luna con cuernos caída sobre su espalda.

 

El sacerdote vino hoy; divisaste su figura vestida de oscuro desde el cobertizo de las cabras. Es maravilloso esconderse con ellas, dejarse envolver por su olor maternal y su calor vivo. Al cabo de un rato se marchó, mientras su séquito de grajos graznaba hroc, hroc de decepción.

Había venido por tu alma, pero ¿de qué sirve un alma en este mundo cuando nadie quiere comprar tu cerveza? Al anochecer, la viste correr veloz por el camino convertida en liebre, zigzagueando hacia el prado bajo. Últimamente, tu cuerpo pesa como un saco de grano.

 

La última vez que viste a tu madre había trazado un círculo sagrado junto al arroyo. Estaba descalza, acurrucada en su centro. Había ido al encuentro de los espíritus y su cuerpo aguardaba como una copa vacía esperando la lluvia.

 

Todos esos hombres con sus delicadas vestiduras y sus intenciones selváticas... tu madre habría tenido algo que decir sobre ellos. Siempre oyes su voz en el confín de la tierra. Sabes que, si hundieras la mano en cualquier concavidad de agua, ella estaría allí para arrastrarte hacia abajo, hacia un lugar seguro. Pero la idea de ese estado intermedio te asusta. El espíritu abandona el cuerpo con tanta alegría y, sin embargo, el cuerpo, pobrecito, sufre: criatura terrenal colmada de tristeza.

 

Pasaste el invierno con las cabras. Algunos días, hasta el sol estaba tan cansado que apenas abría los ojos. Habías decidido dejar a la sombra entregada a sus propios ardides y oías su canturreo grave mientras se arrastraba por todos los rincones de la casa.

 

Cuando llegó la primavera, la sombra ya no podía levantar del suelo su apagado ser. Estaba tan privada de canciones como un gusano. La chimenea había olvidado todo cuanto alguna vez supo acerca del fuego.

La cabra pía te instó a regresar a la casa, aunque solo fuera para asomarte por la ventana y hacerte una idea de cómo estaban las cosas. Habías llegado a creer que los consejos de las cabras solían ser sensatos.

 

La cabra blanca está preñada y ha estado pastando en el huerto con algo muy parecido a la serenidad. Sigues hasta la casa el sendero que ella ha ido despejando al comer, con la cabra pía a tu lado.

Cuando levantas el pestillo, se oye de pronto un correteo y, en un instante, te conviertes en una piedra erguida. Las cabras se acercan, te recuerdan que eres una mujer viva, y entonces empujas la puerta con el hombro. Un diminuto retazo de noche se arrastra hacia el sol y muere.

 

A la muñeca de grano le han brotado tallos verdes donde deberían estar los dedos de las manos y de los pies. Limpias de cenizas el hogar y construyes, con roble curado, lo que parece ser el primer fuego. No necesita que lo incites para cobrar vida y, poco después, la chimenea ruge hacia el cielo con toda su gloria.

Las cabras mordisquean el exuberante trébol que ha crecido sobre cada superficie de la habitación. Tú, en el luminoso jardín de tu hogar. Tú, la cabra pía y la cabra blanca, y los gemelos dormidos en su vientre.

 

Publicado por primera vez en Constructing a Witch (Bloodaxe Books, 2024).

Nota: shadowtail («cola de sombra») es un nombre popular inglés para la ardilla.

Helen Ivory (Norwich, Inglaterra) es poeta y artista visual; crea cajas de sombras, collages y criaturas de fieltro realizadas con la técnica de afieltrado con aguja. Ha recibido un Gregory Award y un Cholmondeley Award de la Society of Authors. Edita IS&T, y enseña y ejerce como mentora para Arvon, The Poetry School y NCW Academy. Su sexta colección publicada por Bloodaxe, Constructing a Witch (2024), fue recomendada en invierno por la Poetry Book Society (PBS), y ha sido traducida al griego y publicada por Thraka. También tiene obras traducidas al polaco, ucraniano, croata y español, además de traducciones realizadas como parte de la plataforma europea de poesía Versopolis. Un poema de su cuaderno surrealista Maps of the Abandoned City (SurVision, 2019) forma parte de Poems on the Underground, en Londres. Su Wunderkammer: New and Selected Poems fue publicado por MadHat en Estados Unidos en 2023. Acaba de recibir una beca de la Author’s Foundation para trabajar en su nueva colección para Bloodaxe.

 

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