Helen Ivory
Este árbol
es idéntico al árbol que viste cuando tomaste este atajo y te adentraste en el
corazón verde y oscuro del bosque que respira. Todos los árboles son idénticos
a aquel árbol. Avanzas a trompicones entre los tojos y una cola de sombra lanza
un chillido.
Por
fin, un claro y un atisbo del bondadoso cielo. Qué raro es ver por estos
parajes las galas de un caballero, un hombre de negro, con aspecto de
sacerdote, pulcro y ordenado. Se quita el sombrero para saludarte y, por
supuesto, tú también haces una reverencia lo mejor que puedes, a tu manera de
liebre, deseando que el bosque te recoja en su seno.
La alta
sombra te siguió, eso es lo que les dices. ¿De qué otra manera explicar su voz
en la madriguera de tu oído? La gente ha dejado de llamar a tu puerta. Tu
granero está abandonado, salvo por los menudos trajines de las ratas.
Desde
Samhain, tu fuego no quiere arder, ni una sola brizna de llama. La muñeca de
grano clavada en el dintel no hace más que llorar. No se lo cuentas a nadie; es
mejor mantener la boca cerrada. La sombra se vuelve más ruidosa por la noche,
cuando los pájaros están en sus dormideros. Se ha instalado en la silla de tu
difunto padre y conoce tan bien todas las canciones antiguas que las canta al
revés. A veces, el cuello de encaje que rodea el cuello de la sombra parece una
luna con cuernos caída sobre su espalda.
El
sacerdote vino hoy; divisaste su figura vestida de oscuro desde el cobertizo de
las cabras. Es maravilloso esconderse con ellas, dejarse envolver por su olor
maternal y su calor vivo. Al cabo de un rato se marchó, mientras su séquito de
grajos graznaba hroc, hroc de decepción.
Había
venido por tu alma, pero ¿de qué sirve un alma en este mundo cuando nadie
quiere comprar tu cerveza? Al anochecer, la viste correr veloz por el camino
convertida en liebre, zigzagueando hacia el prado bajo. Últimamente, tu cuerpo
pesa como un saco de grano.
La última
vez que viste a tu madre había trazado un círculo sagrado junto al arroyo.
Estaba descalza, acurrucada en su centro. Había ido al encuentro de los
espíritus y su cuerpo aguardaba como una copa vacía esperando la lluvia.
Todos esos
hombres con sus delicadas vestiduras y sus intenciones selváticas... tu madre
habría tenido algo que decir sobre ellos. Siempre oyes su voz en el confín de
la tierra. Sabes que, si hundieras la mano en cualquier concavidad de agua,
ella estaría allí para arrastrarte hacia abajo, hacia un lugar seguro. Pero la
idea de ese estado intermedio te asusta. El espíritu abandona el cuerpo con
tanta alegría y, sin embargo, el cuerpo, pobrecito, sufre: criatura terrenal
colmada de tristeza.
Pasaste el
invierno con las cabras. Algunos días, hasta el sol estaba tan cansado que
apenas abría los ojos. Habías decidido dejar a la sombra entregada a sus
propios ardides y oías su canturreo grave mientras se arrastraba por todos los
rincones de la casa.
Cuando
llegó la primavera, la sombra ya no podía levantar del suelo su apagado ser.
Estaba tan privada de canciones como un gusano. La chimenea había olvidado todo
cuanto alguna vez supo acerca del fuego.
La
cabra pía te instó a regresar a la casa, aunque solo fuera para asomarte por la
ventana y hacerte una idea de cómo estaban las cosas. Habías llegado a creer
que los consejos de las cabras solían ser sensatos.
La cabra
blanca está preñada y ha estado pastando en el huerto con algo muy parecido a
la serenidad. Sigues hasta la casa el sendero que ella ha ido despejando al
comer, con la cabra pía a tu lado.
Cuando
levantas el pestillo, se oye de pronto un correteo y, en un instante, te
conviertes en una piedra erguida. Las cabras se acercan, te recuerdan que eres
una mujer viva, y entonces empujas la puerta con el hombro. Un diminuto retazo
de noche se arrastra hacia el sol y muere.
A la muñeca
de grano le han brotado tallos verdes donde deberían estar los dedos de las
manos y de los pies. Limpias de cenizas el hogar y construyes, con roble
curado, lo que parece ser el primer fuego. No necesita que lo incites para
cobrar vida y, poco después, la chimenea ruge hacia el cielo con toda su
gloria.
Las
cabras mordisquean el exuberante trébol que ha crecido sobre cada superficie de
la habitación. Tú, en el luminoso jardín de tu hogar. Tú, la cabra pía y la
cabra blanca, y los gemelos dormidos en su vientre.
Publicado
por primera vez en Constructing a Witch (Bloodaxe Books, 2024).
Nota:
shadowtail («cola de sombra») es un nombre popular inglés para la
ardilla.
Helen Ivory (Norwich, Inglaterra) es poeta y artista
visual; crea cajas de sombras, collages y criaturas de fieltro realizadas con
la técnica de afieltrado con aguja. Ha recibido un Gregory Award y un
Cholmondeley Award de la Society of Authors. Edita IS&T, y enseña y ejerce
como mentora para Arvon, The Poetry School y NCW Academy. Su sexta colección
publicada por Bloodaxe, Constructing a Witch (2024), fue recomendada en
invierno por la Poetry Book Society (PBS), y ha sido traducida al griego y publicada
por Thraka. También tiene obras traducidas al polaco, ucraniano, croata y
español, además de traducciones realizadas como parte de la plataforma europea
de poesía Versopolis. Un poema de su cuaderno surrealista Maps of the Abandoned
City (SurVision, 2019) forma parte de Poems on the Underground, en Londres. Su
Wunderkammer: New and Selected Poems fue publicado por MadHat en Estados Unidos
en 2023. Acaba de recibir una beca de la Author’s Foundation para trabajar en
su nueva colección para Bloodaxe.

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