sábado, 3 de octubre de 2026

EL CONEJO DE LA ZONA VERDE

Hassan Blasim

 

Antes de que apareciera el huevo, yo leía un libro de religión o de leyes y me dormía. Al igual que mi conejo, estaba más activo a primera hora de la mañana y al caer el sol. Salsal, por su parte, se pasaba la noche en vela, despierto hasta las tantas. Siempre se levantaba al mediodía y, antes de salir de la cama, abría el portátil para entrar en Facebook: revisaba los comentarios nuevos sobre la discusión de la noche anterior y luego se metía en la ducha. Después entraba en la cocina, ponía la radio y escuchaba las noticias mientras hervía el huevo y preparaba café. Se llevaba el desayuno al jardín y se sentaba a la mesa que había bajo la sombrilla. Comía, bebía y fumaba mientras me observaba.

—Buenos días, Hayar, ¿qué cuentan las plantas?

—Este año viene caluroso… no crecerán con mucha fuerza —le decía yo mientras podaba los rosales.

Salsal encendía el segundo cigarro y miraba a mi conejo con una sonrisa sarcástica.

Nunca entendí qué tenía contra el conejo. Lo había traído la anciana Um Dalaa. Dijo que se lo había encontrado en el parque y decidimos quedárnoslo hasta que investigara quién era el dueño y lo encontrara. Pasó un mes y el conejo seguía con nosotros; yo llevaba dos meses con Salsal en aquel chalet de lujo situado al norte de la Zona Verde. Era una villa aislada, rodeada por unos muros altos y cuyas puertas estaban equipadas con un riguroso sistema de control electrónico. No sabía cuándo llegaría la Hora Cero. Salsal era un profesional, y a mí me llamaban “Pato” por mi primera operación.

Una vez a la semana nos visitaba el señor Salmán. Se ocupaba de nosotros y de cómo nos iban las cosas. Salmán nos traía algo de alcohol y hachís. Cada vez que venía nos contaba un chiste con poca gracia sobre política y nos recordaba confidencialmente la importancia de la operación. Salmán era aliado de Salsal y no me revelaba muchos secretos. Ambos trataban de erosionar mi debilidad y mi limitada experiencia. Yo no les prestaba demasiada atención, pues estaba sumido en las amarguras de mi propia vida, deseando que el mundo muriera de un golpe decisivo y letal.

La anciana Um Dalaa venía dos días a la semana. Nos traía el tabaco, cocinaba y limpiaba la casa. Una de esas veces Salsal se propasó con ella: le agarró el culo mientras preparaba dolah. Ella le arreó un cucharazo en la nariz y le sacó sangre. A partir de entonces Salsal renunció a ella y no volvió a dirigirle la palabra. Era una mujer que rondaba los cincuenta, pero muy activa. Había tenido nueve hijos y afirmaba odiar a los hombres: decía que no eran más que miserables asnos egoístas. Su esposo había trabajado en la empresa nacional de electricidad. Se había caído de lo alto de un poste de luz y había muerto. Era un borracho. Ella lo llamaba “la salamandra destilada”.

Yo le había construido al conejo una jaula en una esquina del jardín y cuidaba muy bien de él. Sabía que los conejos son animales muy sensibles y necesitan que se atienda debidamente su limpieza y alimentación. Había leído sobre ello cuando estudiaba en la secundaria. El interés por la lectura se apoderó de mí a los catorce años. Al principio leía sobre todo novelas rusas traducidas, muchas, y poesía árabe clásica. No tardé en aburrirme. Nuestro vecino era funcionario en el Ministerio de Agricultura. Una vez estaba jugando con su hijo Salam en la azotea de su casa, donde había un baúl de madera tapado por un montón de trastos viejos. Salam me reveló el secreto. El baúl estaba repleto de libros sobre los cultivos, métodos de riego y variadas enciclopedias sobre plantas e insectos. Debajo de todos los libros había muchas revistas porno de actrices turcas. Salam me dio una revista y yo tomé un libro sobre las especies de palmeras autóctonas. Después de aquello no necesité más a Salam. Yo solo me colaba desde mi casa hasta la azotea de la suya para hacer una visita al baúl biblioteca; tomaba un libro y una revista y devolvía lo que había tomado prestado anteriormente. Más tarde, me volví un apasionado de las obras de zoología y botánica, y empecé a buscar todo libro nuevo que llegaba a las bibliotecas, así hasta que entré en el ejército. En realidad, mi placer por la lectura era algo perturbador. Me sentía preocupado ante toda información nueva. Elegía un detalle concreto y empezaba a buscar en los índices de los libros sus formas y otras connotaciones. Recuerdo que durante mucho tiempo anduve detrás del beso. Leía y leía y me sentía mareado, como si degustara las bayas de un narcótico. Los experimentos demostraron que el chimpancé se refugia en el beso para aliviar la tensión, el estrés y el miedo, y también se ha demostrado que la hembra se refugia en el macho, lo abraza y empieza a besarlo cuando siente que han entrado extraños en su zona. Más adelante, después de una dilatada búsqueda, descubrí otro beso, ¡un largo beso tropical!: el que practican unos peces tropicales que se besan entre ellos durante media hora o más, sin coger aire. Los días de oscuridad durante los años del embargo económico significaron para mí alimentarme de libros, cuando la electricidad se cortaba veinte horas al día, especialmente después de la cadena de ataques aéreos estadounidenses contra el palacio presidencial. Me metía en la cama a medianoche y, a la luz de una vela, descubrí un beso nuevo: unos insectos llamados redúvidos no intercambian besos entre ellos. La hembra solo se satisface con la boca de las personas dormidas: avanza por su cara hasta llegar a la comisura de los labios, se queda ahí y empieza a besarla. Eso, antes de inyectarle el veneno en forma de gotas microscópicas. Y si la persona que duerme goza de buena salud y tiene un sueño natural, se despertará con un beso envenenado en la boca del tamaño de cuatro gotas de agua juntas.

Deserté de la mili. No aguanté demasiado el régimen de humillación que se estilaba allí. Me empleé en un horno de samún por las noches. Tenía que mantener a mi madre y a mis cinco hermanos. Entonces se esfumaron las ganas de leer y el mundo se volvió para mí un animal legendario incomprensible. Al año siguiente cayó el régimen y me libré del miedo a la pena de cárcel por haber huido del servicio militar. El nuevo gobierno eliminó la mili obligatoria, y cuando empezó la ola de violencia y comenzaron a rodar cabezas por cuestiones sectarias, tuve la intención de huir a Europa, pero asesinaron a dos de mis hermanos cuando volvían del trabajo en una fábrica de zapatos de mujer. Un taxista los entregó a un puesto de control falso. Los llevaron a la milicia Allahu Akbar en un lugar desconocido y les cortaron las cabezas después de abrirles agujeros en el cuerpo con un taladro eléctrico. Encontramos sus cadáveres en un basurero cerca de la capital. Aquello me marcó en el alma y me fui de casa. No pude soportar el miedo que impregnaba los rostros de mis hermanos y de mi madre. Me sentí perdido y ya no sabía qué quería de esta vida. Tomé una habitación en un hotel sucio hasta que vino un primo a visitarme y me ofreció trabajar con los nuestros para vengarnos.

Los días de verano eran largos y tediosos. Es cierto que estaba en un chalet cómodo, con piscina y sauna, pero a mí me parecía un palacio en un espejismo. Salsal se había quedado con una habitación en la segunda planta y a mí me bastaban una manta y una almohada en el sofá situado en medio del enorme salón donde se hallaba la biblioteca. Quería tener los ojos abiertos al jardín y al portón de fuera, por si las moscas. Me impresionaba el tamaño de la biblioteca. Había muchos libros de religión y jurisprudencia, nacional e internacional. Encima de las estanterías había ordenado unas figuras de animales hechos de madera de teca, con formas y movimientos que imitaban los tótems africanos. Los animales totémicos separaban los libros de religión de los de leyes. Cuando se hacía de noche, comía algo, me iba al sofá y me hundía allí. Hojeaba el álbum de mi vida y luego sacaba un libro y leía sin atención. En mi cabeza, el mundo era como una telaraña que emitía un zumbido tenue. Un eco de una vida moribunda, una respiración contenida, unas alas delicadas y repugnantes que se batían por última vez.

Tres días antes de la última visita del señor Salmán, encontré el huevo. Aquel día me desperté de madrugada, como siempre. Tomé agua limpia y comida y fui a ver a mi compañero, el conejo. Le abrí la puerta de la jaula y salió enérgico al jardín. Había un huevo en la jaula. Lo tomé y me puse a mirarlo detenidamente, tratando de comprender aquella broma. Era más pequeño que el huevo de una gallina. Me inquieté y fui a la habitación de Salsal. Lo desperté y le conté lo del huevo. Salsal lo tomó y lo miró unos instantes; luego se echó a reír.

—Hayar… Trata de no tomarme el pelo —me llamó la atención haciendo gestos con el dedo delante de mis ojos.

—¿Qué quieres decir? No he sido yo el que ha puesto el huevo ahí —aseveré.

Salsal se frotó los ojos y a continuación dio un salto y salió de la cama rabioso y cubriéndome de insultos. Nos dirigimos al portón del chalet para comprobar el sistema de vigilancia. Inspeccionamos el muro y revisamos el jardín y todas las habitaciones. No había nada fuera de lo normal. ¡Un huevo en la jaula de un conejo! No cabía otra posibilidad que pensar que uno de ellos se estaba burlando de nosotros: se habría colado en el chalet y había puesto el huevo al lado del conejo.

—A lo mejor es una simple broma de Um Dalaa… Que te den a ti y a tu conejo —dijo Salsal y luego se quedó callado.

Pero ambos sabíamos que Um Dalaa estaba enferma y que no había aparecido por casa ningún día de la semana anterior. Nuestro miedo se multiplicó porque no teníamos armas de fuego. No se nos permitía tener armas en casa hasta que llegara el día de ejecutar la misión de asesinato. Les preocupaban los registros, dado que la Zona Verde era un área gubernamental y en ella residía la mayoría de los hombres del Estado. Nosotros vivíamos en una villa porque estábamos a cargo de la protección de un diputado del Parlamento. Salsal sufrió un ataque de histeria y me pidió que me deshiciera del conejo degollándolo, pero me opuse y le dije que lo que estuviera ocurriendo no tenía nada que ver con el conejo.

—¿No ha sido tu santísimo conejo el que ha puesto ese huevo? —gritó furioso subiendo a su habitación.

Hice café y me senté en el jardín a observar al animal. Se estaba comiendo sus heces. Dicen que le aportan vitamina C, fabricada por los microorganismos del estómago. Salsal volvió al cabo de un rato con el portátil, murmurando algo para sí mismo y, a ratos, insultando a Salmán. Después, mientras revisaba Facebook, dijo: «Debemos estar alerta en todo momento», por lo que me pidió que pasara la noche en su habitación, dado que su ubicación en la segunda planta ofrecía un buen punto para controlar la entrada de la casa y los muros.

Apagamos todas las luces. Nos sentamos en el cuarto de Salsal y empezamos a turnarnos para hacer las rondas.

Transcurrieron dos noches sin que sucediera nada sospechoso. El chalet estaba tranquilo, sumido en la paz y el silencio. Durante el tiempo que me quedé en la habitación de Salsal, descubrí que usaba Facebook con un nombre falso: se hacía llamar Guerra y paz, y en su muro había puesto los trazos a grafito de una foto de Tolstói. Tenía más de mil amigos, la mayoría escritores, periodistas y pensadores. Discutía sus ideas y se presentaba ante los demás como un engreído inteligente. En sus comentarios y análisis abordaba con humildad y buen juicio temas relacionados con la violencia en el país. Una vez habló largo y tendido en sus comentarios sobre el secretario del ministro de Cultura, su humanidad y su inteligencia única. En aquel momento me trajo sin cuidado la charla sobre ese hombre. Le dije que quien trabajaba en lo que nosotros hacíamos debía mantenerse al margen de las conversaciones por internet. Me dirigió la mirada socarrona de un profesional.

—¡Usted preocúpese de ese conejo ovíparo suyo, señor Hayar! —me dijo.

Por fin nos vino a visitar el señor Salmán y Salsal perdió los estribos delante de él al ponerlo al corriente del asunto del huevo del conejo. Salmán se burló de nuestra historia y echó por tierra nuestras sospechas hacia Um Dalaa, asegurándonos que era una mujer de fiar que hacía mucho tiempo que trabajaba para ellos… Pero Salsal lo acusó de traidor y se enzarzaron en una discusión, mientras yo los observaba sentado. De aquella pelea entendí que en el mundo de las depuraciones sectarias y políticas caben muchas traiciones por intereses. Los partidos gobernantes, con frecuencia, revelaban informes de los sicarios entre ellos a cambio de un trato político por un puesto o para encubrir una maniobra de corrupción a gran escala. Pero Salmán negaba todas y cada una de las acusaciones de Salsal y nos pidió que nos tranquilizáramos, dado que la liquidación del objetivo tendría lugar en un par de días. Nos sentamos en la cocina y allí Salmán nos explicó en detalle cuál era el plan. Luego sacó de su maletín dos pistolas con silenciador y dijo que recibiríamos el dinero en cuanto concluyera la operación; después de aquello nos trasladaríamos a otro lugar en las afueras de la capital.

—¡Un huevo de conejo! Pero qué chistoso aquí el Patito —me soltó Salmán antes de irse.

La última noche la pasé en vela en compañía de Salsal. Estaba preocupado por el conejo, pues todo apuntaba a que Um Dalaa iba a tomarse unas vacaciones largas. El conejo moriría de hambre y de sed. Salsal, para no variar, seguía ocupado con Facebook mientras yo permanecía cerca de la ventana, vigilando el jardín de la casa. Me contó que estaba discutiendo con el secretario del Ministerio de Cultura sobre la violencia sectaria y sus orígenes. Por lo que me contó, entendí que este hombre había sido escritor en tiempos de Saddam y tenía tres novelas que hablaban del sufismo. Un día había asistido con su esposa a una fiesta que celebraba un arquitecto en su suntuosa mansión a orillas del Tigris. La esposa era una mujer encantadora, una auténtica belleza y tan culta como el marido. Estaba interesada en los manuscritos islámicos antiguos. A aquella fiesta también había sido invitado el jefe del aparato de seguridad, un pariente del presidente. Al concluir la velada, el jefe de seguridad le encargó a la división de inspección del departamento de seguridad que leyera las novelas de nuestro compañero, y unos días después lo metieron en la cárcel, acusado de instigación contra el Estado y el partido. El jefe de seguridad trató de negociar con la esposa del novelista: la libertad de su marido a cambio de que se entregara a él. Cuando ella se negó a aceptar el trato, dejó que uno de sus hombres la violara en presencia del esposo. Después de aquello, la mujer huyó a Francia y allí se le perdió la pista. Soltaron al novelista a mediados de los noventa y viajó en busca de su mujer. No tenía la menor noticia sobre su paradero. Cuando cayó la dictadura, volvió al país y fue nombrado viceministro de Cultura. La historia de la vida de este hombre parecía la trama de una película india. Me impactó la cantidad de detalles que conocía Salsal sobre ella y me dio la impresión de que estaba encandilado con la personalidad y el bagaje cultural de aquel hombre. Le pregunté por la confesión religiosa del viceministro, pero ignoró mi pregunta. Más adelante, traté de sacar de nuevo la conversación sobre la identidad de nuestro objetivo, pero Salsal respondió que a un Pato novato como yo no le estaba permitido saber algo así. Toda mi intervención se reducía a conducir el coche. Salsal sería quien dispararía con el silenciador.

A la mañana siguiente estuvimos esperando delante de un garaje situado en el centro de la capital. Según lo previsto, el objetivo llegaría en un Toyota Crown rojo. Cuando el vehículo entrara en el garaje, Salsal se bajaría, seguiría al objetivo hasta el interior y lo liquidaría. Acto seguido nos largaríamos en el coche hacia nuestra nueva ubicación en las afueras, razón por la cual agarré al conejo y lo metí en el maletero.

Al móvil de Salsal llegó un SMS y, al leerlo, le cambió el color de la cara. Se suponía que la espera del objetivo no se alargaría más de diez minutos. Le pregunté si había algo que no iba bien. Soltó un insulto y se golpeó el muslo. Me inquieté. Vacilante, extendió su teléfono móvil hacia mí y me enseñó la foto de un conejo sentado encima de un huevo. Era una foto ridícula manipulada con Photoshop.

—¿Sabes quién me envía la foto?

Negué con la cabeza.

—El viceministro de Cultura.

—¡¿Qué?!

—Él es el objetivo, Hayar.

Me bajé del coche. Me hervía la sangre por la tontería de Salsal y todas las paranoias de aquella operación de tres al cuarto. Transcurrieron más de quince minutos y el objetivo no apareció. Le dije a Salsal que yo me retiraba de la operación. Entonces, él también se bajó del coche y me pidió que tuviera paciencia y esperara un poco más, pues ambos estábamos en peligro. Volvió a montar en el coche y trató de ponerse en contacto con Salmán. Mientras tanto, yo eché a andar hacia una tienda cercana en busca de un paquete de tabaco. Tenía palpitaciones a causa del enfado. En cuanto llegué al ultramarinos, el coche explotó y salió volando envuelto en llamas. Salsal y el conejo se calcinaron.

Hassan Blasim nació en Bagdad, Irak, en 1973. Estudió en la Academia de Artes Cinematográficas. Más tarde se vio obligado a huir durante años como refugiado hasta llegar a Finlandia en 2004, donde reside actualmente. Sus obras han sido traducidas a más de veinte idiomas. El loco de la Plaza Libertad (2009) fue su primer libro de cuentos. Su segunda recopilación de cuentos, El cristo iraquí (2013) ha sido merecedora del “Independent Foreign Fiction Prize”.  La exposición de los cadáveres (2014) es el título de su última obra. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LA MEMORIA DEL CUERPO