Sabeen Ali
Había muchas
historias en el poblado cercano al campamento base sobre el origen del nombre
de aquella cumbre altísima, cubierta de nieve. En las noches de luna, la luna y
todas las estrellas parecían acercarse mucho a la tierra. Abajo, en el valle,
los pastores vivían en casas construidas con madera de cedro y quemaban leña
aromática de pino en sus hogares. Al ver las estrellas asomadas al borde del
valle, pensaban que, si estuvieran en la cima de la montaña, podrían arrancar
alguna con la mano. Entre los racimos de estrellas que ardían como sedimentos
rosados, distinguían también resplandores azulados. Por la mañana, los rayos
del sol adornaban la nieve blanca como una guirnalda; al caer la tarde, la
sombra de la montaña se extendía a lo lejos sobre la tierra. Entonces la cumbre
reflejaba los rayos anaranjados del sol poniente y parecía una corona de oro
sobre la frente del mundo. Poco a poco, aquella cumbre elevada y orgullosa fue
adquiriendo un carácter sagrado para los habitantes del poblado. Montañistas y
turistas llegaban desde lugares remotos tras atravesar senderos difíciles y
riscos escarpados. Creían que en alguna cueva de la montaña dorada se ocultaban
los secretos de la armonía universal.
Alguien les había dicho que, si
esos secretos gobernaran el mundo, no existiría el sufrimiento. Los seres
humanos volarían como las aves de un país a otro sin encontrar obstáculos.
Brotarían manantiales incluso en los desiertos, los árboles darían el doble de
frutos y ningún ser vivo moriría de hambre.
Los montañistas más tenaces pasaban
meses preparándose para alcanzar la cima y partían en grupos a buscar un camino
entre las rocas escarpadas y los aludes. En el poblado eran considerados
héroes. Cuando emprendían la ascensión, los despedían con plegarias; cuando
regresaban, recibían una cálida bienvenida.
Una muchacha llamada Ziml solía
esperar junto a los caminos por donde pasaban los montañistas que iban a
conquistar la cumbre dorada. Nunca había podido participar en una expedición ni
contaba con los medios para hacerlo, pero contemplaba aquellas alturas con amor
y admiración. Cada vez que los esforzados montañistas partían hacia la cima,
ella se situaba al borde del camino y esparcía amapolas silvestres a su paso.
Muchos no regresaban: algunos eran devorados por las tormentas de nieve y a
otros se los tragaban los precipicios. Los pocos que volvían traían la piel
lastimada y los miembros exhaustos, pero en los ojos les brillaba el triunfo.
Llevaban partículas de nieve sobre las pestañas como los cazadores tribales de
África llevan al cuello un diente del león que han abatido.
Un día, cuando un grupo numeroso de
montañistas ya había partido hacia la cumbre dorada, Ziml encontró una amapola
tan grande que no podía haber crecido en ningún rincón de aquel valle. No supo
ante quién esparcir sus pétalos.
Sostuvo entre las manos aquella
extraña flor del Himalaya como si las juntara para rezar y se quedó mirándola,
absorta. Durante la estación seca, los habitantes del poblado a menudo tenían
que traer agua desde lejos. Por eso, desde tiempos antiguos, los mayores
«cultivaban» glaciares. Unían hielo de glaciares macho y hembra, lo rociaban
con agua del río Indo, esparcían paja de trigo y elevaban plegarias a Dios para
que el glaciar se extendiera hacia los lados y se convirtiera en una reserva de
agua, en vez de arrastrar o aplastar el poblado.
Veían a los marjores saltar por las
montañas y los campos de nieve, como si desafiaran el afán de los montañistas
por conquistar las alturas.
¿Cómo podía el ser humano, dotado
de la obsesión de vencerlo todo, tolerar la cabeza orgullosamente erguida y el
cuerpo vigoroso del marjor? Poco a poco, el número de estos animales comenzó a
disminuir en las montañas. En aquel mismo poblado donde se habían sembrado
semillas de hielo sobre las piedras y se había llevado al ganado a pastar entre
la hierba florida de praderas semejantes a un país de hadas, empezaron a verse
rifles y escopetas colgados de las paredes. También adornaban esas paredes
cabezas disecadas de marjores con cuernos retorcidos.
Montañistas de todos los rincones
del mundo ya visitaban el lugar, pero, cuando se difundió la fama de los
marjores, los cazadores expertos encontraron allí un nuevo y atractivo
territorio de caza. En poco tiempo, los miles de marjores que saltaban por las
laderas se volvieron escasos. Los cazadores pasaban días enteros sin encontrar
siquiera un rastro. Entonces aparecieron algunas personas conscientes del
peligro y comenzaron a alzar la voz para salvar la especie. Durante mucho
tiempo, sus llamados no encontraron eco entre las montañas: fueron voces que
clamaban en el desierto. Finalmente se promulgaron leyes y se hicieron cumplir.
Se prohibió cazar sin licencia y comenzaron los esfuerzos para preservar a los
marjores.
Ziml veía con frecuencia, entre el
amor y la admiración, cómo los grupos de montañistas se internaban en los
peligros de la cumbre dorada, la conquistaban o eran devorados por las
tormentas. Esperaba que algún día regresara al poblado un verdadero vencedor,
con partículas de nieve adheridas al vello y el triunfo brillándole en los
ojos, para preguntarle qué secreto de las alturas había descubierto al llegar a
la cima.
Pero algunas alturas son un enigma.
Atraen a quienes ansían la aventura y les permiten alcanzar su destino, aunque
no les revelan sus secretos. O quizá esas alturas no guardan secreto alguno.
Entre las garras del hielo, los espejismos del desierto no se ven con los ojos
abiertos, pero acaban formando parte de los sueños de los montañistas mientras
sus ojos se congelan.
Abajo, en el poblado, muchas
muchachas esperaron a los héroes que habían salido en busca del secreto de la
cumbre dorada. Sin embargo, todos los que regresaban traían consigo un silencio
profundo, y muchos volvían la primavera siguiente para reanudar la búsqueda.
Los años fueron pasando para Ziml. La flor del Himalaya, que volvía a alzarse
cada primavera, continuó esperando a un héroe. Cada invierno, los ancianos del
poblado seguían cultivando glaciares, rezando por la larga vida de sus ríos,
sus cumbres y sus campos de nieve, y esforzándose por salvar a los marjores.
Ziml había oído que solo quedaban unos pocos machos dominantes de buena
estirpe, capaces de asestar golpes certeros en el pecho de cualquier rival
durante sus duelos. Con su majestad y su valentía ancestral, habitaban en los
latidos del corazón de las hembras.
Un día llegaron al poblado varios
grupos numerosos de cazadores disfrazados de montañistas. Su llegada y sus
intenciones se mantuvieron en secreto.
Durante días, a puerta cerrada y
entre susurros, discutieron cómo llevar a cabo la cacería. Al fin obtuvieron el
permiso para cazar a Zono, el macho más indómito del poblado. A cambio,
entregarían miles de fajos de billetes recién impresos.
Quienes defendían el acuerdo
dijeron que ese dinero serviría para proporcionar alimento y protección a las
hembras, favorecer su reproducción, cubrir los gastos de una campaña de
concientización y promover el turismo.
Los grupos de cazadores, armados
con rifles de largo alcance y escopetas, se apostaron en distintos lugares.
Ziml percibía un olor a miedo en el aire del poblado.
Las hembras prefirieron refugiarse
con sus crías en las cuevas en vez de salir a pastar.
Los cascos de Zono arrancaban
chispas de las piedras. Saltaba de un lado a otro de su montaña, intentando
ahuyentar a los cazadores, cuyos cañones escupían llamas azules.
De pronto, Zono cayó rodando hacia
la garganta frente a la cueva donde, según las antiguas leyendas, se ocultaban
los secretos de la armonía universal.
Los cazadores entonaron cantos de
victoria y comenzaron a descender por las gargantas en busca de su cuerpo
herido. Atardecía en las montañas. La hembra de Zono lanzó un grito lastimero
que resonó a lo lejos por todo el valle.
Esa misma tarde, la nieve comenzó a
deslizarse desde la cima. Un desprendimiento y una tormenta de nieve hicieron
que un numeroso grupo de expedicionarios perdiera una vez más el equilibrio. La
violencia de la tormenta impedía buscarlos, de modo que los montañistas fueron
declarados desaparecidos.
Cayó la noche sobre el poblado. En
el crepúsculo, una figura avanzaba lentamente hacia la garganta por la nieve,
suave como las nubes. Los turistas que la observaban desde lejos se
estremecieron. Era Ziml, que llevaba en la mano la extraordinaria flor del
Himalaya. Por un instante miró con atención la cumbre dorada, como si estuviera
a punto de revelársele un gran secreto. Luego contempló a Zono en profundo
silencio y dejó caer la flor sobre él.
Sabin Ali nació en Lahore, Pakistán,
el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en
Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*,
*Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en
revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se
publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario
*Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab
Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea
*Deedban*.

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