domingo, 4 de octubre de 2026

LA CUMBRE DORADA

Sabeen Ali

 

Había muchas historias en el poblado cercano al campamento base sobre el origen del nombre de aquella cumbre altísima, cubierta de nieve. En las noches de luna, la luna y todas las estrellas parecían acercarse mucho a la tierra. Abajo, en el valle, los pastores vivían en casas construidas con madera de cedro y quemaban leña aromática de pino en sus hogares. Al ver las estrellas asomadas al borde del valle, pensaban que, si estuvieran en la cima de la montaña, podrían arrancar alguna con la mano. Entre los racimos de estrellas que ardían como sedimentos rosados, distinguían también resplandores azulados. Por la mañana, los rayos del sol adornaban la nieve blanca como una guirnalda; al caer la tarde, la sombra de la montaña se extendía a lo lejos sobre la tierra. Entonces la cumbre reflejaba los rayos anaranjados del sol poniente y parecía una corona de oro sobre la frente del mundo. Poco a poco, aquella cumbre elevada y orgullosa fue adquiriendo un carácter sagrado para los habitantes del poblado. Montañistas y turistas llegaban desde lugares remotos tras atravesar senderos difíciles y riscos escarpados. Creían que en alguna cueva de la montaña dorada se ocultaban los secretos de la armonía universal.

Alguien les había dicho que, si esos secretos gobernaran el mundo, no existiría el sufrimiento. Los seres humanos volarían como las aves de un país a otro sin encontrar obstáculos. Brotarían manantiales incluso en los desiertos, los árboles darían el doble de frutos y ningún ser vivo moriría de hambre.

Los montañistas más tenaces pasaban meses preparándose para alcanzar la cima y partían en grupos a buscar un camino entre las rocas escarpadas y los aludes. En el poblado eran considerados héroes. Cuando emprendían la ascensión, los despedían con plegarias; cuando regresaban, recibían una cálida bienvenida.

Una muchacha llamada Ziml solía esperar junto a los caminos por donde pasaban los montañistas que iban a conquistar la cumbre dorada. Nunca había podido participar en una expedición ni contaba con los medios para hacerlo, pero contemplaba aquellas alturas con amor y admiración. Cada vez que los esforzados montañistas partían hacia la cima, ella se situaba al borde del camino y esparcía amapolas silvestres a su paso. Muchos no regresaban: algunos eran devorados por las tormentas de nieve y a otros se los tragaban los precipicios. Los pocos que volvían traían la piel lastimada y los miembros exhaustos, pero en los ojos les brillaba el triunfo. Llevaban partículas de nieve sobre las pestañas como los cazadores tribales de África llevan al cuello un diente del león que han abatido.

Un día, cuando un grupo numeroso de montañistas ya había partido hacia la cumbre dorada, Ziml encontró una amapola tan grande que no podía haber crecido en ningún rincón de aquel valle. No supo ante quién esparcir sus pétalos.

Sostuvo entre las manos aquella extraña flor del Himalaya como si las juntara para rezar y se quedó mirándola, absorta. Durante la estación seca, los habitantes del poblado a menudo tenían que traer agua desde lejos. Por eso, desde tiempos antiguos, los mayores «cultivaban» glaciares. Unían hielo de glaciares macho y hembra, lo rociaban con agua del río Indo, esparcían paja de trigo y elevaban plegarias a Dios para que el glaciar se extendiera hacia los lados y se convirtiera en una reserva de agua, en vez de arrastrar o aplastar el poblado.

Veían a los marjores saltar por las montañas y los campos de nieve, como si desafiaran el afán de los montañistas por conquistar las alturas.

¿Cómo podía el ser humano, dotado de la obsesión de vencerlo todo, tolerar la cabeza orgullosamente erguida y el cuerpo vigoroso del marjor? Poco a poco, el número de estos animales comenzó a disminuir en las montañas. En aquel mismo poblado donde se habían sembrado semillas de hielo sobre las piedras y se había llevado al ganado a pastar entre la hierba florida de praderas semejantes a un país de hadas, empezaron a verse rifles y escopetas colgados de las paredes. También adornaban esas paredes cabezas disecadas de marjores con cuernos retorcidos.

Montañistas de todos los rincones del mundo ya visitaban el lugar, pero, cuando se difundió la fama de los marjores, los cazadores expertos encontraron allí un nuevo y atractivo territorio de caza. En poco tiempo, los miles de marjores que saltaban por las laderas se volvieron escasos. Los cazadores pasaban días enteros sin encontrar siquiera un rastro. Entonces aparecieron algunas personas conscientes del peligro y comenzaron a alzar la voz para salvar la especie. Durante mucho tiempo, sus llamados no encontraron eco entre las montañas: fueron voces que clamaban en el desierto. Finalmente se promulgaron leyes y se hicieron cumplir. Se prohibió cazar sin licencia y comenzaron los esfuerzos para preservar a los marjores.

Ziml veía con frecuencia, entre el amor y la admiración, cómo los grupos de montañistas se internaban en los peligros de la cumbre dorada, la conquistaban o eran devorados por las tormentas. Esperaba que algún día regresara al poblado un verdadero vencedor, con partículas de nieve adheridas al vello y el triunfo brillándole en los ojos, para preguntarle qué secreto de las alturas había descubierto al llegar a la cima.

Pero algunas alturas son un enigma. Atraen a quienes ansían la aventura y les permiten alcanzar su destino, aunque no les revelan sus secretos. O quizá esas alturas no guardan secreto alguno. Entre las garras del hielo, los espejismos del desierto no se ven con los ojos abiertos, pero acaban formando parte de los sueños de los montañistas mientras sus ojos se congelan.

Abajo, en el poblado, muchas muchachas esperaron a los héroes que habían salido en busca del secreto de la cumbre dorada. Sin embargo, todos los que regresaban traían consigo un silencio profundo, y muchos volvían la primavera siguiente para reanudar la búsqueda. Los años fueron pasando para Ziml. La flor del Himalaya, que volvía a alzarse cada primavera, continuó esperando a un héroe. Cada invierno, los ancianos del poblado seguían cultivando glaciares, rezando por la larga vida de sus ríos, sus cumbres y sus campos de nieve, y esforzándose por salvar a los marjores. Ziml había oído que solo quedaban unos pocos machos dominantes de buena estirpe, capaces de asestar golpes certeros en el pecho de cualquier rival durante sus duelos. Con su majestad y su valentía ancestral, habitaban en los latidos del corazón de las hembras.

Un día llegaron al poblado varios grupos numerosos de cazadores disfrazados de montañistas. Su llegada y sus intenciones se mantuvieron en secreto.

Durante días, a puerta cerrada y entre susurros, discutieron cómo llevar a cabo la cacería. Al fin obtuvieron el permiso para cazar a Zono, el macho más indómito del poblado. A cambio, entregarían miles de fajos de billetes recién impresos.

Quienes defendían el acuerdo dijeron que ese dinero serviría para proporcionar alimento y protección a las hembras, favorecer su reproducción, cubrir los gastos de una campaña de concientización y promover el turismo.

Los grupos de cazadores, armados con rifles de largo alcance y escopetas, se apostaron en distintos lugares. Ziml percibía un olor a miedo en el aire del poblado.

Las hembras prefirieron refugiarse con sus crías en las cuevas en vez de salir a pastar.

Los cascos de Zono arrancaban chispas de las piedras. Saltaba de un lado a otro de su montaña, intentando ahuyentar a los cazadores, cuyos cañones escupían llamas azules.

De pronto, Zono cayó rodando hacia la garganta frente a la cueva donde, según las antiguas leyendas, se ocultaban los secretos de la armonía universal.

Los cazadores entonaron cantos de victoria y comenzaron a descender por las gargantas en busca de su cuerpo herido. Atardecía en las montañas. La hembra de Zono lanzó un grito lastimero que resonó a lo lejos por todo el valle.

Esa misma tarde, la nieve comenzó a deslizarse desde la cima. Un desprendimiento y una tormenta de nieve hicieron que un numeroso grupo de expedicionarios perdiera una vez más el equilibrio. La violencia de la tormenta impedía buscarlos, de modo que los montañistas fueron declarados desaparecidos.

Cayó la noche sobre el poblado. En el crepúsculo, una figura avanzaba lentamente hacia la garganta por la nieve, suave como las nubes. Los turistas que la observaban desde lejos se estremecieron. Era Ziml, que llevaba en la mano la extraordinaria flor del Himalaya. Por un instante miró con atención la cumbre dorada, como si estuviera a punto de revelársele un gran secreto. Luego contempló a Zono en profundo silencio y dejó caer la flor sobre él.

Sabin Ali nació en Lahore, Pakistán, el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*, *Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario *Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea *Deedban*.

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