Nibedita Nayak
Era una tarde pesada
y empezaba a adormecerme. De pronto, el sonido del timbre me hizo abrir los
ojos. ¿Quién podía ser a aquella hora? No esperaba a nadie. Miré el reloj de
pared: eran cerca de las tres. Afuera, el sol abrasaba. En una pequeña ciudad
costera como aquella, a esa hora no se veía a nadie por las calles. Todo estaba
desierto y silencioso. Las escuelas y las universidades estaban cerradas y, en
medio de aquella quietud, por la ventana situada junto a la cama apenas entraba
una ligera brisa que hacía ondular las cortinas.
Abrí la puerta y vi a una
desconocida junto a la reja. Tendría unos treinta años. Aunque no podía decirse
que fuera extraordinariamente hermosa, había algo en la expresión de su rostro
que revelaba cierta abstracción, como si su mente estuviera en otra parte. Sus
grandes ojos parecían buscar algo. De pronto no supe si debía abrirle la reja o
no. En estos tiempos, una joven desconocida que aparece de improviso...
Pero mi expresión desconfiada debió
de delatarme.
—Madam, ¿podría abrirme un momento?
Me incorporé hace poco como funcionaria de Hacienda en esta ciudad. Aunque
acabo de llegar para ocupar mi puesto, en realidad esta pequeña ciudad no es
nueva para mí. La conozco desde hace mucho tiempo.
No sé qué había en su voz, pero mis
manos actuaron casi mecánicamente y, cuando me di cuenta, ya estaba abriendo la
reja.
—Pase, madam. Entre.
La desconocida volvió a hablar
enseguida.
—Por favor, madam, no me llame
«madam». Tengo más o menos la edad de su hija. Me llamo Nisha.
—De acuerdo, Nisha. Siéntate.
Señalé el sofá con un dedo.
—Gracias, madam.
Y se sentó en él con absoluta
naturalidad.
—¿Qué necesitabas? —pregunté.
—Nada en particular, madam —respondió
con un aire indiferente—. No es que tenga ningún asunto urgente. Pero este
alojamiento me ha atraído como un imán. Sentí deseos de venir a verlo. ¿Podría
darme un vaso de agua?
Me levanté para ir a buscarlo,
sorprendida por su respuesta. ¿Qué podía tener de especial aquel alojamiento?
Yo no lo había decorado con particular esmero, ni había en el jardín una
profusión de flores, frutas o verduras. No había nada digno de ser contemplado.
Había llegado a una edad en que los
hijos ya habían crecido y cada uno había emprendido su propio camino. Cuando me
casé y vine a vivir aquí, había soñado con arreglar y embellecer la casa, pero
aquel entusiasmo se había reducido a la mitad. Tal vez fuera la edad. Tal vez
la enfermedad. Veinticinco años atrás, cuando los niños eran pequeños, además
de ocuparme de las tareas domésticas y de sus estudios, me esforzaba muchísimo
por mantener hermosa la casa. Cada vez que veía en alguna parte un objeto bonito
para decorarla, me entraban unas ganas irresistibles de comprarlo y traerlo. Y
si los niños desordenaban la casa, los reprendía. También cuidaba con esmero el
jardín, que estaba lleno de hermosas plantas y flores.
Ahora todo eso había cambiado.
Aunque les dijera algo, los hijos ya no me escuchaban. ¿Para qué discutir con
ellos y crear tensiones inútiles?
En aquellos tiempos, si alguien
elogiaba la decoración de mi casa o el jardín, una oleada de satisfacción me
llenaba por dentro. Pero ¿qué tenía de particular ahora este alojamiento para
que aquella muchacha se sintiera atraída hacia él como por un imán?
Regresé de mis pensamientos y volví
a la habitación con el agua.
Nisha bebió.
—Madam, ha tardado mucho en traer
un vaso de agua.
—No... no...
¿Qué otra cosa podía responderle?
Durante unos instantes reinó el
silencio. Entonces Nisha volvió a romperlo.
—Madam, espero que no le moleste...
¿Podría ver las habitaciones de dentro?
—Sí, claro. Ven.
Fue recorriendo las habitaciones
una por una. Tocaba todas las cosas: las paredes, las ventanas, la barandilla,
las puertas, las mallas metálicas... Lo hacía con una intimidad extraña, como
si acariciara objetos que conocía desde hacía mucho tiempo.
—No... no ha cambiado demasiado.
Solo ha envejecido un poco con los años —murmuró casi para sí.
—¿Has dicho algo? —le pregunté.
Se sobresaltó.
—No, no. Nada.
De pronto entró en el dormitorio.
Miró a su alrededor y se dejó caer pesadamente sobre la cama. De sus ojos
comenzaron a brotar lágrimas, una tras otra.
Yo no sabía qué hacer. Permanecí
allí de pie, rígida como un tronco, incapaz de comprender lo que estaba
sucediendo.
De pronto Nisha rompió el silencio.
—Hace veinte años, exactamente un
día como hoy —dijo levantándose de golpe—, en un momento de debilidad de una
tarde como esta, mi padre se suicidó colgándose del ventilador de techo de esta
habitación. La razón por la que lo hizo sigue siendo, todavía hoy,
incomprensible para mí.
Me quedé sin palabras.
—Me voy, madam. Gracias. En otra
ocasión podremos hablar con más calma.
Nisha se levantó y salió casi
precipitadamente, sin volver la vista atrás.
Permanecí allí, mirando en la
dirección por la que había desaparecido.
—Madam, ¿por qué ha dejado abierta
la puerta? ¿Qué está mirando? Con los tiempos que corren...
La voz del ordenanza me devolvió de
golpe a la realidad.
Nibedita Nayak nació en la ciudad de
Cuttack, estado de Odisha, India, el 6 de noviembre de 1971. Actualmente reside
en Bhubaneswar, la capital del estado. Es ama de casa, le encanta cocinar... y
escribir, por supuesto.

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