domingo, 4 de octubre de 2026

UNA TARDE INCOMPRENSIBLE

Nibedita Nayak

 

Era una tarde pesada y empezaba a adormecerme. De pronto, el sonido del timbre me hizo abrir los ojos. ¿Quién podía ser a aquella hora? No esperaba a nadie. Miré el reloj de pared: eran cerca de las tres. Afuera, el sol abrasaba. En una pequeña ciudad costera como aquella, a esa hora no se veía a nadie por las calles. Todo estaba desierto y silencioso. Las escuelas y las universidades estaban cerradas y, en medio de aquella quietud, por la ventana situada junto a la cama apenas entraba una ligera brisa que hacía ondular las cortinas.

Abrí la puerta y vi a una desconocida junto a la reja. Tendría unos treinta años. Aunque no podía decirse que fuera extraordinariamente hermosa, había algo en la expresión de su rostro que revelaba cierta abstracción, como si su mente estuviera en otra parte. Sus grandes ojos parecían buscar algo. De pronto no supe si debía abrirle la reja o no. En estos tiempos, una joven desconocida que aparece de improviso...

Pero mi expresión desconfiada debió de delatarme.

—Madam, ¿podría abrirme un momento? Me incorporé hace poco como funcionaria de Hacienda en esta ciudad. Aunque acabo de llegar para ocupar mi puesto, en realidad esta pequeña ciudad no es nueva para mí. La conozco desde hace mucho tiempo.

No sé qué había en su voz, pero mis manos actuaron casi mecánicamente y, cuando me di cuenta, ya estaba abriendo la reja.

—Pase, madam. Entre.

La desconocida volvió a hablar enseguida.

—Por favor, madam, no me llame «madam». Tengo más o menos la edad de su hija. Me llamo Nisha.

—De acuerdo, Nisha. Siéntate.

Señalé el sofá con un dedo.

—Gracias, madam.

Y se sentó en él con absoluta naturalidad.

—¿Qué necesitabas? —pregunté.

—Nada en particular, madam —respondió con un aire indiferente—. No es que tenga ningún asunto urgente. Pero este alojamiento me ha atraído como un imán. Sentí deseos de venir a verlo. ¿Podría darme un vaso de agua?

Me levanté para ir a buscarlo, sorprendida por su respuesta. ¿Qué podía tener de especial aquel alojamiento? Yo no lo había decorado con particular esmero, ni había en el jardín una profusión de flores, frutas o verduras. No había nada digno de ser contemplado.

Había llegado a una edad en que los hijos ya habían crecido y cada uno había emprendido su propio camino. Cuando me casé y vine a vivir aquí, había soñado con arreglar y embellecer la casa, pero aquel entusiasmo se había reducido a la mitad. Tal vez fuera la edad. Tal vez la enfermedad. Veinticinco años atrás, cuando los niños eran pequeños, además de ocuparme de las tareas domésticas y de sus estudios, me esforzaba muchísimo por mantener hermosa la casa. Cada vez que veía en alguna parte un objeto bonito para decorarla, me entraban unas ganas irresistibles de comprarlo y traerlo. Y si los niños desordenaban la casa, los reprendía. También cuidaba con esmero el jardín, que estaba lleno de hermosas plantas y flores.

Ahora todo eso había cambiado. Aunque les dijera algo, los hijos ya no me escuchaban. ¿Para qué discutir con ellos y crear tensiones inútiles?

En aquellos tiempos, si alguien elogiaba la decoración de mi casa o el jardín, una oleada de satisfacción me llenaba por dentro. Pero ¿qué tenía de particular ahora este alojamiento para que aquella muchacha se sintiera atraída hacia él como por un imán?

Regresé de mis pensamientos y volví a la habitación con el agua.

Nisha bebió.

—Madam, ha tardado mucho en traer un vaso de agua.

—No... no...

¿Qué otra cosa podía responderle?

Durante unos instantes reinó el silencio. Entonces Nisha volvió a romperlo.

—Madam, espero que no le moleste... ¿Podría ver las habitaciones de dentro?

—Sí, claro. Ven.

Fue recorriendo las habitaciones una por una. Tocaba todas las cosas: las paredes, las ventanas, la barandilla, las puertas, las mallas metálicas... Lo hacía con una intimidad extraña, como si acariciara objetos que conocía desde hacía mucho tiempo.

—No... no ha cambiado demasiado. Solo ha envejecido un poco con los años —murmuró casi para sí.

—¿Has dicho algo? —le pregunté.

Se sobresaltó.

—No, no. Nada.

De pronto entró en el dormitorio. Miró a su alrededor y se dejó caer pesadamente sobre la cama. De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas, una tras otra.

Yo no sabía qué hacer. Permanecí allí de pie, rígida como un tronco, incapaz de comprender lo que estaba sucediendo.

De pronto Nisha rompió el silencio.

—Hace veinte años, exactamente un día como hoy —dijo levantándose de golpe—, en un momento de debilidad de una tarde como esta, mi padre se suicidó colgándose del ventilador de techo de esta habitación. La razón por la que lo hizo sigue siendo, todavía hoy, incomprensible para mí.

Me quedé sin palabras.

—Me voy, madam. Gracias. En otra ocasión podremos hablar con más calma.

Nisha se levantó y salió casi precipitadamente, sin volver la vista atrás.

Permanecí allí, mirando en la dirección por la que había desaparecido.

—Madam, ¿por qué ha dejado abierta la puerta? ¿Qué está mirando? Con los tiempos que corren...

La voz del ordenanza me devolvió de golpe a la realidad.

Nibedita Nayak nació en la ciudad de Cuttack, estado de Odisha, India, el 6 de noviembre de 1971. Actualmente reside en Bhubaneswar, la capital del estado. Es ama de casa, le encanta cocinar... y escribir, por supuesto.

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