Nenad Pavlović
La Torre perfora el
terreno y asciende en espiral hacia el cielo. En las páginas satinadas del
catálogo tiene un apetitoso color blanco cáscara de huevo, aunque aquí, sobre
el terreno, luce una tonalidad de hueso envejecido. La estructura parece un
brazo esquelético que emerge del barro y se estira para apretar y aplastar el
sol como si fuera un huevo podrido.
A Marianne le gusta la vista.
—Desde aquí se ven los Jardines
Elíseos —señala hacia el otro lado del río con su dedo huesudo, rematado por
una uña de color rojo sangre, y tiene razón. Aunque solo estamos a mitad de
camino en el edificio todavía sin terminar, en el rellano de la escalera
exterior de caracol –sumamente poco práctica, aunque queda muy, muy bonita y
elegante, eso sí–, puedo ver los Jardines Elíseos, un proyecto como este, ya
terminado y reluciente. Procuro no mirar hacia abajo, porque allí se extiende
un Tártaro de obras en construcción, barro, escombros, andamios y restos del
barrio de chabolas. Parece prosperar bajo el cielo gris acero y encapotado. No
quiero saberlo. De todos modos, todo eso desaparecerá, y más rápido si no sé
nada.
—Deberíamos haber tomado el
ascensor —digo.
—No, no deberíamos —se ríe mi Mary.
Entramos en la médula hueca y
nuestros pasos resuenan en la penumbra gris. Quiero ir a nuestro apartamento,
solo que en realidad no quiero, porque está vacío; la mitad de nuestras cosas
todavía no han llegado y la otra mitad permanece comprimida en cajas de cartón.
Por una puerta abierta que encontramos en el camino se escapa una música
estridente. Miro y me detengo apenas un instante para escuchar. Es metal, y
crudo. La curiosidad me atrae y me acerco.
—Son nuestros vecinos, nuestros
futuros vecinos —explico mientras tiro del brazo de Marianne. Ella no se
resiste.
Es metal, y crudo, tan crudo como
rara vez se toca hoy en día. Hay gente dentro. Jóvenes, más jóvenes que yo. En
realidad, no; solo son más jóvenes por dentro.
—¿Alexander? —pregunto,
contemplando un rostro ovalado, con expresión divertida y despreocupada,
enmarcado por una cabellera barroca.
—¿Gordo? —reconozco otro recuerdo
de mi adolescencia. El rostro de una amistad truncada por las decisiones de la
vida. A los demás, los que no llevan guitarras eléctricas, no los conozco.
Gordo no me sonríe, pero tampoco
frunce el ceño. Sus ojos me reconocen.
—¡Joe el Coreano! —exclama
Alexander canturreando y me ofrece un abrazo. Su pecho es tan esquelético como
la mascota de metal de su camiseta.
Mary estrecha algunas manos y
repite su nombre antes de anunciar que desea retirarse a sus aposentos,
transmitiéndome a mí y a todos los demás un mensaje claro: quiere dejarme
rememorar el pasado tranquilamente.
—¿Qué es esto que estás tocando,
Gordo? ¿Qué es? ¡Nunca había oído un sonido así! —Mis pies bailan sobre el
suelo; no hay hielo que romper. El tiempo es impotente contra amistades de
infancia como estas.
—¡Es death metal, death metal de
verdad, y crudo, nada de farsantes! —presume el gigante rubio y, para
demostrarlo, vuelve a tocar. Alexander lo sigue. Una chica delgada como una
ramita, de cabello castaño grasiento, instalada en la habitación contigua porque
el pasillo es demasiado pequeño, desata un terremoto sobre la batería.
Gordo gruñe. Las cabelleras se
agitan. Perlas de sudor le resbalan por el rostro. No me fijo en su cara, sino
en sus dedos sobre el mástil de la guitarra, doblados de manera incorrecta,
retorcidos como si estuvieran rotos. Todo resulta muy extraño.
—¡Nunca había visto tocar así a
nadie! —grito, aunque no hace falta porque la canción ya ha terminado.
—Bueno, así es como toco yo —se
justifica Gordo, desafiante y jactancioso—. ¡Escucha! ¡Toco así porque me gusta
tocar así, y punto!
—¡Suena increíble! ¡Ni siquiera
había oído hablar de alguien que tocara de ese modo! ¡Es una técnica
completamente nueva! ¡Tienes que registrar los derechos!
Cuando saco mi costoso teléfono, me
siento como un impostor entre esta gente. Llevo el pelo corto y una camisa
aburrida, y eso es lo que soy ahora. Desde hace años, para ser exactos.
—¿Qué quieres decir con «registrar
los derechos»?
—Registrar los derechos de tu
manera de tocar. La técnica. El sonido. Para proteger tus derechos, para ganar
dinero con tu creación. Registrar derechos es a lo que me dedico.
—Escucha, amigo, yo toco como
quiero, ¡no me hagas enfadar! ¡Esto es lo mío y los demás me importan un
carajo! Si les gusta, estupendo; si no, me da igual. No pienso venderme. —Sonrío,
intuyendo que no sería prudente insistir en el tema—. No quiero venderme,
amigo, no quiero. Mi música lo es todo para mí, pero escucha, escucha. —Me pone
el brazo sobre el hombro, un brazo pesado, pero amistoso—. Es mi padre, amigo.
Podrías ayudarlo. Hace salchichas y es realmente bueno, pero bueno de verdad,
como un científico de las salchichas, un artesano, y le vendría bien tu ayuda.
Digo que sí, acepto. Estoy un poco
desconcertado, pero un producto es un producto. Prometo ir a visitarlo mañana.
Él no vendió, explica Gordo. Porque
no es un vendido. Le gusta pasar el rato en el apartamento de Alexander, en la
Torre, pero él jamás venderá, dice. Me pregunta si todavía recuerdo dónde vive.
Le digo que recuerdo bien su casa, y es cierto.
Las chabolas forman
un laberinto adornado con dientes de león en flor y tallos secos de maíz. Mi
memoria, por borrosa que sea, me guía, y avanzo entre barro y polvo hasta la
monstruosa vivienda de ladrillos a medio terminar de Gordo, oculta entre
nogales y humo acre. El chirrido de las bisagras oxidadas de la verja de hierro
azul descascarillado anuncia nuestra llegada. Los perros aúllan y me rodean,
una jauría de mestizos que parecen reír y olfatean a modo de curioso saludo. Me
conducen entre montones de escombros y verduras secas hasta la conocida casa de
una sola planta. El interior es igual que el exterior: grita miseria en
silencio. Huele a comida casera y a juegos de DOS.
—Ya llegamos. ¡Estamos aquí, papá!
—anuncia Gordo.
Un hombre encorvado, vestido como
un obrero, merodea por allí. Nos observa de espaldas.
—¡Tenemos que ofrecer algo a
nuestros invitados, por educación! Deberíamos darles algún aperitivo, ¿no te
parece? —Gordo tienta a su progenitor con un hambre mal disimulada en sus
palabras.
El gruñón vestido de azul se vuelve
y frunce el ceño con desaprobación, aunque finalmente admite la astuta victoria
de su hijo. Se acerca a una oxidada cocinilla y, con su garra peluda, saca una
tabla de madera llena de cicatrices y utensilios de carnicero. Abre un monolito
blanco que exhala un frío fétido y deposita sobre la tabla diversos productos
cárnicos. Una vez aceptadas las circunstancias, el ánimo del padre de Gordo
cambia y ahora está dispuesto a hacer la presentación.
—¡Claro, claro! ¡Nosotros sabemos
ser hospitalarios! ¡Café, rakia y meze! Miren —dice con expresión astuta—,
¡miren lo que tengo!
Sobre la tabla de cortar se alinea
una variedad de cilindros de carne de distintos tonos de rojo. El anciano corta
el primero y luego el segundo.
—¡Prueben! ¡Por favor! ¡Son buenos,
caseros! ¡Hay de distintas clases!
Gordo se apodera de una rodaja y
luego de otra y las mastica con avidez. Extiendo la mano, tomo un bocado y lo
pruebo. Una corriente eléctrica de impresiones me recorre. ¡Carnoso! ¡Crudo!
¡Picante! ¡Rancio! Es sumamente peculiar.
—¡Esto está bueno! ¡Esto es
especial! ¡Tiene que registrar los derechos! ¡Se venderá! —Levanto una segunda
rodaja antes de metérmela en la boca. El padre de Gordo no me escucha y
continúa cortando más embutidos.
—Oye —se dirige a su hijo—, ¿te
acuerdas de que los perros no querían comerse el EX31? ¡Pues mira esto!
Los perros se arremolinan alrededor
de un trozo de salchicha arrojado al suelo, moviendo la cola con entusiasmo; el
más rápido consigue engullirlo.
—¿Cómo? —pregunta Gordo—. ¡Lo
odiaban!
El anciano sonríe.
—Esto es EX33. Es EX31 envuelto en
EX32. No se dan cuenta, animales estúpidos. ¡Toma, prueba!
Gordo se mete el pedazo de carne en
la boca, mastica y hace una mueca. Traga. Asiente. A mí no me ofrecen probarlo
y creo que existe una razón para ello.
—¡Oye, llama a tu mujer! Que venga
a darse un festín con esto —sugiere Gordo, y yo acepto y saco del bolsillo mi
dispositivo de comunicación.
Marianne llega algún tiempo después
porque el laberinto suburbano le resulta más difícil de atravesar.
—Es peculiar —confirma mi Mary
mientras mastica, aunque hace una mueca más pronunciada que la mía—. ¿Qué
lleva?
El padre de Gordo se da una palmada
en el muslo.
—¡Dios mío, señorita, no querrá
saber cómo se hace la salchicha! —En ese momento le parece el chiste más
gracioso del mundo.
—¡Pero necesitamos saber cómo se
hace la salchicha! ¡La gente de derechos de autor tiene que saberlo! ¡Es la
única manera de que paguen!
—¡Oh, no les va a gustar! ¡No lo
van a aprobar! ¡Pero se lo enseñaré de todos modos! ¡Llámalos!
Y eso hago.
Llegan poco después en un elegante
automóvil negro que apenas cabe en la calle. El equipo avanza con seguridad por
el barro y el polvo; evidentemente tienen cierta experiencia en situaciones de
este tipo. Marianne fuma un cigarrillo; les ofrece uno a Gordo y otro a su
padre, y ambos aceptan.
—¡Necesitamos saber cómo se hacen
las salchichas! —insiste un hombre diminuto y calvo con un traje costoso.
Los perros le gruñen.
—Nos gusta el producto, pero
necesitamos saber cómo se fabrica —añade una mujer de aspecto corporativo que
fuma un cigarrillo que parece más caro que el de Mary.
—Se lo enseñaré —dice el padre de
Gordo sonriendo y dando unos pasos de baile—, ¡pero no les va a gustar!
Caminamos por el barrio. Hay ojos
que nos espían desde las ventanas, por encima de los muros y a través de los
setos, aunque los trajes negros ya no constituyen una visión tan extraña; la
gente de las constructoras tenía el mismo aspecto y sospecho que algunos
incluso son los mismos.
Nuestro destino es una construcción
espaciosa, parecida a un hangar, en las afueras. Sobre ella solo hay cielo
despejado, de un azul muy pálido. El padre de Gordo abre la persiana metálica y
un olor a matadero nos golpea.
—Es ganado, en su mayoría —explica
el anciano—. Pollos, cerdos, vacas, cabras, ovejas. Abandonados, incautados,
confiscados. Muertos de hambre. Atropellados. La gente se marchó y muchas veces
dejó el ganado. No había compradores. Ni almas caritativas que quisieran
hacerse cargo de los animales. Así que me los quedo y los sacrifico.
La gente de ropa elegante asiente y
toma notas. Parecen satisfechos.
—Luego están las personas —dice en
voz más baja—. Los obstinados que se negaron a marcharse. Aquellos de los que
hubo que ocuparse. Como los de los Jardines Elíseos. Viejos testarudos. Algún
día yo seré uno de ellos, ¡pero hoy soy su carnicero!
—¡Esto es escandaloso! —protesta
una mujer de traje—. ¿Qué porcentaje de esto es carne procedente de asesinatos?
¿Está dentro de los límites aceptables?
—No lo sé, eso nunca me lo
enseñaron en la escuela. Finalmente —continúa—, están los muertos. Muertos
recientes, en su mayoría. Excepto los que utilicé para el EX31. Esos estaban
podridos, debo confesarlo. Ni siquiera los perros querían comérselos.
—¡Escandaloso! ¡Inadmisible! ¡Yo he
comido parte de esa carne! —grita uno de los hombres de derechos de autor—.
¡Que quede claro que, si esto tiene alguna consecuencia para mi salud, se acabó
el trato!
—No se preocupe, la freí hasta
quitarle toda la vida. ¡En grasa de cerdo! También ofrezco versiones kosher y
halal —anuncia el anciano con profesionalidad.
—¿Qué diría esa gente?
Una aparición de luz
resplandeciente atraviesa la pared. Me sobresalto, pero solo por un instante,
porque de pronto recuerdo que el cementerio está justo allí cerca.
—¡Es un monstruo! ¡Un carnicero
caníbal! —acusa el fantasma.
—¡Estoy de acuerdo! ¡Todavía me
debe dinero por la mitad del terreno que me quitó! —coincide un segundo
espectro.
—Bueno, la gente necesita comer —lo
contradice el espíritu de una anciana con un chal alrededor de la cabeza—. Y
muertos ya no le servimos a nadie. ¡Que nuestros hijos coman bien!
—¡Una votación! —propone uno de los
hombres de la empresa—. ¡Hace falta una votación! ¡Quizá todavía podamos llegar
a un acuerdo!
—Yo... yo debería haber vendido
—dice el cuarto fantasma, y muchos más se colocan a su lado.
—¿Qué dice?
—Quería vender, pero, verá, me
convencieron de que no lo hiciera. ¡Quiero agua corriente! ¡Electricidad que no
se corte y retretes que no tenga que desatascar! ¡Nieve que no tenga que quitar
con una pala! Si yo no pude tenerlo, ¡quiero que lo tengan mis hijos! ¡Mis
nietos! ¡Estamos en la era moderna!
—¡Podemos hacer un nuevo trato! ¡Un
nuevo proyecto inmobiliario! ¡Tenemos vendedores potenciales! —exclama
entusiasmado uno de los hombres de traje.
—No sé si tendría validez legal
—dice Marianne frunciendo el ceño—. Después de todo, están muertos.
—¡Las leyes pueden modificarse con
suficiente dinero! —canta al unísono el coro corporativo.
Gordo cruza los brazos.
—Bueno, yo no venderé. Y mi padre
tampoco.
El padre asiente con firmeza.
—Esta es mi alma, esto es lo que
soy. Por eso toco la guitarra como la toco. Y no voy a cambiarlo. —Se encoge de
hombros—. No lo haré.
—Yo tampoco. Me gusta el sabor que
tienen mis salchichas. Están estupendas con huevos.
—Nunca es sencillo —concluye sabiamente Mary, y yo suspiro.

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