jueves, 1 de octubre de 2026

LAS CARNES DE AYER

Nenad Pavlović

 

La Torre perfora el terreno y asciende en espiral hacia el cielo. En las páginas satinadas del catálogo tiene un apetitoso color blanco cáscara de huevo, aunque aquí, sobre el terreno, luce una tonalidad de hueso envejecido. La estructura parece un brazo esquelético que emerge del barro y se estira para apretar y aplastar el sol como si fuera un huevo podrido.

A Marianne le gusta la vista.

—Desde aquí se ven los Jardines Elíseos —señala hacia el otro lado del río con su dedo huesudo, rematado por una uña de color rojo sangre, y tiene razón. Aunque solo estamos a mitad de camino en el edificio todavía sin terminar, en el rellano de la escalera exterior de caracol –sumamente poco práctica, aunque queda muy, muy bonita y elegante, eso sí–, puedo ver los Jardines Elíseos, un proyecto como este, ya terminado y reluciente. Procuro no mirar hacia abajo, porque allí se extiende un Tártaro de obras en construcción, barro, escombros, andamios y restos del barrio de chabolas. Parece prosperar bajo el cielo gris acero y encapotado. No quiero saberlo. De todos modos, todo eso desaparecerá, y más rápido si no sé nada.

—Deberíamos haber tomado el ascensor —digo.

—No, no deberíamos —se ríe mi Mary.

Entramos en la médula hueca y nuestros pasos resuenan en la penumbra gris. Quiero ir a nuestro apartamento, solo que en realidad no quiero, porque está vacío; la mitad de nuestras cosas todavía no han llegado y la otra mitad permanece comprimida en cajas de cartón. Por una puerta abierta que encontramos en el camino se escapa una música estridente. Miro y me detengo apenas un instante para escuchar. Es metal, y crudo. La curiosidad me atrae y me acerco.

—Son nuestros vecinos, nuestros futuros vecinos —explico mientras tiro del brazo de Marianne. Ella no se resiste.

Es metal, y crudo, tan crudo como rara vez se toca hoy en día. Hay gente dentro. Jóvenes, más jóvenes que yo. En realidad, no; solo son más jóvenes por dentro.

—¿Alexander? —pregunto, contemplando un rostro ovalado, con expresión divertida y despreocupada, enmarcado por una cabellera barroca.

—¿Gordo? —reconozco otro recuerdo de mi adolescencia. El rostro de una amistad truncada por las decisiones de la vida. A los demás, los que no llevan guitarras eléctricas, no los conozco.

Gordo no me sonríe, pero tampoco frunce el ceño. Sus ojos me reconocen.

—¡Joe el Coreano! —exclama Alexander canturreando y me ofrece un abrazo. Su pecho es tan esquelético como la mascota de metal de su camiseta.

Mary estrecha algunas manos y repite su nombre antes de anunciar que desea retirarse a sus aposentos, transmitiéndome a mí y a todos los demás un mensaje claro: quiere dejarme rememorar el pasado tranquilamente.

—¿Qué es esto que estás tocando, Gordo? ¿Qué es? ¡Nunca había oído un sonido así! —Mis pies bailan sobre el suelo; no hay hielo que romper. El tiempo es impotente contra amistades de infancia como estas.

—¡Es death metal, death metal de verdad, y crudo, nada de farsantes! —presume el gigante rubio y, para demostrarlo, vuelve a tocar. Alexander lo sigue. Una chica delgada como una ramita, de cabello castaño grasiento, instalada en la habitación contigua porque el pasillo es demasiado pequeño, desata un terremoto sobre la batería.

Gordo gruñe. Las cabelleras se agitan. Perlas de sudor le resbalan por el rostro. No me fijo en su cara, sino en sus dedos sobre el mástil de la guitarra, doblados de manera incorrecta, retorcidos como si estuvieran rotos. Todo resulta muy extraño.

—¡Nunca había visto tocar así a nadie! —grito, aunque no hace falta porque la canción ya ha terminado.

—Bueno, así es como toco yo —se justifica Gordo, desafiante y jactancioso—. ¡Escucha! ¡Toco así porque me gusta tocar así, y punto!

—¡Suena increíble! ¡Ni siquiera había oído hablar de alguien que tocara de ese modo! ¡Es una técnica completamente nueva! ¡Tienes que registrar los derechos!

Cuando saco mi costoso teléfono, me siento como un impostor entre esta gente. Llevo el pelo corto y una camisa aburrida, y eso es lo que soy ahora. Desde hace años, para ser exactos.

—¿Qué quieres decir con «registrar los derechos»?

—Registrar los derechos de tu manera de tocar. La técnica. El sonido. Para proteger tus derechos, para ganar dinero con tu creación. Registrar derechos es a lo que me dedico.

—Escucha, amigo, yo toco como quiero, ¡no me hagas enfadar! ¡Esto es lo mío y los demás me importan un carajo! Si les gusta, estupendo; si no, me da igual. No pienso venderme. —Sonrío, intuyendo que no sería prudente insistir en el tema—. No quiero venderme, amigo, no quiero. Mi música lo es todo para mí, pero escucha, escucha. —Me pone el brazo sobre el hombro, un brazo pesado, pero amistoso—. Es mi padre, amigo. Podrías ayudarlo. Hace salchichas y es realmente bueno, pero bueno de verdad, como un científico de las salchichas, un artesano, y le vendría bien tu ayuda.

Digo que sí, acepto. Estoy un poco desconcertado, pero un producto es un producto. Prometo ir a visitarlo mañana.

Él no vendió, explica Gordo. Porque no es un vendido. Le gusta pasar el rato en el apartamento de Alexander, en la Torre, pero él jamás venderá, dice. Me pregunta si todavía recuerdo dónde vive. Le digo que recuerdo bien su casa, y es cierto.

 

Las chabolas forman un laberinto adornado con dientes de león en flor y tallos secos de maíz. Mi memoria, por borrosa que sea, me guía, y avanzo entre barro y polvo hasta la monstruosa vivienda de ladrillos a medio terminar de Gordo, oculta entre nogales y humo acre. El chirrido de las bisagras oxidadas de la verja de hierro azul descascarillado anuncia nuestra llegada. Los perros aúllan y me rodean, una jauría de mestizos que parecen reír y olfatean a modo de curioso saludo. Me conducen entre montones de escombros y verduras secas hasta la conocida casa de una sola planta. El interior es igual que el exterior: grita miseria en silencio. Huele a comida casera y a juegos de DOS.

—Ya llegamos. ¡Estamos aquí, papá! —anuncia Gordo.

Un hombre encorvado, vestido como un obrero, merodea por allí. Nos observa de espaldas.

—¡Tenemos que ofrecer algo a nuestros invitados, por educación! Deberíamos darles algún aperitivo, ¿no te parece? —Gordo tienta a su progenitor con un hambre mal disimulada en sus palabras.

El gruñón vestido de azul se vuelve y frunce el ceño con desaprobación, aunque finalmente admite la astuta victoria de su hijo. Se acerca a una oxidada cocinilla y, con su garra peluda, saca una tabla de madera llena de cicatrices y utensilios de carnicero. Abre un monolito blanco que exhala un frío fétido y deposita sobre la tabla diversos productos cárnicos. Una vez aceptadas las circunstancias, el ánimo del padre de Gordo cambia y ahora está dispuesto a hacer la presentación.

—¡Claro, claro! ¡Nosotros sabemos ser hospitalarios! ¡Café, rakia y meze! Miren —dice con expresión astuta—, ¡miren lo que tengo!

Sobre la tabla de cortar se alinea una variedad de cilindros de carne de distintos tonos de rojo. El anciano corta el primero y luego el segundo.

—¡Prueben! ¡Por favor! ¡Son buenos, caseros! ¡Hay de distintas clases!

Gordo se apodera de una rodaja y luego de otra y las mastica con avidez. Extiendo la mano, tomo un bocado y lo pruebo. Una corriente eléctrica de impresiones me recorre. ¡Carnoso! ¡Crudo! ¡Picante! ¡Rancio! Es sumamente peculiar.

—¡Esto está bueno! ¡Esto es especial! ¡Tiene que registrar los derechos! ¡Se venderá! —Levanto una segunda rodaja antes de metérmela en la boca. El padre de Gordo no me escucha y continúa cortando más embutidos.

—Oye —se dirige a su hijo—, ¿te acuerdas de que los perros no querían comerse el EX31? ¡Pues mira esto!

Los perros se arremolinan alrededor de un trozo de salchicha arrojado al suelo, moviendo la cola con entusiasmo; el más rápido consigue engullirlo.

—¿Cómo? —pregunta Gordo—. ¡Lo odiaban!

El anciano sonríe.

—Esto es EX33. Es EX31 envuelto en EX32. No se dan cuenta, animales estúpidos. ¡Toma, prueba!

Gordo se mete el pedazo de carne en la boca, mastica y hace una mueca. Traga. Asiente. A mí no me ofrecen probarlo y creo que existe una razón para ello.

—¡Oye, llama a tu mujer! Que venga a darse un festín con esto —sugiere Gordo, y yo acepto y saco del bolsillo mi dispositivo de comunicación.

Marianne llega algún tiempo después porque el laberinto suburbano le resulta más difícil de atravesar.

—Es peculiar —confirma mi Mary mientras mastica, aunque hace una mueca más pronunciada que la mía—. ¿Qué lleva?

El padre de Gordo se da una palmada en el muslo.

—¡Dios mío, señorita, no querrá saber cómo se hace la salchicha! —En ese momento le parece el chiste más gracioso del mundo.

—¡Pero necesitamos saber cómo se hace la salchicha! ¡La gente de derechos de autor tiene que saberlo! ¡Es la única manera de que paguen!

—¡Oh, no les va a gustar! ¡No lo van a aprobar! ¡Pero se lo enseñaré de todos modos! ¡Llámalos!

Y eso hago.

Llegan poco después en un elegante automóvil negro que apenas cabe en la calle. El equipo avanza con seguridad por el barro y el polvo; evidentemente tienen cierta experiencia en situaciones de este tipo. Marianne fuma un cigarrillo; les ofrece uno a Gordo y otro a su padre, y ambos aceptan.

—¡Necesitamos saber cómo se hacen las salchichas! —insiste un hombre diminuto y calvo con un traje costoso.

Los perros le gruñen.

—Nos gusta el producto, pero necesitamos saber cómo se fabrica —añade una mujer de aspecto corporativo que fuma un cigarrillo que parece más caro que el de Mary.

—Se lo enseñaré —dice el padre de Gordo sonriendo y dando unos pasos de baile—, ¡pero no les va a gustar!

Caminamos por el barrio. Hay ojos que nos espían desde las ventanas, por encima de los muros y a través de los setos, aunque los trajes negros ya no constituyen una visión tan extraña; la gente de las constructoras tenía el mismo aspecto y sospecho que algunos incluso son los mismos.

Nuestro destino es una construcción espaciosa, parecida a un hangar, en las afueras. Sobre ella solo hay cielo despejado, de un azul muy pálido. El padre de Gordo abre la persiana metálica y un olor a matadero nos golpea.

—Es ganado, en su mayoría —explica el anciano—. Pollos, cerdos, vacas, cabras, ovejas. Abandonados, incautados, confiscados. Muertos de hambre. Atropellados. La gente se marchó y muchas veces dejó el ganado. No había compradores. Ni almas caritativas que quisieran hacerse cargo de los animales. Así que me los quedo y los sacrifico.

La gente de ropa elegante asiente y toma notas. Parecen satisfechos.

—Luego están las personas —dice en voz más baja—. Los obstinados que se negaron a marcharse. Aquellos de los que hubo que ocuparse. Como los de los Jardines Elíseos. Viejos testarudos. Algún día yo seré uno de ellos, ¡pero hoy soy su carnicero!

—¡Esto es escandaloso! —protesta una mujer de traje—. ¿Qué porcentaje de esto es carne procedente de asesinatos? ¿Está dentro de los límites aceptables?

—No lo sé, eso nunca me lo enseñaron en la escuela. Finalmente —continúa—, están los muertos. Muertos recientes, en su mayoría. Excepto los que utilicé para el EX31. Esos estaban podridos, debo confesarlo. Ni siquiera los perros querían comérselos.

—¡Escandaloso! ¡Inadmisible! ¡Yo he comido parte de esa carne! —grita uno de los hombres de derechos de autor—. ¡Que quede claro que, si esto tiene alguna consecuencia para mi salud, se acabó el trato!

—No se preocupe, la freí hasta quitarle toda la vida. ¡En grasa de cerdo! También ofrezco versiones kosher y halal —anuncia el anciano con profesionalidad.

—¿Qué diría esa gente?

Una aparición de luz resplandeciente atraviesa la pared. Me sobresalto, pero solo por un instante, porque de pronto recuerdo que el cementerio está justo allí cerca.

—¡Es un monstruo! ¡Un carnicero caníbal! —acusa el fantasma.

—¡Estoy de acuerdo! ¡Todavía me debe dinero por la mitad del terreno que me quitó! —coincide un segundo espectro.

—Bueno, la gente necesita comer —lo contradice el espíritu de una anciana con un chal alrededor de la cabeza—. Y muertos ya no le servimos a nadie. ¡Que nuestros hijos coman bien!

—¡Una votación! —propone uno de los hombres de la empresa—. ¡Hace falta una votación! ¡Quizá todavía podamos llegar a un acuerdo!

—Yo... yo debería haber vendido —dice el cuarto fantasma, y muchos más se colocan a su lado.

—¿Qué dice?

—Quería vender, pero, verá, me convencieron de que no lo hiciera. ¡Quiero agua corriente! ¡Electricidad que no se corte y retretes que no tenga que desatascar! ¡Nieve que no tenga que quitar con una pala! Si yo no pude tenerlo, ¡quiero que lo tengan mis hijos! ¡Mis nietos! ¡Estamos en la era moderna!

—¡Podemos hacer un nuevo trato! ¡Un nuevo proyecto inmobiliario! ¡Tenemos vendedores potenciales! —exclama entusiasmado uno de los hombres de traje.

—No sé si tendría validez legal —dice Marianne frunciendo el ceño—. Después de todo, están muertos.

—¡Las leyes pueden modificarse con suficiente dinero! —canta al unísono el coro corporativo.

Gordo cruza los brazos.

—Bueno, yo no venderé. Y mi padre tampoco.

El padre asiente con firmeza.

—Esta es mi alma, esto es lo que soy. Por eso toco la guitarra como la toco. Y no voy a cambiarlo. —Se encoge de hombros—. No lo haré.

—Yo tampoco. Me gusta el sabor que tienen mis salchichas. Están estupendas con huevos.

—Nunca es sencillo —concluye sabiamente Mary, y yo suspiro.

Nenad Pavlovic nació en 1983 en una ciudad mediana de Europa del Este. Se especializó en Lengua y Literatura Inglesas y finalmente se mudó al norte de Noruega, donde aún reside, trabajando como profesor y escribiendo cada viernes por la noche con una pinta de cerveza. Sus relatos cortos (principalmente fantasía, ciencia ficción y terror, con algunas excepciones) aparecieron en numerosas revistas y colecciones de relatos publicadas en los Balcanes, y algunos incluso lograron publicarse en el extranjero (Jersey Devil Press, Piker Press, Schlock!, Lovecraftiana, Kaidankai, Dark Horses, Underside Stories, Savage Planets, Hooghly Review...). Su primera novela, Hokus Lokvud, ganó el Premio Mali Nemo a la Mejor Novela en 2013, y su última novela, Salvation on Peril Island, publicada bajo el seudónimo de Nash Knight, está actualmente disponible en Amazon. Además de escritor, también es esposo, padre, profesor, aficionado a la música y un gurú de los videojuegos.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

TOP OF THE POPS