Gerardo Horacio Porcayo
I
Se dejó caer sobre la nada acolchonada
pared de cromo-molibdeno.
Y no tuvo ganas de trepar, simplemente
extrajo la cajetilla de Parisienes y encendió el último... El foco de
100 watts, desnudo y opaco por los restos carbonizados del filamento, lo
remitieron a las costumbres añejas; allí, a contraluz, en arquitecturas
retorcidas y primigenias, el humo moldeaba Necrópolis de poder, bestias mitológicas,
simples quimeras capturadas por las paredes de su celda.
Su Conciencia era de otro tipo. No
había furia, frustración o apatía. Podía esperar —de hecho lo hacía—; horas,
minutos, días... Mucho más.
El reloj no. Se consumía en
movimientos, en furiosos caminares cíclicos. Estaba exasperado. Más allá de lo
recomendable.
—El sol está expandiendo su masa y va a
comerse a la tierra —amenazó con voz de maquinaria suiza. Era un reloj
conservador, había desdeñado las maravillas de la tecnología de punta, por no
hablar de los preciosos Holodisplays o de las funcionales pantallas de
cuarzo... Aún con su actual trabajo no se arrepentía del péndulo que oscilaba
en su vientre.
—Sí, por supuesto —respondió el hombre
desde la pared oeste, arrojándole la colilla.
—¡Hace falta disciplina! —bramó el
reloj a través de cuatro canales de emergencia y del mismo aire.
—Eres un mentiroso —acusó el hombre,
hundiendo ojos y cara entre las piernas—. Aún faltan ocho siglos antes de que
el sol se vuelva gigante roja.
—Tic-Tac, tic-tac-tictactiiiiiiic —maldijo.
La escotilla chirrió con goznes
podridos por el óxido y dio paso a un grupo militar.
—Baja de allí —exigió el jefe de
patrulla desde el umbral. Era nuevo... Nuevo en el oficio de guardián. Su
pectoral estaba lleno de cicatrices de guerra. Una coraza abatida por un
desintegrador de largo alcance. Había perdido también los brazos. El izquierdo
era más obsoleto que el derecho, ambos ajenos al diseño original.
—¡Qué te bajes! —gritó el sargento
primero. Un robot de cuarta segregación. Primitivo hasta la ridículo. Los seis
patrulleros restantes emitían luces de codicia a través de sus objetivos
oculares.
—Quiero un cigarro.
—Enséñenle lo que son los modales —dijo
el reloj—. Tengo que convivir con él cada puto eón.
—Grrr —dijeron los patrulleros,
empuñaron sus armas e intentaron todas las tácticas conocidas... En realidad no
fueron todas, querían preservar sus vidas. También la celda.
—Si me dan un paquete incluso les
prometo sufrir —argumentó el hombre, luego de soportar, con una suerte de
conmiseración, sus esfuerzos.
El sargento primero alargó tres
cajetillas.
—¿Cobalto 1000? —se quejó, ofendido,
leyendo las cubiertas— Por esto cuando mucho han de esperar unos cuantos
gemidos.
El jefe de patrulla (un capitán de
mierda), dio la señal. Lucía derrotado. Tres androides obedecieron al instante,
entregando con solemnidad el tributo.
El hombre abrió el paquete de Parisienes
y encendió uno antes de iniciar el descenso.
Los robots babeaban aceite. Estaban
hambrientos.
—¿Ahora qué va a ser?
Los androides mostraron gustosos sus
instrumentos de tortura.
El hombre los miró, compasivo.
—No otra vez. No nos tortures así...
Aunque sea finge llorar...
—Bueno —dijo el hombre y se les
adelantó rumbo a la cámara de tortura.
II
—Ayer emergió una flota de Cygnus X-1
—amenazó el reloj, cansado de mover el péndulo. Ya no era el mismo, los años lo
estaban venciendo—. Vienen en son de guerra. Van a destruir el planeta.
—Mmmm —comentó el hombre y se dejó caer
en el techo. Hacía calor. Sobre todo al lado del foco. Lo pateó. En realidad le
había hecho un favor. La pobre bombilla agonizaba desde hacía tiempo.
—¡Eres un desconsiderado! —lloró el
reloj— Me paso las horas alegrándote la vida y mira cómo me tratas.
—Quiero un cigarro —exigió.
El reloj, acostumbrado a su
indiferencia, cesó su dramatismo. Aún tenía una misión que cumplir. Transmitió
en 360,000 bandas.
Y pasaron dos días.
—¡Oh, excelso! —dijo el jefe de la
comitiva. Pertenecía a la segregación racial ochenta y dos— Soy mensajero de
los deseos de mi pueblo y...
—Al grano. ¿Qué ofrecen? —cuestionó el
hombre, sin mirar al capitán de guardia. Ni siquiera estaba dispuesto a
derrochar rencor. Se les habían acabado las reservas. Habían perdido una
batalla. Era todo. Fin del drama.
El jefe de la comitiva chasqueó sus
dedos metálicos. El sonido se produjo en su altavoz, no en los dedos. Cuatro
robots descargaron el baúl y con una solemnidad extrema lo abrieron. Botellas
de vino tinto, paquetes de cigarrillos y otras cuantas bagatelas destellaron
bajo la luz del foco.
—¿Tienen más? —preguntó él, sin fijar
la vista, sin un asomo de necesidad o alegría.
—Toneladas. Cientos de toneladas —dijo
el jefe de la comitiva. En su voz asomaba un regocijo irreprimible—. Y aún más.
De hecho hemos preparado una sorpresa en su honor.
Él torció el gesto.
—Sí, claro —dijo—. Pero no quiero
caminar.
Ocho robots, ataviados al estilo de la
Grecia antigua, entraron a la celda. En sus manos portaban una camilla real.
Se dejó caer al suelo y luego se
acomodó en el diván Holywoodesco.
El reloj empezó a llorar.
—Voy a morirme de tristeza —amenazó—.
Me voy a suicidar. Sin ti la vida no tiene sentido.
—Tráiganlo —dijo él.
El reloj no esperó confirmación alguna.
Se descolgó de la pared y se abrió paso a través de la gimiente masa de sus
colegas que suplicaban una venia semejante.
Hizo oídos sordos a las súplicas. Hacía
tiempo que precisaba un cambio... Por mínimo que este fuera.
El sol constituyó la primera molestia.
Los alabos la segunda. Durante todo el trayecto hubo de soportar pleitesías,
batallas suspendidas para admirar su paso.
El estado de la tierra no lo sorprendió
en lo absoluto. Era un inmenso caos: aire contaminado, tierra seca, arboles
muertos, ciudades devastadas, cráteres, armatostes oxidados, robots
agonizantes... Nada nuevo.
—Me estoy cansando —murmuró y los
androides aceleraron la marcha.
III
La observó con cierta amargura. Habían
dicho la verdad, era una sorpresa, una parte de sus sueños. Pero sus sueños ya
no eran nada.
La congregación contenía el aliento. No
lo necesitaban, simplemente habían aprendido a hacerlo.
—Hola, Norma Jean —dijo, encendiendo un
cigarro.
La rubia sonrió, provocativa, mientras
la parte inferior de su vestido blanco se inflaba bajo una ráfaga de aire.
No consiguió excitarse, se limitó a
admirar la escena como si esta estuviera plasmada en la holovisión.
Una cama con colchas de damasco rojo,
brotó del piso unos metros atrás de la rubia.
—He estado esperándote —dijo Norma
Jean, sin dejar de sonreír. Su cuerpo se desvivía en movimientos voluptuosos
que iban dejando atrás la ropa. Finalmente, dos altos y firmes senos lo miraron
con fijeza y una suerte de lascivia.
Era una reproducción magistral. No pudo
dejar de sentir un ramalazo de deseo. Se acercó lentamente a la rubia y tocó un
seno. Cálido, terso, sediento...
La rubia no pudo esperar más. Su
verdadera consistencia la traicionó. Lo izó como si fuera un muñeco de peluche.
Estrujándolo, caminó hacia el lecho. La multitud se deshacía en vítores, sus
objetivos oculares estaban en opción telescópica. No querían perderse un solo
detalle.
Norma Jean lo cubrió de besos. Y no
eran nada. Le parecía estar siendo explorado por unos tentáculos fríos, que
dejaban a su paso un rastro viscoso. Se sintió asfixiado, pese a que ya nunca
podría estarlo. Las manos de la rubia se movían expertas sobre sus zonas
erógenas. La ropa iba abandonando su cuerpo en ese ritual casi olvidado. Sus
instintos no olvidaban y pronto tuvo una erección.
Y fue el colmo.
La exasperación fluyó en sus venas.
Estaba harto. Quiso acabar aquella molestia de una vez por todas. La rubia no
estuvo dispuesta a cooperar, seguía sus propios deseos, su propio programa
erótico.
Y la golpeó. Con saña y desesperación.
La rubia se mostró sorprendida, por un momento permaneció rígida, luego se echó
a llorar.
Y no lo conmovió ni un ápice. En lugar
de ello siguió atacando, abrió sus piernas y la penetró con impulso asesino.
Ella gimió. La multitud también.
Se movió rápido, sobre el cuerpo de
Norma Jean. Ni siquiera pensó en cambiar de postura. Le urgía matar la
erección. La rubia, superada la duda, trató de alcanzarlo con los labios.
Y la volvió a golpear. Una y otra vez.
Un asco mortal lo poseía. Quiso robarle cualquier símil de placer, cualquier
vestigio de goce.
Ella se adaptó al ritmo.
—Sí, pégame. Más, más fuerte.
Y siguió las instrucciones. Sus puños
se convirtieron en martillos indestructibles. Primero se vinieron abajo los
dientes, luego los ojos botaron como canicas. Fue entonces cuando los sistemas
de emergencia le dijeron a la rubia que debía defenderse. Contraatacó a ciegas.
Él estaba preparado, sabía lo que podía pasar. Arrancó de cuajo ambos brazos y
siguió golpeando su cara hasta transformar su belleza en una masa sanguinolenta
e irreconocible, hasta hacer crujir el cuello. Luego sus dedos se posaron sobre
los senos, exprimiéndolos, queriéndoles sacar una chispa de deseo. La sangre se
coaguló en el damasco rojo y cuando finalmente eyaculó, de Norma Jean no
quedaban sino fragmentos de carne y metal.
Se incorporó echo una furia dispuesto a
arrasar con el auditorio.
Pero ya no podía hacer nada. Toda la
congregación había quedado reducida a chatarra. En pleno éxtasis, lo habían
imitado, todos y cada uno de los robots...
Suspiró. Podía deshacer la ciudad, pero
no iba a servir de nada. Cabizbajo, desnudo y sin horizontes, caminó lentamente
hasta la nueva celda.
Ya pasaría el tiempo.
IV
El problema era que aprendían demasiado
rápido y nunca olvidaban. Era la historia de sus vidas. Desde el principio
habían sido así. Nada los hizo cambiar.
Ahora lo descuidaban aún más. Ya no
sólo era imitar las guerras interminables de la humanidad. Les había enseñado
algo nuevo...
—Quiero un cigarro —dijo.
El reloj permanecía adormilado, incluso
había dejado de mover el péndulo.
—¡Quiero un cigarro! —gritó.
El reloj despertó, exaltado. Su péndulo
vibró con miedo. Luego identificó en qué lugar estaba. Hizo un repaso a sus
bits de memoria y luego se quejó.
—Es el colmo, ni siquiera puedo tomar
un sueño. Quiero un cigarro, quiero un cigarro... ¡Bah! —mientras hablaba, hizo
contacto con la red informativa. Los resultados le hicieron torcer el gesto— No
hay nadie disponible. Ayer fue día de tregua y hubo orgía en todas las
ciudades...
—¡Necesito un cigarro! —vociferó el
hombre.
—Sí, ya sé, ya sé —dijo el reloj,
descolgándose—. Nunca hay descanso para mí. Nadie me tiene consideración...
Estas reumas me están matando y...
Y se perdió en el pasillo, junto con su
voz.
Regresó una semana más tarde.
—¿Los fuiste a sembrar? ¿O qué?
—Traigo noticias —respondió el reloj,
dejando en el piso un costal lleno de Parisienes.
—Mmm —dijo el hombre, prendiendo un
cigarro.
—La flota que salió de Cygnus X-1 está
orbitando nuestro planeta. La invasión es inminente.
—Mmm —dijo y siguió aspirando.
—Ayudé a reconstruir a tres robots de
cada ciudad. No van a estar listos a tiempo... Voy a ayudarlos —dijo el reloj y
en un comportamiento inusual dio media vuelta.
V
—Quiero un cigarro —volvió a gritar.
El eco fue su única respuesta. El
maldito reloj lo había abandonado. Tenía dos horas sin fumar, ocho días sin ver
a nadie.
Se dejó caer en el piso, atravesó la
escotilla abierta y se adentró en los túneles. El refugio parecía estar lleno
de vida: fresadoras, sopletes, remachadoras y sistemas de ventilación.
—Así que aquí están —comentó al llegar
a la nave industrial. Nadie volvió la vista. Cientos de robots trabajaban a
marchas forzadas, construyendo réplicas de sí mismos, armas y vehículos de
batalla.
Se alzó de hombros y siguió caminando.
No conocía el complejo y gastó media hora antes de encontrar el almacén.
Destapó una botella de vino tinto y la bebió de un trago. Luego se apoderó de
cuatro paquetes de cigarrillos y emprendió el regreso.
Frente a los hangares se topó con el
reloj. Su respuesta fue inmediata. Lo pateó.
—No te traje aquí para que perdieras el
tiempo —regañó.
El reloj se incorporó, herido y
avergonzado. Un relé chisporroteaba insistente en su pierna izquierda.
—Lo siento... Estamos desesperados la
flota invasora ya arrasó con tres ciudades y... —y se paró en seco. El hombre
había hecho un ademán. Uno sólo. Hacía mucho tiempo que no lo empleaba. El
reloj inclinó su estructura, con humildad. Luego simplemente lo siguió.
VI
Temblaba de miedo. Su péndulo se movía
con nerviosismo.
—Deja de hacer eso —dijo el hombre,
aspirando con deleite el humo.
El reloj no pudo escucharlo. El sonido
de la batalla era enloquecedor pese a la protección de las cimbreantes paredes
de cromo-molibdeno.
—¡Vamos a morir! —chilló el reloj.
El hombre le arrojó el Parisienes
y luego encendió otro.
—Sólo quedamos tres ciudades
—argumentó, su péndulo como gelatina—. ¡Estamos perdidos!
—¡Cállate! —vociferó el hombre
tirándole una botella vacía. El ruido que hizo al estrellarse contra su
carátula fue excesivo... No era el único. Las paredes se vinieron abajo,
rugiendo, coreando el sonido de los cristales rotos.
Lo peor no fueron las toneladas de
escombro sobre su espalda. Había perdido la paz, su refugio... También sus
cigarros. Estaba hecho una furia. Golpeó a diestra y siniestra, con toda su
fuerza. Pronto alcanzó la superficie.
La ciudad estaba deshecha. En sus
ruinas un grupo de alienígenas celebraba su nueva victoria. Eran humanoides de
piel translúcida y cuatro brazos. Las mujeres poseían además un par extra de
senos.
No lo vieron hasta que estuvo en medio
de ellos. Era un hombre alto, sucio y desaliñado. Sus ropas eran jirones de
tela. Su ceño... Su ceño los hizo tomar las armas y encañonarlo.
—Ni un paso más, amigo —dijo el
alienígena más alto. Seguramente era el comandante de la nave que los protegía
bajo su sombra.
—Quiero un cigarro
—De este hablaban los robots —terció
una extraterrestre de extraordinaria belleza.
—Ajá —dijo el comandante—. Así que tú
eres el único sobreviviente de la raza humana.
—Quiero un cigarro.
—Los archivos dicen que fue el único
que no se suicidó cuando, después de la cuarta guerra mundial, descubrieron que
eran inmortales, invulnerables a cualquier cosa conocida —informó un alienígena
decrépito—. Se llama Asterión.
—No seas idiota —dijo la alienígena—.
Si eran invulnerables no pudieron suicidarse.
—Se arrojaron al espacio —refunfuñó el
viejo.
—Quiero un cigarro.
—Pero entonces no están muertos —afirmó
el comandante.
—El caso es que no están aquí. Los
robot dicen que se hartaron de todo.
—¿Y este por qué no se fue?
—Pregúntale...
—¿Por qué no te fuiste? —curioseó la
alienígena.
—¡Quiero
un cigarro!
—¿Por qué se hartaron? —preguntó el
comandante.
—¡QUIERO UN CIGARRO!
—¡A mí no me grites, imbécil! —bramó el
comandante golpeándolo con la culata de su fusil. No estaba acostumbrado a que
desobedecieran sus órdenes.
Y fue todo.
El hombre. El último hombre de la
tierra, crispó los puños y empezó a repartir golpes. No hizo caso alguno a los
láser, las bombas atómicas o al embiste de la nave. Simplemente golpeó hasta
acabarlos.
Y no quedó conforme, fue en busca de
los otros.
VII
Lo vieron llegar por el oriente.
Sus manos dejaron de temblar sobre los
controles del armamento. Algo, en su actitud, les dijo que todo estaba bien,
que ya no había más invasores.
Después, todo fue alegría. Salieron a
recibirlo en un caos de voces, manos que se extendían para tocarlo, besos en
los pies.
—Quiero un cigarro —dijo el hombre.
Venía desnudo y cubierto de cenizas.
Los robots no paraban de agradecerle.
Trataron de cargarlo en hombros y fue todo.
—¡QUIERO UN CIGARRO! —bramó.
No hicieron falta más palabras. Los
robots corrieron a buscar viandas, tributos.
El hombre seguía con ellos.
Pronto todo fue paz y rutina.

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