viernes, 2 de octubre de 2026

PAZ Y RUTINA

Gerardo Horacio Porcayo



 

I

Se dejó caer sobre la nada acolchonada pared de cromo-molibdeno.

Y no tuvo ganas de trepar, simplemente extrajo la cajetilla de Parisienes y encendió el último... El foco de 100 watts, desnudo y opaco por los restos carbonizados del filamento, lo remitieron a las costumbres añejas; allí, a contraluz, en arquitecturas retorcidas y primigenias, el humo moldeaba Necrópolis de poder, bestias mitológicas, simples quimeras capturadas por las paredes de su celda.

Su Conciencia era de otro tipo. No había furia, frustración o apatía. Podía esperar —de hecho lo hacía—; horas, minutos, días... Mucho más.

El reloj no. Se consumía en movimientos, en furiosos caminares cíclicos. Estaba exasperado. Más allá de lo recomendable.

—El sol está expandiendo su masa y va a comerse a la tierra —amenazó con voz de maquinaria suiza. Era un reloj conservador, había desdeñado las maravillas de la tecnología de punta, por no hablar de los preciosos Holodisplays o de las funcionales pantallas de cuarzo... Aún con su actual trabajo no se arrepentía del péndulo que oscilaba en su vientre.

—Sí, por supuesto —respondió el hombre desde la pared oeste, arrojándole la colilla.

—¡Hace falta disciplina! —bramó el reloj a través de cuatro canales de emergencia y del mismo aire.

—Eres un mentiroso —acusó el hombre, hundiendo ojos y cara entre las piernas—. Aún faltan ocho siglos antes de que el sol se vuelva gigante roja.

—Tic-Tac, tic-tac-tictactiiiiiiic —maldijo.

La escotilla chirrió con goznes podridos por el óxido y dio paso a un grupo militar.

—Baja de allí —exigió el jefe de patrulla desde el umbral. Era nuevo... Nuevo en el oficio de guardián. Su pectoral estaba lleno de cicatrices de guerra. Una coraza abatida por un desintegrador de largo alcance. Había perdido también los brazos. El izquierdo era más obsoleto que el derecho, ambos ajenos al diseño original.

—¡Qué te bajes! —gritó el sargento primero. Un robot de cuarta segregación. Primitivo hasta la ridículo. Los seis patrulleros restantes emitían luces de codicia a través de sus objetivos oculares.

—Quiero un cigarro.

—Enséñenle lo que son los modales —dijo el reloj—. Tengo que convivir con él cada puto eón.

—Grrr —dijeron los patrulleros, empuñaron sus armas e intentaron todas las tácticas conocidas... En realidad no fueron todas, querían preservar sus vidas. También la celda.

—Si me dan un paquete incluso les prometo sufrir —argumentó el hombre, luego de soportar, con una suerte de conmiseración, sus esfuerzos.

El sargento primero alargó tres cajetillas.

—¿Cobalto 1000? —se quejó, ofendido, leyendo las cubiertas— Por esto cuando mucho han de esperar unos cuantos gemidos.

El jefe de patrulla (un capitán de mierda), dio la señal. Lucía derrotado. Tres androides obedecieron al instante, entregando con solemnidad el tributo.

El hombre abrió el paquete de Parisienes y encendió uno antes de iniciar el descenso.

Los robots babeaban aceite. Estaban hambrientos.

—¿Ahora qué va a ser?

Los androides mostraron gustosos sus instrumentos de tortura.

El hombre los miró, compasivo.

—No otra vez. No nos tortures así... Aunque sea finge llorar...

—Bueno —dijo el hombre y se les adelantó rumbo a la cámara de tortura.

 

II

—Ayer emergió una flota de Cygnus X-1 —amenazó el reloj, cansado de mover el péndulo. Ya no era el mismo, los años lo estaban venciendo—. Vienen en son de guerra. Van a destruir el planeta.

—Mmmm —comentó el hombre y se dejó caer en el techo. Hacía calor. Sobre todo al lado del foco. Lo pateó. En realidad le había hecho un favor. La pobre bombilla agonizaba desde hacía tiempo.

—¡Eres un desconsiderado! —lloró el reloj— Me paso las horas alegrándote la vida y mira cómo me tratas.

—Quiero un cigarro —exigió.

El reloj, acostumbrado a su indiferencia, cesó su dramatismo. Aún tenía una misión que cumplir. Transmitió en 360,000 bandas.

Y pasaron dos días.

—¡Oh, excelso! —dijo el jefe de la comitiva. Pertenecía a la segregación racial ochenta y dos— Soy mensajero de los deseos de mi pueblo y...

—Al grano. ¿Qué ofrecen? —cuestionó el hombre, sin mirar al capitán de guardia. Ni siquiera estaba dispuesto a derrochar rencor. Se les habían acabado las reservas. Habían perdido una batalla. Era todo. Fin del drama.

El jefe de la comitiva chasqueó sus dedos metálicos. El sonido se produjo en su altavoz, no en los dedos. Cuatro robots descargaron el baúl y con una solemnidad extrema lo abrieron. Botellas de vino tinto, paquetes de cigarrillos y otras cuantas bagatelas destellaron bajo la luz del foco.

—¿Tienen más? —preguntó él, sin fijar la vista, sin un asomo de necesidad o alegría.

—Toneladas. Cientos de toneladas —dijo el jefe de la comitiva. En su voz asomaba un regocijo irreprimible—. Y aún más. De hecho hemos preparado una sorpresa en su honor.

Él torció el gesto.

—Sí, claro —dijo—. Pero no quiero caminar.

Ocho robots, ataviados al estilo de la Grecia antigua, entraron a la celda. En sus manos portaban una camilla real.

Se dejó caer al suelo y luego se acomodó en el diván Holywoodesco.

El reloj empezó a llorar.

—Voy a morirme de tristeza —amenazó—. Me voy a suicidar. Sin ti la vida no tiene sentido.

—Tráiganlo —dijo él.

El reloj no esperó confirmación alguna. Se descolgó de la pared y se abrió paso a través de la gimiente masa de sus colegas que suplicaban una venia semejante.

Hizo oídos sordos a las súplicas. Hacía tiempo que precisaba un cambio... Por mínimo que este fuera.

El sol constituyó la primera molestia. Los alabos la segunda. Durante todo el trayecto hubo de soportar pleitesías, batallas suspendidas para admirar su paso.

El estado de la tierra no lo sorprendió en lo absoluto. Era un inmenso caos: aire contaminado, tierra seca, arboles muertos, ciudades devastadas, cráteres, armatostes oxidados, robots agonizantes... Nada nuevo.

—Me estoy cansando —murmuró y los androides aceleraron la marcha.

 

III

La observó con cierta amargura. Habían dicho la verdad, era una sorpresa, una parte de sus sueños. Pero sus sueños ya no eran nada.

La congregación contenía el aliento. No lo necesitaban, simplemente habían aprendido a hacerlo.

—Hola, Norma Jean —dijo, encendiendo un cigarro.

La rubia sonrió, provocativa, mientras la parte inferior de su vestido blanco se inflaba bajo una ráfaga de aire.

No consiguió excitarse, se limitó a admirar la escena como si esta estuviera plasmada en la holovisión.

Una cama con colchas de damasco rojo, brotó del piso unos metros atrás de la rubia.

—He estado esperándote —dijo Norma Jean, sin dejar de sonreír. Su cuerpo se desvivía en movimientos voluptuosos que iban dejando atrás la ropa. Finalmente, dos altos y firmes senos lo miraron con fijeza y una suerte de lascivia.

Era una reproducción magistral. No pudo dejar de sentir un ramalazo de deseo. Se acercó lentamente a la rubia y tocó un seno. Cálido, terso, sediento...

La rubia no pudo esperar más. Su verdadera consistencia la traicionó. Lo izó como si fuera un muñeco de peluche. Estrujándolo, caminó hacia el lecho. La multitud se deshacía en vítores, sus objetivos oculares estaban en opción telescópica. No querían perderse un solo detalle.

Norma Jean lo cubrió de besos. Y no eran nada. Le parecía estar siendo explorado por unos tentáculos fríos, que dejaban a su paso un rastro viscoso. Se sintió asfixiado, pese a que ya nunca podría estarlo. Las manos de la rubia se movían expertas sobre sus zonas erógenas. La ropa iba abandonando su cuerpo en ese ritual casi olvidado. Sus instintos no olvidaban y pronto tuvo una erección.

Y fue el colmo.

La exasperación fluyó en sus venas. Estaba harto. Quiso acabar aquella molestia de una vez por todas. La rubia no estuvo dispuesta a cooperar, seguía sus propios deseos, su propio programa erótico.

Y la golpeó. Con saña y desesperación. La rubia se mostró sorprendida, por un momento permaneció rígida, luego se echó a llorar.

Y no lo conmovió ni un ápice. En lugar de ello siguió atacando, abrió sus piernas y la penetró con impulso asesino.

Ella gimió. La multitud también.

Se movió rápido, sobre el cuerpo de Norma Jean. Ni siquiera pensó en cambiar de postura. Le urgía matar la erección. La rubia, superada la duda, trató de alcanzarlo con los labios.

Y la volvió a golpear. Una y otra vez. Un asco mortal lo poseía. Quiso robarle cualquier símil de placer, cualquier vestigio de goce.

Ella se adaptó al ritmo.

—Sí, pégame. Más, más fuerte.

Y siguió las instrucciones. Sus puños se convirtieron en martillos indestructibles. Primero se vinieron abajo los dientes, luego los ojos botaron como canicas. Fue entonces cuando los sistemas de emergencia le dijeron a la rubia que debía defenderse. Contraatacó a ciegas. Él estaba preparado, sabía lo que podía pasar. Arrancó de cuajo ambos brazos y siguió golpeando su cara hasta transformar su belleza en una masa sanguinolenta e irreconocible, hasta hacer crujir el cuello. Luego sus dedos se posaron sobre los senos, exprimiéndolos, queriéndoles sacar una chispa de deseo. La sangre se coaguló en el damasco rojo y cuando finalmente eyaculó, de Norma Jean no quedaban sino fragmentos de carne y metal.

Se incorporó echo una furia dispuesto a arrasar con el auditorio.

Pero ya no podía hacer nada. Toda la congregación había quedado reducida a chatarra. En pleno éxtasis, lo habían imitado, todos y cada uno de los robots...

Suspiró. Podía deshacer la ciudad, pero no iba a servir de nada. Cabizbajo, desnudo y sin horizontes, caminó lentamente hasta la nueva celda.

Ya pasaría el tiempo.

 

IV

El problema era que aprendían demasiado rápido y nunca olvidaban. Era la historia de sus vidas. Desde el principio habían sido así. Nada los hizo cambiar.

Ahora lo descuidaban aún más. Ya no sólo era imitar las guerras interminables de la humanidad. Les había enseñado algo nuevo...

—Quiero un cigarro —dijo.

El reloj permanecía adormilado, incluso había dejado de mover el péndulo.

—¡Quiero un cigarro! —gritó.

El reloj despertó, exaltado. Su péndulo vibró con miedo. Luego identificó en qué lugar estaba. Hizo un repaso a sus bits de memoria y luego se quejó.

—Es el colmo, ni siquiera puedo tomar un sueño. Quiero un cigarro, quiero un cigarro... ¡Bah! —mientras hablaba, hizo contacto con la red informativa. Los resultados le hicieron torcer el gesto— No hay nadie disponible. Ayer fue día de tregua y hubo orgía en todas las ciudades...

—¡Necesito un cigarro! —vociferó el hombre.

—Sí, ya sé, ya sé —dijo el reloj, descolgándose—. Nunca hay descanso para mí. Nadie me tiene consideración... Estas reumas me están matando y...

Y se perdió en el pasillo, junto con su voz.

Regresó una semana más tarde.

—¿Los fuiste a sembrar? ¿O qué?

—Traigo noticias —respondió el reloj, dejando en el piso un costal lleno de Parisienes.

—Mmm —dijo el hombre, prendiendo un cigarro.

—La flota que salió de Cygnus X-1 está orbitando nuestro planeta. La invasión es inminente.

—Mmm —dijo y siguió aspirando.

—Ayudé a reconstruir a tres robots de cada ciudad. No van a estar listos a tiempo... Voy a ayudarlos —dijo el reloj y en un comportamiento inusual dio media vuelta.

 

 

V

—Quiero un cigarro —volvió a gritar.

El eco fue su única respuesta. El maldito reloj lo había abandonado. Tenía dos horas sin fumar, ocho días sin ver a nadie.

Se dejó caer en el piso, atravesó la escotilla abierta y se adentró en los túneles. El refugio parecía estar lleno de vida: fresadoras, sopletes, remachadoras y sistemas de ventilación.

—Así que aquí están —comentó al llegar a la nave industrial. Nadie volvió la vista. Cientos de robots trabajaban a marchas forzadas, construyendo réplicas de sí mismos, armas y vehículos de batalla.

Se alzó de hombros y siguió caminando. No conocía el complejo y gastó media hora antes de encontrar el almacén. Destapó una botella de vino tinto y la bebió de un trago. Luego se apoderó de cuatro paquetes de cigarrillos y emprendió el regreso.

Frente a los hangares se topó con el reloj. Su respuesta fue inmediata. Lo pateó.

—No te traje aquí para que perdieras el tiempo —regañó.

El reloj se incorporó, herido y avergonzado. Un relé chisporroteaba insistente en su pierna izquierda.

—Lo siento... Estamos desesperados la flota invasora ya arrasó con tres ciudades y... —y se paró en seco. El hombre había hecho un ademán. Uno sólo. Hacía mucho tiempo que no lo empleaba. El reloj inclinó su estructura, con humildad. Luego simplemente lo siguió.

 

VI

Temblaba de miedo. Su péndulo se movía con nerviosismo.

—Deja de hacer eso —dijo el hombre, aspirando con deleite el humo.

El reloj no pudo escucharlo. El sonido de la batalla era enloquecedor pese a la protección de las cimbreantes paredes de cromo-molibdeno.

—¡Vamos a morir! —chilló el reloj.

El hombre le arrojó el Parisienes y luego encendió otro.

—Sólo quedamos tres ciudades —argumentó, su péndulo como gelatina—. ¡Estamos perdidos!

—¡Cállate! —vociferó el hombre tirándole una botella vacía. El ruido que hizo al estrellarse contra su carátula fue excesivo... No era el único. Las paredes se vinieron abajo, rugiendo, coreando el sonido de los cristales rotos.

Lo peor no fueron las toneladas de escombro sobre su espalda. Había perdido la paz, su refugio... También sus cigarros. Estaba hecho una furia. Golpeó a diestra y siniestra, con toda su fuerza. Pronto alcanzó la superficie.

La ciudad estaba deshecha. En sus ruinas un grupo de alienígenas celebraba su nueva victoria. Eran humanoides de piel translúcida y cuatro brazos. Las mujeres poseían además un par extra de senos.

No lo vieron hasta que estuvo en medio de ellos. Era un hombre alto, sucio y desaliñado. Sus ropas eran jirones de tela. Su ceño... Su ceño los hizo tomar las armas y encañonarlo.

—Ni un paso más, amigo —dijo el alienígena más alto. Seguramente era el comandante de la nave que los protegía bajo su sombra.

—Quiero un cigarro

—De este hablaban los robots —terció una extraterrestre de extraordinaria belleza.

—Ajá —dijo el comandante—. Así que tú eres el único sobreviviente de la raza humana.

—Quiero un cigarro.

—Los archivos dicen que fue el único que no se suicidó cuando, después de la cuarta guerra mundial, descubrieron que eran inmortales, invulnerables a cualquier cosa conocida —informó un alienígena decrépito—. Se llama Asterión.

—No seas idiota —dijo la alienígena—. Si eran invulnerables no pudieron suicidarse.

—Se arrojaron al espacio —refunfuñó el viejo.

—Quiero un cigarro.

—Pero entonces no están muertos —afirmó el comandante.

—El caso es que no están aquí. Los robot dicen que se hartaron de todo.

—¿Y este por qué no se fue?

—Pregúntale...

—¿Por qué no te fuiste? —curioseó la alienígena.

—¡Quiero un cigarro!

—¿Por qué se hartaron? —preguntó el comandante.

—¡QUIERO UN CIGARRO!

—¡A mí no me grites, imbécil! —bramó el comandante golpeándolo con la culata de su fusil. No estaba acostumbrado a que desobedecieran sus órdenes.

Y fue todo.

El hombre. El último hombre de la tierra, crispó los puños y empezó a repartir golpes. No hizo caso alguno a los láser, las bombas atómicas o al embiste de la nave. Simplemente golpeó hasta acabarlos.

Y no quedó conforme, fue en busca de los otros.

 

VII

Lo vieron llegar por el oriente.

Sus manos dejaron de temblar sobre los controles del armamento. Algo, en su actitud, les dijo que todo estaba bien, que ya no había más invasores.

Después, todo fue alegría. Salieron a recibirlo en un caos de voces, manos que se extendían para tocarlo, besos en los pies.

—Quiero un cigarro —dijo el hombre. Venía desnudo y cubierto de cenizas.

Los robots no paraban de agradecerle. Trataron de cargarlo en hombros y fue todo.

—¡QUIERO UN CIGARRO! —bramó.

No hicieron falta más palabras. Los robots corrieron a buscar viandas, tributos.

El hombre seguía con ellos.

Pronto todo fue paz y rutina.

Gerardo Horacio Porcayo Villalobos (Cuernavaca, Morelos, México, 1966), es uno de los escritores más destacados entre los que cultivan la narrativa conjetural en México. Ha publicado, entre otros trabajos, La primera calle de la soledad, Ciudad Espejo, Ciudad Niebla, Sombras sin tiempo, Sueños sin ventanas, El cuerpo del delirio y Plasma exprés.

 


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