Alex S. Johnson
Un bosque. Tallos de sinfonía extruidos.
Manzanas de caramelo con un aire de lascivia.
Me yergo ante los anchos hombros de
la galaxia. Aún no me he desarrollado, pero temo el florecimiento perverso que onduló
los cuerpos de mis hermanas. Nosotras nos convertiremos en nuestra madre.
Seremos los pétalos suaves y criaremos lobos en nuestros vientres. Acecharemos.
Y seremos acechadas mientras llevamos medias.
Los tigres agitados en el caldero
aún no han despertado. Sus ojos oscuros, sus secretos latentes, son mis ojos,
mi propio fuego latente. Mis desiertos. Mi yermo estéril. Mi copa rebosante
entre los muslos. Mi clítoris en forma de medialuna de diamante.
Mis espacios oscuros, ecos
moleculares a través de la pista de baile. La carga de los sueños, reflejos
tamizados, espejos que sonríen ante la deriva de vilanos de diente de león hecha
lágrimas fractales.
Soy una niña con vestidos rosas. Ya
he usado tacones. He almacenado secretos en mi armario. Sueño con ventanas.
Puertas. Hechizos. Oigo acercarse calíopes. Ventiscas de payasos y bufones.
Inviernos que coronan el carnaval.
Aquí conviven todas las estaciones.
Aquí, la lluvia viste al sol con trajes coloridos. Aquí hay gigantes. La
escarcha azota las cavernas donde habitan las hadas. Aquí, las lágrimas no
tienen oportunidad.
Visito a la abuela con mis lazos y
mi andar saltarín. Sus labios están marchitos. Sus ojos, cerrados. Yo le he
cerrado los ojos. Me despido. Beso sus labios fríos. Rezo mis oraciones.
La sensación térmica... se clava en
mis células. Estoy desnuda ante los elementos. El sol de verano se enciende en
mis entrañas. Estoy aquí para ustedes hoy, mis bellas criaturas del bosque.
El bosque sonríe; un dedo largo y
cantante me hace señas. Sus muslos son arcoíris; su invitación, al banquete. Acepto
el banquete. Acepto el mapa hacia las cavernas, respiro hondo, impregno mi piel
con sus colores. Me he arrodillado ante el estante donde el viento tomó su
primer aliento tras echar un vistazo a la Enciclopedia de los Sueños.
Todos los sueños convergen. Sus
rodillas se elevan. Sus pechos se desploman. Sus pechos firmes, dorados,
maduros como manzanas. Sus ojos, color espuma de mar, son espejos de los míos.
He probado los primeros frutos de
la cosecha de la melancolía. Hinchan mis mejillas. Mis alas crecieron con un
dolor tan dulce. Una consagración virginal; eco de doncellas bailando en el
claro.
Estamos vestidas de estrellas y
somos maravillosas; estrellas que se agitan bajo nuestra piel translúcida. Es
seguro aquí, entre mis hermanas. Es el amanecer aquí, entre las arrugas rosadas
y prominentes y los coágulos de sangre. Saboreo el hierro y escucho el rugido
del carmesí. Me acerco a las primeras ramas que se ofrecen a mi alcance. Tomo
la raíz con avidez, lamo la punta y la devoro entera. La savia: mantequilla
dulce, sal. Otros matices más oscuros.
Mis hermanas se unen a mí en el
festín. Devorando al servidor del bosque, de caderas caprinas. Él ha estado
ante nosotras desde siempre. El guía. Somos su coro de hermanas pequeñas. Nos
arrodillamos a su servicio. Al del Señor y la Dama. En el bosque, los animales –con
ojos tan abiertos como el interior de su muslo izquierdo ante mi lengua– nos
devoran mentalmente. Somos su alimento; ellos, el nuestro.
El invierno ha llegado a la mente
de la Dama; ella se confunde. Su deriva es una deriva de copos infinitesimales;
y entonces, de repente, surge una vena oscura, su tobillo, un espasmo. Un
gemido. Las hermanas se han reunido con nosotras. Nuestros pechos jóvenes crecen
bajo la sonrisa estrellada del Señor del Bosque. Él nos ve a través del prisma
de nosotras mismas. Nuestros apetitos engendran más apetitos. No tememos a
nada. Somos sabias. A los catorce. A los diecisiete. A los cuarenta. A los nueve.
A los cero. Antes de nacer, nadábamos como peces. Antes de nacer, atrapábamos
las corrientes térmicas. Antes de nacer, correteábamos por el bosque: comiendo,
bebiendo, follando.
Éramos sabias. Éramos desconocidas.
Nos brotó pelaje. Nos brotaron escamas. Nos brotó la desnudez. Estábamos vestidas
de niebla. De caricias aterciopeladas... la lengua de la Dama nos exploraba.
El Señor del Bosque sonríe. Nosotras
lo guiamos hacia nuestro interior. Él se siente como corteza sobre nuestra piel
tersa y tierna, savia desbordante, almíbar pegajoso, explosiones de acritud.
Gotas herrumbrosas. El principio y
el fin. Me ha crecido una cola. Aúllo. Perfección peluda. Me ahogo en el espejo
infinito y resonante del arroyo. Me veo crecer entre los zarcillos, las raíces,
las ramas, el musgo. Mis pechos brotan de la piedra. Me arrodillo ante su grieta
y saboreo en mi lengua el gozo del diamante al licuarse. Saboreo imperios de
manzana y putrefacción.
Me he cosido al bolsillo de la Dama
y aguardo instrucciones.
Yazco en un lecho de setas. Mis hermanas hongos me atraen hacia sus mantos. Soy libre, ahora.

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