Claude Francis Dozière
Cuando Robert abrió
los ojos, percibió de inmediato que algo había cambiado. La luz que se filtraba
por las persianas tenía el mismo color que la de las mañanas de invierno de su
infancia: fría, de un amarillo desvaído, incapaz de brindar calor o consuelo.
Las paredes de la habitación, antes blancas y familiares, parecían retirarse
hacia los márgenes de su campo visual, escapando a cualquier intento de
medirlas o apropiarse de ellas.
Se incorporó lentamente de la cama
y apoyó un pie en el suelo. Sintió el contacto frío del piso de madera; cuando
apoyó también el otro y se puso de pie, no oyó el más mínimo crujido.
El mundo se había convertido en puro
silencio, una especie de burbuja de quietud que absorbía el sonido de sus pasos
y devolvía apenas un eco lejano, casi imperceptible. El reloj colgado de la
pared, un objeto cotidiano que hasta el día anterior había marcado con
tranquilizadora indiferencia el transcurso de los minutos, estaba ahora
detenido. Sus agujas inmóviles se negaban a sancionar el menor avance del
tiempo, congeladas en una fracción de segundo, como en una eternidad
suspendida.
En aquel silencio germinaba, contra
toda lógica, una sensación de libertad que jamás había experimentado. La mente
de Robert, liberada de los puntos de referencia habituales, se entregaba a
especulaciones que nunca antes habría imaginado. Pero, por más que intentara
abandonarse a aquella nueva ligereza, sentía que seguía anclado a algo muy
profundo: un residuo de deber que le impedía perderse por completo en aquella
deriva.
Se vistió con los gestos
automáticos de la rutina diaria. Se puso la camisa, cuyas mangas se deslizaron
sobre sus brazos; abotonó los puños sin siquiera mirar y se observó
distraídamente en el espejo. En su rostro, cada movimiento era apenas la sombra
de lo que debería haber sido, desprovisto de toda vitalidad o propósito,
ejecutado más por inercia que por voluntad. Se concentró en los detalles: el
nudo de la corbata, la caída de los pantalones, como si alguno de esos gestos
pudiera devolverlo a la realidad.
Cuando salió del dormitorio,
percibió con claridad un cambio en la presión del aire. En el pasillo reinaba
una atmósfera enrarecida; las paredes parecían inclinarse ligeramente hacia él,
como si quisieran sofocar cualquier impulso de huida. Robert llegó hasta la
puerta de entrada y la abrió.
No fue el frío del rellano lo que
lo sorprendió, sino la forma en que la escalera del edificio había perdido toda
perspectiva, toda profundidad. Los escalones, uniformes y regulares, descendían
con la monotonía de una secuencia numérica infinita y, sin embargo, llegó a la
puerta principal sin advertir siquiera que los había recorrido.
Afuera, la ciudad estaba envuelta
en una capa grisácea. Cada elemento urbano –las aceras, los árboles desnudos,
los automóviles estacionados en fila– parecía dispuesto con precisión; sin
embargo, el efecto de conjunto era el de una realidad resquebrajada, en la que
todas las cosas habían perdido tanto su función como su identidad. Nada
vibraba, nada se movía de verdad, nada emitía sonido, y Robert tuvo la
perturbadora sensación de encontrarse en el centro de una simulación que se
había detenido en una única e interminable instantánea.
Permaneció un momento inmóvil
frente a la puerta del edificio, absorto en la espera de una señal que lo
liberara del hechizo. Luego, como si la decisión no hubiera sido tomada por él,
sino impresa en el código de aquella jornada ya escrita, comenzó a caminar por
la avenida arbolada.
Tenía la impresión de ser la única
figura animada en un paisaje que se resistía a toda forma de vida. Para los
transeúntes, él no era más que una silueta transparente. Intentó sostener la
mirada de uno de ellos, un hombre con un maletín y un abrigo negro, pero los
ojos de aquel hombre resbalaron sobre él sin registrar absolutamente nada.
Robert disminuyó el paso, buscando
en los detalles de la ciudad algún ancla de significado. Observó las luces de
los comercios, todas encendidas, aunque con muy pocos clientes y dependientes
en su interior. Los escaparates estaban repletos de objetos polvorientos. El
semáforo alternaba regularmente entre el rojo y el verde. Las calles, vacías de
automóviles, se extendían desiertas y desoladas. Los carteles publicitarios,
pegados sobre muros descascarados, repetían obsesivamente la misma imagen: el
rostro sonriente de alguna celebridad, deformado por el tiempo y la lluvia
hasta convertirse en una mueca de alegre desesperación. Todo parecía
artificial, provisional.
Llegó a la plaza al final de la
avenida, un lugar que debería haberle resultado familiar y que, sin embargo,
parecía el eco de un sitio visitado únicamente en sueños. La fuente del centro
permanecía en silencio. Incluso el agua, normalmente viva y bulliciosa, era
ahora una lámina inmóvil, semejante al cristal. Alrededor de la fuente, varios
ancianos permanecían sentados en los bancos, inmóviles como estatuas griegas,
ignorando no solo la presencia de Robert, sino también la de los demás. Sus
rostros eran máscaras de granito, incapaces de expresar emoción alguna, fijos
en un punto indefinido del espacio. Robert habría querido acercarse, tocar un
hombro, intercambiar una palabra; pero la sola idea de romper aquel hechizo lo
paralizaba. Temía que un gesto demasiado humano provocara el derrumbe de todo
el frágil escenario en el que flotaba.
Fue allí, sentado en un banco en el
borde de la plaza, donde comenzó a invadirlo una nueva percepción: la sospecha
de que no era únicamente la ciudad la que estaba fuera de eje, sino él mismo
quien se deslizaba por un plano inclinado hacia la irrealidad. Recordó
fragmentos de la noche anterior, sueños confusos en los que hablaba con
personas que jamás había conocido o atravesaba habitaciones interminables que
se desvanecían en la penumbra. ¿Y si aquella sensación de ligereza no fuera una
liberación, sino el preludio de una desaparición total? Se preguntó si, al
final de aquel progresivo vaciamiento, quedaría algo de él o si terminaría
convertido apenas en un rastro, una sombra indistinguible de las que ahora lo
rodeaban.
La ciudad en la que estaba inmerso
parecía una copia defectuosa del mundo que conocía, una película en blanco y
negro granulada, cargada de melancolía y de fallas de proyección. Los
edificios, cubos de cemento y vidrio mal ensamblados mediante juntas invisibles,
no eran más que decorados para una escenografía de soledad; las calles rectas e
interminables latían con un tránsito apenas insinuado, sombras de automóviles
sin destino ni motor. Era como si el tiempo hubiera perdido su impulso natural
hacia adelante y se hubiera enrollado sobre sí mismo, obligando a todas las
cosas a repetirse hasta el infinito. Y, sin embargo, en el corazón de aquella
inmovilidad había una forma de paz. Sabía que ninguna sorpresa hostil podía
alcanzarlo; todo había sido decidido hacía mucho tiempo, desde los pliegues de
los abrigos de desconocidos que se deslizaban como proyecciones hasta aquellas
miradas apagadas, incapaces de registrar su presencia en la periferia de la
realidad.
Intentó rozar el brazo de un
transeúnte que caminaba por la acera. Fue como tocar un muro de niebla. El frío
del aire se le metía en los huesos, bajo la piel, pero había algo más: lo
sentía descender aún más profundamente, en busca de una voluntad que cristalizar.
Y, sin embargo, en aquella permanencia al margen del mundo, en aquella
condición de ser transparente, percibía la posibilidad de existir sin ataduras,
sin el temor de ser llamado nuevamente al orden de los hombres. El tiempo se
había dilatado. Un puñado de pasos podía durar una hora; un parpadeo, congelar
metrópolis enteras. Se dejó guiar por un instinto primordial, como si el cuerpo
supiera mejor que la mente adónde debía ir.
Caminó durante largo tiempo, o al
menos así le pareció. El sol, siempre visible en el cielo, no ofrecía garantía
alguna de que realmente fuera de día. El recuerdo de su vida anterior –la de
los cafés amargos, las esperas en la parada del tranvía, las reuniones
interminables y los saludos apenas insinuados entre colegas– ya se había
desvanecido, dejándolo preguntarse quién era ahora, ya que nadie le concedía el
don del reconocimiento. Descubrió que ansiaba un contacto, una intersección
imprevista entre su trayectoria y la de otro ser humano; sin embargo, todo
parecía conjurarse para impedir esa posibilidad. Incluso los perros que correteaban
por los jardines descuidados ignoraban su paso y ladraban al vacío contra
siluetas más reales que la suya.
Fue entonces cuando la dirección de
sus pasos le devolvió el recuerdo del trabajo. El edificio era idéntico al que
guardaba en la memoria, aunque más pálido. Entró. Un portero recorría el
vestíbulo, pero no reparó en él en absoluto. Incluso el tintineo de las llaves
colgadas de su cinturón llegaba lejano, casi subliminal. El techo era tan bajo
que resultaba claustrofóbico, y las luces fluorescentes no conseguían disipar
la penumbra que se filtraba por todas partes.
Recorrió el linóleo del pasillo con
paso vacilante, observando su propio reflejo desvaído en los cristales, los
rasgos del rostro desdibujados por aquella luz incierta. Cada despacho ante el
que pasaba lo rechazaba con una sensación de extrañeza. Las sillas estaban
vacías; sobre los escritorios se acumulaban montones de papeles sin sentido,
como si hubieran sido abandonados de golpe por una civilización en fuga. Solo
el ritmo de su propio corazón, amplificado por el silencio, le recordaba que
seguía con vida.
Cuando por fin llegó a la puerta de
su oficina, vaciló. Temía lo que pudiera encontrar allí, pero al mismo tiempo
el terror al vacío, a la disolución, lo empujaba a abrirla y asomarse a aquella
última posibilidad de seguir siendo alguien.
La habitación estaba fría, pero no
vacía. Un hombre permanecía sentado ante su escritorio, inclinado hacia
adelante como un animal herido, con los codos apoyados sobre unos documentos y
los dedos entrelazados.
El hombre levantó la vista, y fue
entonces cuando Robert comprendió.
No era un desconocido, sino él
mismo, más viejo; él mismo proyectado hacia un futuro que no recordaba haber
vivido, surcado por las preocupaciones y el cansancio, con profundas ojeras y
la boca convertida en una tensa línea de dolor contenido. En aquella mirada no
había odio, solo una desolada e insalvable complicidad entre dos náufragos.
Permaneció inmóvil, incapaz de
hablar o de realizar el menor movimiento. Su doble, con una expresión de
paciencia infinita, se limitó a contemplarlo, como si llevara años esperándolo.
Robert comprendió que ya no existía manera alguna de regresar, porque todas las
decisiones habían sido tomadas mucho tiempo atrás.
Salió de la habitación sin
volverse, y el silencio que lo recibió en el pasillo era aún más profundo.
Temblando y sin aliento, huyó del
edificio. Cada uno de sus pasos iba acompañado por un zumbido de mil abejas
dentro de la cabeza. Afuera, el cielo se había convertido en un cristal
opalino, desprovisto de calor y de color. La ciudad, si era posible, parecía
todavía más apagada; los ruidos, aún más amortiguados. Las ventanas de los
demás edificios lo observaban. Lo contemplaban como se mira al único
superviviente de una catástrofe.
Sentía que no eran las personas,
que seguían ignorándolo, quienes lo espiaban, sino el cemento, los semáforos,
las ramas secas junto a las aceras. Cada elemento de la realidad parecía haber
adquirido una conciencia latente. El mundo solo había advertido su existencia
en el instante en que él mismo comenzó a verse desde afuera. Sin embargo, no
podía detenerse. No conseguía detenerse. Corría sin saber si huía de aquello
que había visto o si intentaba alcanzarlo. Era uno de esos sueños en los que
uno es, al mismo tiempo, cazador y presa. Ya no encontró otros reflejos suyos
en los espejos. Todos los cristales devolvían imágenes difusas y, cada vez que
buscaba su rostro, este se disolvía en una niebla lechosa.
Las piernas de Robert terminaron
por devolverlo a su casa, exhausto y abatido. Encontró la puerta entreabierta,
a pesar de estar seguro de haberla dejado cerrada. Una duda heló su sangre: ¿y
si al otro lado lo estuviera esperando aquel anciano? Entró de puntillas, como
un ladrón que se infiltrara en su propia vida. Todos los muebles seguían en su
sitio, cubiertos por años de polvo. Tambaleándose, se dirigió al dormitorio,
impulsado por la urgencia de encontrar respuestas.
Sobre la mesa de noche, junto a la
lámpara, había un sobre blanco, perfectamente doblado. Lo tomó con dedos
inseguros. El papel estaba helado, más de lo que debería, y un olor a libros
antiguos y archivos olvidados le llegó a las fosas nasales. En el sobre,
escrito con grandes letras, aparecía su nombre. Ninguna ambigüedad, ningún
margen para el error.
Lo abrió, rasgándolo parcialmente,
y leyó en voz baja. La caligrafía era, sin lugar a duda, la suya, pero no
recordaba haber escrito aquellas frases. Cada palabra había sido trazada con un
cuidado extremo, como una despedida redactada por un prisionero que hubiera
encontrado el modo de deslizarla más allá de los barrotes.
«Si estás leyendo esto, ya ha
sucedido. No busques explicaciones. El día de hoy ya no te pertenece.»
Nada más. Solo aquellas tres
frases.
Robert sintió que un abismo se
abría bajo sus pies. La habitación pareció dilatarse hasta volverse
desmesurada. Cada objeto se alejaba como si temiera ser arrastrado por el mismo
destino. La silla junto a la cama se balanceaba apoyada en una sola pata; la
almohada estaba deformada por noches interminables de insomnio. Todo, en
aquella casa, parecía retroceder, refugiarse en rincones demasiado estrechos
para contener la soledad de un hombre. Y, sin embargo, desde lo más profundo de
su ser emergió una inesperada sensación de paz. La tensión acumulada, el
permanente estado de alerta, se derretían como nieve bajo el sol. Dejó caer la
carta, incapaz de soportar el peso de aquella verdad que nunca había pedido.
Se dejó caer sobre la cama. La
espalda encontró apoyo en un colchón impregnado de un pasado desaparecido para
siempre. Sintió una ligereza desconocida hasta entonces: ya no tenía que fingir
que existía, ya no le correspondía otorgar un sentido a lo que había sucedido.
Y, sin embargo, en lo más profundo de su ser todavía había una parte que se
resistía y ansiaba explicaciones, una justificación, un último asidero a la
cuerda deshilachada de la conciencia. Volvió a ver los días transcurridos, los
detalles ya descoloridos, las tardes desperdiciadas y las noches prolongadas
por miedo a dormir. Cada recuerdo aparecía ahora nítido, despojado de aquella
pátina de nostalgia que hasta el día anterior lo había protegido del dolor en
estado puro.
Cerró los ojos. No para buscar
descanso, sino para despertar un sexto sentido. Entonces reaparecieron la
ciudad, los rostros desconocidos de los transeúntes, las ventanas iluminadas
que siempre habían representado un misterio impenetrable. Esta vez no sentía ni
envidia ni el deseo de entrar en aquellos pequeños universos domésticos. Ya
estaba más allá, y eso no lo perturbaba en absoluto.
El silencio que lo rodeaba se hizo
aún más denso, casi tangible, llenando la habitación como una niebla viscosa
que terminaba por borrar todo sonido, salvo el latido de su corazón. Sentía la
piel como una frontera tenue y frágil, y se preguntó cuánto tiempo resistiría
antes de disolverse por completo. Pero ya no tenía miedo. La carta lo había
liberado de todo vínculo, lo había emancipado, y ahora no era más que un
observador silencioso de su propia desintegración.
En la penumbra, su mente se
deslizaba suavemente fuera del cuerpo, como si fuera posible vivir únicamente
dentro de los propios pensamientos. Siempre había estado acostumbrado a la
soledad, pero aquella era una forma nueva, definitiva, casi apacible. Ahora
sabía que lo importante no era comprender el sentido del final, sino ser capaz
de reconocerse mientras uno se desvanece.
Finalmente, Robert concentró toda su atención en el vacío, no para dormir, sino para recordar, mientras el mundo que había conocido se desmoronaba a su alrededor en un silencio sereno que lo hacía sentirse, al mismo tiempo, libre y prisionero.

No hay comentarios:
Publicar un comentario