lunes, 3 de agosto de 2026

MORIRÉ AYER

Claude Francis Dozière

 

Cuando Robert abrió los ojos, percibió de inmediato que algo había cambiado. La luz que se filtraba por las persianas tenía el mismo color que la de las mañanas de invierno de su infancia: fría, de un amarillo desvaído, incapaz de brindar calor o consuelo. Las paredes de la habitación, antes blancas y familiares, parecían retirarse hacia los márgenes de su campo visual, escapando a cualquier intento de medirlas o apropiarse de ellas.

Se incorporó lentamente de la cama y apoyó un pie en el suelo. Sintió el contacto frío del piso de madera; cuando apoyó también el otro y se puso de pie, no oyó el más mínimo crujido.

El mundo se había convertido en puro silencio, una especie de burbuja de quietud que absorbía el sonido de sus pasos y devolvía apenas un eco lejano, casi imperceptible. El reloj colgado de la pared, un objeto cotidiano que hasta el día anterior había marcado con tranquilizadora indiferencia el transcurso de los minutos, estaba ahora detenido. Sus agujas inmóviles se negaban a sancionar el menor avance del tiempo, congeladas en una fracción de segundo, como en una eternidad suspendida.

En aquel silencio germinaba, contra toda lógica, una sensación de libertad que jamás había experimentado. La mente de Robert, liberada de los puntos de referencia habituales, se entregaba a especulaciones que nunca antes habría imaginado. Pero, por más que intentara abandonarse a aquella nueva ligereza, sentía que seguía anclado a algo muy profundo: un residuo de deber que le impedía perderse por completo en aquella deriva.

Se vistió con los gestos automáticos de la rutina diaria. Se puso la camisa, cuyas mangas se deslizaron sobre sus brazos; abotonó los puños sin siquiera mirar y se observó distraídamente en el espejo. En su rostro, cada movimiento era apenas la sombra de lo que debería haber sido, desprovisto de toda vitalidad o propósito, ejecutado más por inercia que por voluntad. Se concentró en los detalles: el nudo de la corbata, la caída de los pantalones, como si alguno de esos gestos pudiera devolverlo a la realidad.

Cuando salió del dormitorio, percibió con claridad un cambio en la presión del aire. En el pasillo reinaba una atmósfera enrarecida; las paredes parecían inclinarse ligeramente hacia él, como si quisieran sofocar cualquier impulso de huida. Robert llegó hasta la puerta de entrada y la abrió.

No fue el frío del rellano lo que lo sorprendió, sino la forma en que la escalera del edificio había perdido toda perspectiva, toda profundidad. Los escalones, uniformes y regulares, descendían con la monotonía de una secuencia numérica infinita y, sin embargo, llegó a la puerta principal sin advertir siquiera que los había recorrido.

Afuera, la ciudad estaba envuelta en una capa grisácea. Cada elemento urbano –las aceras, los árboles desnudos, los automóviles estacionados en fila– parecía dispuesto con precisión; sin embargo, el efecto de conjunto era el de una realidad resquebrajada, en la que todas las cosas habían perdido tanto su función como su identidad. Nada vibraba, nada se movía de verdad, nada emitía sonido, y Robert tuvo la perturbadora sensación de encontrarse en el centro de una simulación que se había detenido en una única e interminable instantánea.

Permaneció un momento inmóvil frente a la puerta del edificio, absorto en la espera de una señal que lo liberara del hechizo. Luego, como si la decisión no hubiera sido tomada por él, sino impresa en el código de aquella jornada ya escrita, comenzó a caminar por la avenida arbolada.

Tenía la impresión de ser la única figura animada en un paisaje que se resistía a toda forma de vida. Para los transeúntes, él no era más que una silueta transparente. Intentó sostener la mirada de uno de ellos, un hombre con un maletín y un abrigo negro, pero los ojos de aquel hombre resbalaron sobre él sin registrar absolutamente nada.

Robert disminuyó el paso, buscando en los detalles de la ciudad algún ancla de significado. Observó las luces de los comercios, todas encendidas, aunque con muy pocos clientes y dependientes en su interior. Los escaparates estaban repletos de objetos polvorientos. El semáforo alternaba regularmente entre el rojo y el verde. Las calles, vacías de automóviles, se extendían desiertas y desoladas. Los carteles publicitarios, pegados sobre muros descascarados, repetían obsesivamente la misma imagen: el rostro sonriente de alguna celebridad, deformado por el tiempo y la lluvia hasta convertirse en una mueca de alegre desesperación. Todo parecía artificial, provisional.

Llegó a la plaza al final de la avenida, un lugar que debería haberle resultado familiar y que, sin embargo, parecía el eco de un sitio visitado únicamente en sueños. La fuente del centro permanecía en silencio. Incluso el agua, normalmente viva y bulliciosa, era ahora una lámina inmóvil, semejante al cristal. Alrededor de la fuente, varios ancianos permanecían sentados en los bancos, inmóviles como estatuas griegas, ignorando no solo la presencia de Robert, sino también la de los demás. Sus rostros eran máscaras de granito, incapaces de expresar emoción alguna, fijos en un punto indefinido del espacio. Robert habría querido acercarse, tocar un hombro, intercambiar una palabra; pero la sola idea de romper aquel hechizo lo paralizaba. Temía que un gesto demasiado humano provocara el derrumbe de todo el frágil escenario en el que flotaba.

Fue allí, sentado en un banco en el borde de la plaza, donde comenzó a invadirlo una nueva percepción: la sospecha de que no era únicamente la ciudad la que estaba fuera de eje, sino él mismo quien se deslizaba por un plano inclinado hacia la irrealidad. Recordó fragmentos de la noche anterior, sueños confusos en los que hablaba con personas que jamás había conocido o atravesaba habitaciones interminables que se desvanecían en la penumbra. ¿Y si aquella sensación de ligereza no fuera una liberación, sino el preludio de una desaparición total? Se preguntó si, al final de aquel progresivo vaciamiento, quedaría algo de él o si terminaría convertido apenas en un rastro, una sombra indistinguible de las que ahora lo rodeaban.

La ciudad en la que estaba inmerso parecía una copia defectuosa del mundo que conocía, una película en blanco y negro granulada, cargada de melancolía y de fallas de proyección. Los edificios, cubos de cemento y vidrio mal ensamblados mediante juntas invisibles, no eran más que decorados para una escenografía de soledad; las calles rectas e interminables latían con un tránsito apenas insinuado, sombras de automóviles sin destino ni motor. Era como si el tiempo hubiera perdido su impulso natural hacia adelante y se hubiera enrollado sobre sí mismo, obligando a todas las cosas a repetirse hasta el infinito. Y, sin embargo, en el corazón de aquella inmovilidad había una forma de paz. Sabía que ninguna sorpresa hostil podía alcanzarlo; todo había sido decidido hacía mucho tiempo, desde los pliegues de los abrigos de desconocidos que se deslizaban como proyecciones hasta aquellas miradas apagadas, incapaces de registrar su presencia en la periferia de la realidad.

Intentó rozar el brazo de un transeúnte que caminaba por la acera. Fue como tocar un muro de niebla. El frío del aire se le metía en los huesos, bajo la piel, pero había algo más: lo sentía descender aún más profundamente, en busca de una voluntad que cristalizar. Y, sin embargo, en aquella permanencia al margen del mundo, en aquella condición de ser transparente, percibía la posibilidad de existir sin ataduras, sin el temor de ser llamado nuevamente al orden de los hombres. El tiempo se había dilatado. Un puñado de pasos podía durar una hora; un parpadeo, congelar metrópolis enteras. Se dejó guiar por un instinto primordial, como si el cuerpo supiera mejor que la mente adónde debía ir.

Caminó durante largo tiempo, o al menos así le pareció. El sol, siempre visible en el cielo, no ofrecía garantía alguna de que realmente fuera de día. El recuerdo de su vida anterior –la de los cafés amargos, las esperas en la parada del tranvía, las reuniones interminables y los saludos apenas insinuados entre colegas– ya se había desvanecido, dejándolo preguntarse quién era ahora, ya que nadie le concedía el don del reconocimiento. Descubrió que ansiaba un contacto, una intersección imprevista entre su trayectoria y la de otro ser humano; sin embargo, todo parecía conjurarse para impedir esa posibilidad. Incluso los perros que correteaban por los jardines descuidados ignoraban su paso y ladraban al vacío contra siluetas más reales que la suya.

Fue entonces cuando la dirección de sus pasos le devolvió el recuerdo del trabajo. El edificio era idéntico al que guardaba en la memoria, aunque más pálido. Entró. Un portero recorría el vestíbulo, pero no reparó en él en absoluto. Incluso el tintineo de las llaves colgadas de su cinturón llegaba lejano, casi subliminal. El techo era tan bajo que resultaba claustrofóbico, y las luces fluorescentes no conseguían disipar la penumbra que se filtraba por todas partes.

Recorrió el linóleo del pasillo con paso vacilante, observando su propio reflejo desvaído en los cristales, los rasgos del rostro desdibujados por aquella luz incierta. Cada despacho ante el que pasaba lo rechazaba con una sensación de extrañeza. Las sillas estaban vacías; sobre los escritorios se acumulaban montones de papeles sin sentido, como si hubieran sido abandonados de golpe por una civilización en fuga. Solo el ritmo de su propio corazón, amplificado por el silencio, le recordaba que seguía con vida.

Cuando por fin llegó a la puerta de su oficina, vaciló. Temía lo que pudiera encontrar allí, pero al mismo tiempo el terror al vacío, a la disolución, lo empujaba a abrirla y asomarse a aquella última posibilidad de seguir siendo alguien.

La habitación estaba fría, pero no vacía. Un hombre permanecía sentado ante su escritorio, inclinado hacia adelante como un animal herido, con los codos apoyados sobre unos documentos y los dedos entrelazados.

El hombre levantó la vista, y fue entonces cuando Robert comprendió.

No era un desconocido, sino él mismo, más viejo; él mismo proyectado hacia un futuro que no recordaba haber vivido, surcado por las preocupaciones y el cansancio, con profundas ojeras y la boca convertida en una tensa línea de dolor contenido. En aquella mirada no había odio, solo una desolada e insalvable complicidad entre dos náufragos.

Permaneció inmóvil, incapaz de hablar o de realizar el menor movimiento. Su doble, con una expresión de paciencia infinita, se limitó a contemplarlo, como si llevara años esperándolo. Robert comprendió que ya no existía manera alguna de regresar, porque todas las decisiones habían sido tomadas mucho tiempo atrás.

Salió de la habitación sin volverse, y el silencio que lo recibió en el pasillo era aún más profundo.

Temblando y sin aliento, huyó del edificio. Cada uno de sus pasos iba acompañado por un zumbido de mil abejas dentro de la cabeza. Afuera, el cielo se había convertido en un cristal opalino, desprovisto de calor y de color. La ciudad, si era posible, parecía todavía más apagada; los ruidos, aún más amortiguados. Las ventanas de los demás edificios lo observaban. Lo contemplaban como se mira al único superviviente de una catástrofe.

Sentía que no eran las personas, que seguían ignorándolo, quienes lo espiaban, sino el cemento, los semáforos, las ramas secas junto a las aceras. Cada elemento de la realidad parecía haber adquirido una conciencia latente. El mundo solo había advertido su existencia en el instante en que él mismo comenzó a verse desde afuera. Sin embargo, no podía detenerse. No conseguía detenerse. Corría sin saber si huía de aquello que había visto o si intentaba alcanzarlo. Era uno de esos sueños en los que uno es, al mismo tiempo, cazador y presa. Ya no encontró otros reflejos suyos en los espejos. Todos los cristales devolvían imágenes difusas y, cada vez que buscaba su rostro, este se disolvía en una niebla lechosa.

Las piernas de Robert terminaron por devolverlo a su casa, exhausto y abatido. Encontró la puerta entreabierta, a pesar de estar seguro de haberla dejado cerrada. Una duda heló su sangre: ¿y si al otro lado lo estuviera esperando aquel anciano? Entró de puntillas, como un ladrón que se infiltrara en su propia vida. Todos los muebles seguían en su sitio, cubiertos por años de polvo. Tambaleándose, se dirigió al dormitorio, impulsado por la urgencia de encontrar respuestas.

Sobre la mesa de noche, junto a la lámpara, había un sobre blanco, perfectamente doblado. Lo tomó con dedos inseguros. El papel estaba helado, más de lo que debería, y un olor a libros antiguos y archivos olvidados le llegó a las fosas nasales. En el sobre, escrito con grandes letras, aparecía su nombre. Ninguna ambigüedad, ningún margen para el error.

Lo abrió, rasgándolo parcialmente, y leyó en voz baja. La caligrafía era, sin lugar a duda, la suya, pero no recordaba haber escrito aquellas frases. Cada palabra había sido trazada con un cuidado extremo, como una despedida redactada por un prisionero que hubiera encontrado el modo de deslizarla más allá de los barrotes.

«Si estás leyendo esto, ya ha sucedido. No busques explicaciones. El día de hoy ya no te pertenece.»

Nada más. Solo aquellas tres frases.

Robert sintió que un abismo se abría bajo sus pies. La habitación pareció dilatarse hasta volverse desmesurada. Cada objeto se alejaba como si temiera ser arrastrado por el mismo destino. La silla junto a la cama se balanceaba apoyada en una sola pata; la almohada estaba deformada por noches interminables de insomnio. Todo, en aquella casa, parecía retroceder, refugiarse en rincones demasiado estrechos para contener la soledad de un hombre. Y, sin embargo, desde lo más profundo de su ser emergió una inesperada sensación de paz. La tensión acumulada, el permanente estado de alerta, se derretían como nieve bajo el sol. Dejó caer la carta, incapaz de soportar el peso de aquella verdad que nunca había pedido.

Se dejó caer sobre la cama. La espalda encontró apoyo en un colchón impregnado de un pasado desaparecido para siempre. Sintió una ligereza desconocida hasta entonces: ya no tenía que fingir que existía, ya no le correspondía otorgar un sentido a lo que había sucedido. Y, sin embargo, en lo más profundo de su ser todavía había una parte que se resistía y ansiaba explicaciones, una justificación, un último asidero a la cuerda deshilachada de la conciencia. Volvió a ver los días transcurridos, los detalles ya descoloridos, las tardes desperdiciadas y las noches prolongadas por miedo a dormir. Cada recuerdo aparecía ahora nítido, despojado de aquella pátina de nostalgia que hasta el día anterior lo había protegido del dolor en estado puro.

Cerró los ojos. No para buscar descanso, sino para despertar un sexto sentido. Entonces reaparecieron la ciudad, los rostros desconocidos de los transeúntes, las ventanas iluminadas que siempre habían representado un misterio impenetrable. Esta vez no sentía ni envidia ni el deseo de entrar en aquellos pequeños universos domésticos. Ya estaba más allá, y eso no lo perturbaba en absoluto.

El silencio que lo rodeaba se hizo aún más denso, casi tangible, llenando la habitación como una niebla viscosa que terminaba por borrar todo sonido, salvo el latido de su corazón. Sentía la piel como una frontera tenue y frágil, y se preguntó cuánto tiempo resistiría antes de disolverse por completo. Pero ya no tenía miedo. La carta lo había liberado de todo vínculo, lo había emancipado, y ahora no era más que un observador silencioso de su propia desintegración.

En la penumbra, su mente se deslizaba suavemente fuera del cuerpo, como si fuera posible vivir únicamente dentro de los propios pensamientos. Siempre había estado acostumbrado a la soledad, pero aquella era una forma nueva, definitiva, casi apacible. Ahora sabía que lo importante no era comprender el sentido del final, sino ser capaz de reconocerse mientras uno se desvanece.

Finalmente, Robert concentró toda su atención en el vacío, no para dormir, sino para recordar, mientras el mundo que había conocido se desmoronaba a su alrededor en un silencio sereno que lo hacía sentirse, al mismo tiempo, libre y prisionero.


Claude Francis Dozière, nacido en Alsacia en 1961, es una figura polifacética en el panorama de la ciencia ficción contemporánea. Su trayectoria abarca novelas, relatos, juegos de libros y colaboraciones en producciones cinematográficas (Axanar - sie Web scienza). Estudió lenguas extranjeras y literatura en la Universidad de Estrasburgo, una formación académica que enriqueció su capacidad para narrar historias ricas en detalles culturales y lingüísticos. Apasionado por la ciencia ficción desde joven, comenzó a escribir para dar vida a los mundos y personajes que imaginaba. Se define a sí mismo como un narrador de historias. Debutó con la novela "Heroes of Invisible Wars" (2021), seguida de "The Noburian" (2022), ganadora del Premio Trofeo Cassiopeia 2023. “Ultima Resistenza” (2024), la tercera y última novela de la trilogía Heroes of Invisible Wars. L'Esercito delle Ombre (2025), “La grande insurrezione” (2025), finalista del Premio Vegetti 2026, “Ted” (2025), Morirò ieri (finalista del Premio Kipple Officina Libreria 2025) y Leden 21, un novela inédita (finalista del Premio Urania de Novela 2025/26).

No hay comentarios:

Publicar un comentario

INSTRUCCIONES PARA NO TOCAR