Gretchen Kerr Anderson
—Tempus, sis retrocedere! — pronuncié el
hechizo cuántico, mientras agitaba los dedos con parsimonia.
Las manecillas del reloj apenas
retrocedieron dos segundos en su inexorable marcha. Pero para mí fue un logro.
En un mundo donde la puntualidad es un cliché, hacer que el tiempo volviera
sobre sí mismo, aunque fuera un par de segundos, era como haber ganado la
lotería.
A lo largo de los meses siguientes,
con la práctica, mis habilidades como tempomante fueron mejorando. No me costó
mucho darme cuenta de que, en un país como el mío, donde el tiempo se enredaba
más que el hilo de un ovillo,
cualquier pequeño avance era digno de celebración.
Aunque tampoco era para tanto. No
pretendía que se trataran mis incursiones de manipulación temporal como las
hazañas de una Einstein cubana. Mis experimentos con el segundero del reloj
eran más bien algo así como un juego.
A través de la ventana que daba a la
calle, me mantenía atenta para constatar los efectos que mi manipulación del
tiempo tenía sobre los que pasaban cerca de la casa.
—Tempus, in viam retrocede! — repetía
como un mantra, y la magia comenzaba.
La vecina, esa que siempre venía a
pedirme un poquito de azúcar para colar café, un ajicito para darle sazón al
potaje, o un poquito de sal… ya saben, se detenía de repente. Su mano, que iba
a alcanzar el timbre, quedaba congelada en el aire como si estuviera en un
cuadro de Dalí.
Sin embargo, la verdadera explosión
de hilaridad llegaba con el vendedor del bocadito de helado, que todos los días
a la misma hora, hacía acto de presencia en el vecindario. ¡Ah, el sala´o pregonero con su
voz de gallo desafinado, que parecía usar la misma cajita de melodías desde el
año del triunfo de la Revolución!
Él pasaba entonando su cantaleta: “¡Eeel
bocaditooo de heladooo!”. Pero, gracias a mi hechizo, su canto se volvía un eco
en cámara lenta. Y con cada repetir de su molesta arenga, las manecillas del
tiempo se atrasaban dos segundos en burlesca contestación.
La anciana de la esquina, la que
siempre se quejaba de los altos precios del pan en el mercado no estatal,
comenzaba a contar que “en mis tiempos…” y como ya me imaginaba lo que venía
luego, decidía retroceder el reloj una vez más. La gente, atrapada en un bucle,
parecía estar en una obra de teatro absurda.
Mientras esto sucedía, me daba cuenta
de que, en el fondo, no era la magia la que realmente creaba estas escenas.
Había verdaderos tempomantes en la vida cotidiana: esos que lograban atrasar el
tiempo cada vez que estabas en una cola interminable para hacer una gestión en
cualquier oficina pública. Esos magos que, con el simple hecho de estar en el
último lugar de la fila, hacían que el tiempo destinado a tu gestión se
estirara como un chicle.
Por eso, un buen día, después de
haber perfeccionado mis habilidades, decidí retar a duelo a la Tempomante
Mayor: la señora de la oficina de trámites. Esa mujer, a lo Gandalf, tenía un
poder que trascendía lo terrenal, capaz de hacer que los minutos se convirtieran
en años mientras buscaba el “formulario 247” que, por supuesto, no existía en
ninguna parte.
El duelo se programó para el lunes, a
las diez de la mañana, en el centro de la plaza. “Tempomante contra
Tempomante”, rezaba el cartel. La gente comenzó a especular sobre el
enfrentamiento, y hasta se hicieron algunas apuestas. De un lado estaban los funcionarios,
quienes apoyaban a la Tempomante Mayor, y por el otro, las personas que
llevaban tiempo tratando de realizar alguna gestión sin éxito, quienes tenían
su fe depositada en mi victoria.
Un vendedor de churros aprovechó la
aglomeración para sacarle partida a su negocio, idea que motivó a otros, y de
improviso, aquello se convirtió en una feria de vendedores ambulantes, con y
sin licencia. Alguien llevó una bocina bluetooth
y la estridencia de la música urbana inundó el ambiente.
Mientras tanto, yo me preparaba,
convencida de que mis días de atraso temporal en las oficinas de trámites, más
todo mi entrenamiento extra, me habían preparado para esta batalla.
Era la oportunidad perfecta de probar
mis habilidades contra la legendaria experta y convencerla de que yo podía
retroceder incluso más allá de ese tiempo en que nadie conseguía hacer un
simple trámite.
La plaza se llenó de curiosos. La
señora llegó con su marchita acompasada de sexagenaria, su cabello recogido en
un moño que desafiaba la gravedad y sus lentes de fondo de botella. Nos miramos
fijamente, listas para un enfrentamiento épico. La funcionaria me dedicó una
sonrisita que vaticinaba problemas.
Y así empezamos.
—Tempus, in viam retrocede! — grité,
moviendo mis dedos en el ensayado patrón que bien conocía, en espera de que el
tiempo obedeciera mi mandato. Pensaba dejarla ahí mismo, detenida en un bucle
retroactivo, y marcharme. Para que aprendiera a respetar el tiempo ajeno, que
como bien dice el refrán, es oro.
Pero ella, con un movimiento de su
mano, que deslizó hacia el interior de un enorme portafolios negro que llevaba
consigo, extrajo unos papeles e hizo que el reloj en la torre de la plaza se
detuviera por completo.
“¡Ay, no! ¿Así de fácil?”, pensé,
mientras veía a las personas congeladas en diferentes posturas: aquel niño con
la bola de helado a punto de caer del barquillo, la anciana con la queja del
dolor del reuma truncada en los labios, el pregonero con la boca abierta para
entonar su cantaleta, el perro con la mitad de la cabeza sumergida en el bote
de basura, una paloma con las alas extendidas petrificada en medio del aire…
Pronto me di cuenta de que la
Tempomante Mayor era una maestra en su oficio; había desatado un vórtice que no
solo detenía el tiempo, sino que lo convertía en un laberinto. Cada hechizo
cuántico que lanzaba era respondido con más formularios e improvisaciones.
Mientras yo intentaba atrasar los segundos, ella sacaba de su bolso documentos
que parecían multiplicarse, paralizando el tiempo en horas, días, semanas, o
incluso, en el peor de los casos, años enteros.
Y ahí estaba yo, atrapada en la red
de sus papeleos, cuños y firmas, mientras el tiempo se paralizaba como si nunca
hubiera existido. Finalmente, con un suspiro de derrota, me acerqué a la
Tempomante Mayor, maravillada por su poder.
—¿Qué
terrible hechizo de atraso es ese que usaste para ganar? —le pregunté,
esperando una respuesta que resonara con la sabiduría de una gran hechicera.
Ella en cambio me miró con una
sonrisa pícara y, mientras guardaba de nuevo sus implementos de oficinista,
respondió:
—Burocracia…

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