sábado, 30 de mayo de 2026

FATHER TIME

Giorgio Sangiorgi

 

Mi padre siempre fue un tipo alegre, con la cabeza en las nubes.

Cuando eres una niña eso es muy bonito. Tienes un padre siempre dispuesto a bromear y jugar contigo, casi un compañero de juegos. Pero después creces y comprendes que no todo lo que brilla es oro.

Aunque no podía entenderlas del todo, ciertas tensiones entre mis padres se hicieron evidentes para mí muy pronto; de hecho, solo cuando entré en la pubertad comprendí que estaban relacionadas con problemas económicos.

Cuando era pequeña adoraba entrar en el taller de mi padre. En realidad era un garaje, pero estaba atestado de extraños aparatos con monitores y lucecitas que eran una fiesta para mis ojos ávidos de magia. Sin embargo, aquel taller, a los ojos de mi madre, era al mismo tiempo la fuente de sustento de la familia y la causa de sus penurias.

En efecto, mi padre, aunque a menudo obtenía ingresos extra realizando excelentes reparaciones para amigos y conocidos de los alrededores, se dedicaba sobre todo a ser inventor.

Por desgracia, no era un inventor exitoso.

Sus ingresos, cuando teníamos suerte, apenas alcanzaban para cubrir los gastos corrientes, además de los enormes costos de mantener el taller y fabricar los prototipos de sus creaciones, indispensables también para presentarlas a posibles compradores.

Sin embargo, lo que él creaba difícilmente podía generar grandes ganancias. A menudo entrábamos en el terreno de lo extravagante.

Una de sus ideas más, digamos, “ingeniosas” fue un cesto para papeles diseñado como una verdadera canasta de baloncesto. Una empresa de objetos divertidos lo compró, pero tuvo poco éxito. Lanzar bolas de papel hasta allá arriba parecía divertido, pero los posibles compradores sabían perfectamente que sus probabilidades de encestar eran escasas. Además, para vaciar el cesto hacía falta una escalera.

Un fracaso.

Más tarde intentó vender a los balnearios una especie de cabina que rociaba al bañista con crema solar de manera uniforme. Tampoco tuvo éxito, porque resultaba demasiado costosa en comparación con las ganancias potenciales para el propietario.

Describir el medidor para dedos es realmente difícil. Para indicarle a alguien el tamaño de un objeto pequeño, decimos: “No sé, tendrá este grosor”, y mostramos el pulgar y el índice arqueados marcando una distancia. Bien, si en esos dos dedos colocamos dedales equipados con medidores láser, obtendríamos una medida precisa, al centésimo de milímetro, de aquella medición aproximada.

¿Para qué podía servir un aparato semejante? Nadie lo entendió.

Y qué decir de la bicicleta para pedalear sobre los ríos, de la pasta dental con sabor a whisky, de los tapones para convertir bolígrafos en cubiertos útiles para un refrigerio rápido, del cortador láser de pizza, del aislador de oficina, una especie de campana para colocarse sobre la cabeza y poder concentrarse en oficinas abiertas.

De todos modos, no todo le iba tan mal. Por ejemplo, tuvo mucho éxito una pequeña sartén que servía para hacer huevos duros con forma de cubo. Pero, en conjunto, los ingresos familiares eran escasos, siempre al borde del colapso.

No es que no hubiera intentado otros caminos, pero debido a su naturaleza particular no solo le resultaba muy difícil encontrar trabajo, sino que le era completamente imposible conservarlo durante mucho tiempo. Sus empleadores, aun admitiendo que era hábil y competente, pronto lo consideraban poco confiable y terminaban despidiéndolo.

Resultado: nunca unas vacaciones, rara vez ropa nueva. Yo misma tuve que renunciar a ir a la universidad porque los costos eran imposibles para nosotros.

Así terminé compartiendo la decepción de mi madre hacia aquel hombre jovial. El rechazo de su propia familia acabó pesándole y lo volvió cada vez más triste y deprimido.

Espero sinceramente que eso no fuera lo que lo enfermó, de una enfermedad que se lo llevó demasiado pronto. Sin embargo, fue precisamente entonces cuando hizo algo que nos permitió cambiar nuestras vidas para mejor, en vez de acabar bajo un puente como cualquiera habría imaginado.

Algunos días después del funeral, mientras examinaba su viejo taller para decidir qué hacer con todas aquellas herramientas –pensaba que algunas podrían revenderse–, hice un descubrimiento. Bien visible sobre un tablero que utilizaba para anotar ideas, había una hoja con una gran inscripción en rojo: ¡Revísalo!

Sujetado a aquella nota había un billete de lotería.

En aquel momento mi madre y yo estábamos desesperadas. Los escasos ahorros familiares se agotarían pronto y ninguna de las dos –yo tenía poco más de quince años– tenía idea de cómo encontrar trabajo de inmediato. Ningún pariente podía ayudarnos.

Le di el billete a mi madre y ambas fuimos, rezando, a la agencia de lotería.

Inesperadamente, el billete, comprado hacía poco, tenía un gran premio. Lo suficiente para mantenernos seguras durante muchos años. Muy resentida, mi madre pegó el resguardo que había quedado del billete a una foto de papá que puso en la sala. Sobre aquel resguardo escribió con marcador: “Lo único bueno”.

Con el tiempo, salí adelante, encontré trabajo, me casé y fui, en términos generales, feliz.

Pero la sensación de haber tenido por padre a un hombre fracasado e inútil nunca me abandonó, también porque era un sentimiento que al final me hacía sentir culpable hacia él. Y ese también era un regalo suyo que yo no quería.

Pero todo eso estaba destinado, increíblemente, a cambiar.

Muchos años después de la muerte de mi padre, recorría una solitaria carretera estatal al volante de mi automóvil. La noche anterior había llovido mucho y el asfalto seguía mojado y resbaladizo. En una curva perdí el control y me salí del camino.

Creo que perdí el conocimiento por unos instantes. Cuando me recuperé, advertí con terror que seguía en mi asiento mientras el capó del auto se incendiaba. Me desabroché el cinturón de seguridad, que seguramente me había salvado la vida, y me abalancé sobre la puerta para escapar del fuego, si no de una explosión. Con horror vi que la puerta estaba completamente atascada. Probé con la del pasajero, pero tampoco se abría. Miré hacia atrás: la parte trasera del automóvil estaba medio aplastada, las puertas de atrás inutilizadas.

Mi destino parecía sellado cuando escuché a mi lado un sonido terrible. Alguien había introducido una palanca en la puerta y la había abierto. Dos brazos fuertes me arrastraron afuera y siguieron tirando de mí hasta que estuvimos lejos del vehículo.

La explosión que había temido ocurrió y mi salvador se arrojó sobre mí para protegerme aún más. Finalmente cayó al suelo y permanecimos unos instantes observando aquel incendio, jadeando y aturdidos.

Aunque estaba conmocionada, sentí la necesidad inmediata de agradecer a aquel benefactor y me volví hacia él: era mi padre.

—¡Papá! —grité fuera de mí—. ¿Pero cómo? ¿Qué…?

—No hay tiempo, espera… —dijo, y sacó un teléfono móvil con el que llamó a emergencias.

Durante algunos eternos minutos volvió a abrazarme.

—Escúchame, amor mío —dijo—, no tenemos mucho tiempo antes de que lleguen los servicios de emergencia. Sé que para ti estoy muerto. Pero lo que ves es a mí mismo algunos años atrás. Debes saber que al final inventé algo que realmente valió la pena: una máquina del tiempo.

Teniéndolo a mi lado, no podía hacer otra cosa que creerle. Pero entonces comprendí que yo no había entendido nada.

—Perdóname, perdóname, papá —dije llorando, probablemente también por los demasiados shocks de los últimos minutos.

Él me comprendió enseguida.

—Sé que tú y mamá siempre pensaron que yo era un perdedor —explicó acariciándome—. Sin embargo, solo tenían razón en parte… Verás, incluso este invento extraordinario mío es un fracaso parcial. Sin entrar en detalles inútiles, el proceso que ideé no solo no puede ser repetido por otros, sino que me permite realizar muy pocos viajes en el tiempo antes de volverse inutilizable.

—Entonces ¿no volveré a verte? —pregunté todavía conmocionada.

—Tal vez, una vez más, dentro de mucho tiempo… Debo pensar bien mis movimientos para que este descubrimiento sirva al menos para algo útil para ti y para mamá.

—¡La lotería! —exclamé—. Lo planeaste…

—Sí. Cuando comprendí que moriría pronto, viajé al futuro para poder dejarles al menos ese premio poco antes de morir.

Se oyó el sonido de unas sirenas.

—Ya vienen… —dije.

—Es cierto —respondió él—. Pero ahora estás a salvo.

—Me salvaste la vida —observé, comprendiéndolo de pronto.

—Sí. Deberías haber muerto aquí, pero ahora debo remontar el curso del tiempo y descubrir cómo siguen las cosas. Debo entender si todavía me necesitas.

Me besó en la frente y, cuando abrí los ojos, ya no estaba, mientras una ambulancia y un vehículo de la policía de carreteras se detenían un poco más allá.

Desde aquel momento estuve más en paz conmigo misma. Él había regresado desde el pasado, e incluso desde el más allá, para salvarme la vida; ¿qué hija podía decir lo mismo de su padre?

Y además ese no fue su único legado.

Había heredado un poco de su creatividad, aunque no supe aprovecharla hasta que recuperé la confianza en él. Así, con la ayuda de un técnico amigo mío, inventé un accesorio doméstico que patenté y vendí a una empresa conocida. Pedí regalías y eso me aseguró una renta casi constante que más tarde me permitió, entre otras cosas, inscribir a mis dos hijas en la universidad, dándoles lo que mi padre no pudo darme a mí.

Y luego, reflexionando atentamente sobre todo lo que había sucedido en mi vida, comprendí también otra cosa. Sabía cómo gastaría mi padre su último viaje en el tiempo. Sabía en qué circunstancia volvería a verlo.

Por eso, al contrario de todos los demás, yo soy la única persona de este planeta que puede decir con casi absoluta certeza que, cuando llegue la hora de su muerte, no estará sola.


Giorgio Sangiorgi nació en Forlì, Italia, el 26 de julio de 1957. Es autor de ciencia ficción y dibujante. Licenciado en Artes, Música y Espectáculos por la Universidad de Bolonia con una tesis sobre el movimiento en las artes gráficas y el cómic, I disegni che vivere, Sangiorgi comenzó a interesarse por la narración a partir del cómic, tema que desarrolló durante algunos años, ganando un premio muy joven en colaboración con Roberto Celano y Paolo Morisi. Su pasión por el cómic lo llevó a publicar el ensayo ZAP! Esegesi del fumetto di fantascienza en 2012. En la década de 1970, comenzó a interesarse por la obra de Sri Aurobindo y a estudiar disciplinas espirituales orientales y occidentales. En 1986, publicó un artículo sobre Aurobindo titulado L'oro in fondo al corpo en la revista Abstracta. Entre sus obras más destacadas pueden citarse las novelas Friaria, 1992; Tempio, 1999; La foresta dei sogni perduti, 2005; Cristalli, 2009; Starcity, 2017; Nothing, 2021, media docena de colecciones de cuentos, obras teatrales y una veintena de novelas gráficas.

 

 

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