domingo, 31 de mayo de 2026

EL BOSQUE

João Ventura

 

El bosque era muy antiguo. Los ancianos del pueblo decían que los abuelos de sus abuelos ya lo habían conocido en esa colina. También decían que muchos años atrás los brujos se reunían allí para celebrar sus rituales. Y los habitantes del pueblo evitaban acercarse al bosque, y mucho menos cruzarlo. Se decía en el pueblo que una vez un leñador había decidido ir allí a cortar leña, y según algunos no volvió nunca, según otros se había vuelto loco.

El "chico" no tenía nombre. Era huérfano. Su madre había muerto hacía años, y el vagabundo de ojos dorados que la había embarazado no se volvió a ver en el pueblo. Se alimentaba de lo que aparecía, de lo que le daban, o de lo que robaba si no le daban.

Al chico le gustaba el bosque. Se sentía bien en medio de los grandes árboles, a veces dormía en un espacio alfombrado con hojas secas, entre dos raíces gruesas, y era como si los árboles le hablaran en sueños. Sentía que en el bosque era bienvenido, a diferencia del pueblo donde, sin ser atacado, siempre era tratado como algo extraño.

Pasaron unos cuantos años. El chico prácticamente vivía en el bosque. Subía a las ramas más altas, iba de árbol en árbol, y ya no necesitaba soñar para escuchar al bosque; incluso despierto entendía los murmullos que lo recorrían.

Pero durante el último invierno se produjeron algunos cambios. Los árboles le dijeron que se irían pronto, pero el chico no entendió lo que eso significaba.

El año se había caracterizado por una actividad solar extrema, pero el chico no sabía nada al respecto. En la noche del solsticio, una magnífica aurora boreal llenó el cielo con luces de colores, y el chico subió a la cima del dosel para maravillarse con el espectáculo.

Fue entonces cuando empezó a oír el ruido, a sentir la vibración. Parecía que las raíces de los árboles se movían; bajó a las ramas inferiores, se agarró con fuerza y permaneció, medio asustado, esperando los acontecimientos.

Miró hacia arriba y lo que vio lo asombró. En las ramas superiores empezaron a aparecer burbujas que crecieron. Cada vez que una burbuja tocaba la burbuja vecina, se fusionaba con ella para formar una burbuja más grande. Este proceso continuó y en medio de la noche cada árbol tuvo un enorme globo rodeando la parte superior del dosel.

El ruido sordo en la zona de la raíz continuaba, pero el chico tuvo miedo de bajar a ver de qué se trataba y siguió sentado en la misma rama, mientras el cielo se aclaraba lentamente y la luna llena descendía hacia el horizonte.

Cuando los primeros rayos del sol naciente tocaron el bosque, iniciaron la última parte de la rutina de propagación que había estado incrustada en el material genético de esa especie durante muchos siglos. Los globos se expandieron aún más, las fuerzas impulsoras aumentaron y milímetro a milímetro, los árboles fueron tirados hacia arriba. Cuanto más sueltas del suelo se volvían las raíces, más rápido era el ascenso, y media hora después del amanecer todos los árboles flotaban en el aire, como un gigantesco escuadrón de dirigibles.

El conjunto comenzó a dispersarse lentamente. Cada árbol se movía dejándose llevar por el viento y corrigiendo la trayectoria mediante chorros de gas que salían de pequeños orificios en el tronco. Cuando las raíces –que además de órganos fijadores también eran sensores multibanda de extrema sensibilidad– detectaban abajo suelo apropiado, se proyectaba una lluvia de semillas a gran velocidad. Las semillas se introducían en el suelo y de inmediato se iniciando el proceso que haría aparecer un nuevo bosque en ese lugar.

El camino del árbol que llevaba al niño pasó casi directamente sobre el pueblo. Todos los habitantes habían dejado las casas y observaban al cielo, con miradas que combinaban incredulidad y miedo.

Sentado en una de las ramas, con sus manos sosteniendo firmemente otras dos, el niño reconoció a muchos de los aldeanos. Pero de una manera un tanto confusa, y mientras su árbol continuaba su trayectoria proyectando de vez en cuando semillas hacia el suelo, sentía que la aldea ya era el pasado; su futuro estaba en el camino de los árboles voladores.


João Ventura es portugués, docente universitario, le gusta leer y escribir, es casado y tiene dos hijos. Como le gustan las palabras, creó en la blogosfera un espacio para ellas, que naturalmente se llama “Das palavras o espaço”, donde va colocando textos con cierta irregularidad. Ha publicado dos colecciones de cuentos: Tudo isto existe y el más reciente, O cidadão sem sombra. Vive en Lisboa.

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