domingo, 31 de mayo de 2026

LA FILA

Simonetta Olivo

 

—Papá, ¿cuánto tiempo llevamos en la fila?

El hombre se ajusta el sombrero, con la mano firmemente apoyada en el volante.

—Once años, mi amor.

—¡Ni siquiera había nacido!

—Estabas en mi vientre cuando salimos. —La mamá gira y sonríe. Fotografía mentalmente el rostro; el cabello, ligeramente canoso y ondeando al viento, le cae sobre los ojos.

Una fila interminable de autos se extiende delante y detrás.

En verano, la fila siempre se hace más larga.

—Casi no nos queda gasolina, tenemos que encontrar una estación de servicio.

—¡Pero papá! ¡Tengo hambre!

—Come algo.

—Sabes que no me gusta que coma esa basura —dice la mamá—. En la última estación de servicio los dejé elegir ¡y solo les dieron basura! —La mujer apoya los pies en la alfombrilla y se ajusta la chaqueta con un gesto de fastidio. El hombre capta el gesto y se mete de lleno en el tema, buscando el alivio de una discusión conyugal.

—Mamá es una fanática de la vida sana los domingos… ¡y los demás días se toma dos cervezas en el asiento trasero!

El niño se ríe. Ella empieza a repetir la habitual ristra de insultos y recriminaciones, lanzando una acusación tras otra con lúcida agresividad. Él la sigue con gusto, respondiendo con todo lujo de detalles, mientras su hijo se duerme en el asiento trasero, reconfortado por el drama diario.

La vida familiar está marcada por una rígida sucesión de rutinas: todos paran al atardecer, primero en los puntos de aprovisionamiento de comida, higiene personal, trueque de cosas y habilidades antes de volver a partir, luego un largo viaje hasta la noche, con las ventanillas abiertas en verano y cerradas en invierno. Los domingos, todos paran, hacen un asado y se emborrachan. Los vecinos han sido los mismos durante años: dos coches delante, tres detrás: una pareja de ancianos pendencieros, una mujer con un hijo adolescente con malos hábitos de higiene, dos familias con un par de niños y perros cada una, ruidosas, a veces molestas, pero con parrillas de lujo. Algunas veces se avanza unos pocos metros por día, con el motor apagado, esperando ganar un poco de espacio. Alguien sale de la fila para buscar combustible o para ir a orinar: en la ilusión de un movimiento real, los motores vuelven a arrancar como un efecto dominó, uno tras otro, para ocupar los tres metros de delante. A veces avanzan más rápido, y el paisaje parece fluir y cambiar, para alivio momentáneo del conductor.

—¡Mira a ese idiota recorriendo el carril de sobrepaso! —El hombre golpea el volante con la mano, la mujer se asoma y mira con desprecio la cabina del conductor imprudente: desea intensamente que se detenga y perciba todo su odio, pero ellos nunca se vuelven, miran fijo hacia adelante, fingiendo normalidad mientras infringen la ley.

—¿Te acuerdas de hace tres años? Esa policía los detuvo a todos. ¡Qué placer superarlos! —La mujer vuelve a poner los pies en la alfombrilla, pero esta vez busca la aprobación de su marido, se arregla el pelo y lo mira con una sonrisa de odio, que él aprovecha para demostrarle su amor, soltando insultos dirigidos a los conductores indisciplinados.

—Somos gente honrada —concluye el hombre—, nunca nos hemos portado mal. —Mientras tanto, ambos se preguntan si esa familia deshonesta habrá llegado a algún sitio; no se imaginan adónde, exactamente.

El hijo se despierta, se frota los ojos.

—Mamá, papá, ¿dónde estamos? —pregunta confundido.

El hombre y la mujer se miran.

—Seguimos en la fila, cariño.

La noche cae lentamente sobre los vehículos, el sol se tiñe de rojo y desaparece en los retrovisores. El último rayo aún no se ha desvanecido cuando ocurre lo increíble.

La fila ha terminado.

Una llanura vacía se extiende ante ellos.

Cientos de personas permanecen inmóviles, sin un camino que seguir.

Madre, padre e hijo salen del coche y se sumergen en ese asombro.

Todos los motores están apagados. Se produce un silencio indescriptible, que el niño rompe.

—¡Mamá, corramos! —La toma de la mano y la arrastra, exultante. El hombre duda un instante, luego corre con ellos.

Al llegar a la oscuridad, aunque repleta de estrellas, se detienen.

Tienen miedo. Es como una zambullida que, en el último segundo, termina en un giro vertiginoso en lugar de un salto, y los devuelve al camino conocido.

—Volvamos al coche.

Con una rápida maniobra, se reincorporan a la fila, que ya se ha recreado, idéntica a sí misma, en dirección contraria.

 

(El último verano del mundo, Delos Digital, 2024)

Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

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