Simonetta Olivo
—Papá, ¿cuánto tiempo llevamos en la fila?
El hombre se ajusta el sombrero, con la mano
firmemente apoyada en el volante.
—Once años, mi amor.
—¡Ni siquiera había nacido!
—Estabas en mi vientre cuando salimos. —La mamá gira y
sonríe. Fotografía mentalmente el rostro; el cabello, ligeramente canoso y
ondeando al viento, le cae sobre los ojos.
Una fila interminable de autos se extiende delante y
detrás.
En verano, la fila siempre se hace más larga.
—Casi no nos queda gasolina, tenemos que encontrar una
estación de servicio.
—¡Pero papá! ¡Tengo hambre!
—Come algo.
—Sabes que no me gusta que coma esa basura —dice la
mamá—. En la última estación de servicio los dejé elegir ¡y solo les dieron
basura! —La mujer apoya los pies en la alfombrilla y se ajusta la chaqueta con
un gesto de fastidio. El hombre capta el gesto y se mete de lleno en el tema,
buscando el alivio de una discusión conyugal.
—Mamá es una fanática de la vida sana los domingos… ¡y
los demás días se toma dos cervezas en el asiento trasero!
El niño se ríe. Ella empieza a repetir la habitual
ristra de insultos y recriminaciones, lanzando una acusación tras otra con
lúcida agresividad. Él la sigue con gusto, respondiendo con todo lujo de
detalles, mientras su hijo se duerme en el asiento trasero, reconfortado por el
drama diario.
La vida familiar está marcada por una rígida sucesión
de rutinas: todos paran al atardecer, primero en los puntos de
aprovisionamiento de comida, higiene personal, trueque de cosas y habilidades
antes de volver a partir, luego un largo viaje hasta la noche, con las
ventanillas abiertas en verano y cerradas en invierno. Los domingos, todos
paran, hacen un asado y se emborrachan. Los vecinos han sido los mismos durante
años: dos coches delante, tres detrás: una pareja de ancianos pendencieros, una
mujer con un hijo adolescente con malos hábitos de higiene, dos familias con un
par de niños y perros cada una, ruidosas, a veces molestas, pero con parrillas
de lujo. Algunas veces se avanza unos pocos metros por día, con el motor
apagado, esperando ganar un poco de espacio. Alguien sale de la fila para
buscar combustible o para ir a orinar: en la ilusión de un movimiento real, los
motores vuelven a arrancar como un efecto dominó, uno tras otro, para ocupar
los tres metros de delante. A veces avanzan más rápido, y el paisaje parece
fluir y cambiar, para alivio momentáneo del conductor.
—¡Mira a ese idiota recorriendo el carril de
sobrepaso! —El hombre golpea el volante con la mano, la mujer se asoma y mira
con desprecio la cabina del conductor imprudente: desea intensamente que se
detenga y perciba todo su odio, pero ellos nunca se vuelven, miran fijo hacia
adelante, fingiendo normalidad mientras infringen la ley.
—¿Te acuerdas de hace tres años? Esa policía los
detuvo a todos. ¡Qué placer superarlos! —La mujer vuelve a poner los pies en la
alfombrilla, pero esta vez busca la aprobación de su marido, se arregla el pelo
y lo mira con una sonrisa de odio, que él aprovecha para demostrarle su amor,
soltando insultos dirigidos a los conductores indisciplinados.
—Somos gente honrada —concluye el hombre—, nunca nos
hemos portado mal. —Mientras tanto, ambos se preguntan si esa familia
deshonesta habrá llegado a algún sitio; no se imaginan adónde, exactamente.
El hijo se despierta, se frota los ojos.
—Mamá, papá, ¿dónde estamos? —pregunta confundido.
El hombre y la mujer se miran.
—Seguimos en la fila, cariño.
La noche cae lentamente sobre los vehículos, el sol se
tiñe de rojo y desaparece en los retrovisores. El último rayo aún no se ha
desvanecido cuando ocurre lo increíble.
La fila ha terminado.
Una llanura vacía se extiende ante ellos.
Cientos de personas permanecen inmóviles, sin un
camino que seguir.
Madre, padre e hijo salen del coche y se sumergen en
ese asombro.
Todos los motores están apagados. Se produce un
silencio indescriptible, que el niño rompe.
—¡Mamá, corramos! —La toma de la mano y la arrastra,
exultante. El hombre duda un instante, luego corre con ellos.
Al llegar a la oscuridad, aunque repleta de estrellas,
se detienen.
Tienen miedo. Es como una zambullida que, en el último
segundo, termina en un giro vertiginoso en lugar de un salto, y los devuelve al
camino conocido.
—Volvamos al coche.
Con una rápida maniobra, se reincorporan a la fila,
que ya se ha recreado, idéntica a sí misma, en dirección contraria.
(El último verano del mundo, Delos Digital, 2024)

No hay comentarios:
Publicar un comentario