sábado, 30 de mayo de 2026

LAS PALOMAS DE OFELIA

Patricio Ramos Gatti

 

La primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le picoteó el zapato.

No era una paloma normal, claro. Tenía el pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.

La plaza estaba vacía por la lluvia. No una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.

Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de siempre, alimentando a esas cosas.

Al principio Julián pensó que les daba pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.

Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.

Julián siguió caminando.

Pero al día siguiente volvió a verla. Y al otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco, puntual como novela de la tarde.

Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián recién cayó en eso una semana después. Era raro.

Una tarde se animó a hablarle.

—Se van a oxidar así.

La anciana levantó la vista despacio.

Tenía la cara llena de pliegues finitos, de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos antes de responder.

—Ya vienen oxidadas. —Y siguió alimentándolas. Julián soltó una risa corta.

No sabía si la mujer estaba loca o simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir una cosa de la otra.

Después empezó a sentarse cerca.

No hablaban demasiado. Mejor así. Hay gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las luces reflejadas en el asfalto mojado.

La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también tenían nombre.

—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre duerme en la estatua de Alberdi.

O:

—La petisa perdió un ala el verano pasado.

Hablaba de esos bichos igual que otra gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.

Julián le seguía la corriente porque sí. Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.

Una noche la lluvia cayó más fuerte que de costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le revolvió el estómago.

Una de las palomas abrió apenas el ala para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo rosado. Húmedo. Vivo.

Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.

—¿Qué mierda es eso?

Ofelia tardó unos segundos en contestar.

—Lo mismo que vos y yo. Un poco de máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas sufren menos.

Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos sobre una mesa de metal.

Se despertó a las cuatro de la mañana, empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.

Entonces miró por la ventana. Había tres palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado quietas. Las tres mirando hacia su ventana.

Le dio un escalofrío idiota. Cerró la cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones municipales con plumas de chapa.

Pero no volvió a dormir.

La ciudad venía rara desde hacía meses. Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina hubiera olvidado qué quería decir.

Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas. Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.

Julián se quedó parado bajo la llovizna sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.

No sabía por qué hizo lo que hizo después. Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.

La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.

Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas. Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo que Julián prefirió no mirar demasiado.

Había fotos por todas partes. Ofelia más joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.

Y de golpe varias cosas empezaron a encajarle solas en la cabeza, como esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.

Los rumores sobre los animales sintéticos. El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.

Hasta que vio una foto donde la chica aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:

“Lucía — primera transferencia estable”.

Julián sintió ese vacío raro y seco que aparece un segundo antes del miedo.

—No querían reemplazar pájaros —dijo la voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.

Ella estaba parada en la oscuridad, empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.

—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A las palomas. Después a la foto de la chica.

—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió… usaron parte de ella para el sistema neuronal.

Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de alguien. Estaban hechas para extrañar.

Afuera empezó a llover más fuerte.

Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba roto… desafinado, como un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.

Ofelia cerró los ojos.

—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se queda sin memoria?

Julián tragó saliva. No contestó. —La vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—. Empieza a inventarse fantasmas.

Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

Patricio Ramos Gatti (1973, San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina). Artista visual, escritor, periodista, barman, diseñador, productor y editor gráfico. Reside en Tucumán, donde desde 2003 edita y diseña la revista “A y C – Arquitectura y Construcción”. Ha realizado exposiciones de pintura y dibujo, colectivas e individuales, y participado en salones nacionales e internacionales con distinciones. Entre sus publicaciones destacan las antologías: “Monoambientes” (2008), “Trompetas Completas” (2016), “Cuaderno Laprida” (2016), antología hispanoamericana “En pequeño formato” (Digital EOS VILLA, 2021), “#Todosdiferentes” (2018), “Hokusai” (2019), “Brevestiario” (2021). “Palabras en Colores” (2024) y “Palabras en Colores II” (2025). Fue galardonado por el Programa de Cultura del CFI (Consejo Federal de Inversiones) en el Concurso de Microrrelatos Región NOA (2020).

 

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