Patricio Ramos Gatti
La
primera vez que Julián vio a la anciana fue porque una de las palomas le
picoteó el zapato.
No era una paloma normal, claro. Tenía el
pecho de metal, los ojos con luz amarillenta y ese ruido interno… ese tic-tic
eléctrico que hacían todas desde hacía años. Pero igual el reflejo fue el
mismo: bajó la vista puteando, pensando que el bicho le había cagado el cuero.
La plaza estaba vacía por la lluvia. No
una lluvia fuerte. Esa típica llovizna tucumana de marzo que parece salida de
una canilla mal cerrada y te termina empapando igual. Los árboles chorreaban
sobre los baldosones negros. La fuente hacía un ruido pesado, como un Slllooo-shhh... Desde la Catedral
llegaba olor a humedad vieja y velas apagadas.
Y ahí estaba ella. Sentada en el banco de
siempre, alimentando a esas cosas.
Al principio Julián pensó que les daba
pan. Todos los viejos alimentan algo: perros, gatos, recuerdos. Pero cuando
pasó cerca vio otra cosa caer desde la mano arrugada de la mujer.
Esquirlas de metal, tornillitos y pedazos
de cobre. Les tiraba esas migajas con la paciencia de quien desarma un reloj
viejo. Las palomas se desesperaban por comerlos. Era una imagen ridícula, medio
triste también. La vieja sonreía apenas mientras los bichos esos se le
amontonaban alrededor de los zapatos mojados. Parecía conocerlas. A una incluso
le acarició la cabeza con cuidado, igual que si estuviera viva.
Julián siguió caminando.
Pero al día siguiente volvió a verla. Y al
otro también. Terminó convirtiéndose en parte de la rutina. Salía del subsuelo
donde reparaba esas porquerías que le enchufaban sueños a la gente –un laburo
de mierda, pero estable; pagaba el alquiler–, cruzaba la plaza fumándose el
último cigarrito del día y ahí estaba la señora, siempre en el mismo banco,
puntual como novela de la tarde.
Siempre llovía un poco alrededor de ella. Julián
recién cayó en eso una semana después. Era raro.
Una tarde se animó a hablarle.
—Se van a oxidar así.
La anciana levantó la vista despacio.
Tenía la cara llena de pliegues finitos,
de esos que deja el tiempo cuando se ensaña con alguien. Lo miró unos segundos
antes de responder.
—Ya vienen oxidadas. —Y siguió
alimentándolas. Julián soltó una risa corta.
No sabía si la mujer estaba loca o
simplemente senil. Después pensó que capaz había llegado a esa edad en la que uno
deja de darle explicaciones al mundo. En Tucumán a veces es difícil distinguir
una cosa de la otra.
Después empezó a sentarse cerca.
No hablaban demasiado. Mejor así. Hay
gente que te deja cansado apenas abre la boca; ella no. Con ella el silencio
tenía algo cómodo. Miraban la plaza, la llovizna, los ómnibus pasando con las
luces reflejadas en el asfalto mojado.
La mujer se llamaba Ofelia. Las palomas también
tenían nombre.
—Esa de allá es Mercedes —decía—. Siempre
duerme en la estatua de Alberdi.
O:
—La petisa perdió un ala el verano pasado.
Hablaba de esos bichos igual que otra
gente habla de perros callejeros o de sobrinos lejanos.
Julián le seguía la corriente porque sí.
Porque últimamente no tenía demasiadas razones para volver rápido a su
departamento vacío de Barrio Sur. Desde que Clara se fue, el lugar había
quedado raro. Como una heladera desenchufada. Ni frío daba ya.
Una noche la lluvia cayó más fuerte que de
costumbre y la plaza quedó casi desierta. Ahí fue cuando Julián vio algo que le
revolvió el estómago.
Una de las palomas abrió apenas el ala
para sacudirse el agua. Debajo del metal había carne. No mucha. Pero había. Algo
rosado. Húmedo. Vivo.
Julián sintió un rechazo instantáneo, de esos que te suben solos desde la panza.
—¿Qué mierda es eso?
Ofelia tardó unos segundos en contestar.
—Lo mismo que vos y yo. Un poco de
máquina… un poco de otra cosa. —Después dijo algo más bajito—. Aunque ellas
sufren menos.
Esa noche Julián soñó con pájaros abiertos
sobre una mesa de metal.
Se despertó a las cuatro de la mañana,
empapado en transpiración, con el ventilador temblando en el techo y haciendo
ese ruido triste de helicóptero viejo que tienen todos los ventiladores
baratos. Fue hasta la cocina descalzo, tomó agua directo de la canilla y se
quedó un rato quieto, tratando de sacarse el sueño de encima.
Entonces miró por la ventana. Había tres
palomas metálicas apoyadas sobre la cornisa del edificio de enfrente. Quietas. Demasiado
quietas. Las tres mirando hacia su ventana.
Le dio un escalofrío idiota. Cerró la
cortina de golpe y enseguida se sintió un pelotudo por asustarse de unos drones
municipales con plumas de chapa.
Pero no volvió a dormir.
La ciudad venía rara desde hacía meses.
Los semáforos se apagaban solos. Los ascensores quedaban frenados entre pisos y
a veces se escuchaba gente golpeando desde adentro durante minutos enteros. En
calle San Martín, una pantalla publicitaria pasó tres días clavada en la misma
frase incompleta: “NO NOS…” Después nada. Ni una letra más. Como si la máquina
hubiera olvidado qué quería decir.
Nadie se sorprendía demasiado. Tucumán
siempre tuvo talento para acostumbrarse a las ruinas. Primero uno se acostumbra
al calor, después a los cortes de luz y finalmente a las cosas que no deberían
existir. Una tarde Ofelia no apareció. Las palomas sí. Había muchísimas.
Demasiadas. Todas alrededor del banco vacío.
Julián se quedó parado bajo la llovizna
sintiendo una angustia rara, difícil de justificar. La plaza parecía haberse quedado congelada en medio de una escena que
nadie terminó de filmar. Las palomas ni se movían. Esperaban.
No sabía por qué hizo lo que hizo después.
Culpa, curiosidad, aburrimiento… qué sé yo. Terminó buscando la dirección de
Ofelia en un registro viejo de ciudadanía. Vivía cerca del Parque 9 de Julio.
La casa era antigua, húmeda, de esas que ya deberían haberse caído pero que siguen
ahí, tercas, sobreviviendo por costumbre. Tenía las persianas
bajas y glicinas trepadas hasta el techo. Golpeó varias veces. Nada. Pero
adentro se escuchaba el zumbido. Ese ruidito eléctrico que tienen los
aparatos cuando uno cree que están apagados y no lo están.
Empujó la puerta y se abrió. Y ahí vio por
qué las palomas nunca se alejaban de ella. La casa estaba llena. No diez ni
veinte, eran cientos. Dormían sobre las lámparas, en los respaldos de las
sillas, colgadas de los marcos de las puertas. Algunas tenían partes abiertas.
Otras dejaban ver mecanismos mezclados con algo orgánico, pedazos de algo vivo
que Julián prefirió no mirar demasiado.
Había fotos por todas partes. Ofelia más
joven. Una chica morocha sonriendo. Laboratorios. Planos.
Y de golpe varias cosas empezaron a
encajarle solas en la cabeza, como
esas boludeces que uno entiende tarde y encima preferiría no entender.
Los rumores sobre los animales sintéticos.
El proyecto biomimético. Las historias de tejidos humanos usados para mejorar
las respuestas emocionales de las máquinas urbanas. Mitos de ciudad cansada. De
esas cosas que la gente comenta en voz baja cuando se corta la luz.
Hasta que vio una foto donde la chica
aparecía conectada a una estructura llena de cables. Atrás, escrito a mano:
“Lucía — primera transferencia estable”.
Julián sintió ese vacío raro y seco que
aparece un segundo antes del miedo.
—No querían reemplazar pájaros —dijo la
voz de Ofelia desde el pasillo—. Querían que la ciudad no se sintiera tan sola.
Ella estaba parada en la oscuridad,
empapada por la lluvia. Parecía diminuta.
Gastada. Más vieja que antes.
—¿Qué hicieron? —Ofelia miró alrededor. A
las palomas. Después a la foto de la chica.
—Mi hija trabajaba ahí. Cuando murió…
usaron parte de ella para el sistema neuronal.
Lo dijo así nomás. Sin drama. Casi cansada. Como quien comenta que
va a llover otra vez. Y eso fue peor. Julián no supo qué responder. Porque de
golpe todo empezaba a cerrar: la forma en que las aves la seguían, cómo
parecían reconocerla, esa tristeza rara que transmitían incluso quietas. No
estaban programadas para obedecer. Las habían armado para sentir la falta de
alguien. Estaban hechas para extrañar.
Afuera empezó a llover más fuerte.
Las gotas golpeaban las chapas del patio con ese ruido seco de taller viejo. Entonces
pasó algo. Todas las palomas giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Julián. El
ruido que salió de ellas no parecía mecánico. Ni siquiera parecía un ruido hecho por pájaros. Sonaba
roto… desafinado, como
un coro tratando de acordarse de una canción después de muchos años.
Ofelia cerró los ojos.
—¿Sabés qué pasa cuando una ciudad se
queda sin memoria?
Julián tragó saliva. No contestó. —La
vieja acarició una de las aves que tenía sobre el hombro, despacio, como quien calma un perro asustado—.
Empieza a inventarse fantasmas.
Y durante un segundo, apenas uno, Julián tuvo la sensación espantosa de que las palomas lo estaban mirando con pena. Como si supieran algo sobre él. Sobre Clara. Sobre las noches vacías en su departamento. Sobre esa tristeza muda que llevaba encima desde hacía años. Después una de ellas se acercó dando pequeños pasos metálicos. Y apoyó en su pie un tornillo diminuto. Como una ofrenda. O un recuerdo.

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