Rafael Martínez Liriano
Conocí a Ana una
tarde nublada de invierno. Estaba sentado como siempre en un banco del parque
viajando con los cronopios de Cortázar. De pronto un ruido seco me hizo volver
a la tierra. Frente a mí, una chica embutida en un abrigo negro recogía un
libro de entre las piedras del camino. A su lado una niña con una pelota en la
mano y la cabeza baja pedía disculpas. La chica sonrió para tranquilizar a la
niña que se fue corriendo mientras miraba hacia atrás de vez en cuando. La chica
volteó a verme y sonrió como diciendo «niños», después se sentó en el banco
evadiéndose de la realidad, igual que yo.
El resto de la tarde, Cortázar solo me sirvió de camuflaje en la operación destinada a observar a la joven. Estuve una hora y media descubriendo, detallando y clasificando cada gesto de aquella chica de cabello rojo chillón, color extraño, pero a la vez atrayente. El rojo del pelo y el negro de su ropa creaban un contraste interesante.
Aquella tarde disfruté de su peculiar forma de sentarse para leer: encorvada, con la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el codo derecho sobre la pierna derecha sosteniendo el libro, mientras con la mano izquierda dibujaba semicírculos en el aire como si dirigiera una orquesta invisible.
En adelante, Ana, sus libros y yo, tuvimos una cita obligada cada martes, jueves y domingo. Me costó un mes y cinco libros descubrir sus horarios de lectura. Ana llegaba siempre puntual a las tres y se sentaba en el banco bajo el roble. Ella y yo llegamos a tener algún tipo de relación. Me daba igual si ella no sabía quién era yo, mi trato con ella iba más allá del simple hecho de conocerla y hasta llegar a enamorarme; para mí era el centro del universo que había descubierto en aquel parque, y sería injusto de mi parte decir que yo lo había creado, no. Ese microcosmos estaba allí desde sabe Dios cuánto tiempo atrás, esperando a que alguien lo descubriera. Era ella y el abrigo negro, el roble anciano que esparcía sus ramas sobre ella como queriendo protegerla y el casi imperceptible movimiento de labios cuando leía, como si elevara una oración para sí misma. Este universo era ella y ese mechón rebelde de cabello que se empecinaba en cubrirle los ojos, impidiéndole leer en paz. Allí estábamos, Ana y yo, su belleza hipnótica, su forma reservada de caminar; habían muchas cosas en ese universo, pero ella no lo sabía.
Llegó
el momento en que me vi atrapado en el círculo vicioso de la cobardía, por un
lado estaba feliz en este mundo idílico en el que Ana existía y yo la observaba;
me sentía bien en mi burbuja de jabón tan bella y reluciente, la cual no me atrevía
a tocar. Sabía que no podía seguir en el anonimato, debía dar el siguiente
paso. Hablarle, ser algo más que parte del paisaje de aquel parque, pero eso ya
de por sí significaba un riesgo. Pasaría a ser alguien para ella, tendría
nombre, un rostro, una voz; por lo tanto sería pasible de ser juzgado para bien
o para mal. Mi presencia al otro lado del parque podría ser agradable o no. Me
sentía parado sobre una mina antipersonal, sabía que no podía estar por siempre
en el mismo lugar, pero la idea del movimiento tampoco se veía muy auspiciosa.
Como suele suceder en estos casos, y así ha sido desde que el primer hombre puso un pie sobre la tierra, la mujer debe salvarlo de su propia estupidez y llevarlo de la mano por el camino que él ni siquiera sabía que existía. Un martes cualquiera en el que me hallaba como siempre dentro de mi círculo vicioso, Ana sin previo aviso se acercó, derrumbando mi mundo con su saludo casual:
—Hola, buenas tardes, mi nombre es Ana —dijo, mientras me saludaba con una sonrisa.
—Mucho gusto, Ana —dije tratando de disimular la emoción.
—Seguramente me habrá visto leer en aquel banco. —Ella señaló con el meñique.
—Sí, me he fijado en ti algunas veces, te gusta leer igual que a mí —dije tratando mantener una pose distante.
Ella sonrió mostrando aquellos labios delicados, después jugó con su cabello haciendo espirales con él. Pude notar que estaba nerviosa.
—¿Qué está leyendo? —preguntó mirando el libro que tenía en las manos.
—La tregua —respondí—. De Benedetti.
—Ah, una historia triste —dijo ella.
—Pero bonita, un amor que se vive intensamente.
—No sé si tal intensidad se pueda llamar amor, algo tan pasajero que no pudo afrontar la prueba del tiempo. —Ana se explayó en su comentario—. ¿Cómo saber si no fue más que un deseo pasajero que quedó idealizado por obra del azar?
—En este caso el protagonista solo tiene los pocos momentos que vivió con su amada, su amor pudo ser de otro tipo, algo más duradero, más sólido, o tal vez solo hubiera sucumbido al hastío de la rutina; como yo lo veo, el personaje tuvo la suerte de conservar en la memoria ese amor en su más alta pureza.
—Creo
que tienes razón —dijo ella esbozando una sonrisa cómplice.
Desde aquella tarde, Ana y yo nos acercamos más y más. Nuestras tardes transcurrían en medio de charlas interminables, sobre los más diversos temas, literatura, música, cine o simplemente chistes malos que nos hacíamos uno al otro con el conocimiento de su mala calidad.
Un mes después Ana me dejó ir a su casa con el pretexto de ver un ejemplar de Rayuela de primera edición. Ana vivía sola en una casa un poco grande para una sola persona, cuando le pregunté dijo que era herencia de sus padres, que estaba muy apegada a los recuerdos, ya estaba acostumbrada a la casa y sus mañas. Prefería no cambiarla por un apartamento más pequeño.
Esa noche hicimos el amor sobre la alfombra de su biblioteca.
Con
el pelo rojizo bañando su cuerpo pálido, y su piel casi transparente que se que
se hacía rosada a medida que el placer la invadía. Todo aquello componía una
imagen surrealista. Aquel cuerpo que se retorcía y gemía bajo el peso del mío, sus
piernas largas que como ríos fluían lejos uno del otro, pero que al final va a
morir al mismo mar espumoso, Ana era perfección hecha placer, su cuerpo frágil
como una flor se hacía un vendaval de furia cuando arremetía su sexo, sus
gemidos alienaban mi cordura, llevándome al derroche de mis fuerzas, el vaivén
continuo de mi cuerpo buscaba la ruptura de lo físico, buscaba el placer
inalcanzable, buscaba tocar una estrella. Sus gemidos continuaron hasta que el
mundo explotó dentro nuestro; de pronto todo fue humedad espontánea sobre la
alfombra, al final solo quedaron miradas perdidas en la nada, y un palpitar de
corazones acelerados. Ana gritó, y su rostro pálido se pintó con el color del
orgasmo, mientras la calma reclamaba su espacio. Un «te amo» difuso salió de
sus labios, y su voz sin aliento fue como un susurro, yo solo traje su cuerpo lánguido
y extenuado sobre el mío, no dije nada, me dormí arropado con su calor, su piel
salada por el sudor y sus labios junto a mi boca.
Desperté
con el cansancio de la faena y la satisfacción de la felicidad encontrada, la
suavidad de la alfombra no me dejaba levantar, no quería abandonar aquella
tibia sensación de bienestar que me abrazaba. Con dificultad me levanté y pude
ver a Ana sentada en un sillón, desnuda todavía, con sus largas piernas
cruzadas de la manera más sugerente, con el cabello bañando su pecho y una taza
de té en sus manos, la imaginé como una pintura de estilo gótico como una reina
vampiresa sentada en su trono, siendo adorada por todas las criaturas de la
oscuridad.
—Preparé una taza de té para ti —dijo señalando con el dedo meñique la mesa a su lado.
Tomé la taza y me senté junto a ella. Ahora me imaginé la pintura de nosotros ahí sentados desnudos tomando té, mirándonos en silencio.
—Te amo —dijo ella con la voz quebrada—. Estos días han sido maravillosos.
—Te amo —dije yo con el convencimiento que da la libertad encontrada, de verdad amaba a aquella mujer de carácter melancólico, que callaba ante un halago, pero que llevaba una tormenta de sensualidad en su interior.
—Me
has dado el momento más feliz de mi vida… estar contigo fue como estar en un
sueño de esos que despiertas y no recuerdas todos los detalles, pero te deja
esa sensación de felicidad.
Me acerqué a ella y la tomé en mis brazos, la besé, ella me besó tímidamente. Sentir su cuerpo suave junto al mío hizo palpitar mi corazón, el roce con su cuerpo despertó de nuevo la pasión en mí. Mi sexo palpitaba anhelante en busca del suyo. Sus brazos me apartaron de su lado. Confundido la miré buscando una respuesta.
—No podemos hacerlo de nuevo —dijo—. Hemos hecho el amor de forma perfecta. De forma irrepetible. Cualquier cosa que hagamos a partir de ahora será solo una pálida caricatura de lo que sentimos la primera vez. Y será así porque será un camino que ya hemos recorrido, yo conozco tu cuerpo y tú el mío.
De pronto la voz de Ana empezó a escucharse lejana, su figura se hizo borrosa.
—¿Te acuerdas de los protagonistas de La tregua de Benedetti? —preguntó Ana—. Sentimos pena por él protagonista que pierde a su amada quedándose solo con su recuerdo. La primera vez que leí el libro pensé en lo cruel que había sido el autor al hacer pasar a su personaje por aquel terrible dolor de haber encontrado el amor, solo para que después este le fuera arrebatado por el azar. Después entendí que al contrario, el autor le había dado un regalo invaluable al protagonista, le había dado un recuerdo perfecto de Avellaneda. En su memoria ella sería siempre perfecta, joven y alegre, lejos del tiempo y la rutina que acaba por matar el amor más puro.
Quise objetar su teoría, pero el aire me faltaba, ya no podía respirar. Ya sin fuerzas me derrumbé sobre la alfombra.
—Por eso no podemos hacer el amor de nuevo —continuó hablando inclinada sobre mí, con su pelo rojizo le cubría el rostro—. Quiero guardar este momento perfecto en la memoria, también quiero recordar tu rostro hermoso, joven y perfecto, como es ahora, si dejo que el tiempo pase sobre ti, envejecerás y tu perfección será solo un recuerdo. No quiero tener que compartir tu vida con nada ni nadie.
—El té —dije con mi último aliento.
Ana sonrió mientras la oscuridad me envolvía. Días después, Ana volvió a leer en su banco del parque. Yo mientras, la sigo observando.
Rafael Martínez Liriano tiene cuarenta y seis años. Vive en Villa la Mata, en la provincia Sánchez Ramírez, norte de su país, la República Dominicana. Escribe desde hace cinco años y la mayor parte de su actividad, individual y colectiva, la realiza en el ámbito del TALLER 9.
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