miércoles, 29 de abril de 2026

EL AVATAR OLVIDADO


Georges Bormand

Declaración recibida por el inspector Pichard, el 15 de septiembre 2006.

 

Me llamo Jacques Beaupère, tengo 24 años… (Dirección y otros datos personales)…

No conozco a Anne Jeannot más que por mensajes en Internet; no me ha autorizado a ir a su casa a conocerla, aunque vivo a menos de un cuarto de hora de viaje en subte. La conocí por azar en un foro de discusión, hace unos dos años, sí, a fines de septiembre de 2004; simpatizamos, me dio su dirección electrónica, pero me avisó de inmediato que nunca querría encontrarme en otro modo que no fuera por correo electrónico o en discusiones en un foro, a través de avatares. Nos intercambiamos fotos, por lo que intenté rondar por donde ella vivía para encontrarla “por azar”, aprovechando que conozco su dirección, pero nunca la vi. Desde entonces hemos seguido manteniendo correspondencia ocasional por correo electrónico o en foros.

Pero desde hace tres meses ha empezado contarme que uno de sus compañeros de trabajo, un tal Alain P., había empezado a acosarla, quería obligarla a casarse con él, pretendía que le pertenecía, aún cuando ella no sentía nada por él, excepto cierta simpatía, por otra parte desvanecida a causa del fastidio que le producían sus exigencias amorosas. Resumiendo, este Alain la perseguía día y noche, en la calle, por teléfono, y por momentos hasta se tornaba amenazador. Yo le dije que tenía que hacer una denuncia policial, pero se rehusó, argumentó que no podía hacerlo, que ustedes no recibirían esa denuncia. Entonces, aún cuando este papel no me corresponde, tomé la iniciativa de venir aquí, y espero que ustedes intervengan y hagan lo necesario para que este individuo no la amenace más.

Firma, etc.

 

Cuando un joven presentó una denuncia en lugar de una amiga que no podía desplazarse, el policía de turno le dijo que eso no era posible; pero ante la insistencia, y cuando el joven dio el nombre de su pretendida amiga, el policía reaccionó.

—¿Te está burlando de mí?

—Por supuesto que no, nunca me atrevería, señor policía.

—Espera... voy preguntarle al inspector.

Y el policía vino a verme. Claro que no todos los días alguien viene a presentar una denuncia por amenazas a nombre de una chica muerta dos años antes. El agente recordaba tan bien como yo ese caso irresuelto: el de una chica que fue encontrada muerta en su estudio saqueado a principios de septiembre de 2004. Por curiosidad, para saber si el joven trataba de hacernos una broma pesada o si era víctima de una burla, lo recibí y oí su historia; me contó lo que ha quedado registrado en la minuta de denuncia.

Yo mismo había rastreado, encontrado e interrogado a los conocidos de la víctima; había, en efecto, un cierto Alain P. que, aparentemente, sólo había mantenido un contacto de trabajo con la muchacha, sin involucrarse en ninguna relación particular con ella. Habíamos concluido que se trataba de un crimen cometido por un merodeador que había violado una puerta al azar y se había ensañado con una víctima fortuita, la ocupante del estudio. No habíamos verificado con demasiado cuidado las llamadas telefónicas recibidas por la víctima, que no eran especialmente numerosas en los días anteriores al crimen. Tampoco habíamos encontrado nada particular en sus actividades en Internet, sus casillas de correo electrónico, los archivos de su computadora. Mi colega había remarcado que el avatar que la chica usaba para sus discusiones en foros era muy bonito, aunque eso no tenía por qué llamarnos la atención, ¿verdad? Pero que este mismo avatar, porque parecía ser el mismo, reapareciera dos años mas tarde, debería ser imposible. No obstante…

 

Para tranquilidad de mi conciencia tomé contacto con los administradores de los foros y casillas de correo electrónico de Anne Jeannot. Con una excepción, todas las casillas habían desaparecido, dadas de baja porque no habían sido usadas desde septiembre de 2004; sin embargo, una de ellas estaba siendo utilizada y enviaba y recibía mensajes, entre otras de la dirección de Jacques Beaupère, el denunciante. Del mismo modo, en algunos foros existían huellas de intervenciones recientes de Anne-Jeanne (su alias en dichos foros), y de discusiones con otros usuarios.

 

No fue difícil abrir de nuevo la investigación, ya que el juez de instrucción estaba tan intrigado como yo. Volví a llamar Alain P. para pedirle que aceptara una visita, me puse mi mejor impermeable “Columbo”, y fui a explicarle por qué reabríamos la investigación…

Por supuesto que no le mencioné la historia de los mensajes recibidos en Internet que lo acusaban; hubiera sido demasiado grosero. Me limité a decirle que existía una carta que contenía alusiones a su hostigamiento y que había sido escrita unos días antes del asesinato; como al pasar, advertí que Alain no tenía realmente el ancho de espaldas adecuado para forzar puertas, pues… Por lo tanto, si él tenía algo que ver seguramente no había actuado solo.

Claro que esta discusión no aportó nada nuevo; en todo caso, nada que yo notara y pudiera utilizar.

 

Habría sido diferente si hubiésemos podido identificar a la persona que había “recuperado” el avatar y la casilla de correo electrónico de la víctima; pero aquí nos encontrábamos con un misterio informático: no existía ningún modo de descubrir la dirección IP de las conexiones. No soy un ingeniero informático competente, pero creo que todas las direcciones de origen de los mensajes enviados están registradas. Sin embargo, los administradores de los foros donde aparecía el avatar, ni los de la casilla de mensajes que había correspondido, perdón, que aún correspondía, porque continuaba activa después de la visita a mi oficina del “informante”, podían darme la dirección IP de donde provenían esos mensajes.

 

Tomé al toro por las astas y, sin preocuparme por hacer el ridículo, creé un avatar en uno de los foros. Sin ninguna originalidad, usé el seudónimo “Columbo”. Y, desde una casilla creada especialmente para eso, le envié un mensaje a Anne-Jeanne para comentarle la visita de su amigo Jacques al cuartel de policía. Al día siguiente recibí un mensaje de agradecimiento, con las correspondientes disculpas porque no podía hacerme una visita, aunque sin dar razón alguna de tal imposibilidad, y le agradecía mucho a Jacques por su iniciativa, que él ya le había comentado, por lo que esperaba poder liberarse del acoso de Alain. A fin de cuentas mi misterioso corresponsal, ya que había decidido en mi fuero íntimo que se trataba de un hacker bromista y particularmente bien dotado, no me obsequiaba ninguna información novedosa; parecía conocer muy bien la vida de Anne Jeannot anterior a su muerte, nada de lo que mencionaba entraba en contradicción con las cosas que yo sabía, pero tampoco había nada nuevo o convincente; y no encontré ningún pretexto válido para ir a incordiar de nuevo al “sospechoso”, o a algún otro.

 

Se necesita insistir para obtener, y parece que no existe el crimen perfecto. El examen minucioso de todos los documentos del informe permitió, después de algunos días, encontrar indicios, pequeñas contradicciones entre el testimonio de Alain P. y otras declaraciones. Se pudo establecer que, aunque había afirmado lo contrario, conocía la dirección del piso y también la posición exacta del estudio de la víctima. También se determinó que, en efecto, durante las semanas que precedieron al crimen había acosado a la muchacha mucho más de lo que había declarado. En síntesis, me puse de nuevo el impermeable “Columbo” y volví a visitarlo, esta vez para “guisarlo con salsa policial”.

 

Y empezaron a acumularse nuevos pequeños problemas en las declaraciones de Alain P. en sucesivas visitas, exactamente como en un episodio de mi serie favorita. (¿Cómo, aún no entendieron eso? ¿No he dicho que tengo un Peugeot 403 beige, acaso?). Para resumir, en el quinto encuentro, al cual asistí acompañado por mi adjunto, el tipo se quebró, y relató como, disfrazando el crimen como la obra de un maníaco surgido al azar, había ejecutado sus amenazas de “no dejarla a otro”.

 

Después de que hubimos detenido por fin a nuestro acusado, creí útil dar una vuelta por el foro que frecuentaba “Anne-Jeanne”, más que nada para informarle que “su” asesino había sido arrestado y, de paso, tratar de obtener de mi hacker el porqué de su obsesión; estaba seguro de que sólo podía ser alguna clase de obsesión. Pero el mensaje que recibí en respuesta a mi relato tenía unas pocas palabras: “¿Entonces, estoy muerta? ¿Cómo es posible? ¿Dónde estoy?...” Y este mensaje, que acabó con puntos suspensivos, fue el último que envió el avatar Anne-Jeanne. Así acabó mi investigación.

Georges Bormand nació el 19 de agosto 1950 en París, Francia. Estudió matemáticas y se graduó en 1974. Ha enseñado matemáticas en escuelas secundarias desde entonces hasta su jubilación en 2015. Ha empezado a escribir cuando tenía tiempo libre porque su trabajo era corregir ejercicios de enseñanza a distancia en el CNED. Se casó en 1974 y se divorció en 2001, por lo que ahora permanece soltero. Ha empezado a participar en el fandom de ciencia ficción en 1998, concurriendo a convenciones y festivales desde 2001, y a escribir en el fanzine Présences d'esprits. Ahora también escribe en Phenix (webzine) y Galaxies (revista). Tradujo cuentos del inglés y del castellano e intenta mejorar su escritura en ambos idiomas para también poder traducir desde el francés y difundir las ficciones que producen los escritores franceses.

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

EL AVATAR OLVIDADO