jueves, 29 de octubre de 2026

SU ÁRABE

Niels Hav

 

Se acercaba a la ranura de su puerta con un respeto especial. Cuando deslizaba la correspondencia, escapaba del interior una pequeña bocanada de aire, y ella se demoraba unos segundos ante la puerta. Incluso cuando no había cartas para él, se detenía un momento en el descanso del tercer piso. Las altas ventanas de la escalera daban al lado opuesto de la calle, y desde allí podía ver en diagonal el patio trasero, con su cemento agrietado. Sabía lo torpe que debía de parecer vista desde el interior del departamento, a través de la mirilla, pero ella se sentía muy real allí, mientras aguzaba el oído para captar el menor sonido.

Hasta que la luz se apagaba con un chasquido seco, como si en algún lugar, al fondo del vestíbulo, hubiera cambiado un engranaje, y ella quedaba a oscuras y volvía a respirar. De inmediato seguía escaleras arriba, como si fuera en busca de algo importante, para luego bajar de nuevo a su ritmo habitual. No sabía si se sentía decepcionada o aliviada.

 

Nunca habría tocado el timbre solo para llamar su atención; sin embargo, todos los días lo esperaba durante aquellos pocos segundos. Una sola vez, seducida por sus fantasías, lo había hecho. Había sido un error absoluto. Lo oía moverse adentro, pero él no abría. Toda la situación la desconcertaba, aunque ya había tocado el timbre y no podía deshacerlo: era imposible irse sin más.

Así que volvió a tocar y escuchó el sonido estridente que llegaba del interior, horrorizada por haber actuado. ¿Por qué lo había hecho?

De pronto, la puerta se abrió de un tirón y apareció su rostro ancho, mirándola fijamente. La espesa cabellera, por lo general peinada hacia atrás, le caía alrededor de las orejas. Parecía un completo desconocido. Ella no alcanzó a reaccionar ni a hablar antes de que él pronunciara aquella única palabra.

—¡No! —En la acústica desnuda del pasillo resonó como un grito agudo. La puerta se cerró con violencia.

Nunca más se había atrevido a tocar el timbre.

 

Pero otro día, antes de que ella llegara al descanso, él apareció de pronto en la puerta abierta. Retrocedió un paso para dejarla entrar. Al verla vacilar, hizo un gesto impaciente con la mano: no quería hablar en la escalera. Estaba recién afeitado, como siempre, y llevaba el brillante cabello negro peinado hacia atrás, pegado al cráneo. Desprendía un aroma penetrante que ella no reconocía.

Cada vez era como si, durante los primeros minutos, fueran dos desconocidos. Él se mostraba muy cortés. Le tomaba la mano, se inclinaba y le rozaba los nudillos con sus labios carnosos. Después la ayudaba a quitarse la chaqueta, la chaqueta roja de Correos, y la colocaba cuidadosamente en una percha junto al espejo.

Cuando empezaba a hablar, las primeras frases le salían con un acento marcado, como si llevara mucho tiempo sin hablar aquel idioma con nadie. Había en su voz un desamparo que contrastaba de manera conmovedora con la serena autoridad de su cuerpo.

—Ya verás —decía, por ejemplo.

Con una mano en su codo, la guiaba hacia el interior. Era un departamento grande y las habitaciones estaban casi vacías, aunque los pocos muebles parecían caros. Había cuatro sillones alrededor de una mesa baja, y un equipo de música, nuevo, se alzaba solitario contra una larga pared desnuda. Los discos que elegía para ella eran todos de música árabe, interminable y melancólica; era como escuchar el fluir del agua. Un placer ondulante: eso le producía a ella aquella música. A él, en cambio, lo animaba.

—Ven —decía con entusiasmo, y se adelantaba de un salto hacia la habitación contigua, donde un escritorio macizo ocupaba, solo, el centro.

Había un paquetito preparado, más pequeño que una caja de fósforos, envuelto con esmero. Ella debía abrirlo.

—Para ti —decía él, y se lo depositaba solemnemente en la mano. Muy serio.

Ella sonreía; cada vez intentaba negarse. Al principio aquellos regalos la incomodaban; nunca se había sentido a gusto recibiendo obsequios, no estaba acostumbrada, no a esa clase de obsequios. Pero él era inflexible.

A menudo eran joyas, aunque también podía ser un amuleto, una figurilla, un perfume: cosas exquisitas. Los paquetes algo más grandes podían contener un pañuelo, ropa interior costosa; una vez, un sombrero. Ella se negó a aceptarlo y lo devolvió cuidadosamente a la caja. Era un sombrero pequeño y muy sencillo; nunca había visto nada semejante.

Él se rio de ella.

—No uso sombrero —dijo. Pero él había advertido el anhelo en sus ojos.

—Jamás podría ponerme ese sombrero —dijo con timidez.

Él volvió a sacarlo de la caja, le acomodó el pelo corto detrás de las orejas y se lo puso. Era más bajo que ella, y ella podía observar su radiante concentración. Sus dedos gruesos la hacían sentirse elegante mientras le arreglaba el pelo y sujetaba el sombrero con un alfiler largo.

Tenía que mirarse en el espejo. Él la admiraba, le apretaba las manos con entusiasmo. Y el sombrero realmente la favorecía, le transformaba el rostro y toda la figura. Se erguía, se balanceaba de puntillas, como si aquel sombrero que flotaba sobre su pelo la elevara. Hasta podía olvidarse de los pantalones negros de Correos.

—Todo se vuelve hermoso para ti —decía él.

En casa escondía sus regalos en una maleta gastada, en lo alto del armario: usarlos era demasiado arriesgado. Pero dejó el sombrero con él, en su departamento, dentro de la caja que estaba en el alféizar. Él no volvió a mencionárselo. Pasaron varias semanas antes de que se atreviera a llevárselo.

La trataba con una consideración desesperada, como si fuera una persona excepcional. Y cuando ella tenía que irse, nunca intentaba retenerla. Ella imaginaba que al instante siguiente ya estaría absorto en otra cosa. Era un misterio para ella.

 

La primera vez, ella se había quedado allí, desprevenida, tendiéndole una carta en medio de su rutina. Él había salido a la escalera: un hombre bajo y corpulento, de ojos negros y brillantes, de unos sesenta años. Todos los días se encontraba con mucha gente en las escaleras, pero nunca con nadie como él. Llevaba una camisa blanca con las mangas arremangadas, y ella reparó de inmediato en sus brazos anchos, cubiertos de un vello espeso. Y también en el pánico frío de sus ojos, como si mantuviera a raya, en silencio, algún conflicto interior.

La luz de la escalera se apagó. Ambos extendieron la mano al mismo tiempo para volver a encenderla, y ella sintió el calor de su mano gruesa. Fue él quien pulsó el interruptor.

Él se rio, y ella vio sus dientes brutales.

La carta que había llevado había caído sobre el felpudo; se inclinó y la recogió. Era una carta del municipio, franqueada a máquina, nada especial. Pero él la recibió como si ella le hubiera ofrecido un regalo.

—Gracias —dijo. Su voz resonó en el hueco de la escalera y pareció asustarlo incluso a él. Ella le había sonreído, se había sentido reconocida.

—¿Abres esta carta conmigo? —preguntó él.

Ella no había entendido qué quería decir y se quedó vacilando en el umbral mientras él desaparecía en el departamento. Regresó con un abrecartas y, mientras ella esperaba, abrió el sobre: sus dedos cortos eran sorprendentemente ágiles.

Lo que quería era que ella le leyera la carta.

—El danés no se lleva bien conmigo —dijo.

Era una carta del Registro de Población: había olvidado declarar su cambio de domicilio, se había mudado allí desde otra dirección sin notificarlo, y aquello había «llegado a su conocimiento». Ella se lo explicó, complicándolo un poco más de lo necesario. Él comprendió de inmediato.

Así que todo había desembocado en una copa como recompensa; él había insistido. Ella se sentó en uno de los sillones profundos, preguntándose por él y por aquella oportunidad, mientras él acercaba un carrito de vidrio y cromo. Llevaba diez o veinte botellas y copas de distintas clases.

—¿Qué deseas?

Ella no habría sabido elegir; no conocía ninguna de las etiquetas, y una bebida fuerte no era apropiada: estaba trabajando.

Así que él eligió por ella, un licor. Y se sirvió lo mismo en vasos bajos y anchos. Cuando le entregó el vaso, ella reparó en sus uñas fuertes, cuidadas, tan distintas de las uñas de los hombres que solía ver. Él no dijo «salud», pero inclinó ligeramente la cabeza hacia ella con respeto, alzó el vaso y bebieron.

El sabor le recordó algo parecido que había probado una vez durante unas vacaciones, en algún lugar del sur. No era exactamente lo mismo, pero el ambiente de aquellos días se fundió sin esfuerzo con aquel momento especial.

—Es rico —dijo—. Me gusta mucho el sabor.

Había aclarado deliberadamente la voz y articulado mejor las palabras, como si esperara que a él le costara entenderla. No hacía falta.

Él le ofreció de inmediato la botella. Ella creyó que era una broma y se negó; empezó a hacerle preguntas. ¿De dónde era? ¿De dónde venía, originalmente? Pero él ya estaba buscando papel y envolviendo la botella; la dejó sobre la mesa, junto al vaso de ella. La desconcertó.

Fue su primer regalo. Así serían las cosas, como habría de descubrir.

No le había tenido miedo, ni por un instante. Era como si todo lo que ocurriera allí fuera a tener valor para ella.

Cuando se marchó, se llevó la botella: tenía que aceptarla.

—Es buena para ti —dijo él. Y, en realidad, ella quería llevársela; no era nada del otro mundo, así como en otra ocasión podían ofrecerle un cigarrillo. Se lo recordó a sí misma. Aun así, no la llevó a casa, sino que la guardó en su casillero de Correos. Allí podía sacarla cuando estaba sola, desenroscar el tapón y aspirar su intenso aroma. Después volvía a taparla y la colocaba al fondo del estante.

 

Estaban tendidos uno junto al otro en su cama, que no era una cama, sino un colchón grande y duro sobre una estructura baja. Estaba en una habitación de esquina, con ventanas altas, y en las paredes había grandes cuadrados de luz solar que avanzaban milímetro a milímetro. Ella los veía y no los veía. La música árabe fluía de los altavoces en una maraña interminable de imágenes nuevas.

Abajo, frente a la entrada, la bicicleta amarilla de Correos la esperaba con sus bolsas.

Él la hizo girar hasta dejarla boca abajo. Se incorporó en la cama y empezó a masajearla con sus dedos cortos y gruesos, los hombros y la nuca, donde siempre estaba tensa.

—Beth —dijo. Así la llamaba él. Su nombre era Lisbeth, pero hasta entonces la habían llamado Lis—. Siento pena por ti —dijo.

Pero casi significaba otra cosa: él la había vuelto valiosa. Podría quedarse así para siempre, escuchando su voz y la música que se deslizaba por las paredes para mezclarse con la luz del sol sobre el piso barnizado.

Era él quien ocupaba sus pensamientos; quería saber de dónde venía, cuándo había llegado.

—Cuéntamelo, Ray.

—Vivo en lo lejano —dijo él—. Muy lejos.

Ella no conseguía que le diera a aquel lugar un nombre concreto.

—Mi país está en mi corazón —decía él, con una solemnidad cómica.

Ella casi dormía, pero al mismo tiempo estaba completamente despierta; era una especie de trance hipnótico. Allí, en el departamento, se volvía visible para sí misma; todo era tan real. El pulgar de él encontraba el punto sensible de su nuca, desataba los dolores y estos se disolvían. Nunca en su vida se había sentido tan bien.

Cuando miró su reloj, que estaba en el suelo entre la ropa de ambos, sintió un golpe seco de miedo. Saltó del colchón y se vistió a toda velocidad. Él permaneció junto a la ventana, de espaldas a ella, envuelto apenas en una sábana. Como un samurái japonés, pensó ella. Miraba tranquilamente la calle, absorto en sus pensamientos.

Así se quedaba, de pie; nunca la acompañaba hasta la puerta.

Con el corazón desbocado, ella recorría la siguiente escalera sin dejar de mirar el reloj. Cuando tenía que tocar un timbre para entregar una carta certificada, la recibían miradas inquisitivas. O eso le parecía. Estaba a punto de inventar excusas. En Correos entraba por atrás sin que la vieran; los demás habían regresado hacía rato, habían rendido cuentas y se habían ido a casa, y ella solía ser una de las más rápidas. Aunque, a esas alturas, en la oficina ya no sorprendía que llegara tarde.

De vuelta en casa, sacaba la aspiradora del armario y empezaba a limpiar frenéticamente el departamento. Pero de pronto, en medio de todo aquello, se detenía y se dejaba caer pesadamente sobre el brazo deshilachado del sofá.

Se plantaba ante el espejo, cara a cara consigo misma. Las hijas, sus muchachas ya grandes, estaban casi independizadas. Casi todas las noches, Elo y ella cenaban en la cocina, sobre las alas de la mesa plegable, desde donde podían alcanzar la comida en la cocina. Él no advertía nada. Ella siempre había creído que, si alguna vez pasaba algo, él se lo notaría. Comían, cada uno sumido en sus propios sueños, mientras la radio emitía sus conversaciones grabadas que ninguno escuchaba. Y ellos mismos no decían nada, aunque intercambiaran pequeños comentarios sobre la comida, sobre las hijas, sobre el trabajo de Elo.

Es un buen hombre, pensaba ella, está lejos de ser de los peores. Habían seguido juntos todos aquellos años; conocía hasta el menor detalle de sus costumbres.

Sin embargo, cada uno estaba solo en compañía del otro. Comían solos, se sentaban solos, uno junto al otro, en la sala para mirar televisión; dormían solos, uno al lado del otro, en la cama crujiente.

Estaba muy cansada. Cuando se acostaba con los ojos cerrados, sonaba la música árabe, un eco nítido en su interior; Ray abría la puerta para dejarla entrar. Así se dormía.

 

Durante varios días él estuvo ausente. Ella lo sentía en la escalera, lo olía ante su puerta: él no estaba allí. Y podía oírlo en el sonido apagado de las cartas al caer entre periódicos y viejos folletos.

Pasó alrededor de una semana. Contra su voluntad, se preocupaba por él: podían pasar tantas cosas. Intentaba imaginar distintas situaciones, pero su mente tanteaba en la oscuridad. ¿Qué sabía de él, en realidad? ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Adónde había ido?

Subía las escaleras con pesadez, los días eran tediosos, sus pensamientos estaban estancados; al bajar, se detenía ante su puerta cerrada. Y mientras llevaba la bicicleta hacia la entrada siguiente, notaba que en su interior se producía un cambio de marcha. Se distraía y se quedaba manoseando las cartas, torpe como una principiante; iba acumulando rabia contra él, se endurecía.

Entonces, de pronto, él volvió a aparecer en la puerta abierta.

—¿Dónde has estado? —preguntó ella con aspereza.

Pero su enojo no podía sostenerse. El alivio era enorme.

Los dedos gruesos de él la inventaron de nuevo mientras la desnudaba, y el último resto de resentimiento desapareció ante su ternura obstinada. Su barbilla se hundió entre los muslos de ella; sus labios suaves la elevaron fuera de sí misma, y ella tocó el techo con los pies.

Cuando volvió en sí, él estaba de pie frente a ella, sosteniendo una bandeja con una servilleta azul, un plato blanco y pequeñas delicias que había comprado. Para ella. Decía sus nombres en una lengua extranjera. Pero ella no tenía el menor apetito, se limitó a probar unos bocados. Y dejó la bandeja con cuidado en el suelo.

Él se sintió decepcionado, lo que a ella la reconfortó un poco.

Pero respondió con silencio.

—¿Por qué no dices nada? —preguntó ella. Estaba sentada desnuda en la cama, fumando; empezaba a resultarle natural.

—Decirlo mata a la gente —dijo él.

Ella pensó en su correspondencia. A veces le llegaban cartas de lugares extraños. Había estudiado los sellos y matasellos cuando, de madrugada, clasificaba las cartas para su recorrido; rara vez recibía cartas danesas. Ahora se lo preguntó directamente: ¿quién le escribía aquellas cartas?

Pero él era reservado.

—Negocios. —No quiso decir más.

Se quedaron sentados, fumando en silencio; ella empezó a fantasear.

—Déjame mudarme aquí —dijo—. Quiero vivir contigo.

—No —dijo él.

Fue un golpe: ella había estado completamente segura de que reaccionaría de manera opuesta. Sintió miedo de sí misma, se sintió idiota, engañada, ridículamente desnuda. Apagó el cigarrillo y se cubrió con la sábana; quería levantarse cuanto antes y salir de allí. Pero no pudo porque tenía las piernas entumecidas y le temblaban, se estremecían, medio dormidas. Y le brotaron las lágrimas, como un desfallecimiento repentino.

Él salió de la habitación, revolvió su escritorio, se afanó nerviosamente allí dentro. Ella lloraba, con los pensamientos en un callejón sin salida.

Pero cuando ya estaba vestida y a punto de irse, él se le acercó.

—Tus lágrimas llenan el mar de la tristeza —dijo. Ella lo miró fijamente, sin comprender—. No podemos alejarnos de nuestros propios territorios, ni tú ni yo —dijo él.

—¿Qué significo para ti, entonces?

La torpeza de él con el idioma también recreaba las palabras para ella; podía recurrir a todos los lugares comunes que quisiera.

—No es bueno quedarse aquí —dijo él—. Eres una mujer casada.

 

Ella se armó de desprecio. Nunca volveré a entrar en este departamento, decidió. Nunca.

Y su vieja rutina la recibió misericordiosamente: los días siguientes pasó deprisa ante su puerta y, para su alivio, él no salió. Se concentraba en su recorrido, lo completaba y era una de las primeras en rendir cuentas; empezaba a reconocerse otra vez. Leía minuciosamente, página por página, el periódico que llevaba a casa cada tarde, acompañada de sus propios pensamientos dispersos. La historia había terminado.

Para volver a ser normal, llamó a sus hijas y las invitó a cenar. Y las muchachas aparecieron en la cocina con sus risas espontáneas, dispuestas a pasar una noche infantil de bromas y diversión. Hablaban con soltura de sus vidas, de toda la gente nueva que conocían constantemente. Pero, sobre todo, querían impresionarse una a la otra, no a ella. Ella podía servir la comida y escuchar. Sus intervenciones no eran más que los comentarios graciosos de una madre; no había ido al concierto ni había visto la película.

Se reían de ella.

—Pero, mamá —exclamaron al unísono—, ¿tú nunca haces nada?

Ella no iba a arruinarles aquel entusiasmo fresco.

—No —dijo—. Nunca hago nada.

Un día se encontró con dos hombres en la escalera de Ray, dos extranjeros. No subían ni bajaban; estaban en el descanso, frente a su puerta, como si llevaran mucho tiempo allí. Ambos eran jóvenes altos, de mandíbulas poderosas; la dejaron pasar. Ella siguió escaleras arriba, demasiado sorprendida para detenerse.

En lo alto vaciló y respiró sin hacer ruido mientras escuchaba. Ellos seguían allí abajo, de pie; no hacían nada, ni siquiera hablaban entre sí. En el hueco de la escalera reinaba un silencio absoluto; la escucha de ambos trepaba sigilosamente hacia ella, la escalera se había convertido en oídos de atención concentrada.

Despacio, empezó a bajar peldaño a peldaño, con una mano en la baranda. En el tercer piso seguían frente a la puerta; esperaban, volvieron a hacerle sitio para que pasara. Ella se detuvo y los miró, les exploró los rostros, quería hacerlos ceder; su mirada luchó contra la amable cortesía de ambos. Pero su espera inexorable continuó: se negaban a moverse un milímetro. Le sonreían, ensanchaban el descanso con sus miradas sonrientes hacia los escalones. Ella tendría que pasar de largo.

Abajo llevó la bicicleta al otro lado de la calle, hasta la acera de enfrente. En el departamento de Ray las persianas estaban cerradas, algo inusual; ¿tal vez él no estaba? Pero ella sabía que estaba allí, lo sentía.

Y su prisma interior volvió a girar; el corazón le latía en la garganta mientras continuaba su recorrido. En su imaginación, él estaba ahora más cerca de ella que nunca.

 

A la mañana siguiente, los ojos de Ray la miraban desde la portada del primer periódico que vio, y también desde todos los demás: una conmoción súbita. Liquidado. La fotografía estaba ampliada y era casi irreconocible, pixelada, pero era él. Tuvo que sentarse en el borde de la acera; su cuerpo se rindió, se desplomó hacia delante, con el rostro sobre el periódico, mientras seguía leyendo.

Tráfico ilegal de armas, narcotráfico, intrigas políticas. Un sinfín de conjeturas.

«Se presume que se trata de un ajuste de cuentas interno».

El páramo del vasto mundo se cerró sobre ella; el tránsito ardía al sol.

Subía y bajaba escaleras sola, casi fuera de sí.

En casa bajó la maleta del armario, solo para estar una vez más con sus regalos. Había pulseras, pendientes y pequeños frascos de perfume. Un pañuelo, una blusa, ropa interior. Extendió las cosas sobre el cubrecama. El sombrero había perdido su forma original y, bajo la luz polvorienta de la lámpara sobre la cama, parecía una compra casual en una tienda de segunda mano. Le dio vueltas entre los dedos y se hizo preguntas. Porque todo aquello estaba muerto para ella, como si perteneciera a la historia de otra persona, no a la suya.

Al cabo de unos días, los periódicos dejaron de hablar de él. Cada día se agachaba ante su puerta y miraba por la ranura de la correspondencia. Desde el recibidor hacia el fondo, las puertas estaban abiertas, como si sus muebles lo esperaran; podía ver cómo el polvo se acumulaba sobre los pisos.

Entonces, una mañana, la puerta estaba entreabierta y oyó voces en el interior. La empujó cuidadosamente con las yemas de los dedos; los muebles de él habían desaparecido, dos hombres con ropa de trabajo barrían el piso. Entró y se acercó a ellos con un manojo de cartas en la mano.

—De este ya puede olvidarse.

Señalaron hacia sus pies, donde una flor terrible se abría en la alfombra.

La cama había desaparecido, el equipo de música, los sillones y las mesas. Sin embargo, su aroma familiar la recibió como un confidente. Fue de habitación en habitación como quien busca algo a lo que aferrarse, un punto de apoyo o el final de una historia. Pero el departamento estaba vacío.

Niels Hav nació en 1949 en Dinamarca y creció en una granja de la costa occidental del país. Poeta y cuentista, debutó en 1981 y ha publicado varios libros de poesía y narrativa breve. Sus poemas y cuentos han aparecido en numerosas revistas y antologías y han sido traducidos a múltiples idiomas. Su obra ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos el Premio Danés de Literatura 2024. Vive en Copenhague.

 

 

 

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