jueves, 29 de octubre de 2026

EL DIBUJO

Fiorenzo Dioni

 

Desenrollar el papel sobre el tablero de dibujo es un gesto lento y ritual. Mesa a cuarenta y cinco grados, superficie de goma recién limpiada, aunque ya esté perfecta, cuatro trocitos de cinta adhesiva preparados.

No es escrupulosidad, es temor a la hoja en blanco cuando uno la ve tensa, lisa y dispuesta a recibir el grafito de las ideas que le rondan la cabeza. Preparada para el dibujo que te han encargado desarrollar, para dar vida a un nuevo proyecto. La miras mientras afilas la mina, haciéndola girar una y otra vez a la antigua, sobre un trozo de papel de lija, hasta desgastarla más de lo necesario.

Todo blanco y limpio.

El señor Prandi siempre dice que debemos ser como los cocineros, que después de cada ingrediente limpian todos los rincones de su puesto de trabajo. Y Angelo lo hacía siempre, recordando las enseñanzas del viejo proyectista, que tenía en la cabeza cada detalle de lo que debía hacer.

Prandi no era muy simpático, pero sí amable y cortés, y cuando enseñaba hablaba despacio, variando el tono de voz solo cuando debía explicar los conceptos más importantes del dibujo técnico. Con un maestro así, era fácil aprender los secretos, y a la ambición de convertirse pronto en proyectista se sumaban la emoción y la impaciencia por conseguirlo. Era una de esas personas que Angelo recordaría siempre.

El tablero está listo. Una carrera para lavarse las manos, cosa que Angelo hacía mil veces al día, y llega el momento de dibujar.

¿Y ahora qué? El primer esfuerzo consiste en volver a mirar la hoja en blanco, obligatoriamente con una mano sosteniendo el mentón, e imaginar el dibujo ya terminado, tratando de trazarlo debajo del papel para que después solo haya que calcarlo, como si la mente lo estampara en la superficie de goma.

Está todo allí. Toma forma incluso con los ojos cerrados, y cuando los abres, a lo imaginado solo le faltan las líneas grises del lápiz.

Pero nunca es así. La mano abandona el mentón, un instante más de reflexión y luego la mina 5H, la que nunca ensucia, traza el eje de simetría horizontal. Esa línea discontinua es sagrada: mancha la hoja inmaculada y, por un momento, parece que ya estuviera hecha la mitad del trabajo.

Ahora solo hace falta no volver a levantar la mina del papel, aunque la ansiedad empieza a abrirse paso entre las pocas certezas.

«Bien, lo importante era empezar, lo demás vendrá solo». Y uno se oculta a sí mismo que, aparte de las nociones básicas, no sabe muy bien qué añadir a esa línea que no desentonaría en un cuadro futurista.

—¿Te animas a realizar este estudio? Primero preparas un plan, después una lista de prioridades, dibujas siguiendo los puntos de la lista y, por último, haces una comprobación. En esa última etapa revisamos juntos el resultado.

Prandi es una garantía: puedes contar con él en cualquier momento. Pero Angelo aspira a otra cosa.

—Sí, ningún problema.

Y ya está pensando: «Lo hago todo yo y le presento el dibujo terminado, sin necesidad de correcciones. Puedo hacerlo».

La presunción a veces es maravillosa, pero el valor añadido es la curiosidad.

La 5H traza la primera línea perpendicular al eje, y el olor del grafito ya cierra las puertas a todo lo demás: el dibujo cobra vida. O al menos sus contornos. Sara, la amiga pintora con la que Angelo toma de vez en cuando clases de dibujo artístico, siempre dice que nunca hay que separar el lápiz del dibujo; la punta debe permanecer en contacto con él, para que uno también lo esté, sin distracciones. Para fundirse con el papel, con las líneas y los colores.

Las líneas se suceden, la idea toma forma. Después llega el momento de los cálculos.

—¡Maldito perfil trapezoidal! Siempre tengo que repasar las fórmulas para calcularlo.

—¿Necesitas ayuda?

De vez en cuando, la voz de Prandi viene a interrumpir las líneas, pero el silencio deliberado y un poco de la presunción habitual levantan una barrera. No hace falta nada más.

—¡No, gracias!

Y el lápiz corre más deprisa.

Sí, porque también hay que tener en cuenta el tiempo. ¿Para cuándo es la entrega?

Toma el Colombo, la biblia de los dibujantes técnicos. Y allí está el señor Timoshenko indicando el camino, pero de una manera tan complicada que debes devanarte los sesos para utilizar solo lo que necesitas. Los libros técnicos son así: indispensables e irritantes. Pero sin ellos la hoja seguiría en blanco y la 5H duraría toda una vida, intacta.

Quizá debería haber dedicado su presunción a otro oficio. Siempre lo dice Davide, su amigo músico: el talento te lleva hasta cierto punto; después tienes que estudiar.

Está bien, señor Timoshenko, le haré caso y leeré todos los detalles.

La resistencia de la tuerca debe calcularse teniendo en cuenta únicamente los tres primeros filetes trapezoidales.

La flexión de esta pieza solo es aceptable en función de los esfuerzos generales. De acuerdo, pero ¿cómo la coloco después? ¿Y el rayado de la sección lo hago a mano alzada?

Ahora les toca a los fluidos: ¿cómo dimensiono el cilindro hidráulico que ejerce el empuje? Y reaparece la bibliografía técnica: ¿quién dice que los fluidos no se comprimen? El señor Timoshenko le cede el escenario al señor Bulk, que en realidad no existe, sino que da nombre a un conjunto de conceptos que complican las cosas.

La lectura avanza deprisa, se salta muchos detalles y va al grano. ¡Aquí estás!

Después, la mina se desliza que da gusto. Cada vez más deprisa, guiada por la urgencia de terminar para ver realizado lo que antes no era más que una hoja en blanco. La imaginación casi permite ver los mecanismos moviéndose sobre el papel.

Falta poco, pero la certeza de estar cerca de la meta ya lo lleva a repetir su jueguito de siempre para llamar la atención: llama a los demás, les muestra la mina que sobresale exageradamente del portaminas y lo lanza contra el techo de paneles de espuma. El portaminas se clava y queda allí: es el equivalente de aquel «Profesor, he terminado» de la escuela.

Pero esta vez la mina se rompe, el portaminas cae y la oficina se llena de las risas de los demás. Poco importa: el orgullo que siente por ese dibujo está por encima de todo. Esté bien o mal.

Debería haber minas de repuesto en abundancia, pero cuando mira el estuche lo encuentra vacío. Es el único que usa esa dureza; de algún modo quería ser distinto de los demás, pero ahora nadie tiene una para prestarle.

Revuelve nerviosamente entre los instrumentos desordenados de la mesa, pero solo encuentra minas de 0,5, de las que se usan para escribir o hacer cuentas. Decide que servirán de todos modos.

La prisa es mala consejera y lleva a hacer cosas que traicionan los propios principios: esa mina es HB, dejará polvo sobre el papel y, cuando borre, el canto de la mano, además de retirar las virutas de goma, arrastrará aquel polvo gris oscuro y ensuciará la hoja que la 5H había dejado inmaculada.

Cuando la limpieza del papel es uno de los principios con los que se trabaja, un dibujo sucio no puede ser aceptable. Parece algo hecho sin cuidado, solo para llenar la hoja, un revoltijo de líneas confundidas por la niebla del grafito que arrastran los errores y las correcciones.

Angelo cuida cada movimiento, cambia la manera de trazar las líneas para evitar el daño. Y piensa que, si ocurriera lo que teme, habría que rehacer el dibujo desde el principio, por una cuestión de principios: no hay vuelta de hoja. También piensa que es una paradoja rechazar la ayuda de los demás en los aspectos conceptuales, en lo que respecta a aprender y crecer, y acabar dependiendo de ellos por una simple mina. Porque él no escribe: dibuja. Y no es un Basquiat: es un Rafael.

Sigue adelante y, cuando llega la etapa de los retoques, alterna frenéticamente entre trazar una línea y apartarse del papel para observar el conjunto. Se acerca el momento de aquel «revisamos juntos el resultado», y la ansiedad vuelve con fuerza.

Ahora lo ve completo, otra vez con una mano sosteniendo el mentón. Es un soporte para un molde.

«Prandi le pondrá objeciones, pero siempre lo hace», piensa, y ese pensamiento se impone a todas sus cavilaciones. Angelo sabe que habrá algo equivocado, que será necesario revisar algún detalle, que aprenderá algo de la comprobación, pero, convencido como está de que es bueno, le dolerá, al menos durante un tiempo; después se convencerá de que la crítica era justa y la aprovechará. También sabe que Prandi se lo dirá con amabilidad y cortesía, y eso hace una gran diferencia.

Sentado en el taburete, admira su obra. En su mano, la goma ha sustituido al portaminas; los ojos recorren veloces cada punto del papel y, de vez en cuando, se inclina hacia delante y borra cuando una sombra interrumpe su recorrido. Después de todo, ha conseguido hacer un trabajo aceptable, piensa, aunque en realidad para él es una obra maestra.

Ahora el dibujo debe reposar, y Angelo se va a perder el tiempo, a desconectar la cabeza del trabajo recién terminado, a despejarse y prepararse para el «revisamos juntos». Ese momento es necesario porque sabe que, cuando vuelva, verá de inmediato algún error y lo corregirá por su cuenta, sin ayuda de nadie.

Vuelve.

Los errores están ahí, son pocos. Los borra. Sonríe.

Se asoma por detrás del tablero.

—El dibujo está listo —dice.

Fiorenzo Dioni nació en Brescia en 1963. Diseñador de profesión y escritor por vocación, siempre ha escrito, pero comenzó a publicar hace pocos años. Le encanta escribir historias inspiradas en situaciones cotidianas, a las que luego les da un toque surrealista e imaginativo. Ha publicado tres libros: «Puertas», compuesto por tres relatos cortos; «Reflexiones», un proyecto colaborativo con un fotógrafo en el que imágenes y palabras se encontraron y compararon; y «El hombre en la caja», publicado por Calibano Editore, compuesto por 19 relatos surrealistas. Uno de ellos fue adaptado al cómic «Mi padre, el tango» (Calibano, 2023). Ha participado en varias antologías de relatos temáticos, entre ellas «Yo también. Historias de mujeres al límite», «Nos sentamos al lado equivocado», «Nada por lo que matar» (Prospero Editore) y «Los cuentos de la leona» (Calibano Editore). Otros relatos suyos se han publicado en la revista Inkroci, donde también colabora con reseñas de libros y discos en las columnas "¡Atención al libro!" y "¡Formidabili, quelle dischi!". Anteriormente, escribió reseñas para las revistas NB y Dentro Brescia.

 

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