Fabricio
Callapa-Ramírez
Como
últimas pruebas de la existencia del Curandero Saturnino Kahuana –al margen de
todas sus propiedades, casas, vehículos y terrenos que lucían completamente
vacíos y sin utilizar– quedaban apenas aquella caseta celeste que se ubicaba al
borde del Mercado Campesino y ese estrafalario comercial que transmitían en la
Cadena Popular de Televisión. La caseta aún guardaba una ch’uspa con
hojas de coca, las cuales jamás pudo utilizar para leer el futuro con acierto,
además de unas derruidas baratijas con las cuales ofrecía sus amarres eternos
que duraban tres o cuatro semanas. Objetos que fueron desestimados durante el
peritaje policial.
Por otra parte, el comercial
televisivo lo muestra como un sujeto de labia peculiar y seguridad convincente,
incluso habiendo filmado en croma y reemplazando aquel fondo verde con una
descripción del espacio y el Sistema Solar, con imágenes copiadas de algún
documental de la alemana Transtel, en donde don Saturnino se adjudicaba –quizás
por un error de pronunciación– el título de Curandero Espacial. En treinta
segundos, junto a una melodía de zampoñas y sintetizadores cósmicos, aquel
hombre con aire de sabio y charlatán ofrecía una ayuda para curar enfermedades
imposibles, una ayuda que no encontrarían en ningún otro sitio, cien por ciento
garantizado.
Algunos rumores apuntan a que este
nombre nunca fue un error, sino un acto adrede.
EL
HIJO BASTARDO DE ILLAPA
Si
alguien hubiera visto que el rayo que atravesó al curandero no fue una de esas
raíces luminosas que agrietan el cielo, sino un haz recto de luz que se
estrelló de golpe cerca a las mesetas de Hananpampa, se hubiera dado cuenta de
que nunca llegó a recibir la gracia de Illapa, para dedicarse a las artes
sanatorias que su mentor, Don Casiano Quispe, le había intentado enseñar.
De todas maneras, aquella noche de
lluvia y truenos esparciéndose en la tierra, se presentaba como una
oportunidad, pues... si no era el rayo, alguna otra cosa tenía que ser y así
fue. El haz de luz que llegó, y pareció estrellarse directamente contra unas
rocas, descubrió un objeto redondo y plateado, una especie de gigantesco plato
de donde salía gimiendo un extraño ser viviente, de unos ojos enormes como
semillas negras de zapallo, de unas facciones tan cinceladas y definidas en
grandes trazos que parecían hechas en algún tipo de madera en lugar de una piel
tan accidentada y llena de surcos como la de los seres humanos.
Saturnino, que en ese entonces
rondaba los veintiséis años, lo observaba con sorpresa y, de no haber tomado
cautela y miedo en ese mismo momento, no hubiese llegado a revivir con una
deslumbrante nitidez el recuerdo y las palabras de su viejo maestro:
“Aunque no recibas al rayo para que
el Don caiga sobre ti, todavía hay una forma de adquirir la habilidad para
sanar a la gente... por eso te la voy a contar. Eres tonto y tan testarudo como
un animal en celo, pero si la vida te ha hecho así es porque la tierra siempre
guarda algo para todos y, aunque esto es más difícil y menos probable, es algo
que a mí también me contaron...”
Entonces sintió como si todas
aquellas palabras estuvieran cobrando vida mientras veía al extraño ser que,
despatarrado y con el cuerpo partido por la mitad, trataba de estirar una de
sus extremidades hacia un pequeño compartimento del plato. De allí sacó un
recipiente que desenroscó fatigado y esparció una especie de polvillo que
pronto se convirtió en unos hilos que fueron cosiéndole el cuerpo. El aprendiz
de curandero lo vio con sorpresa, pese a que fue tal como se lo habían
descrito. Entonces supo que debía apoderarse de aquel ser y todas sus
pertenencias.
No aguardó más de dos minutos cuando,
boleadora en mano, saltó a capturarlo. En la oscuridad y con la lluvia todavía
salpicando como una serie de agujas despuntadas, el extraño ser escapó con
torpeza y espantado por las hostiles facciones de aquel hombre que parecía un
espantapájaros de poncho mojado y dientes verdosos de tanto pijcho.
Saturnino probó su puntería, con la
que tantas aves consiguió durante su niñez, y logró darle en la cabeza, aunque
no lo derribó. A lo lejos se veía a esa pequeña figura escurrirse en el paisaje
y perderse por completo. Pese al aparente fracaso, el hombre lució satisfecho
ya que tenía en su poder aquel polvillo y cargó en sus espaldas el platillo
volador hasta las proximidades de su solar. No le pareció que tuviera un gran
peso porque lo trasladó con rapidez y, si bien no había procedido con
atraparlo, estaba seguro de que encontraría la oportunidad para reencontrarse y
cumplir el consejo que su mentor le había revelado, pero... mientras tanto,
aquel polvillo le serviría para iniciar su carrera de curandero y hacerse de
unos buenos dólares.
DESCRIPCIÓN
DEL MÉTODO DE CURACIÓN
El
Curandero Espacial empezó su carrera con una teoría sobre la enfermedad. Esta
sostenía que el mal de una persona no sólo se debía a sí misma, sino a la
relación de su colectividad; es decir, que si uno de los familiares presentaba
alguna dolencia o algún malestar era porque había algo roto en la familia. Bajo
este supuesto, don Saturnino se dedicó a tratar con familias completas y a
cobrar por todos. Se daba el lujo de escoger a las más numerosas, pidiendo que
señalen el padecimiento principal y luego desarrollar toda una parafernalia
teatral para dizque atender al resto.
Muchas de las personas que fueron los
pacientes centrales prefieren no hablar respecto al método que Saturnino
empleaba para curarlos, salvo una que por petición personal no reveló su
identidad para un reportaje periodístico. Esta persona comentó que después de
atender a todos sus familiares, el Curandero Espacial lo llevó lejos y vendado,
sintió ingresar a una casa y subir unas escaleras, cuenta que por el frío y el
silencio supuso que el lugar estaba completamente deshabitado. Tras pedirle que
tomara asiento, don Saturnino fue frotando en el cuello una cosa “como arena”
que empezó a picarle hasta sentir que se había desvanecido en la piel. El
testigo enseñaba el lugar que don Saturnino había intentado curar, “estuve bien
durante varios meses, hasta que empecé a sentir que esa parte de mi cuerpo no
me respondía, mi cuello no toleraba la presencia de humo y tuve que dejar de
fumar. Y fue así hasta que no sé cómo, en una indigestión, fui al baño y vomité
en el retrete una sustancia espumosa, una flema se alimentaba de lo que había
comido. Sentí tanto asco que jalé del agua sin pensarlo dos veces.”
LA
ÚLTIMA VISITA
Una
noche de Septiembre, después de cinco años de una exitosa carrera, don Saturnino
recibía sin imaginarlo la última visita. A diferencia de todas las anteriores,
en esta ocasión, el cliente jamás había concernido una cita y tampoco llevaba a
familiar alguno. Los vecinos de la zona al referirse a él lo describieron como
un sujeto diminuto, haraposo y huidizo. Algunos borrachos sostienen, aunque
nadie les cree, que tenía un rictus inexpresivo y fijo, de ojos desbordantes y
ocultos en una capucha.
Si alguien pudiera estar allí en esos
momentos, es decir, retroceder en el tiempo y aparecer en aquel lugar,
encontraría la caseta cerrada y con su habitual luz incandescente. Si alguien
pudiera aproximarse un poco más, escucharía un par de voces, la primera,
aquella que no pertenece al curandero sino al visitante diciendo en un tono
furibundo: “¿dónde están mis hijas, mi colmena?, ¿dónde está mi vehículo?”,
para luego escuchar las súplicas del curandero pidiendo paciencia. Si alguien
pudiera ver a través de algunos huecos de la caseta, podría encontrar al visitante
empuñando un cuchillo bañado en una baba espumosa que pareciera moverse y al
curandero recibiendo el filo en medio de su vientre.
Sin embargo, lo único que la gente
vio ese día fue a Saturnino saliendo con aquel visitante luego de una
escandalosa sesión de su oficio. Nadie pensó que pudiera tratarse de un crimen
o algo parecido.
RUMORES
Han pasado más de ocho años después de aquella noche de septiembre, y los documentos de Derechos Reales señalan que Saturnino abandonó sus propiedades y, actualmente, la alcaldía se encuentra haciendo los trámites para apropiárselos. Los últimos giros bancarios que realizó apuntan a que vació sus cuantiosos ahorros. Algunas personas sostienen que lo vieron en ingenios argentíferos comprando minerales. Se presume que se marchó del país, que cambió de identidad y visitó a todos sus clientes antes de irse, amenazándolos de muerte si revelaban algo sobre sus tratamientos o si se sometían a los análisis médicos convencionales. Esto queda desmentido de manera relativa, puesto que algunos familiares, amigos y conocidos de las personas que fueron atendidos por el Curandero Espacial, afirman que él jamás les había tratado de forma intimidante y que jamás recibieron aquella visita secreta. Aunque, por otra parte, ninguno de los tratados hasta hora fue a realizarse alguna clase de atención médica. Dicen que gozan de muy buena salud y un carácter nuevo, como si les hubieran curado no sólo el cuerpo sino el alma.
Fabricio
Callapa-Ramírez (1987 Sucre, Bolivia) Es licenciado en Comunicación y Lenguajes
de la Escuela Superior de Formación de Maestros “Mariscal Sucre”. Miembro del
extinto Taller de Literatura Creativa de la Universidad de San Francisco Xavier
de Chuquisaca. Realizó algunos cursos sobre producción audiovisual y guión en
la ciudad de Sucre. Publicó los libros de cuentos “Ahora que el espejo ya no
recuerda mi forma”, “El fin de los días de conocimos” y, de manera conjunta, el
poemario “Next-Gen”. Participó en el Festival “Días de Poesía”, la antología de
cuentos bolivianos de terror “Gritos Demenciales”, el concurso “Sucre en Micro”
y el libro “Sed y Sangre: Antología de Relatos de la Guerra del Chaco”.
Actualmente es miembro de la revista artesanal de narrativa “Lluvia Inversa”.

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