miércoles, 25 de febrero de 2026

DEL GÉNESIS AL ÉXITO

Valter Cardoso

 

El valioso detector de metales con forma de desmalezadora yacía recostado contra un termitero, junto a una mochila y una pequeña azada. A su lado, Giorgio, irritado, intentaba espantar a los insectos con una mano y sostener el mapa con la otra. Con la cabeza baja, un hilo de sudor le corría hacia el ángulo del ojo, le ardía y le dificultaba aún más la lectura y el reconocimiento del lugar.

—¿Valdrá el sacrificio? —pensaba en voz alta, mientras el calor y las picaduras de mosquitos lo castigaban.

La idea le había parecido buena días atrás, cuando descubrió una carretera en construcción que había sido abandonada por el gobierno anterior por falta de fondos. Consultó un mapa antiguo y confirmó que aquella ruta se cruzaría con uno de los posibles caminos que la Civilización Inca utilizaba para llegar al océano Atlántico, conocido como el Camino del Peabiru.

En la carretera abandonada, la naturaleza ya se había recuperado bastante y casi había cerrado el paso. Logró llegar cerca de la ruta inca con su jeep y allí esperaba encontrar diversos tesoros; pero, por ahora, la realidad solo le había regalado espinas, picaduras y un calor infernal.

Verificó en el mapa que estaba en el lugar correcto. Incluso había algunas piedras cortadas y aplanadas formando un sendero que se perdía en la selva. Sin embargo, ya llevaba dos días prospectando una zona extensa sin encontrar absolutamente nada. La sensación de desánimo se convirtió en pánico cuando oyó un rugido aterrador que venía del matorral. Se sintió completamente indefenso, porque el sonido llegaba justo desde la dirección en la que había dejado el jeep. Sin pensar mucho qué animal sería, recogió su equipo y echó a correr en dirección opuesta.

Se internó en la espesura sin preocuparse por los pastos afilados que le marcaban pequeños cortes en la piel expuesta. Se detuvo recién cuando casi cayó por un barranco. El detector de metales no tuvo la misma suerte: rodó unos metros hacia abajo hasta quedar trabado en una rama. Como estaba lejos y ya no oía los bramidos del animal, se sintió a salvo e improvisó una misión de rescate, sujetándose de raíces y lianas. Al llegar cerca del detector, notó que estaba encendido y vibrando. Se colocó los auriculares y recibió el zumbido que tanto había esperado. Alejó y acercó la bobina exploradora a la ladera del barranco para confirmar sus sospechas. El pitido agudo, estridente y entrecortado sonaba como la más bella sinfonía sagrada para sus oídos en ese momento. En el panel de control confirmó que lo que había encontrado era metal, y de un tamaño muy grande.

Tras asegurar una zona estable en la ladera con anclajes, grampas y cuerdas, apartó el pasto e inició la excavación cuidadosa con la pequeña azada. Con pocos golpes oyó el choque del metal. Con miedo de dañar su tesoro, siguió cavando con las manos hasta encontrar una superficie lisa. Al primer contacto de la piel con el metal, un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Fue casi como una descarga, pero sin dolor, apenas una leve incomodidad que no volvió a repetirse. Lo extraño fue que, después de tocarlo, empezó a recordar cosas que el tiempo había ocultado hacía mucho, en breves destellos de memoria. También notó que su manera de razonar había mejorado y que percibía con más atención los detalles.

El objeto enterrado era grande. No parecía ser de un material valioso como el oro, pero podía tener valor histórico. Tras algunas horas de trabajo y de exaltación –y de una especie de delirio provocado por esos flashes–, vio que ya quedaba al descubierto más de un metro del artefacto, aunque aún era imposible conocer su tamaño real; solo que la superficie era curva.

No había uniones, y las pruebas con el detector revelaron varios tipos de aleaciones. Empezó a imaginar si podría ser el fuselaje de un avión o incluso de un barco. ¿Y si era una bomba o un misil dormido? Aun corriendo riesgos, siguió decidido mientras la luz del día se lo permitió. Pronto notó una pequeña marca en un extremo de la superficie lisa. Continuó retirando la capa de tierra de esa zona y descubrió una franja con triángulos impresos en bajorrelieve, semejantes a una escritura cuneiforme.

Buscó el cantimplora para echar agua y limpiar mejor, pero estaba vacía. No logró recordar cuándo había bebido agua por última vez ese día y notó la garganta reseca. Agotado por el cansancio y con calambres por la postura con la que se había afirmado en la ladera, decidió dar por terminada la jornada, por más motivado que estuviera. Con el celular tomó algunas fotos del área metálica y de los detalles triangulares. Marcó la posición con la app de GPS y aprovechó para trazar el camino más corto hasta donde había dejado el jeep.

La ruta trazada facilitó el regreso, pero no redujo el dolor en las piernas ni el malestar. Llegó al vehículo con la penumbra del final de la tarde, bebió mucha agua, comió un sándwich y se recostó. A pesar del cansancio, no consiguió dormir ni descansar; se quedó divagando hasta bien entrada la noche.

—¿Qué será eso? ¿Valdrá mucho? ¿Qué tamaño tiene? ¿Qué peso? ¿Cómo voy a llevármelo solo? ¿Por qué, aunque estoy agotado, siento que mi cerebro funciona mejor que nunca? —se preguntaba, ya que el sueño no llegaba.

Eufórico por divulgar su hallazgo, le envió la imagen de los triángulos a Erich, un amigo que había sido su profesor de geología en la facultad. Al fin y al cabo, necesitaba ayuda para transportar aquel descubrimiento de tamaño gigantesco. Esperó la respuesta del amigo, pero ni siquiera vio el mensaje.

La expectativa y el silencio se rompieron con un nuevo rugido, ahora identificable por el sonido como el de un gran felino. Parecía estar cerca, pero esta vez Giorgio estaba preparado. Esperó a que la bestia se aproximara lo suficiente para devolvérsela. Cuando estuvo justo frente al jeep, encendió la parrilla de faros auxiliares y, al mismo tiempo, activó la bocina de aire comprimido. El chorro de luz cegadora, sumado al bramido de bocina de camión, si no mató al animal del susto, por lo menos debió hacerlo correr toda la noche. La situación le dio el alivio que necesitaba. Acomodó la parte trasera del jeep y aseguró una noche de sueño agradable.

Se despertó con un haz de luz en la cara. Todavía no había amanecido cuando varias personas armadas, con trajes blancos de aislamiento, lo sacaron del vehículo a la fuerza. Asustado y somnoliento, vio que a su alrededor había carpas, gente de blanco, camiones e incluso helicópteros. Lo llevaron al interior de una de las carpas y lo esposaron a una silla. Alguien que parecía estar al mando dejó de manipular una tableta y se acercó cuando los demás salieron.

—Perdone la puesta en escena, señor Giorgio. A los militares les gusta este teatrillo. Usted es nuestro invitado —dijo una voz femenina, amortiguada por el traje, mientras le quitaba las esposas—. Soy la doctora Márcia, y tengo mucha curiosidad por su aventura —añadió, retirándose la capucha.

Con el nuevo desarrollo de su razonamiento, Giorgio incluso había preparado varias quejas y preguntas, pero la apariencia de la mujer lo hizo ruborizarse y trabarse. La visión, en cámara lenta, le reveló una piel tan clara como el traje, apenas sonrojada en las mejillas, sobre los hoyuelos. Ese rojo también estaba en los labios carnosos y en los cabellos rizados que caían sobre los hombros. Sus ojos eran negros, de una profundidad tal que no se distinguía la diferencia entre iris y pupila.

—¿Qué… qué… está pasando? —balbuceó, tímido, apartando la vista del rostro angelical hacia la identificación del traje: Dra. M. Oliveira 0*.

—Bueno, voy a ayudarte —dijo la doctora, y en la tableta le mostró la misma imagen que él le había enviado al profesor—. ¿Dónde cayó el platillo volador?

Ver la imagen recargó su energía mental. Preguntas y respuestas le cruzaron la mente en un instante. Decidió contraatacar.

—Doctora, noté que maneja la tableta con la mano izquierda. ¿Sabía que solo el diez por ciento de la población es zurda? ¿Y que ese número es aún menor entre las mujeres? —dijo, inflando el pecho en un gesto de imposición.

—No entiendo. ¿Qué tiene que ver eso con el objeto que encontró? —preguntó ella, desconcertada.

—Tiene todo que ver. ¿Y su pelo? Es pelirrojo natural, ¿no? Entonces menos del dos por ciento de la población mundial tiene esa característica —siguió, ya de pie, como quien controla la situación.

Antes de que ella abriera la boca, continuó:

—Y sus ojos, con iris completamente negros: una parte ínfima de la humanidad tiene ese color. ¿Cuál es la probabilidad de que una sola persona tenga todas esas características? —dijo, casi agresivo.

—Ah, ya entendí. Está intentando ganar tiempo, confundirme. Si no quiere cooperar, tendré que llamar a los militares para nuestro jueguito —amenazó, posando la mano sobre un dispositivo que parecía un reloj.

—No es para marearla, solo quiero que siga mi línea de razonamiento, ¿sí? —dijo, bajando el tono y volviendo a sentarse—. Ahora lo más importante —continuó, con la voz lo más baja y controlada posible, para asegurarse toda su atención—: su identificación en el traje.

—Sí, es mi apellido. ¿Qué tiene?

—No el apellido: lo que viene después. Los militares usan esa parte para el tipo de sangre. Pocos notarían que no es la letra “O” lo que está estampado, sino el número cero. Y como tampoco hay signo de positivo ni negativo, solo un asterisco, significa que su tipo sanguíneo es RH nulo, llamado sangre dorada: extremadamente raro, con menos de cincuenta individuos reconocidos en todo el mundo —terminó, exhalando, aliviado, como si acabara de darle jaque mate a un maestro de ajedrez.

—Pero… pero… ¿qué tiene que ver eso con su hallazgo? ¿Cómo descubrió todo eso sobre mí? —balbuceó, confusa.

—Ustedes usan trajes para protegerse de algún peligro o contaminación que el artefacto pueda causar. Pero, ¿y si el contacto causa beneficios? No perdamos más tiempo. Si lo que quieren es el artefacto, vamos hacia allá. Pero antes quiero garantías: al menos el veinte por ciento de todo el beneficio que obtengan con investigaciones y productos relacionados. Use su tableta, que debe tener internet, y oficialicemos esto ahora mismo.

La labia y la rapidez de Giorgio funcionaron. Antes no sabía cómo transportar el artefacto, y ahora tenía logística, un laboratorio y hasta derechos financieros garantizados. Tras legalizar el acuerdo, usó el GPS para guiar a la doctora y su equipo hasta el hallazgo.

En el lugar, tras pruebas de radiactividad y calidad del aire, la doctora y los militares se quitaron los trajes protectores. Con ayuda de uno de los helicópteros hicieron un barrido con una especie de sonar para descubrir el tamaño real del objeto. El monitoreo en la tableta indicó que la medida horizontal alcanzaba los veinte metros; pero la estructura se prolongaba por más de cien metros de profundidad. Se movilizó enseguida un equipo mayor, con excavadoras. Mientras tanto, Giorgio y Márcia limpiaban con cuidado la superficie, buscando nuevos caracteres en bajorrelieve.

Hacía mucho tiempo que la doctora investigaba la Teoría de los Astronautas Antiguos y su relación con la mitología de los dioses en diversas civilizaciones. Con lo raro de su sangre y la dificultad de encontrar un donante, había almacenado reservas para sí misma y conoció a un multimillonario que compartía la misma condición.

Así obtuvo el financiamiento que necesitaba: laboratorios, equipos e incluso un pequeño ejército de protección. Ahora le faltaba el eslabón perdido: aquello que la vincularía con un linaje de dioses, los venidos de otros planetas.

Al descubrir una nueva línea de triángulos grabados, la doctora sintió un hormigueo en todo el cuerpo. Hasta ese momento había creído que buscaba respuestas sobre su origen y la rareza de su constitución física. Pero, alcanzada por la misma carga de energía que Giorgio –la que ampliaba el pensamiento y el razonamiento–, dijo en voz alta:

—¡Estábamos equivocados! Esto no es un platillo volador caído. Este objeto nunca estuvo en el espacio. Fue construido por dioses, sí… pero dioses de la Tierra. Esto es una base de lanzamiento, construida hace milenios, en una época en la que los seres eran más civilizados y evolucionados. Fueron ellos quienes iniciaron el poblamiento del universo. Los primeros astronautas. Los Dioses Astronautas.

Valter Cardoso tiene 56 años, nació en Curitiba, Paraná, Brasil. Organizador de eventos multiculturales como Jedicon Paraná, Megacon Brasil y Literatiba. Miembro de la Academia de Letras José de Alencar. Fue coordinador del Centro de Literatura y Cine André Carneiro. Autor de cuentos, su último libro publicado fue Colorindo Giocondas, en 2022.

 

 

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