sábado, 12 de septiembre de 2026

¡ARREGLA ESA CASA!

John Kessel


En este episodio de ¡Arregla esa casa! Restauramos
una mansión señorial del Sur anterior a la Guerra de Secesión.

 Judy y yo no sabíamos en qué nos metíamos cuando compramos aquella antigua, grandiosa pero deteriorada mansión de mediados del siglo XIX en Chinaberry Road. Desde luego, sabíamos desde el principio que la casa había conocido tiempos mejores, pero no teníamos idea de la cantidad de detalles que tendríamos que atender ni de los obstáculos, en ocasiones aparentemente insuperables, que encontraríamos –y para los que tendríamos que hallar una solución– antes de poder vivir en la casa de nuestros sueños.

Desde el día en que nos mudamos estuvimos decididos a devolver a la mansión anterior a la Guerra de Secesión algo parecido a su antiguo esplendor. Uno de los problemas era que la estructura original, terminada en 1846, no ofrecía las comodidades que la gente empezó a valorar en épocas posteriores. Las cocinas absurdamente grandes, los armarios del tamaño de pequeños apartamentos y los baños excesivamente lujosos que la gente exige en la actualidad –por no hablar de las cañerías interiores y la electricidad– habían llegado después, con mayor o menor fortuna, y cada modificación había alejado la casa un poco más de su majestuosidad original. Naturalmente, no queríamos vivir en una casa sin electricidad ni agua corriente, pero Judy y yo estábamos decididos a reducir esas concesiones al mínimo.

Había que deshacer muchos de los cambios realizados por los sucesivos propietarios. Habían abierto un espantoso ventanal saliente en el salón. La instalación de una encimera de mármol en la cocina había obligado a tapiar una de las altas ventanas. Los suelos originales, hechos con tablones de roble de quince centímetros de ancho, habían quedado cubiertos por linóleo, alfombras o baldosas.

Una de las primeras decisiones que tuvimos que tomar fue qué materiales utilizar en la reconstrucción. Por citar solo un ejemplo, las paredes interiores se habían deteriorado muchísimo durante el último siglo. Las paredes originales estaban hechas de yeso aplicado sobre listones de madera clavados horizontalmente y en ángulo recto sobre los elementos estructurales. El revoque, de unos dos centímetros y medio de espesor, estaba hecho con arena, cal apagada y crin de caballo. La cal utilizada en la construcción original procedía de piedra caliza molida y conchas de ostras. ¿Dónde íbamos a conseguir una cantidad suficiente de conchas de ostras, por no hablar de crin de caballo?

Una solución habitual para este problema consiste en derribar las paredes originales y sustituirlas por modernos paneles de yeso. Judy y yo estábamos decididos a no tomar ese camino fácil.

La autenticidad era nuestra consigna. Después de investigar un poco, localizamos una granja de ostras en la costa que podía proporcionarnos abundantes conchas para preparar el revoque. Judy, una consumada amazona, tenía amigos propietarios de establos cuyos clientes esquilaban continuamente a sus caballos de pura sangre; ellos se convirtieron en nuestros proveedores de crin.

Entonces el problema pasó a ser encontrar obreros que supieran utilizar esos materiales, o que estuvieran dispuestos a aprender, por un precio que no acabara con nuestra cuenta bancaria. Tuvimos que soportar su resistencia y sus errores. Los trabajadores de ascendencia noreuropea, como lo habían sido la mayoría en la época de construcción de la casa, eran difíciles de conseguir. Unos irlandeses con escasa educación podrían haber sido un sustituto aceptable y, además, históricamente verosímil, pero en la actualidad era difícil encontrar hombres dispuestos a trabajar por los bajos salarios que podíamos permitirnos pagar.

Una solución era aportar nosotros mismos la mano de obra. Pero Judy y yo teníamos profesiones que nos exigían sesenta horas semanales. No podía dejar que la agencia de corretaje funcionara sin mí durante varios días seguidos. Judy estaba ocupada con su trabajo en el Centro del Patrimonio.

A veces hacíamos concesiones. Tuvimos suerte cuando encontramos al ingenioso Manuel, un inmigrante trabajador que dirigía una cuadrilla con experiencia en proyectos de reconstrucción. Afortunadamente, muchos de aquellos hombres eran indocumentados, por lo que cobraban poco, y Judy disfrutaba muchísimo poniendo por fin en práctica sus estudios secundarios de español.

Por esa época Judy descubrió que estaba embarazada. Habíamos hablado de formar una familia y los dos estábamos encantados de que pronto fuéramos padres. Conversamos sobre si debía conservar su empleo. Yo sospechaba que, una vez que tuviéramos un hijo, Judy no querría volver a trabajar, y la reconstrucción de la casa, que seguía en marcha, ofrecía una razón adicional para que se tomara una licencia en el Centro del Patrimonio. Y así lo hizo. Judy se encargaría de supervisar la reconstrucción, permaneciendo en la obra mucho más de lo que yo podía para vigilar a los trabajadores.

A los seis meses de iniciada la renovación, el embarazo de Judy progresaba bien, pero la restauración de la casa de Chinaberry Road se había estancado. Parecía que ella produciría un heredero mucho antes de que nosotros pudiéramos producir el hogar en el que esperábamos criar a nuestros hijos. El estrés del embarazo y de vivir en una casa a medio renovar estaba afectando nuestros nervios y, para ser completamente sincero, nuestro matrimonio.

Cocinábamos sobre una placa eléctrica y lavábamos los platos en el lavadero. Cuanto más se prolongaba aquello, más irritables nos poníamos. Esta vez el problema no eran los trabajadores ni los materiales, sino las diferencias entre nuestras respectivas concepciones. A Judy y a mí nos encantaba la idea de la autenticidad histórica, pero nuestro compromiso con ella no era el mismo. Yo quería que nuestro hogar se acercara lo máximo posible a una representación fiel de lo que ofrecían aquellos tiempos más refinados, mientras que Judy, aunque estaba dispuesta a acompañarme «durante todo el viaje», como ella decía, tenía sus dudas cuando debía elegir entre la fidelidad al pasado y la comodidad.

El punto en que esto se manifestó durante la renovación fue la cocina. Yo quería que tuviera una cocina de leña, grandes encimeras y mesas de madera, una bomba de agua, tinas para lavar y un horno de hierro fundido. Judy admitía que una cocina así sería hermosa, pero insistía en que resultaría difícil preparar las comidas en semejante reliquia del pasado. Además, en verano haría allí un calor insoportable.

—Pero tenemos aire acondicionado —dije. En eso había cedido. No se podía pedir a nadie que soportara un verano sureño sin aire acondicionado.

Judy se resistía. A medida que avanzaba su embarazo, su estado de ánimo se había vuelto más frágil. Habíamos llegado a un punto muerto.

Entonces se me ocurrió: la solución no consistía en luchar contra las exigencias de la autenticidad, sino en satisfacerlas.

—¡Convertiremos el garaje en una cocina exterior! Una moderna, comunicada con la casa mediante un pasillo cubierto —dije—. Así podremos conservar la cocina interior como debe ser, pero prepararemos la mayoría de las comidas en la exterior. De todos modos, así es como lo hacían en aquella época.

Judy se mostró escéptica, pero después de persuadirla un poco aceptó probar. Admito que me puse nervioso cuando, después de terminar la cocina interior como una reproducción fiel de sus antecesoras de antes de la Guerra de Secesión, resultó ser más un lugar para exhibir que para trabajar; aun así, ahora disponíamos de la cocina exterior para preparar realmente las comidas.

Judy no quedó satisfecha. Para entonces estaba embarazada de siete meses y no le resultaba nada agradable tener que ir y venir entre la casa y la dependencia exterior durante aquellos calurosos días sureños. Yo no podía fingir que la situación, tal como estaba, fuera satisfactoria.

Así que invertimos en unos esclavos. Primero solo una joven esclava de cocina de carácter agradable, Dottie. Pero después me lastimé la espalda en el club de raqueta y ya no pude hacer tantas cosas en la casa, de modo que compramos a un hombre, Tommo.

Poco después nació nuestra hija Sally, una adorable pequeñita de mejillas sonrosadas, ojos del azul más intenso y cabello rubio como la seda del maíz. Nos divertíamos tanto con ella que inmediatamente sugerí que tuviéramos un hermano que hiciera juego con ella. Nuestra casa, la joya de Chinaberry Road, iba tomando forma, y a mí me iba tan bien en la agencia de corretaje que no había ninguna necesidad de que Judy volviera a trabajar. Teníamos una familia que hacer crecer, y su refinada sensibilidad y sus encantos femeninos eran lo único que faltaba para completar la transformación de nuestra casa en un verdadero hogar. Finalmente, comprendió lo razonable de mi propuesta.

Anoche, mientras estaba sentado en los escalones de la galería contemplando cómo el sol descendía detrás de los pinos, me volví hacia Tommo, que estaba sentado un escalón más abajo, y le pregunté:

—¿Está Dottie en su cabaña? ¿Ya cenó?

Tommo, un hombre de pocas palabras, se limitó a asentir con su cabeza lanuda.

—Bien. Dejaremos que descanse un poco. Iré a visitarla más tarde.

Contemplamos el cielo occidental, con los árboles negros recortándose contra los tonos púrpura, naranja y rosa de un glorioso atardecer.

—Es un mundo hermoso, ¿verdad, Tommo?

—Sí, amo —dijo Tommo.

John Kessel nació en Buffalo, Nueva York, Estados Unidos, en 1950. Enseñó literatura y escritura en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde contribuyó a fundar el programa de Maestría en Bellas Artes en escritura creativa. Su narrativa ha recibido los premios Theodore Sturgeon, Locus, James Tiptree Jr./Otherwise, Ignotus y Shirley Jackson, y obtuvo dos veces el premio Nebula. The Dark Ride: The Best Short Fiction of John Kessel se publicó en 2022, y su colección The Presidential Papers apareció en 2024 en la serie Outspoken Authors de PM Press.

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