Nataša Milić
Me llamaron a la
comisaría. Esta mañana. Frederik ha desaparecido y ahora interrogan a todos los
que lo conocían.
—No tengo nada que contar —dije.
No habría ido si hubiera podido
evitarlo. Los policías estaban en mi puerta, esperando a que me vistiera;
prácticamente me arrestaron. Sin ningún motivo.
—Fred y yo no somos muy cercanos.
Sí, sí... Ya sé que no se llama así. Probablemente alguna vez oí su verdadero
nombre, pero lo olvidé. Fred o Frederiko, todos lo llamaban así.
Adoraba a un artista, Federico
García Lorca, y había elegido su apodo por él. Él mismo me lo contó. Cuando
estaba borracho recitaba versos de Lorca. Eso no lo mencioné. ¿Para qué?
—No nos relacionábamos demasiado.
Terminamos la escuela de pintura y
nos presentamos como voluntarios para restaurar el mural de la plaza principal.
Trabajábamos junto con una decena de artistas más. ¿Acaso todos son
sospechosos?
—Por supuesto que hablábamos. Pero
de cosas corrientes, cotidianas. Todas las mañanas subíamos al mismo andamio y
compartíamos el ángulo derecho del mural, ¿cómo íbamos a permanecer callados?
También compartíamos de vez en
cuando una mesa de taberna y una cama, pero ¿qué demuestra eso?
—No, no éramos amantes.
Realmente no lo éramos. Lo hacíamos
por aburrimiento, sin grandes sentimientos. También bebíamos y nos acostábamos
con otras personas.
—No tengo idea de si pertenecía a
alguna organización. No me confiaba sus secretos.
Y aunque lo hubiera hecho, los
secretos son secretos, ¿no?
—La política no le interesaba.
Nunca le oí decir nada sobre sus convicciones...
¡Convicciones entre pintores! ¡Qué
absurdo!
—Nosotros no redactamos panfletos
ni pronunciamos discursos. La palabra no es nuestra herramienta.
Ni herramienta ni arma. Tal vez por
eso Fred recitaba al poeta español. Intentaba expresar sus propias convicciones
con las palabras de Lorca. Lo cual resulta verdaderamente extraño ahora. No,
¡es una estupidez siquiera pensarlo! ¿Contra qué habría de rebelarse? Seguros,
iguales, bien alimentados... Y, lo más importante, vivimos en paz. Una paz
pagada a un precio muy alto, por supuesto; algunos dirían que demasiado alto.
Como si algún precio pudiera ser excesivo cuando se trata de la paz.
—¿No utilizó palabras? ¿Solo
pintura?
¿Cómo?
—No, no he visto el mural. No lo
veo desde anteayer, cuando todos dejamos el andamio por las fiestas. ¿Qué
ocurrió? ¿Lo dañaron?
Me llevaron hasta la plaza
principal, supongo que para comprobar cómo reaccionaría. ¡Mi querido Fred! Me
había protegido con su silencio. No tuve que fingir un asombro que ni siquiera
la primera actriz del mejor teatro habría conseguido representar de manera
convincente.
El mural seguía en su sitio, tal
como lo habíamos dejado anteayer, intacto. En realidad, había sido completado
de una manera insólita. El motivo central, un árbol que simbolizaba nuestra
ciudad, así como innumerables detalles, estaban cubiertos por un nuevo color.
Tranquilizador, luminoso y, en algunos lugares, intenso y profundo. No me
resultaba desagradable, ni siquiera extraño, aunque jamás lo había visto.
—¿Eso es...? —comencé a decir.
El policía me lanzó una mirada tan
cortante que comprendí que no debía pronunciar el nombre de aquel color, que
desde la desaparición de toda la vida vegetal nunca había vuelto a utilizarse
en ninguna obra pictórica. Lo contemplaba por primera vez y, sin embargo, de
algún modo me resultaba familiar. Y maravilloso. Consciente de que seguir
mirándolo podía poner en peligro mi situación, apenas conseguí apartar los ojos
del mural. Al día siguiente ya no estaría allí, pero no me importa. No lamento
el esfuerzo que habíamos invertido. Tampoco lamento que el color prohibido de
la vida vaya a desaparecer: se ha quedado en mis ojos. ¡Verde que te quiero
verde!

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