Simonetta Olivo
El Centro de
Acogida era un vertedero de androides defectuosos. S23 había sido asignado al
Pabellón C: un enorme galpón sin muebles, con grandes ventanales por los que la
luz del sol penetraba sin piedad, iluminando aquel almacén de objetos
destinados a ser desechados. S23 permanecía de pie, inmóvil, la mayor parte del
tiempo. Quieto frente al enorme ventanal, observaba el paso del tiempo. La
nieve cubría los cerezos y luego desaparecía. Los árboles se llenaban de color
durante la breve estación de la floración. En verano, el aire se volvía más
denso y vibraba alrededor de las plantas y sobre el césped. Finalmente, todo
perdía su color, para volver a encenderse en otoño.
El androide no se movía, erguido,
con la mirada fija y la boca apretada, mientras se llevaban a sus compañeros
uno por uno, unas veces hacia un nuevo destino y otras hacia el incinerador.
Los humanos entraban y se llevaban a algún desdichado. A veces le daban
patadas, apagaban los cigarrillos sobre su espalda, lo desnudaban, lo violaban.
Otras veces parecían sentir lástima. Dependía del humano que entrara aquel día.
Pero S23 nunca se volvía, pasara lo que pasara. Porque él era un soldado.
En su primer día de servicio
soplaba un viento fuerte que doblaba los árboles y enfriaba la superficie de su
cuerpo. Eran veinticinco. Todos diferentes entre sí, pero todos programados
para ser intrépidos.
—¡Veinticinco soldados especiales!
—había exclamado el General al activarlos, mientras sus miradas se abrían al
mundo, con las espaldas rectas y la tenue luz del amanecer proyectando bajo
ellos unas sombras indefinidas. Especiales. Androides creados para luchar
contra los Terroristas: otros androides, aunque no tan perfectos, indómitos y
poderosos.
Durante el entrenamiento podían
salir del Centro de Reclutas.
—Para conocer el mundo —repetía el
General.
Así fue como una noche S23 entró en
el Castillo. El local era frecuentado sobre todo por humanos de sexo masculino
y muchachas androides en busca de un protector. Nadie pareció darse cuenta de
que él no era un hombre. Después de todo, era especial. Se sentó en una mesa
apartada de las demás, detrás de una columna, desde donde podía observar sin
ser visto.
De pronto ocurrió algo: una canción
llenó aquel lugar oscuro y sin ventanas. Una luz iluminó el escenario. Entonces
S23 la vio. Se movía lentamente al ritmo de aquella vieja canción, quitándose
la ropa prenda por prenda. Los clientes reían, la incitaban, tosían. Su mirada
parecía triste. Como si mirara a lo lejos para no ver los rostros
congestionados y deformados, las bocas que gritaban, cada gesto vulgar. Su
rostro, en cambio, era fino y pálido; sus labios pequeños y perfectos
permanecían apretados en una expresión de concentración mientras bailaba con
gracia, a pesar de todo. Alrededor del cuello llevaba un colgante, algo extraño
para una androide: un pequeño corazón negro.
—¡Rossana!
Un humano vestido de gala la había
llamado al terminar la actuación.
Ella acudió corriendo, como un
animalito, con la cabeza gacha, esta vez mirando hacia el suelo en lugar de
hacia la lejanía. El hombre le cubrió los hombros con una capa adornada con
pedrería que, cuando caminaba bajo las tenues luces del local, creaba a su
alrededor un halo luminoso. Resplandecía en medio de aquella oscuridad.
Cuando el hombre y la bailarina
salieron del Castillo, S23 permaneció allí algunas horas más, con la esperanza
de verla regresar. Aquella noche no volvió, pero el androide la vio de nuevo la
noche siguiente, y la siguiente, y todas las noches, una vez terminado el
entrenamiento, sentado en la misma mesa mientras fingía beber un vaso de vodka.
Todas las noches la bailarina realizaba su espectáculo, siempre igual, siempre
perfecto, y cada vez seguía al hombre vestido de gala con los ojos bajos, sin
pronunciar una palabra.
La última vez que S23 la vio, le
pareció que ella lo había mirado, apartando por un instante los ojos de aquel
vacío que su mirada parecía buscar. Cuando todos los clientes se marcharon, él
permaneció sentado a la mesa hasta el cierre, como siempre. Después avanzó
hacia el escenario, como si quisiera acercarse a ella, aunque ya se había ido.
Algo en el suelo atrajo su atención. Era el pequeño corazón negro. Se inclinó y
lo sostuvo delicadamente en la mano.
De pronto sintió un fuerte golpe en
la cabeza y una voz ronca y amenazadora se abalanzó sobre él:
—¡Monstruo! ¡Date la vuelta!
Era uno de los guardias de
seguridad del local. Bajo, de frente prominente y pequeños ojos enrojecidos por
el alcohol. S23 advirtió en su mano el tatuaje de los Humanos Puritanos. Podría
haber acabado con aquel hombrecillo en ese mismo instante, pero no quería
problemas en aquel lugar.
—Vienes aquí a mirar a las putas de
plástico, ¿eh? ¡Pero ellas son cosas nuestras, sucio androide! ¡Tú no debes
mirarlas! ¡No tienes derecho! —gritaba el hombre, con el rostro congestionado y
la frente brillante de sudor.
S23 reaccionó como un soldado. Sin
decir nada, con la cabeza alta y el pecho erguido, se dio la vuelta y abandonó
el local.
El guardia no lo siguió, consciente
de la superioridad física del androide, pero le lanzó una última frase:
—¡Maldito seas, criatura diabólica!
Fuera por la maldición o
simplemente por casualidad, a partir de aquel momento todo empezó a salirle mal
al soldado especial S23.
Al día siguiente, el General pasó
revista a todos los soldados. Caminaba lentamente, con las manos detrás de la
espalda; los examinaba uno tras otro, con expresión a la vez solemne y severa.
Finalmente decretó:
—Este partirá primero.
Había señalado precisamente a S23,
apoyándole una mano en el hombro.
—Siéntete orgulloso de ti mismo,
Soldado 23. Tu misión servirá de ejemplo e inspiración para los demás.
Después se volvió hacia el
Teniente:
—Al mar, mañana.
Así fue como S23 embarcó en la Nueva
Esperanza, rumbo al frente. La noche anterior no le habían permitido salir:
habría querido ver a la bailarina por última vez, pero no se permitió vacilar.
Porque él era un soldado. Sin embargo, más de una vez durante aquella noche
apretó entre las manos el pequeño corazón de ella, que guardaba en un bolsillo
del uniforme.
El día de la partida, toda la
ciudad se había congregado alrededor de la nave para despedir a los Soldados
elegidos, procedentes de todos los Distritos del País. La multitud aplaudía. El
General lo miraba y lo señalaba sonriendo a los demás oficiales de su rango,
como un padre orgulloso.
Después la nave zarpó hacia el Gran
Mar.
El viaje fue largo y el mar,
amenazador. S23 se mantenía apartado mientras los demás androides comparaban su
fuerza y las capacidades adquiridas durante el entrenamiento. Sabía que, de
algún modo, era diferente de ellos. Por las noches, cuando sacaba del bolsillo
el pequeño corazón metálico de la bailarina, pensaba que quizá aquel encuentro
lo había convertido en lo que era: recordaba la mirada de ella mientras
bailaba, los ojos dirigidos hacia algún lugar lejano. Él tenía a veces esa
misma mirada cuando contemplaba los confines del mar, erguido en la proa de la Nueva
Esperanza.
Llegó el día del Primer
Enfrentamiento. Fue entonces cuando S23 tuvo la certeza de que no era como los
demás soldados. En medio del estruendo de las explosiones, de pronto se
encontró frente al Enemigo. Lo miró a los ojos. El Enemigo también lo miró. Era
un Soldado idéntico a él. Un androide como él. Como ella, la bailarina.
Mientras el otro sacaba su arma, S23 ya había desaparecido de su vista.
Naturalmente, su huida quedó
registrada y fue examinada por los altos mandos de la Nueva Esperanza.
Decidieron no desactivarlo de inmediato.
—Quizá alguna de sus piezas todavía
sirva —había dicho un Coronel.
Así que lo embarcaron en una
pequeña Nave de reconocimiento, rumbo al Centro de Reclutas, donde sería
sometido al debido proceso, acusado de alta traición.
Cada noche el mar se embravecía y
el corazón de nuestro Soldado se llenaba de interrogantes: ¿por qué había
vacilado? ¿Era un verdadero Soldado? ¿Qué papel había desempeñado la bailarina
en su decisión? Las tormentas del agua reproducían las de su mente. Se habría
dicho que lo atormentaban las dudas. Pero él era un soldado y, a pesar de todo –del
mar oscuro y amenazador, del balanceo de la embarcación, de la sombría
tempestad de su mente–, permanecía erguido, con el pecho en alto y la mirada
orgullosa dirigida hacia el horizonte. En los momentos más oscuros tocaba el
pequeño corazón metálico que protegía en el bolsillo del uniforme, recorría su
contorno con los dedos y lo apretaba cada día con más fuerza. Aquel corazón lo
había convertido en alguien defectuoso. Pero no habría renunciado a él por nada
del mundo.
Después fue internado en el Centro
de Acogida.
Todos los androides que estaban
allí tenían algo defectuoso. Y una vez más, como en el frente, al mirar a los
ojos a cada uno de sus compañeros de infortunio, S23 comprendía que eran
idénticos a él. Androides como él. Como ella, la bailarina.
Un día de otoño le permitieron
salir al patio. Los androides defectuosos tenían que caminar en fila siguiendo
el perímetro del espacio delimitado por una alambrada metálica. Cualquiera de
ellos habría podido arrancarla y escapar. Pero, por supuesto, ninguno lo haría
jamás. A pocos metros se encontraban los espacios destinados al sector
femenino. Fue entonces cuando S23 la vio. Era ella. La bailarina. Caminaba
lentamente, con la mirada baja, la misma que tenía cuando seguía al hombre
elegante del Castillo. Cojeaba ostensiblemente.
Día tras día, S23 esperaba que los
humanos no se lo llevaran, que ella levantara la mirada, que lo viera. Que lo
mirara. Y así ocurrió. Ya era invierno y todas las mañanas la escarcha
congelaba las ramas desnudas de los cerezos. Sus miradas se cruzaron apenas un
instante, y él tuvo la impresión de que la bailarina lo había reconocido. Los
androides nunca cambiaban de aspecto, pero él pensó que ella había cambiado,
como una flor que se marchita con el frío. Al regresar al Pabellón C, el
Soldado Especial número 23 tomó en la mano el pequeño corazón de ella y pensó
que tenía que devolvérselo a toda costa. Aquel pequeño colgante lo había
ayudado tanto en medio de las tormentas del mar y de la mente que quizá también
pudiera ayudarla a ella.
Tal vez fuera por la maldición del
humano, tal vez por casualidad, pero una vez más las cosas salieron mal.
Una noche, los Humanos Puritanos
irrumpieron en el Centro de Acogida. Todos los Pabellones estaban cerrados con
llave, como de costumbre. Prendieron fuego en numerosos lugares. Mientras los
Pabellones ardían, los humanos proclamaban su superioridad mediante cánticos
repetitivos y bárbaros. S23, siempre alerta como un verdadero Soldado,
comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo: rompió entonces el cristal a
través del cual había contemplado el tranquilo transcurrir de las estaciones y
corrió en busca de la bailarina.
El edificio estaba envuelto en
llamas. Cuando S23 consiguió entrar, quedaba muy poco de Rossana. Poco más que
su mano, sobre la que depositó el corazón que le pertenecía. Se sentó allí y
esperó a que el fuego se los llevara.
A la mañana siguiente, los
empleados encontraron aquel pequeño corazón metálico.
—¡Basura! —dijo uno de ellos, y lo
arrojó lejos, entre los cerezos.
(Fantafiabe, Delos Digital, 2018).

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