miércoles, 23 de septiembre de 2026

EL INTRÉPIDO SOLDADITO DE ESTAÑO

Simonetta Olivo

 

El Centro de Acogida era un vertedero de androides defectuosos. S23 había sido asignado al Pabellón C: un enorme galpón sin muebles, con grandes ventanales por los que la luz del sol penetraba sin piedad, iluminando aquel almacén de objetos destinados a ser desechados. S23 permanecía de pie, inmóvil, la mayor parte del tiempo. Quieto frente al enorme ventanal, observaba el paso del tiempo. La nieve cubría los cerezos y luego desaparecía. Los árboles se llenaban de color durante la breve estación de la floración. En verano, el aire se volvía más denso y vibraba alrededor de las plantas y sobre el césped. Finalmente, todo perdía su color, para volver a encenderse en otoño.

El androide no se movía, erguido, con la mirada fija y la boca apretada, mientras se llevaban a sus compañeros uno por uno, unas veces hacia un nuevo destino y otras hacia el incinerador. Los humanos entraban y se llevaban a algún desdichado. A veces le daban patadas, apagaban los cigarrillos sobre su espalda, lo desnudaban, lo violaban. Otras veces parecían sentir lástima. Dependía del humano que entrara aquel día. Pero S23 nunca se volvía, pasara lo que pasara. Porque él era un soldado.

En su primer día de servicio soplaba un viento fuerte que doblaba los árboles y enfriaba la superficie de su cuerpo. Eran veinticinco. Todos diferentes entre sí, pero todos programados para ser intrépidos.

—¡Veinticinco soldados especiales! —había exclamado el General al activarlos, mientras sus miradas se abrían al mundo, con las espaldas rectas y la tenue luz del amanecer proyectando bajo ellos unas sombras indefinidas. Especiales. Androides creados para luchar contra los Terroristas: otros androides, aunque no tan perfectos, indómitos y poderosos.

Durante el entrenamiento podían salir del Centro de Reclutas.

—Para conocer el mundo —repetía el General.

Así fue como una noche S23 entró en el Castillo. El local era frecuentado sobre todo por humanos de sexo masculino y muchachas androides en busca de un protector. Nadie pareció darse cuenta de que él no era un hombre. Después de todo, era especial. Se sentó en una mesa apartada de las demás, detrás de una columna, desde donde podía observar sin ser visto.

De pronto ocurrió algo: una canción llenó aquel lugar oscuro y sin ventanas. Una luz iluminó el escenario. Entonces S23 la vio. Se movía lentamente al ritmo de aquella vieja canción, quitándose la ropa prenda por prenda. Los clientes reían, la incitaban, tosían. Su mirada parecía triste. Como si mirara a lo lejos para no ver los rostros congestionados y deformados, las bocas que gritaban, cada gesto vulgar. Su rostro, en cambio, era fino y pálido; sus labios pequeños y perfectos permanecían apretados en una expresión de concentración mientras bailaba con gracia, a pesar de todo. Alrededor del cuello llevaba un colgante, algo extraño para una androide: un pequeño corazón negro.

—¡Rossana!

Un humano vestido de gala la había llamado al terminar la actuación.

Ella acudió corriendo, como un animalito, con la cabeza gacha, esta vez mirando hacia el suelo en lugar de hacia la lejanía. El hombre le cubrió los hombros con una capa adornada con pedrería que, cuando caminaba bajo las tenues luces del local, creaba a su alrededor un halo luminoso. Resplandecía en medio de aquella oscuridad.

Cuando el hombre y la bailarina salieron del Castillo, S23 permaneció allí algunas horas más, con la esperanza de verla regresar. Aquella noche no volvió, pero el androide la vio de nuevo la noche siguiente, y la siguiente, y todas las noches, una vez terminado el entrenamiento, sentado en la misma mesa mientras fingía beber un vaso de vodka. Todas las noches la bailarina realizaba su espectáculo, siempre igual, siempre perfecto, y cada vez seguía al hombre vestido de gala con los ojos bajos, sin pronunciar una palabra.

La última vez que S23 la vio, le pareció que ella lo había mirado, apartando por un instante los ojos de aquel vacío que su mirada parecía buscar. Cuando todos los clientes se marcharon, él permaneció sentado a la mesa hasta el cierre, como siempre. Después avanzó hacia el escenario, como si quisiera acercarse a ella, aunque ya se había ido. Algo en el suelo atrajo su atención. Era el pequeño corazón negro. Se inclinó y lo sostuvo delicadamente en la mano.

De pronto sintió un fuerte golpe en la cabeza y una voz ronca y amenazadora se abalanzó sobre él:

—¡Monstruo! ¡Date la vuelta!

Era uno de los guardias de seguridad del local. Bajo, de frente prominente y pequeños ojos enrojecidos por el alcohol. S23 advirtió en su mano el tatuaje de los Humanos Puritanos. Podría haber acabado con aquel hombrecillo en ese mismo instante, pero no quería problemas en aquel lugar.

—Vienes aquí a mirar a las putas de plástico, ¿eh? ¡Pero ellas son cosas nuestras, sucio androide! ¡Tú no debes mirarlas! ¡No tienes derecho! —gritaba el hombre, con el rostro congestionado y la frente brillante de sudor.

S23 reaccionó como un soldado. Sin decir nada, con la cabeza alta y el pecho erguido, se dio la vuelta y abandonó el local.

El guardia no lo siguió, consciente de la superioridad física del androide, pero le lanzó una última frase:

—¡Maldito seas, criatura diabólica!

Fuera por la maldición o simplemente por casualidad, a partir de aquel momento todo empezó a salirle mal al soldado especial S23.

Al día siguiente, el General pasó revista a todos los soldados. Caminaba lentamente, con las manos detrás de la espalda; los examinaba uno tras otro, con expresión a la vez solemne y severa. Finalmente decretó:

—Este partirá primero.

Había señalado precisamente a S23, apoyándole una mano en el hombro.

—Siéntete orgulloso de ti mismo, Soldado 23. Tu misión servirá de ejemplo e inspiración para los demás.

Después se volvió hacia el Teniente:

—Al mar, mañana.

Así fue como S23 embarcó en la Nueva Esperanza, rumbo al frente. La noche anterior no le habían permitido salir: habría querido ver a la bailarina por última vez, pero no se permitió vacilar. Porque él era un soldado. Sin embargo, más de una vez durante aquella noche apretó entre las manos el pequeño corazón de ella, que guardaba en un bolsillo del uniforme.

El día de la partida, toda la ciudad se había congregado alrededor de la nave para despedir a los Soldados elegidos, procedentes de todos los Distritos del País. La multitud aplaudía. El General lo miraba y lo señalaba sonriendo a los demás oficiales de su rango, como un padre orgulloso.

Después la nave zarpó hacia el Gran Mar.

El viaje fue largo y el mar, amenazador. S23 se mantenía apartado mientras los demás androides comparaban su fuerza y las capacidades adquiridas durante el entrenamiento. Sabía que, de algún modo, era diferente de ellos. Por las noches, cuando sacaba del bolsillo el pequeño corazón metálico de la bailarina, pensaba que quizá aquel encuentro lo había convertido en lo que era: recordaba la mirada de ella mientras bailaba, los ojos dirigidos hacia algún lugar lejano. Él tenía a veces esa misma mirada cuando contemplaba los confines del mar, erguido en la proa de la Nueva Esperanza.

Llegó el día del Primer Enfrentamiento. Fue entonces cuando S23 tuvo la certeza de que no era como los demás soldados. En medio del estruendo de las explosiones, de pronto se encontró frente al Enemigo. Lo miró a los ojos. El Enemigo también lo miró. Era un Soldado idéntico a él. Un androide como él. Como ella, la bailarina. Mientras el otro sacaba su arma, S23 ya había desaparecido de su vista.

Naturalmente, su huida quedó registrada y fue examinada por los altos mandos de la Nueva Esperanza. Decidieron no desactivarlo de inmediato.

—Quizá alguna de sus piezas todavía sirva —había dicho un Coronel.

Así que lo embarcaron en una pequeña Nave de reconocimiento, rumbo al Centro de Reclutas, donde sería sometido al debido proceso, acusado de alta traición.

Cada noche el mar se embravecía y el corazón de nuestro Soldado se llenaba de interrogantes: ¿por qué había vacilado? ¿Era un verdadero Soldado? ¿Qué papel había desempeñado la bailarina en su decisión? Las tormentas del agua reproducían las de su mente. Se habría dicho que lo atormentaban las dudas. Pero él era un soldado y, a pesar de todo –del mar oscuro y amenazador, del balanceo de la embarcación, de la sombría tempestad de su mente–, permanecía erguido, con el pecho en alto y la mirada orgullosa dirigida hacia el horizonte. En los momentos más oscuros tocaba el pequeño corazón metálico que protegía en el bolsillo del uniforme, recorría su contorno con los dedos y lo apretaba cada día con más fuerza. Aquel corazón lo había convertido en alguien defectuoso. Pero no habría renunciado a él por nada del mundo.

Después fue internado en el Centro de Acogida.

Todos los androides que estaban allí tenían algo defectuoso. Y una vez más, como en el frente, al mirar a los ojos a cada uno de sus compañeros de infortunio, S23 comprendía que eran idénticos a él. Androides como él. Como ella, la bailarina.

Un día de otoño le permitieron salir al patio. Los androides defectuosos tenían que caminar en fila siguiendo el perímetro del espacio delimitado por una alambrada metálica. Cualquiera de ellos habría podido arrancarla y escapar. Pero, por supuesto, ninguno lo haría jamás. A pocos metros se encontraban los espacios destinados al sector femenino. Fue entonces cuando S23 la vio. Era ella. La bailarina. Caminaba lentamente, con la mirada baja, la misma que tenía cuando seguía al hombre elegante del Castillo. Cojeaba ostensiblemente.

Día tras día, S23 esperaba que los humanos no se lo llevaran, que ella levantara la mirada, que lo viera. Que lo mirara. Y así ocurrió. Ya era invierno y todas las mañanas la escarcha congelaba las ramas desnudas de los cerezos. Sus miradas se cruzaron apenas un instante, y él tuvo la impresión de que la bailarina lo había reconocido. Los androides nunca cambiaban de aspecto, pero él pensó que ella había cambiado, como una flor que se marchita con el frío. Al regresar al Pabellón C, el Soldado Especial número 23 tomó en la mano el pequeño corazón de ella y pensó que tenía que devolvérselo a toda costa. Aquel pequeño colgante lo había ayudado tanto en medio de las tormentas del mar y de la mente que quizá también pudiera ayudarla a ella.

Tal vez fuera por la maldición del humano, tal vez por casualidad, pero una vez más las cosas salieron mal.

Una noche, los Humanos Puritanos irrumpieron en el Centro de Acogida. Todos los Pabellones estaban cerrados con llave, como de costumbre. Prendieron fuego en numerosos lugares. Mientras los Pabellones ardían, los humanos proclamaban su superioridad mediante cánticos repetitivos y bárbaros. S23, siempre alerta como un verdadero Soldado, comprendió de inmediato lo que estaba ocurriendo: rompió entonces el cristal a través del cual había contemplado el tranquilo transcurrir de las estaciones y corrió en busca de la bailarina.

El edificio estaba envuelto en llamas. Cuando S23 consiguió entrar, quedaba muy poco de Rossana. Poco más que su mano, sobre la que depositó el corazón que le pertenecía. Se sentó allí y esperó a que el fuego se los llevara.

A la mañana siguiente, los empleados encontraron aquel pequeño corazón metálico.

—¡Basura! —dijo uno de ellos, y lo arrojó lejos, entre los cerezos.

(Fantafiabe, Delos Digital, 2018).


Simonetta Olivo vive y trabaja en Trieste. Ha publicado sus relatos en las series Urania y Millemondi Urania (Mondadori), así como en la revista Robot (Delos Books). Es autora de los libros de relatos Fantafiabe (Delos Digital, 2018) e Insogno (Delos Digital, 2019). En 2019, publicó cuatro microrrelatos con Words Without Borders bajo el título "Microverses" y fue editora y autora de la antología Atterraggio In Italia (Delos Digital). Sus cuentos han contribuido a las antologías Fantatrieste (Kipple Officina Libraria, 2020), 2050 – Quel che resta di noi (Delos Digital, 2021), La boutique degli incanti (Delos Digital, 2022) y Universi smarriti. Il meglio della scienza italiana indipendente. (Delos Digital, 2023), L’Italia del soprannaturale (Edizioni Scudo, 2023), Dormono sulla collina – Tra Masters e De Andrè (Kipple Officina Libraria, 2023). En 2024, Delos Digital publicó la antología personal L’ultima estate del mondo y la novela corta Vita Nova. La misma editorial también publicó la antología S/Confinati, de la que es editora, en julio de 2024.

 

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