Gabriela Vilardo
Aquella
vez supe de Peter porque la vi llorar. Rumores que no lograron sacarme esta
inquietud que me atormenta desde hace diez años. El supuesto deceso físico de
quien, en otros tiempos había sido mi amigo, no impidió que se siguiera
interponiendo entre Lizzie y yo. El rumor de su muerte llegó un día como hoy,
lluvioso. Y me enceguezco una vez más al imaginar cómo la llovizna resbalaba
por el corazón de Lizzie llevando consigo los últimos gemidos del placer que
supo darle Peter. La llovizna, caprichosa, sin mediar permiso que la autorizara
a irrumpir de esa manera recrudeció la pasión con sus insinuaciones. Llovizna
monótona, interminable. No apagaba fuegos. Los imprimía en la piel de Lizzie
arrastrando sus deseos hechos realidad. Sus últimos deseos.
En
todo este tiempo hice caso omiso a los estados de Lizzie. Lizzie, con
intermitentes ausencias. Lizzie, y su desasosiego entre las sábanas de nuestra
cama.
Entre
Lizzie y yo, un abismo que nos separa cuando ella se niega a vivir el presente.
Entre Lizzie y yo, una distancia interminable que no logra que nuestros cuerpos
–sí, literalmente, los nuestros– se junten, aunque estemos tan cerca. Ella
sigue junto a Peter. Lo piensa, lo siente, lo desea. Cada día, cada noche. Y
yo, agobiado por la presencia de un muerto, siento que Peter desapareció en
vano.
La
última vez que lo vi fue aquella tarde en que mi esposa lo despedía, en la
puerta de casa, a la vera del camino de las amapolas. Lizzie, las amapolas y
él. Lizzie, después sorprendida por mi imprevisto regreso y negando todo. Más
de diez años negó con su palabra aquella relación. Y cada día, se sumerge en el
camino de las amapolas para escapar de la verdad. Y camina. Y sé que lo piensa
y lo siente; y lo desea una y otra vez. Y se va dejando morir. Peter no ahorró
esfuerzos para seducirla. Ahora, muerto, sigue vivo. ¿O no está muerto? No para
ella. Siempre lo supe. Peter está más vivo que nunca para mi mujer y se
empecina en estarlo para mí. Anoche lo vi. Anoche, Peter con un libro en sus
manos caminó delante de mí. Sí, era él. Lo llamé. Le grité. Y empezó a correr.
Y transpiré. Quise alcanzarlo, pero no pude. Así se escapaba, soberbio,
taciturno delante de mí. Apuró el paso hasta llegar al camino de las amapolas
en donde Lizzie lo esperaba. No por frágil, ella caía en sus brazos. Y yo, con
las piernas atadas. En un intento por arrebatársela tropecé con el libro que
Peter llevaba. Un libro de poemas que quedó abierto en una página. Allí, los
versos de Robert Burns: “tomaremos una copa de camaradería”. Ahí estaba otra
vez Peter, con su sarcasmo de siempre. Sí, era él. Me invitaba a brindar. Me
desafiaba desde lejos. Detrás de ellos dos, Los Beatles cantaban una
canción, pero yo no podía escucharlos. Tampoco pude seguir leyendo los versos
de Burns. Un viento huracanado cerró el libro dejando sus páginas pegadas a la
tapa. El campo, después, se cubrió de amapolas como el camino. Lizzie y Peter
se perdieron entre las flores. Los Beatles seguían cantando y Burns,
latiendo a través de un “Tomaremos una copa de camaradería”. ¿Para qué? ¿Qué
quería festejar, Peter? Estaba ganando otra vez la partida. Sí, sin dudas.
Siempre la había ganado. No tomaría yo ninguna copa con él. ¿Dónde había estado
todo este tiempo más que en los pensamientos de mi mujer? ¡No podía aparecer
ahora!
No
para celebrar nada recorrí estos cuarenta kilómetros que me separan de
Edimburgo. No, Peter no puede aparecer ahora. Situaciones ficticias y
fantásticas a esta altura de mi vida… Pero yo lo vi… Se empecina en convencerme
de que está vivo. Sería entonces un espíritu muy particular y ameritaría que
deambulara entre las tumbas de Old Calton: pero no, Peter, mal que me pese no
forma parte de los delincuentes ahorcados en la colina ni es un mártir
político. Sólo fue, alguna vez, un amigo. Y por amigo uno no tiene tumbas
majestuosas ni monolitos. Y por dejar de serlo, mucho menos aún.
Lizzie
está viva. No, Peter, no seas tan soberbio. Ya nadie se muere de amor.
Anoche
lo vi. Caminaba con la arrogancia de siempre. Sabía, tal cual escribía su
poeta, que varios mares habían rugido entre nosotros desde los viejos tiempos.
Lo prefiero vivo desde siempre a soportar su inoportuna aparición. Y ahora lo
busco por las calles de Edimburgo. Me mezclo entre los turistas buceando en
contingentes para encontrar a un escocés. Peter. Peter no está entre los vivos.
Recorro la vieja Edimburgo y la nueva. Peter no está. La Royal Mile una columna
vertebral, entre callejones. La royal Mile me invita a no detenerme. Peter no
está. Insisto. Callejones, pasadizos, tiendas de souvenirs. Peter no está;
Lizzie, tampoco. Pero anoche lo vi, seguro de sí mismo. Casi omnipotente. Como
siempre. Jactancioso hasta el hartazgo. Su presencia me amedrentó.
¿Quién
había cedido? ¿Quién había perdido en esta lucha? Lizzie. Sin dudas. Lizzie se
fue con él. Está a mi lado, pero se fue con él. Y ahora él apareció, así, de la
nada. Vino por ella. Vino por Lizzie que sólo cultiva amapolas desde que
llegaron aquellos rumores. Lizzie que no tiene más que ofrecerle a la vida que
su devoción por esas flores. Lizzie piensa en él cuando camina a la vera del
camino. No va más allá de casa, ya que no puede ir a su encuentro.
Anoche
lo vi. Caminaba con la arrogancia de siempre. Sí, varios mares habían rugido
entre nosotros desde los viejos tiempos. Lo prefiero vivo desde siempre a
soportar su inoportuna aparición. Y ahora lo busco por las calles de Edimburgo.
Peter no está entre los vivos. En la oficina de informes me indicaron dónde
encontrarte, Peter. Es un alivio saber que voy a leer tu nombre en una lápida.
Sí, Peter acá no hay amapolas para perderse entre ellas y arrebatarme a mi
Lizzie.
Esta
mañana no pude más que agradecer que mi mujer no estuviera a mi lado cuando me
desperté. No hubiese podido explicarle que después de diez años otra vez él
apareció en mis sueños. Y justo hoy, un quince de julio, mi inconsciente hizo
de las suyas. Lo conozco bien. Mezcla los tiempos y me soborna al interrumpir
mi sueño antes del desenlace esperado. Me deja con las ganas de matar a Peter,
aunque ya esté muerto. En el sueño todo está permitido. ¿Por qué no hacerlo?
Sencillamente porque mi inconsciente también se pone en mi contra. Y me desafía
con el sabor amargo de la indiferencia de Lizzie. Este inconsciente mío empuja
a Lizzie hacia Peter. Sí, Roberto Burns otra vez en el aquí y ahora con
aquellos versos del libro que no pude volver a abrir. “Varios mares rugen entre
nosotros desde los viejos tiempos” dice Burns. 15 de julio de 2012. Una fecha
para olvidar y un sueño siniestro que mi mente desparramó por todo mi cuerpo. Por
suerte, esta mañana, Lizzie no estaba ahí para pedirme explicaciones de mi
agitación. Yo encontré las suyas en un papel. Con un “Voy a Edimburgo y vuelvo
al mediodía” pensó que me conformaba. Las sábanas aun arrugadas por los
movimientos de su cuerpo me dieron la certeza de que Lizzie durmió a mi lado. A
mi lado, pero no conmigo.
Esta
mañana Lizzie no estaba en mi cama. Tampoco, en el camino de las amapolas. Un
papel sobre la mesa del comedor y el All
my loving de Los Beatles sonando para nadie y atormentándome con su
estribillo. Un estribillo en el que ella se sumerge con frecuencia a la vez que
murmura que las canciones tienen nombre y apellido; y agrega que tienen fecha y
lugar. El All my loving de Lizzie es
atemporal.
Ahora,
la amapola que está sobre su tumba me confirma que Peter está muerto y que ella
muere con él por décima vez en el aniversario de su desaparición. Lo sé. La veo
partir entre las tumbas y no estoy dispuesto a alcanzarla. Anoche fracasé en el
intento y la dejé ir. Anoche mi inconsciente me jugó sucio en aquel sueño
impertinente. Hoy no. Hoy no la persigo. Me quedo acá mirando la lápida de
quien me otorga mis mejores noches junto a Lizzie. Pocas, pero las mejores. Sin
embargo, mares siguen rugiendo entre Peter y yo sin poder celebrar nada con
camaradería.
Y
ahora Los Beatles me despertaron con su All my loving. Nunca más lo había escuchado. No podré levantarme de
esta cama para saber quién hace sonar la música. No hoy, que acabo de despertar
de un sueño. Mi inconsciente se las arregló para hacerme soñar que soñaba.
Al costado de mi almohada, marchitándose, un ramo de amapolas que no llevaré a la tumba de Lizzie porque el All my loving suena una vez más.

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