miércoles, 23 de septiembre de 2026

MARES RUGIENDO ENTRE NOSOTROS

Gabriela Vilardo

 

Aquella vez supe de Peter porque la vi llorar. Rumores que no lograron sacarme esta inquietud que me atormenta desde hace diez años. El supuesto deceso físico de quien, en otros tiempos había sido mi amigo, no impidió que se siguiera interponiendo entre Lizzie y yo. El rumor de su muerte llegó un día como hoy, lluvioso. Y me enceguezco una vez más al imaginar cómo la llovizna resbalaba por el corazón de Lizzie llevando consigo los últimos gemidos del placer que supo darle Peter. La llovizna, caprichosa, sin mediar permiso que la autorizara a irrumpir de esa manera recrudeció la pasión con sus insinuaciones. Llovizna monótona, interminable. No apagaba fuegos. Los imprimía en la piel de Lizzie arrastrando sus deseos hechos realidad. Sus últimos deseos.

En todo este tiempo hice caso omiso a los estados de Lizzie. Lizzie, con intermitentes ausencias. Lizzie, y su desasosiego entre las sábanas de nuestra cama.

Entre Lizzie y yo, un abismo que nos separa cuando ella se niega a vivir el presente. Entre Lizzie y yo, una distancia interminable que no logra que nuestros cuerpos –sí, literalmente, los nuestros– se junten, aunque estemos tan cerca. Ella sigue junto a Peter. Lo piensa, lo siente, lo desea. Cada día, cada noche. Y yo, agobiado por la presencia de un muerto, siento que Peter desapareció en vano.

La última vez que lo vi fue aquella tarde en que mi esposa lo despedía, en la puerta de casa, a la vera del camino de las amapolas. Lizzie, las amapolas y él. Lizzie, después sorprendida por mi imprevisto regreso y negando todo. Más de diez años negó con su palabra aquella relación. Y cada día, se sumerge en el camino de las amapolas para escapar de la verdad. Y camina. Y sé que lo piensa y lo siente; y lo desea una y otra vez. Y se va dejando morir. Peter no ahorró esfuerzos para seducirla. Ahora, muerto, sigue vivo. ¿O no está muerto? No para ella. Siempre lo supe. Peter está más vivo que nunca para mi mujer y se empecina en estarlo para mí. Anoche lo vi. Anoche, Peter con un libro en sus manos caminó delante de mí. Sí, era él. Lo llamé. Le grité. Y empezó a correr. Y transpiré. Quise alcanzarlo, pero no pude. Así se escapaba, soberbio, taciturno delante de mí. Apuró el paso hasta llegar al camino de las amapolas en donde Lizzie lo esperaba. No por frágil, ella caía en sus brazos. Y yo, con las piernas atadas. En un intento por arrebatársela tropecé con el libro que Peter llevaba. Un libro de poemas que quedó abierto en una página. Allí, los versos de Robert Burns: “tomaremos una copa de camaradería”. Ahí estaba otra vez Peter, con su sarcasmo de siempre. Sí, era él. Me invitaba a brindar. Me desafiaba desde lejos. Detrás de ellos dos, Los Beatles cantaban una canción, pero yo no podía escucharlos. Tampoco pude seguir leyendo los versos de Burns. Un viento huracanado cerró el libro dejando sus páginas pegadas a la tapa. El campo, después, se cubrió de amapolas como el camino. Lizzie y Peter se perdieron entre las flores. Los Beatles seguían cantando y Burns, latiendo a través de un “Tomaremos una copa de camaradería”. ¿Para qué? ¿Qué quería festejar, Peter? Estaba ganando otra vez la partida. Sí, sin dudas. Siempre la había ganado. No tomaría yo ninguna copa con él. ¿Dónde había estado todo este tiempo más que en los pensamientos de mi mujer? ¡No podía aparecer ahora!

No para celebrar nada recorrí estos cuarenta kilómetros que me separan de Edimburgo. No, Peter no puede aparecer ahora. Situaciones ficticias y fantásticas a esta altura de mi vida… Pero yo lo vi… Se empecina en convencerme de que está vivo. Sería entonces un espíritu muy particular y ameritaría que deambulara entre las tumbas de Old Calton: pero no, Peter, mal que me pese no forma parte de los delincuentes ahorcados en la colina ni es un mártir político. Sólo fue, alguna vez, un amigo. Y por amigo uno no tiene tumbas majestuosas ni monolitos. Y por dejar de serlo, mucho menos aún.

Lizzie está viva. No, Peter, no seas tan soberbio. Ya nadie se muere de amor.

Anoche lo vi. Caminaba con la arrogancia de siempre. Sabía, tal cual escribía su poeta, que varios mares habían rugido entre nosotros desde los viejos tiempos. Lo prefiero vivo desde siempre a soportar su inoportuna aparición. Y ahora lo busco por las calles de Edimburgo. Me mezclo entre los turistas buceando en contingentes para encontrar a un escocés. Peter. Peter no está entre los vivos. Recorro la vieja Edimburgo y la nueva. Peter no está. La Royal Mile una columna vertebral, entre callejones. La royal Mile me invita a no detenerme. Peter no está. Insisto. Callejones, pasadizos, tiendas de souvenirs. Peter no está; Lizzie, tampoco. Pero anoche lo vi, seguro de sí mismo. Casi omnipotente. Como siempre. Jactancioso hasta el hartazgo. Su presencia me amedrentó.

¿Quién había cedido? ¿Quién había perdido en esta lucha? Lizzie. Sin dudas. Lizzie se fue con él. Está a mi lado, pero se fue con él. Y ahora él apareció, así, de la nada. Vino por ella. Vino por Lizzie que sólo cultiva amapolas desde que llegaron aquellos rumores. Lizzie que no tiene más que ofrecerle a la vida que su devoción por esas flores. Lizzie piensa en él cuando camina a la vera del camino. No va más allá de casa, ya que no puede ir a su encuentro.

Anoche lo vi. Caminaba con la arrogancia de siempre. Sí, varios mares habían rugido entre nosotros desde los viejos tiempos. Lo prefiero vivo desde siempre a soportar su inoportuna aparición. Y ahora lo busco por las calles de Edimburgo. Peter no está entre los vivos. En la oficina de informes me indicaron dónde encontrarte, Peter. Es un alivio saber que voy a leer tu nombre en una lápida. Sí, Peter acá no hay amapolas para perderse entre ellas y arrebatarme a mi Lizzie.

Esta mañana no pude más que agradecer que mi mujer no estuviera a mi lado cuando me desperté. No hubiese podido explicarle que después de diez años otra vez él apareció en mis sueños. Y justo hoy, un quince de julio, mi inconsciente hizo de las suyas. Lo conozco bien. Mezcla los tiempos y me soborna al interrumpir mi sueño antes del desenlace esperado. Me deja con las ganas de matar a Peter, aunque ya esté muerto. En el sueño todo está permitido. ¿Por qué no hacerlo? Sencillamente porque mi inconsciente también se pone en mi contra. Y me desafía con el sabor amargo de la indiferencia de Lizzie. Este inconsciente mío empuja a Lizzie hacia Peter. Sí, Roberto Burns otra vez en el aquí y ahora con aquellos versos del libro que no pude volver a abrir. “Varios mares rugen entre nosotros desde los viejos tiempos” dice Burns. 15 de julio de 2012. Una fecha para olvidar y un sueño siniestro que mi mente desparramó por todo mi cuerpo. Por suerte, esta mañana, Lizzie no estaba ahí para pedirme explicaciones de mi agitación. Yo encontré las suyas en un papel. Con un “Voy a Edimburgo y vuelvo al mediodía” pensó que me conformaba. Las sábanas aun arrugadas por los movimientos de su cuerpo me dieron la certeza de que Lizzie durmió a mi lado. A mi lado, pero no conmigo.

Esta mañana Lizzie no estaba en mi cama. Tampoco, en el camino de las amapolas. Un papel sobre la mesa del comedor y el All my loving de Los Beatles sonando para nadie y atormentándome con su estribillo. Un estribillo en el que ella se sumerge con frecuencia a la vez que murmura que las canciones tienen nombre y apellido; y agrega que tienen fecha y lugar. El All my loving de Lizzie es atemporal.

Ahora, la amapola que está sobre su tumba me confirma que Peter está muerto y que ella muere con él por décima vez en el aniversario de su desaparición. Lo sé. La veo partir entre las tumbas y no estoy dispuesto a alcanzarla. Anoche fracasé en el intento y la dejé ir. Anoche mi inconsciente me jugó sucio en aquel sueño impertinente. Hoy no. Hoy no la persigo. Me quedo acá mirando la lápida de quien me otorga mis mejores noches junto a Lizzie. Pocas, pero las mejores. Sin embargo, mares siguen rugiendo entre Peter y yo sin poder celebrar nada con camaradería.

Y ahora Los Beatles me despertaron con su All my loving. Nunca más lo había escuchado. No podré levantarme de esta cama para saber quién hace sonar la música. No hoy, que acabo de despertar de un sueño. Mi inconsciente se las arregló para hacerme soñar que soñaba.

 Al costado de mi almohada, marchitándose, un ramo de amapolas que no llevaré a la tumba de Lizzie porque el All my loving suena una vez más.

Gabriela Vilardo es profesora en psicopedagogía, artista plástica y escritora. Nació en Pergamino, provincia de Buenos Aires, en 1964. Ejerció la docencia desde el año 1989 hasta el 2016. Dictó talleres de creatividad y de apoyo a docentes. Obtuvo reconocimientos nacionales e internacionales por sus cuentos y microrrelatos, algunos de los cuales formaron parte de antologías. Publicó tres novelas juveniles: El misterio de Don Anselmo (2005) Rosendo, un esclavo en la Revolución de Mayo (2010) y Del revés (2018) En el año 2015 publicó Ausente de mí, novela que escribió con Alejandra Guallart Becerra. En el año 2018 presentó la novela De entrecasa y en 2023 SISA (novela histórica).

 

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