Terje Dragseth
Son los segundos
previos a que Europa explote. Es una metáfora para él, que patea piedritas en
un estacionamiento seco, de grava, con espacio para quince o veinte autos
frente a una taberna a sesenta kilómetros de Atenas; que contempla
inexpresivamente las sillas blancas de plástico, cubiertas por una fina capa de
polvo y apiladas de diez en diez contra el muro; él, que acaba de vaciar aceite
de oliva rancio entre los matorrales, detrás de la puerta de las entregas, por
donde merodean tres perros mestizos de ojos asustados que reciben algunos
mendrugos, huesos de pollo, una papa cruda, si tienen suerte. Entregas que se
han terminado definitivamente: no llegará más carne del carnicero, ni más pan
del panadero, ni más café, ni más azúcar, ni más manteles blancos de papel, ni
más palillos de dientes, ni más sal, ni más aceite de oliva, ni más vino, ni
más productos de limpieza, ni más gas, ni más cigarrillos, ni más pastel de
postre, ni más nada. El hombre maduro, de camisa blanca y pantalones negros,
entrecierra los ojos ante el sol, enciende con un encendedor desechable el
cigarrillo con filtro que lleva en la comisura de los labios, le da la espalda
a la taberna y aspira el humo hasta el fondo de los pulmones, se alisa el
cabello bien peinado y se sienta en un bordillo; contempla pensativo el humo
gris azulado de las chimeneas del pueblo, a unos kilómetros de allí. Piensa en
sus tres hijos adultos, que estudian en la universidad, y piensa en la próxima
huelga general; la situación se vuelve insoportable, no sabe cómo pagará las
cuentas, se acabó el crédito, la deuda es interminable, tendrá que cerrar su
querida taberna. Ha luchado durante casi treinta y cinco años para mantenerla
en funcionamiento; la heredó de su padre, que demasiado pronto –descanse en
paz– fue enterrado en el cementerio, no lejos de allí.
Europa explota. También es una
metáfora para ella, la mujer desaliñada y obesa que coloca una caja gigantesca
de copos de maíz sobre la mesa de la cocina, delante de sus cuatro hijos. María,
de dieciséis años; Margareth, de once; Juan, de diez; Ernest, de seis. Son las
07:56 en un edificio de departamentos en las afueras de Madrid, es enero, un
viento frío atraviesa la vivienda. Los niños llevan puestos los abrigos, aunque
están dentro. La abuela Ada está envuelta en una manta gris de lana, sentada
con inquietud en el único sillón del desolado departamento, con un gorro rojo
sobre el cabello gris y revuelto, y mira como siempre con obstinación el
televisor encima del refrigerador, mientras mastica enérgicamente algo
inexistente. También los niños siguen el programa. Callados, mientras vierten
los copos de maíz en pequeños cuencos, les echan leche de un envase de dos
litros, espolvorean una cucharada de azúcar blanco y sorben los copos
crujientes. Nadie dice nada, solo se oyen las voces del televisor: un programa
matutino en un estudio de glamorosa escenografía violeta y blanca. Los
presentadores son una mujer hermosa, rubia, de pelo corto, de veintitantos
años, y un hombre de aspecto jovial, de cuarenta y tantos, con canas en las
sienes; los invitados, vestidos con ropa cara, se sientan en un sofá profundo
con grandes almohadones de colores, hablan fuerte y exaltados, con voces casi
chillonas, seguidas de risas histéricas, y un público invisible los aplaude
mientras cuentan cosas de su nuevo libro de cocina, su astronómico premio de
lotería, su velero de ciento veinte pies. Un joven cocinero demuestra con
entusiasmo cómo deben cocinarse los espárragos al vapor. Los presentadores y
los invitados terminan el programa devorando espárragos verdes y frescos con
salsa holandesa casera mientras los créditos desfilan por la pantalla; después,
publicidad de lavadoras, autos eléctricos, productos para el cuidado de la
piel.
¿Qué significan las metáforas para
él, que dormita en un garaje, que mira el interior de una botella de cola con
agua turbia, una lata de conserva para las colillas? El paquete de cigarrillos
y el encendedor están al alcance de su brazo; parpadea soñoliento –preferiría
cerrar los ojos para siempre– y bosteza. Duerme vestido, en una bolsa de dormir
grasienta; oye el rumor del tránsito matutino en las autopistas, un poco más
allá de la casa suburbana abandonada, con el garaje vacío y el pequeño jardín
polvoriento; tiene que ponerse en movimiento, salir de la bolsa de dormir para
buscar trabajo, instalarse junto a la cerca de malla recién levantada, de la
altura de un hombre, que bordea el parque, donde también esperan los otros que
buscan empleo, en fila, fumando sus eternos cigarrillos, con rostros
castigados, gastados, sin edad, con manos ásperas que se estrechan, manos que
descansan en los grandes bolsillos de las parkas muy usadas, de capuchas
profundas. Algunos comparten una botella de aguardiente, otros se reparten
papas fritas frías, se pelan cebollas, alguien devora con hambre un pedazo de
salchicha y un perro asustadizo olfatea el aire frío, cargado de gases de
escape, y ladra sin motivo mientras sigue merodeando con el hocico contra el
suelo y la cola delgada colgando hacia el asfalto. ¿Qué significa una metáfora
para ellos? En Europa arde una brasa bajo las cenizas. Hay silencio, un sueño
sin palabras, un sueño del que es imposible despertar, como si quien sueña
estuviera amordazado, como si estuviera atado y amordazado en una especie de
indescriptible pesadilla de realidad maligna.
Terje Dragseth (Kristiansand, Noruega,
1955) es un versátil e influyente escritor, poeta, músico y cineasta noruego. Debutó
en la literatura en 1980 con el poemario Offerfesten, consolidándose
rápidamente como una de las voces más audaces y renovadoras de la poesía
contemporánea en su país. Su extensa obra abarca principalmente la lírica,
destacándose títulos como Kvitekråkas song y la aclamada obra de ciencia
ficción poética Bella Blu (2012), por la cual
recibió el prestigioso premio de poesía Triztan Vindtorn. Además de la poesía,
Dragseth ha publicado novelas, cuentos y ensayos, explorando también el cine
—tras formarse como director en la Escuela Nacional de Cine de Dinamarca— y la
música a través de proyectos de rock y spoken word. Su pluma se caracteriza por
un profundo espíritu realista y crítico, situándolo como un referente
indispensable de la cultura nórdica actual.

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