Lou J. Berger
—Se llama virga
—dijo la niña, balanceando sus piernas sucias.
Dejé de desmontar el proyector y la
miré. Tendría cinco años, seis a lo sumo. Estaba sentada sobre mi armario de
herramientas, descalza.
—¿Qué?
Me sonrió. Le faltaban los dos
dientes superiores.
—Virga. Es cuando la lluvia cae,
pero no llega al suelo.
Sin duda, seis.
—Sé lo que es. ¿Por qué me lo
dices?
La sonrisa desapareció de su carita
manchada y abrió mucho los ojos.
—Mamá dice que, cuando termines de
llevarte nuestros proyectores, esa será la única lluvia que volveremos a ver.
Fruncí el ceño. La colonia no había
pagado las cuotas; yo no tenía la culpa de que estuvieran ejecutando la
garantía. Solo era el encargado de recuperar los equipos.
Llevaba dos días siguiéndome a
todas partes. Yo ya había desmontado la mayoría de los proyectores distribuidos
por el perímetro de la colonia, los había embalado en cajones y cargado a bordo
de la Indra.
Para mi sorpresa, nadie había
intentado detenerme. Guardaba una pistola en el armario de herramientas, por si
acaso. A veces intentan matarte. Después de todo, les estás quitando el agua.
Los proyectores no son precisamente equipos opcionales.
Me quedaba una jornada de trabajo:
este proyector y otros dos a la mañana siguiente. Después podría marcharme de
Perséfone para siempre.
Era una pequeña colonia en un
planeta donde la terraformación solo había tenido un éxito parcial. La lluvia
llega al suelo cuando el aire es lo bastante tenue para que las gotas de agua
lo atraviesen antes de evaporarse. En Perséfone, el aire era más denso cerca
del suelo debido a la mayor gravedad, de modo que hacían falta proyectores para
dejar pasar la lluvia. La terraformación no reduce la masa de un planeta.
Y ellos no habían pagado la cuenta.
—Mamá dice que puedes venir a
cenar, si quieres.
Me eché hacia atrás sobre los
talones y lo pensé. Las raciones de la nave no estaban mal, pero llevaba tres
meses comiéndolas.
—¿Qué va a preparar?
A la niña le brillaron los ojos.
—Cerdo asado, frijoles negros con
arroz y pan de maíz. ¡Por favor, di que vendrás!
Abrí el panel de acceso.
—Dile que estaré allí a las siete.
Saltó del armario y tomó mi
tableta. La tocó con su sucio dedo índice, asomando la lengua por la comisura
de la boca, y después se alejó dando brincos.
Tardé un par de horas más en
desmontar el proyector, embalarlo en los cajones que había llevado y estibarlos
en la Indra. Después de guardar las herramientas, me di una ducha
caliente y saqué algo de ropa elegante. No podía presentarme con el mono de
trabajo manchado.
Seguí las indicaciones de la
tableta y llamé a la puerta a las siete en punto. La madre de la niña abrió y
sonrió, invitándome a pasar. Me condujo a un comedor amueblado con sólidos
muebles de madera. La mesa estaba puesta para tres.
—Me llamo Marie y usted ya conoce a
mi hija, Holly. —La mujer rodeó protectoramente los hombros de la niña con un
brazo—. No tenemos mucho, pero lo invitamos a compartirlo.
Incliné la cabeza.
—Gracias, señora. Es usted muy
amable.
La comida estaba caliente y tenía
esa cualidad imposible de reproducir en una bolsa de alimentos rehidratados.
Limpié el plato, repetí y por fin me aparté de la mesa.
—¿Quiere tarta de manzana, señor?
—preguntó Holly, con expresión inocente en la carita manchada—. ¡Es la última
que nos queda!
Negué con la cabeza.
—No, gracias. Pero me vendría bien
usar el baño.
Marie se levantó y recogió los
platos.
—Por el pasillo, la última puerta a
la derecha.
Había fotografías familiares en el
pasillo. En todas aparecían las mismas personas: Marie, Holly de bebé y un
hombre que supuse que era el padre de la niña. Un gran ventanal al fondo del
pasillo daba a un huerto iluminado por la luna. Me detuve a mirar.
Lo que antes había estado lleno de
árboles era ahora un campo de tocones. Habían talado decenas de manzanos y los
habían apilado, listos para quemarlos. Contemplé un rato el huerto arrasado y
después entré al baño. Cuando me lavé las manos, el agua fresca y limpia fluyó
con la misma certeza con que sale el sol. Me sequé despacio, con el ceño
fruncido.
Les agradecí su hospitalidad y
regresé a la nave. Tenía mucho trabajo por delante.
Dos días después,
el encargado de carga del espaciopuerto frunció el ceño al revisar mi
manifiesto.
—Su peso de salida es exactamente
igual al de llegada —objetó.
—Limítese a darme el recibo —gruñí.
Un trueno retumbó sobre nosotros mientras me entregaba el comprobante.
Despegué bajo la lluvia.
Lou J Berger vive cerca de Ocala, Florida, con el amor de su juventud y tres perros rescatados. Es miembro de la SFWA y ha publicado relatos en *Clarkesworld Science Fiction Magazine*, en la revista *Galaxy’s Edge* y en numerosas antologías. Todavía está trabajando en su primera novela de misterio ligero (*cozy mystery*). Aunque ha sido aficionado a la ciencia ficción desde niño —leyendo *Tom Corbett, Space Cadet* y, por supuesto, las obras juveniles de Heinlein—, Lou también disfruta de los buenos misterios y siente una predilección especial por los ambientes de novela negra (*noir*). Sus autores favoritos son Ray Bradbury, John D. MacDonald y Edgar Rice Burroughs.

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