martes, 27 de octubre de 2026

LOS HOMBRES CRETÁCICOS

Mariano Buscaglia

 

Siempre estábamos en la búsqueda de algún filón que pudiera atraer a los clientes. Para cuando se pusieron de moda los reptiles alienígenas, hacía años que explotábamos un viejo espectáculo en la tienda de «Diez en uno», con el cartel de «¡El Hombre Cocodrilo de Everglades! ¡Capturado en los pantanos! Alimentado y criado en estado salvaje por los aligátores. ¡Vivo!». El espectáculo siempre funcionó, pero la popularidad del show televisivo nos permitió retitularlo como «El Visitante Verde o El Marciano Draconiano». Johnny «La Iguana» Usruas se encargaba de darle vida a la promesa que lanzaban las lonas que habíamos montado a lo largo del sideshow. Su letrero tenía pintada la figura de un hombre con cabeza de reptil a punto de devorar una rata. El viejo Usruas había aprendido a tragar vivos pequeños ratones y luego a vomitarlos. Eso nos ahorraba ir a la tienda de mascotas a comprar ratones tras cada espectáculo. Lo utilizábamos como blow off: la gente debía pagar un plus sobre la entrada para poder verlo. Así de bueno era.

—¡Contemplen al temible hombre lagarto de las estrellas!

Hasta donde yo sabía, Johnny «La Iguana» Usruas padecía de ictiosis, una enfermedad que produce sequedad extrema en la piel. Aunque su afección no era peligrosa ni mortal, si no se la trataba con los ungüentos adecuados, la epidermis se agrietaba y resecaba, adquiriendo una apariencia escamosa como la de un reptil. Si a esa condición le sumábamos un poco de pintura verde y lentes de contacto rojos, la atracción se volvía algo digno de ver. ¡Y bien valía los tres dólares que cobrábamos por ello!

A su singularidad cutánea había que sumarle la peculiaridad de sus rasgos. Su nariz era apenas dos orificios que se abrían camino en su cara; su boca era tan grande como la de un pez de río, con dientes afilados como agujas. No tenía cabello y sus orejas eran pequeñas y sin lóbulos. Nunca me atreví a preguntarle si alguna vez había pasado por el quirófano, cosa bastante común entre los fenómenos de feria que intentan maximizar sus rarezas.

Johnny era parco de palabras y rara vez hablaba de sí mismo o de su pasado, pero nos llevábamos bien.

—Vengo de la vieja Arizona, muchacho. Alguna vez conocerás a los míos…

Me quería. Yo me encargaba de que no le faltara nada y dejaba que se asara al sol cuando feriábamos por esos pueblos fantasmales que sobrevivían a la vera de algún desierto donde en el pasado reinaban los navajos. A veces me preguntaba si no era en verdad una iguana. Dormía como un hurón en cuanto caía el sol y, los días nublados, siempre decía sentirse mal. Un tipo de lo más particular.

A principios de los noventa, la moda de los lagartos quedó arrumbada. Johnny «La Iguana» Usruas decidió que era tiempo de retirarse y regresó a su pueblito perdido, desde donde, una vez al año, cerca de Navidad, me enviaba alguna postal con motivos invernales. El pueblo donde vivía se llamaba Trex. Rodeado por desiertos y carreteras que conducían a ninguna parte.

Un día muy caluroso, en pleno agosto, recibí una carta del pueblito fantasma. Faltaban algunos meses para Navidad, por lo que me llamó la atención. Las responsabilidades del día me impidieron abrir el sobre y leer el contenido. La dejé sobre la mesa de mi tráiler y trabajé todo el día. Para cuando cerramos la feria, yo ya había olvidado la esquela. Fue casi una semana después, cuando alcé un libro para guardarlo en un estante, que di con ella. La abrí y descubrí que dentro no había ninguna postal con motivos invernales. En su lugar, hallé un papel que me anunciaba, con frialdad profiláctica, el deceso del viejo Johnny «La Iguana» Usruas. Me sorprendió que dijeran que había sido nombrado albacea de sus bienes y que había heredado parte de su fortuna. Su acto siempre funcionó bien, pero nadie hacía fortuna en un sideshow, salvo los empresarios que lo explotaban. La temporada terminaría en pocas semanas, por lo que me apresuré a hacer los arreglos necesarios para viajar a Trex. Dejé a un compañero al cuidado de mi colección de tarros con los pickled punks, que contenían toda clase de fetos deformes y por los que los incautos pagaban para ver. Me había llevado años formar esa colección y me sentía muy orgulloso de ella.

Tras consultar algunas guías de carretera, descubrí un camino que cruzaba el desierto en dirección al pueblo. Luego de algunos días de viaje, un cartel semihundido en el polvo del desierto me anunció que acababa de llegar a Trex Town. Era temprano por la mañana. Vi multitud de cigüeñas petroleras oxidándose a un costado de la ruta. Abandonadas desde quién sabe cuándo. Nadie se había preocupado por desmontarlas y las habían dejado ahí como monumentos a un sueño ya extinto.

Trex era el típico poblado del suroeste americano. Casas bajas y calles espaciosas. El sol parecía castigar aquella zona con fuerza inaudita. No había ningún árbol que proyectara sombra alguna. Antes de detenerme di vueltas alrededor del pueblo. Estacioné junto a la plaza central y descendí. El parque estaba cubierto de monumentos que representaban a dinosaurios antediluvianos.

Allí estaban los reyes del universo paleontológico, construidos con alambre, yeso o cartapesta. La pintura, un verde mugroso, se había descascarado y su aspecto era desolador. En el caso del viejo Rex –patrono existencial del pueblo, supuse–, uno de sus bracitos atrofiados colgaba de un alambre y parte de su cuerpo tenía boquetes hechos, al parecer, por algún vándalo que había practicado el tiro al blanco con ese monumento del Cretácico. El parque también estaba cubierto de polvo; los pocos juegos infantiles que había dentro de un arenero estaban rotos y sus correajes oxidados. Era un escenario de guerra. Volví a mi vehículo y me senté dentro. El viaje me había agotado, por lo que no tardé en cabecear y quedarme dormido.

Me despertó el golpeteo de unos nudillos sobre mi ventanilla, pero, sobre todo, el calor abrumador. Di un respingo y abrí los ojos.

—¿Qué hace ahí dentro, forastero?

Abrí la puerta y una bocanada de fuego penetró en mi coche. Afuera parecía hacer más calor que dentro.

—Oiga, ¿quién es…?

Y me detuve en la mitad de la frase. Un servidor de la ley. Llevaba puesto en la cabeza un sombrero Stetson tan amplio como el de un frijolero, pero lo tenía echado hacia atrás sobre su amplia frente, lo que me permitió ver sus rasgos. Algo que me impresionó de inmediato, ya que eran similares a los del viejo y querido Johnny «La Iguana» Usruas, el hombre cocodrilo de los Everglades. Pero su piel no era verdosa ni escamada, aunque noté una película de grasa que la recubría. Me pregunté si usaba alguna clase de ungüento para impedir la aparición de escamas o de llagas, algo muy propio, como dije antes, de las personas afectadas por ictiosis.

—¿Decía…?

—De no ser por usted me habría cocinado dentro del vehículo. No sabía que se ponía tan caluroso aquí…

—En Trex estamos muy orgullosos de nuestro clima, caballero. ¿Qué lo trae a nuestra comunidad?

Tras comprobar que solo estaba de paso y que buscaba el bufete del letrado, el polizonte pareció tranquilizarse. Me dio unas simples indicaciones y se desentendió de mí; parecía más interesado en captar los rayos de sol que en hablar conmigo.

El abogado era un sapo gordo. Me dijo que el viejo Johnny me había dejado algunos miles de dólares, entre ahorros y la venta de sus pertenencias. «Nunca estuvo bien de la cabeza. Le gustaban los tipos como usted». Lo dijo como si esas palabras me lo explicaran todo. Agregó que podía cobrar la herencia, pero bajo la condición de que me fuera del pueblo. Era una población autárquica y se guardaba el derecho de elegir a sus pobladores. Y yo no estaba entre los favoritos. «Una cuestión de piel», resumió. Extendió un cheque a mi nombre y nos despedimos estrechándonos las manos. La suya fue como apretar un pescado recién sacado de una heladera. Sentí asco.

Cuando salí del bufete tropecé con otro morador de Trex. Igual a todos los malditos que vivían en ese pueblo fantasma. Espigado, de rasgos aplastados, casi invisibles, y de andar moroso y apocado. Llevaba un sombrero de cowboy en la cabeza y calzaba unas botas tejanas de cuero de víbora que relucían como diamantes. Se detuvo junto a mí y se limitó a mascar la bola de tabaco que giraba dentro de su boca.

—Hola, forastero…

Sus ojos, delgados como ranuras, me impresionaron, porque parecían no tener párpados.

—Buen día…

—¿Qué lo trae a Trex? ¿El parque municipal o el Museo de la Verdad?

—¿Museo de la Verdad?

—¡El origen de la vida!… Ustedes piensan saberlo todo, ¿no? Consideran que somos unos simples nucas rojas sin educación ni cultura alguna…

La salida de ese loco me dispuso mal. No había hecho nada para atacarlo.

—No me malinterprete, yo…

Pero no pude acabar la frase: el tipo se alejó, evidentemente ofuscado por mi respuesta. No alcancé a preguntarle dónde podía comer un tentempié decente en aquel cementerio. Mis pasos me llevaron de nuevo al parque de los dinosaurios. El sol parecía cocinarme a fuego lento. Busqué refugio bajo el estómago de un brontosaurio. Me asombró descubrir a una decena de pobladores sentados en reposeras, tomando sol en paños menores y comiendo gajos de sandía. Todos tenían el mismo rostro del viejo Johnny. Caras de monedas, de tortugas viejas.

No comprendía cómo hacían para no carbonizarse bajo esos rayos terribles. La tierra parecía humear y yo comenzaba a sentir el suplicio de la sed. Bajo la barriga del brontosaurio la temperatura no era mucho mejor, pero, al menos, el sol no intentaba barrerme de la faz de la Tierra. Permanecí allí un cuarto de hora, el tiempo suficiente para ver a los pobladores de Trex acercarse al parque con sus reposeras y sus heladeritas cargadas de cervezas y sandías. Era un poblado de orates. Recordé, entonces, la advertencia que me había lanzado el abogado. Encendí un cigarrillo y miré a los locos cocinándose bajo la luz del astro diurno. Uno de ellos estaba cerca de mí, lo suficiente para que descubriera algo que me intranquilizó. A pesar del calor apabullante, a pesar de los rayos que lo golpeaban de lleno, el condenado no sudaba. Su piel permanecía seca como si fuese un figurón de plástico. Yo, que había conocido toda clase de fenómenos y seres monstruosos en mi vida, no podía dejar de sentirme inquieto ante la vista de estos personajes.

Me dirigí a mi vehículo y decidí salir del pueblo. A medida que avanzaba, veía a los pobladores apostados en sus reposeras, bajo los rayos del sol, comiendo sandías o lechugas como si fuesen reptiles adormecidos. Algo de todo aquello me hizo sentir incómodo. Junto a la carretera abandonada que me había llevado hasta Trex descubrí el museo del que me habían hablado. Era un edificio vulgar. Iba a tomar la carretera cuando recapacité y detuve el coche. No podía desaprovechar esa oportunidad de ver cómo se las ingeniaban para atraer a los turistas.

Atravesé la entrada, de la que colgaba una cortina de abalorios de plástico multicolores, e ingresé a un hall que olía a comida casera y aceitosa. Una vieja gorda, de piel apergaminada y peluca dorada, me hizo un gesto para que me acercara al mostrador. Su rostro me recordó al de una rana toro. Comencé a arrepentirme de mi decisión.

—Son diez dólares, buen mozo.

Era un robo, pero abrí mi billetera y pagué.

—El guía está tomando sol… Si quiere lo llamo, ¿o prefiere hacer el recorrido solo? Todas las vitrinas cuentan con cartones explicativos.

—Prefiero hacerlo solo…

La vieja me extendió un ticket y me hizo una seña para que ingresara a la sala siguiente. Cuando le di la espalda la escuché eructar con violencia. Había interrumpido su almuerzo.

Las salas eran un batiburrillo inconexo y deprimente. Me acerqué a una vitrina y comencé a leer la historia del origen de la Tierra. La habían confeccionado con recortes de manuales y de revistas de divulgación. Un trabajo burdo y sin demasiada clase. Me detuve en la era mesozoica. Habían realizado un diorama con dinosaurios de plástico y una selva de papel, con unos fondos espantosos pintados con témperas baratas. Seguí caminando y leyendo, por encima, las cartulinas que explicaban el pasado de la Tierra. No tardé en descubrir que distaba mucho de la historia oficial que todos conocemos.

No voy a perder tiempo explicando los detalles de la versión que leí en el museo. No creo que valga la pena. Pero es fácil resumirla en pocas palabras. Hace unos sesenta y cinco millones de años, este planeta fue invadido por una especie marciana. Los extraterrestres limpiaron el planeta de las alimañas con bombas termonucleares, con un claro objetivo de conquista. Marte había sufrido el mismo destino por guerras intestinas y, desde hacía miles de años, sus habitantes estaban condenados a vivir en el interior de su mundo. Lo que los marcianos ignoraban es que ya, por entonces, existía una especie bastante inteligente de reptiles que huyeron, ellos también, a las profundidades de la Tierra, donde sobrevivieron gracias a las fuentes termales y volcánicas que descubrieron tras recorrer miles de kilómetros dentro de un circuito secreto de cavernas y túneles. Pero la conquista marciana pronto se vio teñida de sangre por divisiones intestinas que provocaron un invierno nuclear que duró miles de años y obligó a los conquistadores a regresar a los refugios de su planeta madre, mientras la Tierra se curaba de sus heridas.

Cuando regresaron a nuestro mundo, habían pasado millones de años y la civilización marciana estaba prácticamente acabada. Algunos pocos consiguieron mezclar su sangre con los homínidos más inteligentes y mejorar la especie. Todo se complicó para las colonias marcianas, la civilización no prosperó y los descendientes involucionaron a la era de las cavernas, donde la humanidad volvió a empezar desde cero y olvidó su pasado.

Los últimos afiches parecían haber sido escritos con mayor premura, sembrados de faltas ortográficas. Los reptiles se adjudicaban el honor de haber asesinado a muchos de nuestros hombres más célebres, como si fuesen los líderes de una resistencia secreta que volvería a entregarles el mando de un mundo que habían perdido hacía millones de años. Al observarlos echados sobre sus reposeras, comiendo lechuga y bebiendo cerveza, se me hizo difícil creer en esa última posibilidad. No los veía capaces de nada.

Cuando salí del museo me dirigí a mi vehículo. Comenzaba a caer el sol; las calles ya estaban desiertas. Me di cuenta de que su sangre fría los obligaba a buscar refugio. Oculta en aquel desierto, descubrí una verdad que ya nadie recordaba. O que nadie tomaría en serio, expuesta entre dinosaurios de plástico y cartulinas mal escritas. Quizá los reptiloides prefirieran que siguiéramos temiéndoles antes que aceptar lo que aquella historia revelaba: que los habíamos derrotado, de una vez y para siempre, hacía sesenta y cinco millones de años. A ellos, los verdaderos seres humanos de este mundo, en el que nosotros, los hijos bastardos de otra especie, vivíamos de prestado.

Viendo el anillo sangriento del sol ocultarse en el horizonte, conduje por el asfalto de la carretera, resquebrajado como la piel lacerada de una lagartija, una insulsa y simple lagartija.

Mariano Buscaglia nació en Buenos Aires, Argentina, en 1976. En 2015 creó el sello Ediciones Ignotas que rescata literatura policial y fantástica argentina relegada al olvido. Editó para la Biblioteca Nacional los libros policiales de la colección “Disparos en la Biblioteca”. Participó como guionista en la segunda etapa de Fierro y fue jefe de redacción de la revista en su etapa web. Publicó novelas, cuentos y artículos con las editoriales InterZona, La Otra Gemela, Fan Ediciones y Borde Perdido y en revistas como Salvaje Sur, Cineficción, Sensacional, Cuaderno de la Biblioteca, entre otras.

 

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