Mariano Buscaglia
Siempre estábamos
en la búsqueda de algún filón que pudiera atraer a los clientes. Para cuando se
pusieron de moda los reptiles alienígenas, hacía años que explotábamos un viejo
espectáculo en la tienda de «Diez en uno», con el cartel de «¡El Hombre Cocodrilo
de Everglades! ¡Capturado en los pantanos! Alimentado y criado en estado
salvaje por los aligátores. ¡Vivo!». El espectáculo siempre funcionó, pero la
popularidad del show televisivo nos permitió retitularlo como «El Visitante
Verde o El Marciano Draconiano». Johnny «La Iguana» Usruas se encargaba de
darle vida a la promesa que lanzaban las lonas que habíamos montado a lo largo
del sideshow. Su letrero tenía pintada la figura de un hombre con cabeza
de reptil a punto de devorar una rata. El viejo Usruas había aprendido a tragar
vivos pequeños ratones y luego a vomitarlos. Eso nos ahorraba ir a la tienda de
mascotas a comprar ratones tras cada espectáculo. Lo utilizábamos como blow
off: la gente debía pagar un plus sobre la entrada para poder verlo. Así de
bueno era.
—¡Contemplen al temible hombre
lagarto de las estrellas!
Hasta donde yo sabía, Johnny «La
Iguana» Usruas padecía de ictiosis, una enfermedad que produce sequedad extrema
en la piel. Aunque su afección no era peligrosa ni mortal, si no se la trataba
con los ungüentos adecuados, la epidermis se agrietaba y resecaba, adquiriendo
una apariencia escamosa como la de un reptil. Si a esa condición le sumábamos
un poco de pintura verde y lentes de contacto rojos, la atracción se volvía
algo digno de ver. ¡Y bien valía los tres dólares que cobrábamos por ello!
A su singularidad cutánea había que
sumarle la peculiaridad de sus rasgos. Su nariz era apenas dos orificios que se
abrían camino en su cara; su boca era tan grande como la de un pez de río, con
dientes afilados como agujas. No tenía cabello y sus orejas eran pequeñas y sin
lóbulos. Nunca me atreví a preguntarle si alguna vez había pasado por el
quirófano, cosa bastante común entre los fenómenos de feria que intentan
maximizar sus rarezas.
Johnny era parco de palabras y rara
vez hablaba de sí mismo o de su pasado, pero nos llevábamos bien.
—Vengo de la vieja Arizona,
muchacho. Alguna vez conocerás a los míos…
Me quería. Yo me encargaba de que
no le faltara nada y dejaba que se asara al sol cuando feriábamos por esos
pueblos fantasmales que sobrevivían a la vera de algún desierto donde en el
pasado reinaban los navajos. A veces me preguntaba si no era en verdad una
iguana. Dormía como un hurón en cuanto caía el sol y, los días nublados,
siempre decía sentirse mal. Un tipo de lo más particular.
A principios de los noventa, la
moda de los lagartos quedó arrumbada. Johnny «La Iguana» Usruas decidió que era
tiempo de retirarse y regresó a su pueblito perdido, desde donde, una vez al
año, cerca de Navidad, me enviaba alguna postal con motivos invernales. El
pueblo donde vivía se llamaba Trex. Rodeado por desiertos y carreteras que
conducían a ninguna parte.
Un día muy caluroso, en pleno
agosto, recibí una carta del pueblito fantasma. Faltaban algunos meses para
Navidad, por lo que me llamó la atención. Las responsabilidades del día me
impidieron abrir el sobre y leer el contenido. La dejé sobre la mesa de mi
tráiler y trabajé todo el día. Para cuando cerramos la feria, yo ya había
olvidado la esquela. Fue casi una semana después, cuando alcé un libro para
guardarlo en un estante, que di con ella. La abrí y descubrí que dentro no
había ninguna postal con motivos invernales. En su lugar, hallé un papel que me
anunciaba, con frialdad profiláctica, el deceso del viejo Johnny «La Iguana» Usruas.
Me sorprendió que dijeran que había sido nombrado albacea de sus bienes y que
había heredado parte de su fortuna. Su acto siempre funcionó bien, pero nadie
hacía fortuna en un sideshow, salvo los empresarios que lo explotaban.
La temporada terminaría en pocas semanas, por lo que me apresuré a hacer los
arreglos necesarios para viajar a Trex. Dejé a un compañero al cuidado de mi
colección de tarros con los pickled punks, que contenían toda clase de
fetos deformes y por los que los incautos pagaban para ver. Me había llevado
años formar esa colección y me sentía muy orgulloso de ella.
Tras consultar algunas guías de
carretera, descubrí un camino que cruzaba el desierto en dirección al pueblo.
Luego de algunos días de viaje, un cartel semihundido en el polvo del desierto
me anunció que acababa de llegar a Trex Town. Era temprano por la mañana. Vi
multitud de cigüeñas petroleras oxidándose a un costado de la ruta. Abandonadas
desde quién sabe cuándo. Nadie se había preocupado por desmontarlas y las
habían dejado ahí como monumentos a un sueño ya extinto.
Trex era el típico poblado del
suroeste americano. Casas bajas y calles espaciosas. El sol parecía castigar
aquella zona con fuerza inaudita. No había ningún árbol que proyectara sombra
alguna. Antes de detenerme di vueltas alrededor del pueblo. Estacioné junto a
la plaza central y descendí. El parque estaba cubierto de monumentos que
representaban a dinosaurios antediluvianos.
Allí estaban los reyes del universo
paleontológico, construidos con alambre, yeso o cartapesta. La pintura, un
verde mugroso, se había descascarado y su aspecto era desolador. En el caso del
viejo Rex –patrono existencial del pueblo, supuse–, uno de sus bracitos
atrofiados colgaba de un alambre y parte de su cuerpo tenía boquetes hechos, al
parecer, por algún vándalo que había practicado el tiro al blanco con ese
monumento del Cretácico. El parque también estaba cubierto de polvo; los pocos
juegos infantiles que había dentro de un arenero estaban rotos y sus correajes
oxidados. Era un escenario de guerra. Volví a mi vehículo y me senté dentro. El
viaje me había agotado, por lo que no tardé en cabecear y quedarme dormido.
Me despertó el golpeteo de unos
nudillos sobre mi ventanilla, pero, sobre todo, el calor abrumador. Di un
respingo y abrí los ojos.
—¿Qué hace ahí dentro, forastero?
Abrí la puerta y una bocanada de
fuego penetró en mi coche. Afuera parecía hacer más calor que dentro.
—Oiga, ¿quién es…?
Y me detuve en la mitad de la
frase. Un servidor de la ley. Llevaba puesto en la cabeza un sombrero Stetson
tan amplio como el de un frijolero, pero lo tenía echado hacia atrás sobre su
amplia frente, lo que me permitió ver sus rasgos. Algo que me impresionó de
inmediato, ya que eran similares a los del viejo y querido Johnny «La Iguana»
Usruas, el hombre cocodrilo de los Everglades. Pero su piel no era verdosa ni
escamada, aunque noté una película de grasa que la recubría. Me pregunté si
usaba alguna clase de ungüento para impedir la aparición de escamas o de
llagas, algo muy propio, como dije antes, de las personas afectadas por
ictiosis.
—¿Decía…?
—De no ser por usted me habría
cocinado dentro del vehículo. No sabía que se ponía tan caluroso aquí…
—En Trex estamos muy orgullosos de
nuestro clima, caballero. ¿Qué lo trae a nuestra comunidad?
Tras comprobar que solo estaba de
paso y que buscaba el bufete del letrado, el polizonte pareció tranquilizarse.
Me dio unas simples indicaciones y se desentendió de mí; parecía más interesado
en captar los rayos de sol que en hablar conmigo.
El abogado era un sapo gordo. Me
dijo que el viejo Johnny me había dejado algunos miles de dólares, entre
ahorros y la venta de sus pertenencias. «Nunca estuvo bien de la cabeza. Le
gustaban los tipos como usted». Lo dijo como si esas palabras me lo explicaran todo.
Agregó que podía cobrar la herencia, pero bajo la condición de que me fuera del
pueblo. Era una población autárquica y se guardaba el derecho de elegir a sus
pobladores. Y yo no estaba entre los favoritos. «Una cuestión de piel»,
resumió. Extendió un cheque a mi nombre y nos despedimos estrechándonos las
manos. La suya fue como apretar un pescado recién sacado de una heladera. Sentí
asco.
Cuando salí del bufete tropecé con
otro morador de Trex. Igual a todos los malditos que vivían en ese pueblo
fantasma. Espigado, de rasgos aplastados, casi invisibles, y de andar moroso y
apocado. Llevaba un sombrero de cowboy en la cabeza y calzaba unas botas
tejanas de cuero de víbora que relucían como diamantes. Se detuvo junto a mí y
se limitó a mascar la bola de tabaco que giraba dentro de su boca.
—Hola, forastero…
Sus ojos, delgados como ranuras, me
impresionaron, porque parecían no tener párpados.
—Buen día…
—¿Qué lo trae a Trex? ¿El parque
municipal o el Museo de la Verdad?
—¿Museo de la Verdad?
—¡El origen de la vida!… Ustedes
piensan saberlo todo, ¿no? Consideran que somos unos simples nucas rojas sin
educación ni cultura alguna…
La salida de ese loco me dispuso
mal. No había hecho nada para atacarlo.
—No me malinterprete, yo…
Pero no pude acabar la frase: el
tipo se alejó, evidentemente ofuscado por mi respuesta. No alcancé a
preguntarle dónde podía comer un tentempié decente en aquel cementerio. Mis
pasos me llevaron de nuevo al parque de los dinosaurios. El sol parecía cocinarme
a fuego lento. Busqué refugio bajo el estómago de un brontosaurio. Me asombró
descubrir a una decena de pobladores sentados en reposeras, tomando sol en
paños menores y comiendo gajos de sandía. Todos tenían el mismo rostro del
viejo Johnny. Caras de monedas, de tortugas viejas.
No comprendía cómo hacían para no
carbonizarse bajo esos rayos terribles. La tierra parecía humear y yo comenzaba
a sentir el suplicio de la sed. Bajo la barriga del brontosaurio la temperatura
no era mucho mejor, pero, al menos, el sol no intentaba barrerme de la faz de
la Tierra. Permanecí allí un cuarto de hora, el tiempo suficiente para ver a
los pobladores de Trex acercarse al parque con sus reposeras y sus heladeritas
cargadas de cervezas y sandías. Era un poblado de orates. Recordé, entonces, la
advertencia que me había lanzado el abogado. Encendí un cigarrillo y miré a los
locos cocinándose bajo la luz del astro diurno. Uno de ellos estaba cerca de
mí, lo suficiente para que descubriera algo que me intranquilizó. A pesar del
calor apabullante, a pesar de los rayos que lo golpeaban de lleno, el condenado
no sudaba. Su piel permanecía seca como si fuese un figurón de plástico. Yo,
que había conocido toda clase de fenómenos y seres monstruosos en mi vida, no
podía dejar de sentirme inquieto ante la vista de estos personajes.
Me dirigí a mi vehículo y decidí
salir del pueblo. A medida que avanzaba, veía a los pobladores apostados en sus
reposeras, bajo los rayos del sol, comiendo sandías o lechugas como si fuesen
reptiles adormecidos. Algo de todo aquello me hizo sentir incómodo. Junto a la
carretera abandonada que me había llevado hasta Trex descubrí el museo del que
me habían hablado. Era un edificio vulgar. Iba a tomar la carretera cuando
recapacité y detuve el coche. No podía desaprovechar esa oportunidad de ver
cómo se las ingeniaban para atraer a los turistas.
Atravesé la entrada, de la que
colgaba una cortina de abalorios de plástico multicolores, e ingresé a un hall
que olía a comida casera y aceitosa. Una vieja gorda, de piel apergaminada y
peluca dorada, me hizo un gesto para que me acercara al mostrador. Su rostro me
recordó al de una rana toro. Comencé a arrepentirme de mi decisión.
—Son diez dólares, buen mozo.
Era un robo, pero abrí mi billetera
y pagué.
—El guía está tomando sol… Si
quiere lo llamo, ¿o prefiere hacer el recorrido solo? Todas las vitrinas
cuentan con cartones explicativos.
—Prefiero hacerlo solo…
La vieja me extendió un ticket y me
hizo una seña para que ingresara a la sala siguiente. Cuando le di la espalda
la escuché eructar con violencia. Había interrumpido su almuerzo.
Las salas eran un batiburrillo
inconexo y deprimente. Me acerqué a una vitrina y comencé a leer la historia
del origen de la Tierra. La habían confeccionado con recortes de manuales y de
revistas de divulgación. Un trabajo burdo y sin demasiada clase. Me detuve en
la era mesozoica. Habían realizado un diorama con dinosaurios de plástico y una
selva de papel, con unos fondos espantosos pintados con témperas baratas. Seguí
caminando y leyendo, por encima, las cartulinas que explicaban el pasado de la
Tierra. No tardé en descubrir que distaba mucho de la historia oficial que
todos conocemos.
No voy a perder tiempo explicando
los detalles de la versión que leí en el museo. No creo que valga la pena. Pero
es fácil resumirla en pocas palabras. Hace unos sesenta y cinco millones de
años, este planeta fue invadido por una especie marciana. Los extraterrestres
limpiaron el planeta de las alimañas con bombas termonucleares, con un claro
objetivo de conquista. Marte había sufrido el mismo destino por guerras
intestinas y, desde hacía miles de años, sus habitantes estaban condenados a
vivir en el interior de su mundo. Lo que los marcianos ignoraban es que ya, por
entonces, existía una especie bastante inteligente de reptiles que huyeron,
ellos también, a las profundidades de la Tierra, donde sobrevivieron gracias a
las fuentes termales y volcánicas que descubrieron tras recorrer miles de
kilómetros dentro de un circuito secreto de cavernas y túneles. Pero la
conquista marciana pronto se vio teñida de sangre por divisiones intestinas que
provocaron un invierno nuclear que duró miles de años y obligó a los
conquistadores a regresar a los refugios de su planeta madre, mientras la
Tierra se curaba de sus heridas.
Cuando regresaron a nuestro mundo,
habían pasado millones de años y la civilización marciana estaba prácticamente
acabada. Algunos pocos consiguieron mezclar su sangre con los homínidos más
inteligentes y mejorar la especie. Todo se complicó para las colonias
marcianas, la civilización no prosperó y los descendientes involucionaron a la
era de las cavernas, donde la humanidad volvió a empezar desde cero y olvidó su
pasado.
Los últimos afiches parecían haber
sido escritos con mayor premura, sembrados de faltas ortográficas. Los reptiles
se adjudicaban el honor de haber asesinado a muchos de nuestros hombres más
célebres, como si fuesen los líderes de una resistencia secreta que volvería a
entregarles el mando de un mundo que habían perdido hacía millones de años. Al
observarlos echados sobre sus reposeras, comiendo lechuga y bebiendo cerveza,
se me hizo difícil creer en esa última posibilidad. No los veía capaces de
nada.
Cuando salí del museo me dirigí a
mi vehículo. Comenzaba a caer el sol; las calles ya estaban desiertas. Me di
cuenta de que su sangre fría los obligaba a buscar refugio. Oculta en aquel
desierto, descubrí una verdad que ya nadie recordaba. O que nadie tomaría en
serio, expuesta entre dinosaurios de plástico y cartulinas mal escritas. Quizá
los reptiloides prefirieran que siguiéramos temiéndoles antes que aceptar lo
que aquella historia revelaba: que los habíamos derrotado, de una vez y para
siempre, hacía sesenta y cinco millones de años. A ellos, los verdaderos seres
humanos de este mundo, en el que nosotros, los hijos bastardos de otra especie,
vivíamos de prestado.
Viendo el anillo sangriento del sol ocultarse en el horizonte, conduje por el asfalto de la carretera, resquebrajado como la piel lacerada de una lagartija, una insulsa y simple lagartija.
Mariano Buscaglia nació en Buenos Aires, Argentina, en 1976. En 2015 creó el sello Ediciones Ignotas que rescata literatura policial y fantástica argentina relegada al olvido. Editó para la Biblioteca Nacional los libros policiales de la colección “Disparos en la Biblioteca”. Participó como guionista en la segunda etapa de Fierro y fue jefe de redacción de la revista en su etapa web. Publicó novelas, cuentos y artículos con las editoriales InterZona, La Otra Gemela, Fan Ediciones y Borde Perdido y en revistas como Salvaje Sur, Cineficción, Sensacional, Cuaderno de la Biblioteca, entre otras.

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