miércoles, 30 de septiembre de 2026

MI PEQUEÑA Y MODESTA BODA NO JUDÍA

Marleen S. Barr

 

Llamé por teléfono a mi madre para darle la noticia que llevaba veinticinco años esperando oír.

—Hola.

—Cásate.

—Voy a casarme. Precisamente para eso te llamo.

—Cásate.

—No me estás escuchando. Estás tan acostumbrada a decirme que me case que sigues diciéndomelo aunque voy a casarme. Déjame ser clara: me caso mañana por la mañana. Din, don, las campanas van a repicar.

—¿Qué? ¿Qué campanas? Oy, mi hija se casa en una iglesia. Tu padre y yo no vamos a entrar en una iglesia. Podemos hacer la vista gorda acerca de que el novio sea shaygetz porque ya eres tan mayor que nuestra única exigencia es que te cases con un ser humano; pero una boda en una iglesia está fuera de toda discusión. Los judíos de Forest Hills no van a la iglesia. Tu padre y yo no somos una excepción.

—No. Nada de iglesia. Me caso mañana por la mañana en el Ayuntamiento de Queens, en Queens Boulevard. Pepe y yo pasaremos a recogerlos a ti y a Egor –a mi padre lo llamo Egor y a mi madre, Herbert– a las diez y media.

Después de terminar la llamada en la que anuncié mi boda a mi madre y de dedicar exactamente tres minutos a los preparativos –prestar atención a los detalles ceremoniales no es mi estilo–, volví al trabajo que tenía entre manos aquella noche.

La familia nuclear Lear –que estaba a punto de incorporar al lascivo historiador de arte francocanadiense Pepe Le Pew– entró en el edificio municipal de Queens y tomó asiento en la zona de espera reservada para las parejas a punto de casarse y sus acompañantes. Herbert examinó el terreno con esa mirada de «cásate con un hombre heterosexual» que había utilizado durante toda mi vida adulta.

—Mira a todas estas mujeres que están a punto de casarse. ¿Por qué tú no puedes casarte? ¿Por qué no puedes ser como todas estas mujeres? ¿Por qué no puedes ser normal, Sondra?

Como Pepe no estaba acostumbrado a las madres judías –y mucho menos a Herbert, que superaba todos los límites de lo intolerable–, intenté mantener la calma.

—Querida madre, por favor, reconoce que estoy aquí precisamente para casarme.

—Todos estos hombres ya están comprometidos. Pero fíjate en el funcionario que celebra las bodas. Tal vez esté soltero. Pregúntale si está soltero. Si lo está, yo les preguntaré a esos futuros novios si tienen amigos o hermanos solteros.

Y ahí terminó mi decisión de mantener la calma.

—Esto supera todo lo imaginable. Aquí estoy, esperando para casarme, y tú estás tan acostumbrada a decirme que me case que, aun cuando la boda es inminente, sigues sin poder dejar de insistir y hacerme la vida imposible. ¿Vas a seguir diciéndome que me case cuando termine la ceremonia? Y si decides desistir ante la evidencia indiscutible de que tus sermones ya no son necesarios, ¿con qué cosa nueva te obsesionarás? Estoy segura de que habrá algo nuevo. No puedes empezar con lo de los nietos porque soy demasiado mayor para tener un bebé. Egor, por favor, haz algo. Dile a Herbert que deje de decirme que me case y que encuentre marido cuando voy a casarme dentro de quince minutos y el marido que he encontrado está aquí mismo.

—Haz lo que dice tu madre. Escucha a tu madre —dijo Egor tranquilamente.

—¡Aaaaaargh! —dije.

—Discúlpenme. Voy al baño —dijo Pepe.

Pasaron cinco minutos y Pepe seguía sin regresar. Entré en pánico. Imaginé que Pepe, después de pensarlo mejor tras haber visto a Herbert en acción, había decidido no seguir adelante con la boda. Pensé que Pepe había puesto pies en polvorosa rumbo a las colinas de Forest Hills. Aunque las colinas de Forest Hills están pavimentadas, no dejan de ser colinas. Después de haber estado expuesto a Herbert, era perfectamente posible que Pepe hubiera decidido huir hacia ellas. Resolví guardarme mis temores. No alcanzaba a imaginar hasta qué punto Herbert podía hacerme sentir miserable si se enteraba de que yo sospechaba que Pepe había levantado vuelo.

—Siguientes. Boda Lear-Le Pew —dijo un empleado municipal.

—Mi prometido no está aquí.

—¿Dónde está?

—No tengo la menor idea. Salió de la sala y no ha vuelto.

Todas las parejas que esperaban y sus séquitos guardaron silencio y me miraron con compasión. Herbert rompió el silencio.

—Sondra, encuentra a tu marido. Encuéntralo inmediatamente, o antes si es posible.

Herbert me estaba diciendo que encontrara marido en mi propia boda... y ahora lo que decía tenía sentido.

Me interné en las entrañas del laberíntico edificio municipal de Queens, dudando de que alguna vez consiguiera regresar al punto de partida. Acababa de escapar de la monstruosa Herbert y ahora estaba perdida en un laberinto. La suerte estaba de mi lado. Como profesora de mitología, sabía exactamente qué hacer. Lo que había funcionado para Teseo funcionaría para Sondra. Simplemente ataría un hilo al picaporte de una puerta y lo seguiría para regresar. Vuelta al principio. No tenía ningún hilo. En cambio, llevaba una galleta en el bolsillo. Adiós, Teseo. Hola, Hansel y Gretel. Dejaría un rastro de migas de galleta y lo utilizaría para orientarme. Mientras buscaba frenéticamente a Pepe y dejaba caer migas de galleta, sabía que, si regresaba sin él, Herbert me metería en un horno y me convertiría en pan de jengibre. Pensándolo mejor, Herbert no sabría preparar pan de jengibre ni aunque le fuera la vida en ello. A diferencia de las brujas malvadas de los cuentos de hadas, las madres judías no convierten a sus hijas en pan de jengibre. Simplemente las atosigan hasta la muerte.

Llegué a la balaustrada de una terraza del segundo piso que daba al vestíbulo.

—¡Pepe! ¡Pepe! —grité frenéticamente mientras mi voz reverberaba contra las paredes del vestíbulo.

Mi repetición no era menos desesperada que los reiterados gritos de «Elaine» de Dustin Hoffman durante la boda. Resonó por todas las zonas públicas del primer y segundo piso... sin obtener respuesta alguna de Pepe.

Lo único que me quedaba por hacer era investigar los baños. Asomé la cabeza en todos los baños de hombres que pude encontrar mientras gritaba «¡Pepe! ¡Pepe!» a pleno pulmón. Por suerte, «Pepe» suena en inglés como pee-pee. Tal vez pudiera evitar que me arrestaran si interpretaban mis gritos de «Pepe, Pepe» como los de una persona trastornada, con un extraño acento, que necesitaba orinar urgentemente. Ya podía imaginar la acusación: ensuciar un edificio municipal con migas de pan y hacer proposiciones en los baños de hombres. El veredicto: internamiento en el Hospital Psiquiátrico Bellevue. Bellevue era preferible al destino que me aguardaba a manos de Herbert si regresaba a mi boda sin haber encontrado a mi marido.

Intenté tranquilizarme y encontrar una salida racional a la situación. Recordé el episodio de Sex and the City en el que el novio de Carrie Bradshaw utiliza una nota adhesiva para comunicarle que quiere terminar con ella. Pepe, siempre tan correcto en cuestiones sociales, no se marcharía para siempre sin despedirse. Como mínimo, podía confiar en que utilizaría una nota adhesiva que dijera «adiós». Mi temor de que Pepe hubiera huido hacia las colinas de Forest Hills tenía que ser injustificado. Pepe debía de encontrarse en alguna parte del edificio municipal. Puesto que había pasado tantos años buscando marido, era lógico suponer que debía de poseer la capacidad de encontrar al mío dentro de un espacio específicamente delimitado.

Todos esos pensamientos lógicos se volvieron irrelevantes en cuanto vi a Pepe caminando despreocupadamente por el pasillo.

—¿Dónde estabas? Pensé que Herbert te había horrorizado hasta tal punto que habías decidido abandonarme para siempre. El funcionario pronunció nuestros nombres y nadie respondió. A pesar de mi habitual habilidad para eludir las reglas, no podía casarme sin ti. Herbert me ordenó que buscara marido en mi propia boda. Gracias a tu ausencia, por fin lo que decía tenía sentido.

—No conviertas esta situación en un drama. Me encontraste cuando nos conocimos y acabas de encontrarme otra vez. Todo está bien. Nunca te abandonaría, con Herbert o sin Herbert... aunque debo admitir que es un poco excesiva. Vamos a casarnos.

Cuando entré en la sala de ceremonias matrimoniales del edificio municipal llevando a Pepe conmigo, todas las personas presentes respiraron aliviadas.

Herbert y Egor nos contemplaron orgullosos mientras oía que por fin me dirigían las consabidas palabras de la ceremonia. Cuando el funcionario llegó a la parte en la que preguntaba si alguien tenía alguna objeción, Herbert, como siempre, no permaneció callada ni guardó silencio.

—El propósito de mi vida durante el último cuarto de siglo ha sido decirle a Sondra que se case. Ahora que finalmente, más vale tarde que nunca, va a casarse, aunque sea con un goy –y a estas alturas estoy dispuesta a hacer la vista gorda–, ¿cuál será ahora el propósito de mi vida? No puedo imaginarme sin decirle a Sondra que encuentre marido y se case. ¿Qué voy a hacer?

Por una vez en mi vida, me quedé sin palabras. Estaba tan avergonzada que deseé llevar puestos mis zuecos rojos mágicos en vez de los blancos. Los zuecos rojos me permitirían recurrir a mi amigo Ilya, el vampiro, para que me teletransportara y me sacara de aquella situación insostenible.

El siempre confiable Egor, que jamás dejaba de ayudar cuando realmente lo necesitaba, acudió al rescate.

—Rozie, esto no se trata de ti. No se trata de que tú preguntes: «¿Qué voy a hacer?». Se trata de que Sondra diga: «Sí, acepto». Por fin. No preguntes qué puede hacer por ti el «sí, acepto» de tu hija; pregúntate qué puedes hacer tú por el «sí, acepto» de tu hija.

El funcionario continuó sin pestañear. Probablemente ya lo había visto todo y Herbert no consiguió perturbarlo.

—Sí, acepto —dije.

—Sí, acepto —dijo Pepe.

El funcionario hizo lo suyo y nos declaró casados. Por fin estaba casada. Mientras besaba a Pepe y Herbert y Egor se besaban entre sí, el momento fue absolutamente mágico. O, expresado en términos de mi experiencia vital, fue mágico pero, aun así, real.

Los vulgares zuecos blancos, y no los sobrenaturales zuecos rojos, eran el atuendo más apropiado para mi particular pequeña y modesta boda no judía.

Marleen S. Barr enseña inglés en la City University of New York y es conocida por su trabajo pionero en la ciencia ficción feminista. Ha ganado el premio Pilgrim de la Science Fiction Research Association por su trayectoria en la crítica de la ciencia ficción. Barr es autora de Alien to Femininity: Speculative Fiction and Feminist Theory, Lost in Space: Probing Feminist Science Fiction and Beyond, Feminist Fabulation: Space/Postmodern Fiction y Genre Fission: A New Discourse Practice for Cultural Studies. Barr ha editado numerosas antologías y fue coeditora del número de ciencia ficción de PMLA. Es autora de las novelas Oy Pioneer! y Oy Feminist Planets: A Fake Memoir. Su libro When Trump Changed: The Feminist Science Fiction Justice League Quashes the Orange Outrage Pussy Grabber es la primera colección de relatos cortos sobre Trump escrita en solitario.

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