Marleen S. Barr
Llamé por teléfono
a mi madre para darle la noticia que llevaba veinticinco años esperando oír.
—Hola.
—Cásate.
—Voy a casarme. Precisamente para
eso te llamo.
—Cásate.
—No me estás escuchando. Estás tan
acostumbrada a decirme que me case que sigues diciéndomelo aunque voy a
casarme. Déjame ser clara: me caso mañana por la mañana. Din, don, las campanas
van a repicar.
—¿Qué? ¿Qué campanas? Oy, mi hija
se casa en una iglesia. Tu padre y yo no vamos a entrar en una iglesia. Podemos
hacer la vista gorda acerca de que el novio sea shaygetz porque ya eres
tan mayor que nuestra única exigencia es que te cases con un ser humano; pero
una boda en una iglesia está fuera de toda discusión. Los judíos de Forest
Hills no van a la iglesia. Tu padre y yo no somos una excepción.
—No. Nada de iglesia. Me caso
mañana por la mañana en el Ayuntamiento de Queens, en Queens Boulevard. Pepe y
yo pasaremos a recogerlos a ti y a Egor –a mi padre lo llamo Egor y a mi madre,
Herbert– a las diez y media.
Después de terminar la llamada en
la que anuncié mi boda a mi madre y de dedicar exactamente tres minutos a los
preparativos –prestar atención a los detalles ceremoniales no es mi estilo–,
volví al trabajo que tenía entre manos aquella noche.
La familia nuclear Lear –que estaba
a punto de incorporar al lascivo historiador de arte francocanadiense Pepe Le
Pew– entró en el edificio municipal de Queens y tomó asiento en la zona de
espera reservada para las parejas a punto de casarse y sus acompañantes.
Herbert examinó el terreno con esa mirada de «cásate con un hombre
heterosexual» que había utilizado durante toda mi vida adulta.
—Mira a todas estas mujeres que
están a punto de casarse. ¿Por qué tú no puedes casarte? ¿Por qué no puedes ser
como todas estas mujeres? ¿Por qué no puedes ser normal, Sondra?
Como Pepe no estaba acostumbrado a
las madres judías –y mucho menos a Herbert, que superaba todos los límites de
lo intolerable–, intenté mantener la calma.
—Querida madre, por favor, reconoce
que estoy aquí precisamente para casarme.
—Todos estos hombres ya están
comprometidos. Pero fíjate en el funcionario que celebra las bodas. Tal vez
esté soltero. Pregúntale si está soltero. Si lo está, yo les preguntaré a esos
futuros novios si tienen amigos o hermanos solteros.
Y ahí terminó mi decisión de
mantener la calma.
—Esto supera todo lo imaginable.
Aquí estoy, esperando para casarme, y tú estás tan acostumbrada a decirme que
me case que, aun cuando la boda es inminente, sigues sin poder dejar de
insistir y hacerme la vida imposible. ¿Vas a seguir diciéndome que me case
cuando termine la ceremonia? Y si decides desistir ante la evidencia
indiscutible de que tus sermones ya no son necesarios, ¿con qué cosa nueva te
obsesionarás? Estoy segura de que habrá algo nuevo. No puedes empezar con lo de
los nietos porque soy demasiado mayor para tener un bebé. Egor, por favor, haz
algo. Dile a Herbert que deje de decirme que me case y que encuentre marido
cuando voy a casarme dentro de quince minutos y el marido que he encontrado
está aquí mismo.
—Haz lo que dice tu madre. Escucha
a tu madre —dijo Egor tranquilamente.
—¡Aaaaaargh! —dije.
—Discúlpenme. Voy al baño —dijo
Pepe.
Pasaron cinco minutos y Pepe seguía
sin regresar. Entré en pánico. Imaginé que Pepe, después de pensarlo mejor tras
haber visto a Herbert en acción, había decidido no seguir adelante con la boda.
Pensé que Pepe había puesto pies en polvorosa rumbo a las colinas de Forest
Hills. Aunque las colinas de Forest Hills están pavimentadas, no dejan de ser
colinas. Después de haber estado expuesto a Herbert, era perfectamente posible
que Pepe hubiera decidido huir hacia ellas. Resolví guardarme mis temores. No alcanzaba
a imaginar hasta qué punto Herbert podía hacerme sentir miserable si se
enteraba de que yo sospechaba que Pepe había levantado vuelo.
—Siguientes. Boda Lear-Le Pew —dijo
un empleado municipal.
—Mi prometido no está aquí.
—¿Dónde está?
—No tengo la menor idea. Salió de
la sala y no ha vuelto.
Todas las parejas que esperaban y
sus séquitos guardaron silencio y me miraron con compasión. Herbert rompió el
silencio.
—Sondra, encuentra a tu marido.
Encuéntralo inmediatamente, o antes si es posible.
Herbert me estaba diciendo que
encontrara marido en mi propia boda... y ahora lo que decía tenía sentido.
Me interné en las entrañas del
laberíntico edificio municipal de Queens, dudando de que alguna vez consiguiera
regresar al punto de partida. Acababa de escapar de la monstruosa Herbert y
ahora estaba perdida en un laberinto. La suerte estaba de mi lado. Como
profesora de mitología, sabía exactamente qué hacer. Lo que había funcionado
para Teseo funcionaría para Sondra. Simplemente ataría un hilo al picaporte de
una puerta y lo seguiría para regresar. Vuelta al principio. No tenía ningún
hilo. En cambio, llevaba una galleta en el bolsillo. Adiós, Teseo. Hola, Hansel
y Gretel. Dejaría un rastro de migas de galleta y lo utilizaría para
orientarme. Mientras buscaba frenéticamente a Pepe y dejaba caer migas de
galleta, sabía que, si regresaba sin él, Herbert me metería en un horno y me
convertiría en pan de jengibre. Pensándolo mejor, Herbert no sabría preparar
pan de jengibre ni aunque le fuera la vida en ello. A diferencia de las brujas
malvadas de los cuentos de hadas, las madres judías no convierten a sus hijas
en pan de jengibre. Simplemente las atosigan hasta la muerte.
Llegué a la balaustrada de una
terraza del segundo piso que daba al vestíbulo.
—¡Pepe! ¡Pepe! —grité
frenéticamente mientras mi voz reverberaba contra las paredes del vestíbulo.
Mi repetición no era menos
desesperada que los reiterados gritos de «Elaine» de Dustin Hoffman durante la
boda. Resonó por todas las zonas públicas del primer y segundo piso... sin
obtener respuesta alguna de Pepe.
Lo único que me quedaba por hacer
era investigar los baños. Asomé la cabeza en todos los baños de hombres que
pude encontrar mientras gritaba «¡Pepe! ¡Pepe!» a pleno pulmón. Por suerte,
«Pepe» suena en inglés como pee-pee. Tal vez pudiera evitar que me
arrestaran si interpretaban mis gritos de «Pepe, Pepe» como los de una persona
trastornada, con un extraño acento, que necesitaba orinar urgentemente. Ya
podía imaginar la acusación: ensuciar un edificio municipal con migas de pan y
hacer proposiciones en los baños de hombres. El veredicto: internamiento en el
Hospital Psiquiátrico Bellevue. Bellevue era preferible al destino que me
aguardaba a manos de Herbert si regresaba a mi boda sin haber encontrado a mi
marido.
Intenté tranquilizarme y encontrar
una salida racional a la situación. Recordé el episodio de Sex and the City
en el que el novio de Carrie Bradshaw utiliza una nota adhesiva para
comunicarle que quiere terminar con ella. Pepe, siempre tan correcto en
cuestiones sociales, no se marcharía para siempre sin despedirse. Como mínimo,
podía confiar en que utilizaría una nota adhesiva que dijera «adiós». Mi temor
de que Pepe hubiera huido hacia las colinas de Forest Hills tenía que ser
injustificado. Pepe debía de encontrarse en alguna parte del edificio
municipal. Puesto que había pasado tantos años buscando marido, era lógico
suponer que debía de poseer la capacidad de encontrar al mío dentro de un
espacio específicamente delimitado.
Todos esos pensamientos lógicos se
volvieron irrelevantes en cuanto vi a Pepe caminando despreocupadamente por el
pasillo.
—¿Dónde estabas? Pensé que Herbert
te había horrorizado hasta tal punto que habías decidido abandonarme para
siempre. El funcionario pronunció nuestros nombres y nadie respondió. A pesar
de mi habitual habilidad para eludir las reglas, no podía casarme sin ti.
Herbert me ordenó que buscara marido en mi propia boda. Gracias a tu ausencia,
por fin lo que decía tenía sentido.
—No conviertas esta situación en un
drama. Me encontraste cuando nos conocimos y acabas de encontrarme otra vez.
Todo está bien. Nunca te abandonaría, con Herbert o sin Herbert... aunque debo
admitir que es un poco excesiva. Vamos a casarnos.
Cuando entré en la sala de
ceremonias matrimoniales del edificio municipal llevando a Pepe conmigo, todas
las personas presentes respiraron aliviadas.
Herbert y Egor nos contemplaron
orgullosos mientras oía que por fin me dirigían las consabidas palabras de la
ceremonia. Cuando el funcionario llegó a la parte en la que preguntaba si
alguien tenía alguna objeción, Herbert, como siempre, no permaneció callada ni
guardó silencio.
—El propósito de mi vida durante el
último cuarto de siglo ha sido decirle a Sondra que se case. Ahora que
finalmente, más vale tarde que nunca, va a casarse, aunque sea con un goy
–y a estas alturas estoy dispuesta a hacer la vista gorda–, ¿cuál será ahora el
propósito de mi vida? No puedo imaginarme sin decirle a Sondra que encuentre
marido y se case. ¿Qué voy a hacer?
Por una vez en mi vida, me quedé
sin palabras. Estaba tan avergonzada que deseé llevar puestos mis zuecos rojos
mágicos en vez de los blancos. Los zuecos rojos me permitirían recurrir a mi
amigo Ilya, el vampiro, para que me teletransportara y me sacara de aquella
situación insostenible.
El siempre confiable Egor, que
jamás dejaba de ayudar cuando realmente lo necesitaba, acudió al rescate.
—Rozie, esto no se trata de ti. No
se trata de que tú preguntes: «¿Qué voy a hacer?». Se trata de que Sondra diga:
«Sí, acepto». Por fin. No preguntes qué puede hacer por ti el «sí, acepto» de
tu hija; pregúntate qué puedes hacer tú por el «sí, acepto» de tu hija.
El funcionario continuó sin
pestañear. Probablemente ya lo había visto todo y Herbert no consiguió
perturbarlo.
—Sí, acepto —dije.
—Sí, acepto —dijo Pepe.
El funcionario hizo lo suyo y nos
declaró casados. Por fin estaba casada. Mientras besaba a Pepe y Herbert y Egor
se besaban entre sí, el momento fue absolutamente mágico. O, expresado en
términos de mi experiencia vital, fue mágico pero, aun así, real.
Los vulgares zuecos blancos, y no los sobrenaturales zuecos rojos, eran el atuendo más apropiado para mi particular pequeña y modesta boda no judía.

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