István Nemes
Jim Bimm caminaba
nerviosamente de un lado a otro frente al mostrador de mármol blanco como la
nieve. Después de una hora y media de hacer fila, le costaba soportar que
rechazaran una vez más su solicitud. Aunque la funcionaria alienígena era un
ángel adorable, de sonrisa encantadora, detrás de ella, junto a la salida,
montaban guardia dos colosos musculosos con los que no parecía aconsejable
discutir. Entre los angélicos, las hembras parecían frágiles y sensuales
muñequitas de apenas un metro cincuenta de altura, mientras que los machos eran
guerreros intrépidos de dos metros y medio. Querubines alados.
—Nuestra capacidad de
almacenamiento es limitada, señor —gorjeó la mujercita—. Lamentablemente, no
podemos llevarnos con nosotros a todos los que desean marcharse. La cantidad de
solicitantes supera en varios miles de veces las plazas disponibles y los criterios
de selección son estrictos.
La alienígena de rostro angelical
hablaba con voz cristalina, ceceando ligeramente y con acento francés; sonreía
con tanta amabilidad que era imposible enfadarse con ella.
—Pero... pero ni siquiera me han
explicado por qué me rechazaron.
—No es necesario dar explicaciones.
Nuestra nave, nuestro mundo, nuestras condiciones. Su gobierno ha establecido
que la selección de los viajeros entre los voluntarios es prerrogativa nuestra.
—Soy la elección ideal —se lamentó
Jim—. Joven, sano, emprendedor, ingenioso, creativo, imaginativo... Tengo dos
títulos universitarios, pero tampoco le hago ascos al trabajo manual. Trabajo
obsesivamente de la mañana a la noche, o de la noche a la mañana.
—Seguro que tienen una lista de
espera —intervino Julia, la pareja de Jim—. ¡Por lo menos anótenos en ella! ¡Lo
exijo!
El ángel observó con interés a la
decidida pareja; en sus ojos irisados destellaron luces como si tratara de
examinarlos con alguna clase de radiación, desde los dedos pequeños de los pies
hasta la coronilla.
—¿Por qué desean tanto abandonar la
Tierra?
—Desde que tengo uso de razón
siento que no pertenezco aquí. Y mi esposa tampoco. Siempre hemos querido
marcharnos. Conocer otra cultura, adoptar sus costumbres, vivir como ellos...
integrarnos entre ellos... encontrar cosas nuevas que puedan apasionarme, que
den un propósito a mi vida... Siempre soñé con que algún día apareciera en la
Tierra una especie mucho más avanzada y sofisticada que nosotros... y nos
llevara consigo a su propio mundo.
—Y yo soñé hace años con la llegada
de los angélicos —prosiguió Julia—, con el traslado de las personas valiosas.
Nos encantan las historias de ciencia ficción, nos encantan la ciencia, la
astronomía y también la astrología. Por mi nacimiento soy Sagitario... ¡mi
lugar está en la constelación de Sagitario!
—No puedo creer que no nos
consideren lo bastante valiosos —gruñó Jim—. ¡Lo somos! ¡Tenemos que irnos con
ustedes! ¡Tenemos que hacerlo! ¡No tenemos nada que hacer en la Tierra! Un
mundo nuevo, una aventura nueva, ¡eso es lo nuestro! Un mundo donde no haya
corrupción, donde no haya malditos políticos, donde no hagan falta abogados,
donde...
—Si viviéramos en el siglo XIX
—explicó Julia—, habríamos sido de los primeros en partir hacia el oeste en
caravanas de carretas para conquistar territorios inexplorados...
—¡Y para participar en la
construcción de un mundo nuevo!
—Lo siento.
El ángel levantó la mano izquierda
y agitó sus alas blancas como la nieve, pero conservó su sonrisa seductora.
—Sin duda son personas valiosas,
pero les ruego que no retrasen la fila. ¡Márchense!
Los dos guardaespaldas querubines
dieron un paso al frente. No desenvainaron las enormes espadas que colgaban de
sus cinturas, pero hicieron un movimiento que indicaba que hacerlo era solo
cuestión de segundos.
—¡Les convendría llevarnos! —gimió
Jim desesperadamente—. ¿Cuáles son esas condiciones que, según ustedes, no
cumplimos? ¿Creen que no estamos lo bastante locos como para aceptar cualquier
cosa? Nos encantan los deportes. Mi esposa corre habitualmente, juega al tenis
y practica kung-fu. Yo escalo laderas y glaciares; mis deportes favoritos son
el salto BASE y el ala delta. ¡Estamos dispuestos a cualquier locura, queremos
probarlo todo!
—¡Exactamente! —lo secundó Julia—.
Y si el problema es que no tenemos hijos, eso puede cambiar fácilmente.
—Los dos somos fértiles, tenemos
certificados médicos. Y, como he dicho, estamos dispuestos a cualquier cosa.
El ángel contempló con interés a
los exaltados jóvenes.
—En ese caso, ¿probarían algo para
complacerme?
—¡Cualquier cosa!
—¿Probarían qué se siente al
apartarse de la fila y cederles el lugar a los siguientes solicitantes?
Ya era la séptima
vez que Jim y Julia eran expulsados de entre los aspirantes. De nada había
servido presentarse con identidades falsas diferentes en las representaciones
angélicas, rellenar de distinta manera los formularios o mentir acerca de las
cosas más diversas: siempre los rechazaban.
Cuatro años atrás había aterrizado
la primera nave espacial de los angélicos en el estado de Nueva York, cerca de
la ciudad de Nueva York, y después del prolongado proceso de establecimiento de
contacto y del secretismo internacional, llegaron varias decenas de naves más a
las proximidades de distintas ciudades de todos los continentes. Los
alienígenas compartieron con la humanidad numerosos avances médicos y
tecnológicos, y lo hicieron de manera que ningún país pudiera apropiárselos en
beneficio exclusivo. Revelaron que llevaban cien años observando los
acontecimientos de la Tierra –a ellos se debía la multitud de avistamientos de
ovnis–, pero que solo entonces habían considerado llegado el momento de
mostrarse. Caminaban sobre dos piernas, tenían grandes alas de ángel en la
espalda, dos brazos terminados en manos de cuatro dedos y cabezas de apariencia
casi humana. Su boca era algo más ancha y su dentadura más poderosa que las de
un ser humano corriente, y sus dos ojos estaban tan juntos que los lagrimales
casi se tocaban por encima del afilado puente nasal, semejante a un pico, pero
aquello no molestaba a nadie.
Se llamaban a sí mismos angélicos
y, debido a sus alas blancas y emplumadas, la asociación popular fue inmediata
y todo el mundo comenzó a referirse a ellos como «los ángeles del Cielo». Y la
denominación resultaba apropiada, aunque solo fuera porque llamaban «Hevn» a su
planeta natal en su propia lengua. La palabra inglesa heaven significa
«cielo» o «paraíso», y eso resultó decisivo. Los alienígenas de rostro
angelical, mirada inocente, amables y amistosos quedaron identificados en el
imaginario colectivo con los ángeles. Cuando se descubrió que una nave estelar
angélica ya había visitado la Tierra en tiempos prehistóricos, surgieron
numerosas hipótesis según las cuales probablemente ellos habían dado origen a
los mitos relacionados con los ángeles.
¿Y por qué habían venido los
angélicos a la Tierra? Consideraban que la humanidad había alcanzado ya un
nivel que le permitía incorporarse a la Comunidad Cósmica y se ofrecieron a
ejercer de protectores de nuestra especie, que hasta entonces había vivido aislada.
Pero para ello –afirmaban– la especie humana debía demostrar ante los seres
inteligentes de la Galaxia su inteligencia y su viabilidad. Es decir,
seleccionarían una muestra –un grupo de cien mil personas– entre los
voluntarios y los llevarían a una isla deshabitada pero paradisíaca de Hevn,
donde aquellos colonos tendrían la oportunidad de construir su propio mundo y
demostrar así que la especie humana era digna de formar parte de la Comunidad
Galáctica.
Se presentaron varios millones de
candidatos; muchos, muchísimos millones de seres humanos inteligentes que
habrían estado dispuestos incluso a ir al infierno con tal de librarse de aquel
mundo devastado por las guerras, corrupto hasta la médula y podrido, donde
tenían que trabajar aterrorizados para conseguir el sustento cotidiano bajo una
forma de gobierno terrorista a la que llamaban democracia. Pero los angélicos
se reservaron el derecho de elegir entre los solicitantes a los ejemplares
adecuados. A quienes finalmente podrían viajar a Hevn, al Paraíso. Y como los
angélicos habían demostrado sus buenas intenciones proporcionando una valiosa
ayuda científica, los Estados miembros de las Naciones Unidas colaboraron
gustosamente con ellos.
Nadie sabía con qué criterios
realizaban la selección. Pero Jim Bimm y su pareja se habían metido en la
cabeza que estarían entre los colonos cuando las gigantescas naves espaciales
despegaran de la Tierra, y hasta entonces Jim siempre había conseguido llevar a
buen término todo aquello que se proponía. Era realmente ingenioso; si lo
echaban por la puerta, volvía a entrar por la ventana.
Había conocido a Julia varios años
antes de la llegada de los angélicos. Pensaban de la misma manera acerca del
mundo y compartían también sus sueños. La muchacha delgada, de cabello muy
corto, trabajaba en una oficina de inmigración y sabía de la presencia de los
angélicos mucho antes de que la mayor parte del mundo se enterara. Deseaba con
el mismo fanatismo que Jim subir a bordo de una de las naves, pero también
había sido rechazada. Después de deducir que los matrimonios gozaban de cierta
ventaja en las solicitudes, se casaron apresuradamente, pero para entonces ya
era demasiado tarde: las plazas estaban casi cubiertas. Solo les quedaba una
posibilidad: ganar el sorteo en el que se decidiría el destino de las últimas
doscientas tarjetas de viaje.
Los trucos, chantajes, actos de
corrupción y amenazas a los que Julia, gracias a su buena posición dentro de la
administración, había recurrido para conseguir que ella y su marido
participaran en el sorteo final merecerían una novela aparte. Pero, naturalmente,
también fracasaron allí y no estuvieron entre los elegidos. Sin embargo, Jim
Bimm y su esposa no se dieron por vencidos. Violando la ley, Julia obtuvo de un
expediente confidencial el nombre y los datos de una de las parejas
afortunadas: el matrimonio Halloran. Dos seres monstruosamente obesos que,
entre ambos, pesaban más de trescientos kilos; como Jim los llamaba para sus
adentros: el señor y la señora Cerdito...
—¡Es increíble que hayan elegido a
esos y no a nosotros! —se lamentó Jim unos días después, mientras bebía con su
esposa en un tugurio miserable—. ¡Esos malditos Halloran irán al Cielo en
nuestro lugar! ¡Ese par de cerdos gordos!
—¡Esto aún no ha terminado, amigo
mío! —siseó Julia con feroz determinación—. Yo no me doy por vencida tan
fácilmente.
Jim hizo una mueca amarga.
—¿Qué esperanza te queda?
La mujer lo miró sombríamente. Por
delgada y frágil que pareciera, podía llegar a ser feroz y obsesiva.
—Sé dónde viven por el
expediente...
—¿Y qué?
—Habrá diez mil pasajeros en la
nave de Nueva York. Durante los últimos días ya han embarcado nueve mil
ochocientos. Mañana recibirán al último grupo, los afortunados del sorteo...
¡Doscientas personas! ¿Crees que los alienígenas van a comprobar personalmente
la identidad de cada una?
Jim comenzó a comprender lo que
estaba pensando su esposa.
—¿Podría funcionar? —preguntó
sombríamente.
—No necesariamente tenemos que
matarlos —murmuró la mujer—. Atamos a los Cerditos, les quitamos sus tarjetas
de viaje, nos presentamos con sus nombres... puedo fabricar documentos falsos
en la oficina... y para cuando mañana a esta hora descubran el ataque, nosotros
ya estaremos a muchos miles de kilómetros de la Tierra...
La entrada en la enorme casa se
produjo sin contratiempos. Parecía que Julia tenía experiencia en esa clase de
cosas. Pocos minutos después, el señor y la señora Halloran, vestidos con sus
pijamas, yacían atados en un rincón, mientras los intrusos abrían cajones
febrilmente y arrojaban su contenido por todas partes.
—¿Dónde diablos pueden haberlas
escondido? —siseó Julia.
Arrancó la cinta adhesiva que
cubría la boca del señor Halloran. El rostro adiposo del hombre temblaba
mientras jadeaba en busca de aire.
—¡No las encontrarán! —gimoteó—.
¡Las quemamos!
—¿Qué? —Jim lo miró atónito—.
¿Quemaron las tarjetas?
—No las tarjetas —balbuceó
Halloran—, sino los códigos.
—¿Qué? ¡¿Qué códigos?!
—¡Los del sorteo!
El hombre obeso calló y apretó los
labios con fuerza, como si no estuviera dispuesto a decir nada más, pero Julia
le dio dos patadas en la cara y el individuo empezó a gemir de inmediato.
—¡Lo confieso! ¡Amañamos el sorteo!
¡Sobornamos a los supervisores!
—¿Qué?
—Ya estaba decidido —sollozó el
hombre—. Los angélicos nos habían elegido; el sorteo no fue más que una
representación, parte de algún juego político... ¡Nosotros teníamos que ganar!
Jim Bimm estuvo a punto de estallar
de furia; le dio dos patadas al hombre obeso. Julia, sin embargo, se mostró más
práctica.
—¿Dónde están las tarjetas de
viaje?
—En la caja fuerte de la pared...
—gimió el señor Halloran—. El código es uno... dos... tres... cuatro...
—¡Vaya, qué original!
Julia conducía con
tranquilidad y avanzaban hacia el aeropuerto a un ritmo lento y despreocupado.
No tenían necesidad de apresurarse y tampoco querían llamar la atención. La
gigantesca nave espacial alienígena se alzaba muy por encima de los edificios
de diez pisos, y la vibración y los destellos constantes de su resplandeciente
red de energía dibujaban colores fantásticos en el cielo sonriente del
amanecer.
—¿Qué crees, Jul? ¿Funcionará?
—¡No me llames así! ¡Me llamo Faye
Halloran! ¡Y tú acostúmbrate al nombre George!
El aeropuerto, abandonado y fuera
de uso desde hacía años, estaba ahora rodeado por un fuerte cordón de
seguridad. Junto a la valla se agolpaba una enorme multitud: periodistas,
fotógrafos, reporteros, curiosos, y en la barrera de entrada montaban guardia
soldados armados hasta los dientes y querubines provistos de espadas. Llegaban
coches, autobuses y taxis uno tras otro. Aquel día embarcaban los últimos
doscientos pasajeros; casi todos iban acompañados por familiares y amigos que
habían acudido a despedirse allí mismo de quienes se preparaban para el gran
viaje.
—¡Esto es una estupidez! —siseó
Jim, nervioso—. Nos descubrirán. Ni siquiera nos parecemos a esos dos montones
de grasa.
—¡Sé optimista! No tenemos otra
oportunidad... y nuestros documentos falsos llevan nuestras propias
fotografías.
Julia redujo apenas la velocidad y
se abrió paso entre la multitud que avanzaba hacia ellos. No atropelló a nadie,
pero siguió adelante con firmeza e implacablemente. A su alrededor destellaban
los flashes, acercaban micrófonos y le gritaban que bajara la ventanilla. La
mujer se cubrió parcialmente el rostro y, medio minuto después, entraron en la
zona de seguridad, dejando atrás a la muchedumbre vociferante.
Había catorce coches delante de
ellos y poco después llegaron otros cinco o seis detrás. Cuando el oficial de
guardia se acercó, Julia bajó la ventanilla y le sonrió amablemente. Le entregó
las dos tarjetas de viaje y también sus documentos de identidad. El oficial
introdujo las pequeñas tarjetas de plástico en una ranura del ordenador de
control que llevaba sujeto a la muñeca y luego se las devolvió.
Tampoco hubo problemas con los
documentos: Julia había realizado un trabajo preciso en la oficina.
—¡Buen viaje, señor y señora
Halloran! —les deseó el oficial mientras levantaba la barrera—. ¡Buena suerte
en el nuevo mundo!
Dejaron el coche junto a la
siguiente barrera y se sometieron a un control más minucioso; los registraron
de manera exhaustiva en todos los sentidos, incluidas las cavidades corporales.
Examinaron todos sus objetos personales: anillos, collares, pendientes, todo.
Después les permitieron acceder a
la zona más interior. Vista desde tan cerca, la gigantesca nave espacial
resultaba verdaderamente opresiva. Ambos tenían la sensación de que el enorme
monstruo metálico estaba a punto de caer sobre ellos.
Se acercaron con pasos soñolientos
y prácticamente no prestaron atención a sus compañeros de viaje, que avanzaban
con idéntica mezcla de asombro y emoción. Su sueño se había hecho realidad.
Pronto subirían a bordo y entonces ya nadie podría obligarlos a regresar.
—¡Tómame de la mano! —murmuró
Julia, emocionada, y Jim obedeció.
Avanzaron tomados de la mano hacia
la nave alienígena, y no solo para representar ante los curiosos el papel de un
matrimonio enamorado.
En aquella zona más interior ya no
había soldados de las Naciones Unidas con cascos azules, sino únicamente
angélicos machos de dos metros y medio de altura. Junto a la rampa de acceso a
la nave esperaban a los recién llegados dos alienígenas femeninas de rostro
angelical. Además de Jim y Julia, llegaron al mismo tiempo otras ocho personas.
Todos eran matrimonios corpulentos y obesos, de entre veinte y cincuenta años.
Los angélicos no comprobaron nada.
—¡Vengan! —dijo amablemente la
alienígena más alta, con su ligero ceceo, y condujo al pequeño grupo hacia el
interior de la nave.
Después de diez minutos subiendo y
bajando en ascensores, desplazándose por pasillos móviles y flotando sobre una
extraña sustancia gelatinosa, llegaron ante una puerta de cerámica.
Jim miró a su alrededor frunciendo
el ceño y se asomó por algunas ventanas. Quiso seguir adelante, pero la angélica
se interpuso en su camino.
—¡Por aquí! —indicó con
amabilidad—. ¡Quítense la ropa y entren en la ducha de descontaminación!
Después, cuando hayan terminado, ocupen las cápsulas de hibernación que estén
libres.
A lo largo de toda la pared se
alineaban cápsulas del tamaño de una persona, semejantes a ataúdes
transparentes de cristal. En aquellos compartimentos realizarían, en estado de
congelación profunda, el viaje de más de diez años. Una pequeña parte de las celdas
todavía estaba vacía, pero en la mayoría podían verse cuerpos humanos desnudos
en posición semirreclinada. Una sustancia gelatinosa cubría gran parte de sus
cuerpos y un tubo fino penetraba en sus fosas nasales, pero aparte de eso todos
estaban completamente desnudos. Y eran terriblemente gordos, barrigones,
adiposos. El más pequeño debía de pesar por lo menos ciento veinte kilos.
Mientras los pasajeros recién
llegados se desvestían con cierta vergüenza, dándose la espalda unos a otros, y
entraban en la ducha desinfectante, la diferencia entre Jim y Julia y sus
compañeros de viaje se hizo todavía más evidente. Jim tampoco era particularmente
corpulento, pero las extremidades huesudas de su esposa, sus piernas delgadas
como palillos y sus brazos escuálidos parecían casi traquetear.
Mientras el aerosol desinfectante
caía sobre ellos, un grupo de angélicos trabajaba alrededor de las cápsulas de
hibernación vacías.
—Esto no me gusta —susurró Jim a su
esposa.
—¡Alégrate! —respondió Julia
sonriendo—. Esto era lo que queríamos, ¿no? Estamos a bordo. ¡Dentro de unas
horas estaremos camino al Cielo!
—Esos... ¡todos son gordos! Mira,
¡los alienígenas solo han elegido a gente obesa!
—¿Y qué?
—Mientras veníamos por el pasillo
miré dentro de un par de habitaciones. Tuve la impresión de que pasábamos junto
a cocinas, enormes almacenes de alimentos...
—¿Qué estás insinuando?
Jim se mordisqueó los labios.
—¿Por qué crees que la sala de
hibernación está precisamente al lado de las cocinas y los comedores? ¿Para que
si nos entra hambre durante la hibernación en el largo viaje podamos salir de
nuestros ataúdes y comer algo?
De pronto Julia también se puso
seria.
—¡¿De qué demonios estás hablando?!
—De que esto no es una sala de
hibernación, sino un congelador... ¡donde guardan la carne!
La mujer miró horrorizada hacia una
de las alienígenas de rostro angelical, que palpaba solícitamente a una señora
obesa mientras la ayudaba a entrar en un ataúd de cristal vacío. Había algo
extraño en los gestos del ser alienígena; era como si condujera a un cerdo al
matadero.
—¡Es imposible! —susurró Julia,
aunque se estremeció.
—Pero... es lógico —musitó Jim—.
Los angélicos no vinieron por nosotros. Solo aterrizaron en la Tierra para
reabastecer sus provisiones. ¡Mira sus dientes! ¡Son carnívoros!... ¡Y durante
el resto del viaje nosotros seremos su comida!... Engañamos, robamos, mentimos,
incluso recurrimos a la violencia para poder llegar al Cielo.
Suspiró.
—Pronto recibiremos nuestra
recompensa por todo eso... No iremos al paraíso de los ángeles... sino a sus
estómagos.

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