miércoles, 30 de septiembre de 2026

LA SUERTE CAMBIA

István Nemes

 

Jim Bimm caminaba nerviosamente de un lado a otro frente al mostrador de mármol blanco como la nieve. Después de una hora y media de hacer fila, le costaba soportar que rechazaran una vez más su solicitud. Aunque la funcionaria alienígena era un ángel adorable, de sonrisa encantadora, detrás de ella, junto a la salida, montaban guardia dos colosos musculosos con los que no parecía aconsejable discutir. Entre los angélicos, las hembras parecían frágiles y sensuales muñequitas de apenas un metro cincuenta de altura, mientras que los machos eran guerreros intrépidos de dos metros y medio. Querubines alados.

—Nuestra capacidad de almacenamiento es limitada, señor —gorjeó la mujercita—. Lamentablemente, no podemos llevarnos con nosotros a todos los que desean marcharse. La cantidad de solicitantes supera en varios miles de veces las plazas disponibles y los criterios de selección son estrictos.

La alienígena de rostro angelical hablaba con voz cristalina, ceceando ligeramente y con acento francés; sonreía con tanta amabilidad que era imposible enfadarse con ella.

—Pero... pero ni siquiera me han explicado por qué me rechazaron.

—No es necesario dar explicaciones. Nuestra nave, nuestro mundo, nuestras condiciones. Su gobierno ha establecido que la selección de los viajeros entre los voluntarios es prerrogativa nuestra.

—Soy la elección ideal —se lamentó Jim—. Joven, sano, emprendedor, ingenioso, creativo, imaginativo... Tengo dos títulos universitarios, pero tampoco le hago ascos al trabajo manual. Trabajo obsesivamente de la mañana a la noche, o de la noche a la mañana.

—Seguro que tienen una lista de espera —intervino Julia, la pareja de Jim—. ¡Por lo menos anótenos en ella! ¡Lo exijo!

El ángel observó con interés a la decidida pareja; en sus ojos irisados destellaron luces como si tratara de examinarlos con alguna clase de radiación, desde los dedos pequeños de los pies hasta la coronilla.

—¿Por qué desean tanto abandonar la Tierra?

—Desde que tengo uso de razón siento que no pertenezco aquí. Y mi esposa tampoco. Siempre hemos querido marcharnos. Conocer otra cultura, adoptar sus costumbres, vivir como ellos... integrarnos entre ellos... encontrar cosas nuevas que puedan apasionarme, que den un propósito a mi vida... Siempre soñé con que algún día apareciera en la Tierra una especie mucho más avanzada y sofisticada que nosotros... y nos llevara consigo a su propio mundo.

—Y yo soñé hace años con la llegada de los angélicos —prosiguió Julia—, con el traslado de las personas valiosas. Nos encantan las historias de ciencia ficción, nos encantan la ciencia, la astronomía y también la astrología. Por mi nacimiento soy Sagitario... ¡mi lugar está en la constelación de Sagitario!

—No puedo creer que no nos consideren lo bastante valiosos —gruñó Jim—. ¡Lo somos! ¡Tenemos que irnos con ustedes! ¡Tenemos que hacerlo! ¡No tenemos nada que hacer en la Tierra! Un mundo nuevo, una aventura nueva, ¡eso es lo nuestro! Un mundo donde no haya corrupción, donde no haya malditos políticos, donde no hagan falta abogados, donde...

—Si viviéramos en el siglo XIX —explicó Julia—, habríamos sido de los primeros en partir hacia el oeste en caravanas de carretas para conquistar territorios inexplorados...

—¡Y para participar en la construcción de un mundo nuevo!

—Lo siento.

El ángel levantó la mano izquierda y agitó sus alas blancas como la nieve, pero conservó su sonrisa seductora.

—Sin duda son personas valiosas, pero les ruego que no retrasen la fila. ¡Márchense!

Los dos guardaespaldas querubines dieron un paso al frente. No desenvainaron las enormes espadas que colgaban de sus cinturas, pero hicieron un movimiento que indicaba que hacerlo era solo cuestión de segundos.

—¡Les convendría llevarnos! —gimió Jim desesperadamente—. ¿Cuáles son esas condiciones que, según ustedes, no cumplimos? ¿Creen que no estamos lo bastante locos como para aceptar cualquier cosa? Nos encantan los deportes. Mi esposa corre habitualmente, juega al tenis y practica kung-fu. Yo escalo laderas y glaciares; mis deportes favoritos son el salto BASE y el ala delta. ¡Estamos dispuestos a cualquier locura, queremos probarlo todo!

—¡Exactamente! —lo secundó Julia—. Y si el problema es que no tenemos hijos, eso puede cambiar fácilmente.

—Los dos somos fértiles, tenemos certificados médicos. Y, como he dicho, estamos dispuestos a cualquier cosa.

El ángel contempló con interés a los exaltados jóvenes.

—En ese caso, ¿probarían algo para complacerme?

—¡Cualquier cosa!

—¿Probarían qué se siente al apartarse de la fila y cederles el lugar a los siguientes solicitantes?

 

Ya era la séptima vez que Jim y Julia eran expulsados de entre los aspirantes. De nada había servido presentarse con identidades falsas diferentes en las representaciones angélicas, rellenar de distinta manera los formularios o mentir acerca de las cosas más diversas: siempre los rechazaban.

Cuatro años atrás había aterrizado la primera nave espacial de los angélicos en el estado de Nueva York, cerca de la ciudad de Nueva York, y después del prolongado proceso de establecimiento de contacto y del secretismo internacional, llegaron varias decenas de naves más a las proximidades de distintas ciudades de todos los continentes. Los alienígenas compartieron con la humanidad numerosos avances médicos y tecnológicos, y lo hicieron de manera que ningún país pudiera apropiárselos en beneficio exclusivo. Revelaron que llevaban cien años observando los acontecimientos de la Tierra –a ellos se debía la multitud de avistamientos de ovnis–, pero que solo entonces habían considerado llegado el momento de mostrarse. Caminaban sobre dos piernas, tenían grandes alas de ángel en la espalda, dos brazos terminados en manos de cuatro dedos y cabezas de apariencia casi humana. Su boca era algo más ancha y su dentadura más poderosa que las de un ser humano corriente, y sus dos ojos estaban tan juntos que los lagrimales casi se tocaban por encima del afilado puente nasal, semejante a un pico, pero aquello no molestaba a nadie.

Se llamaban a sí mismos angélicos y, debido a sus alas blancas y emplumadas, la asociación popular fue inmediata y todo el mundo comenzó a referirse a ellos como «los ángeles del Cielo». Y la denominación resultaba apropiada, aunque solo fuera porque llamaban «Hevn» a su planeta natal en su propia lengua. La palabra inglesa heaven significa «cielo» o «paraíso», y eso resultó decisivo. Los alienígenas de rostro angelical, mirada inocente, amables y amistosos quedaron identificados en el imaginario colectivo con los ángeles. Cuando se descubrió que una nave estelar angélica ya había visitado la Tierra en tiempos prehistóricos, surgieron numerosas hipótesis según las cuales probablemente ellos habían dado origen a los mitos relacionados con los ángeles.

¿Y por qué habían venido los angélicos a la Tierra? Consideraban que la humanidad había alcanzado ya un nivel que le permitía incorporarse a la Comunidad Cósmica y se ofrecieron a ejercer de protectores de nuestra especie, que hasta entonces había vivido aislada. Pero para ello –afirmaban– la especie humana debía demostrar ante los seres inteligentes de la Galaxia su inteligencia y su viabilidad. Es decir, seleccionarían una muestra –un grupo de cien mil personas– entre los voluntarios y los llevarían a una isla deshabitada pero paradisíaca de Hevn, donde aquellos colonos tendrían la oportunidad de construir su propio mundo y demostrar así que la especie humana era digna de formar parte de la Comunidad Galáctica.

Se presentaron varios millones de candidatos; muchos, muchísimos millones de seres humanos inteligentes que habrían estado dispuestos incluso a ir al infierno con tal de librarse de aquel mundo devastado por las guerras, corrupto hasta la médula y podrido, donde tenían que trabajar aterrorizados para conseguir el sustento cotidiano bajo una forma de gobierno terrorista a la que llamaban democracia. Pero los angélicos se reservaron el derecho de elegir entre los solicitantes a los ejemplares adecuados. A quienes finalmente podrían viajar a Hevn, al Paraíso. Y como los angélicos habían demostrado sus buenas intenciones proporcionando una valiosa ayuda científica, los Estados miembros de las Naciones Unidas colaboraron gustosamente con ellos.

Nadie sabía con qué criterios realizaban la selección. Pero Jim Bimm y su pareja se habían metido en la cabeza que estarían entre los colonos cuando las gigantescas naves espaciales despegaran de la Tierra, y hasta entonces Jim siempre había conseguido llevar a buen término todo aquello que se proponía. Era realmente ingenioso; si lo echaban por la puerta, volvía a entrar por la ventana.

Había conocido a Julia varios años antes de la llegada de los angélicos. Pensaban de la misma manera acerca del mundo y compartían también sus sueños. La muchacha delgada, de cabello muy corto, trabajaba en una oficina de inmigración y sabía de la presencia de los angélicos mucho antes de que la mayor parte del mundo se enterara. Deseaba con el mismo fanatismo que Jim subir a bordo de una de las naves, pero también había sido rechazada. Después de deducir que los matrimonios gozaban de cierta ventaja en las solicitudes, se casaron apresuradamente, pero para entonces ya era demasiado tarde: las plazas estaban casi cubiertas. Solo les quedaba una posibilidad: ganar el sorteo en el que se decidiría el destino de las últimas doscientas tarjetas de viaje.

Los trucos, chantajes, actos de corrupción y amenazas a los que Julia, gracias a su buena posición dentro de la administración, había recurrido para conseguir que ella y su marido participaran en el sorteo final merecerían una novela aparte. Pero, naturalmente, también fracasaron allí y no estuvieron entre los elegidos. Sin embargo, Jim Bimm y su esposa no se dieron por vencidos. Violando la ley, Julia obtuvo de un expediente confidencial el nombre y los datos de una de las parejas afortunadas: el matrimonio Halloran. Dos seres monstruosamente obesos que, entre ambos, pesaban más de trescientos kilos; como Jim los llamaba para sus adentros: el señor y la señora Cerdito...

—¡Es increíble que hayan elegido a esos y no a nosotros! —se lamentó Jim unos días después, mientras bebía con su esposa en un tugurio miserable—. ¡Esos malditos Halloran irán al Cielo en nuestro lugar! ¡Ese par de cerdos gordos!

—¡Esto aún no ha terminado, amigo mío! —siseó Julia con feroz determinación—. Yo no me doy por vencida tan fácilmente.

Jim hizo una mueca amarga.

—¿Qué esperanza te queda?

La mujer lo miró sombríamente. Por delgada y frágil que pareciera, podía llegar a ser feroz y obsesiva.

—Sé dónde viven por el expediente...

—¿Y qué?

—Habrá diez mil pasajeros en la nave de Nueva York. Durante los últimos días ya han embarcado nueve mil ochocientos. Mañana recibirán al último grupo, los afortunados del sorteo... ¡Doscientas personas! ¿Crees que los alienígenas van a comprobar personalmente la identidad de cada una?

Jim comenzó a comprender lo que estaba pensando su esposa.

—¿Podría funcionar? —preguntó sombríamente.

—No necesariamente tenemos que matarlos —murmuró la mujer—. Atamos a los Cerditos, les quitamos sus tarjetas de viaje, nos presentamos con sus nombres... puedo fabricar documentos falsos en la oficina... y para cuando mañana a esta hora descubran el ataque, nosotros ya estaremos a muchos miles de kilómetros de la Tierra...

La entrada en la enorme casa se produjo sin contratiempos. Parecía que Julia tenía experiencia en esa clase de cosas. Pocos minutos después, el señor y la señora Halloran, vestidos con sus pijamas, yacían atados en un rincón, mientras los intrusos abrían cajones febrilmente y arrojaban su contenido por todas partes.

—¿Dónde diablos pueden haberlas escondido? —siseó Julia.

Arrancó la cinta adhesiva que cubría la boca del señor Halloran. El rostro adiposo del hombre temblaba mientras jadeaba en busca de aire.

—¡No las encontrarán! —gimoteó—. ¡Las quemamos!

—¿Qué? —Jim lo miró atónito—. ¿Quemaron las tarjetas?

—No las tarjetas —balbuceó Halloran—, sino los códigos.

—¿Qué? ¡¿Qué códigos?!

—¡Los del sorteo!

El hombre obeso calló y apretó los labios con fuerza, como si no estuviera dispuesto a decir nada más, pero Julia le dio dos patadas en la cara y el individuo empezó a gemir de inmediato.

—¡Lo confieso! ¡Amañamos el sorteo! ¡Sobornamos a los supervisores!

—¿Qué?

—Ya estaba decidido —sollozó el hombre—. Los angélicos nos habían elegido; el sorteo no fue más que una representación, parte de algún juego político... ¡Nosotros teníamos que ganar!

Jim Bimm estuvo a punto de estallar de furia; le dio dos patadas al hombre obeso. Julia, sin embargo, se mostró más práctica.

—¿Dónde están las tarjetas de viaje?

—En la caja fuerte de la pared... —gimió el señor Halloran—. El código es uno... dos... tres... cuatro...

—¡Vaya, qué original!

 

Julia conducía con tranquilidad y avanzaban hacia el aeropuerto a un ritmo lento y despreocupado. No tenían necesidad de apresurarse y tampoco querían llamar la atención. La gigantesca nave espacial alienígena se alzaba muy por encima de los edificios de diez pisos, y la vibración y los destellos constantes de su resplandeciente red de energía dibujaban colores fantásticos en el cielo sonriente del amanecer.

—¿Qué crees, Jul? ¿Funcionará?

—¡No me llames así! ¡Me llamo Faye Halloran! ¡Y tú acostúmbrate al nombre George!

El aeropuerto, abandonado y fuera de uso desde hacía años, estaba ahora rodeado por un fuerte cordón de seguridad. Junto a la valla se agolpaba una enorme multitud: periodistas, fotógrafos, reporteros, curiosos, y en la barrera de entrada montaban guardia soldados armados hasta los dientes y querubines provistos de espadas. Llegaban coches, autobuses y taxis uno tras otro. Aquel día embarcaban los últimos doscientos pasajeros; casi todos iban acompañados por familiares y amigos que habían acudido a despedirse allí mismo de quienes se preparaban para el gran viaje.

—¡Esto es una estupidez! —siseó Jim, nervioso—. Nos descubrirán. Ni siquiera nos parecemos a esos dos montones de grasa.

—¡Sé optimista! No tenemos otra oportunidad... y nuestros documentos falsos llevan nuestras propias fotografías.

Julia redujo apenas la velocidad y se abrió paso entre la multitud que avanzaba hacia ellos. No atropelló a nadie, pero siguió adelante con firmeza e implacablemente. A su alrededor destellaban los flashes, acercaban micrófonos y le gritaban que bajara la ventanilla. La mujer se cubrió parcialmente el rostro y, medio minuto después, entraron en la zona de seguridad, dejando atrás a la muchedumbre vociferante.

Había catorce coches delante de ellos y poco después llegaron otros cinco o seis detrás. Cuando el oficial de guardia se acercó, Julia bajó la ventanilla y le sonrió amablemente. Le entregó las dos tarjetas de viaje y también sus documentos de identidad. El oficial introdujo las pequeñas tarjetas de plástico en una ranura del ordenador de control que llevaba sujeto a la muñeca y luego se las devolvió.

Tampoco hubo problemas con los documentos: Julia había realizado un trabajo preciso en la oficina.

—¡Buen viaje, señor y señora Halloran! —les deseó el oficial mientras levantaba la barrera—. ¡Buena suerte en el nuevo mundo!

Dejaron el coche junto a la siguiente barrera y se sometieron a un control más minucioso; los registraron de manera exhaustiva en todos los sentidos, incluidas las cavidades corporales. Examinaron todos sus objetos personales: anillos, collares, pendientes, todo.

Después les permitieron acceder a la zona más interior. Vista desde tan cerca, la gigantesca nave espacial resultaba verdaderamente opresiva. Ambos tenían la sensación de que el enorme monstruo metálico estaba a punto de caer sobre ellos.

Se acercaron con pasos soñolientos y prácticamente no prestaron atención a sus compañeros de viaje, que avanzaban con idéntica mezcla de asombro y emoción. Su sueño se había hecho realidad. Pronto subirían a bordo y entonces ya nadie podría obligarlos a regresar.

—¡Tómame de la mano! —murmuró Julia, emocionada, y Jim obedeció.

Avanzaron tomados de la mano hacia la nave alienígena, y no solo para representar ante los curiosos el papel de un matrimonio enamorado.

En aquella zona más interior ya no había soldados de las Naciones Unidas con cascos azules, sino únicamente angélicos machos de dos metros y medio de altura. Junto a la rampa de acceso a la nave esperaban a los recién llegados dos alienígenas femeninas de rostro angelical. Además de Jim y Julia, llegaron al mismo tiempo otras ocho personas. Todos eran matrimonios corpulentos y obesos, de entre veinte y cincuenta años. Los angélicos no comprobaron nada.

—¡Vengan! —dijo amablemente la alienígena más alta, con su ligero ceceo, y condujo al pequeño grupo hacia el interior de la nave.

Después de diez minutos subiendo y bajando en ascensores, desplazándose por pasillos móviles y flotando sobre una extraña sustancia gelatinosa, llegaron ante una puerta de cerámica.

Jim miró a su alrededor frunciendo el ceño y se asomó por algunas ventanas. Quiso seguir adelante, pero la angélica se interpuso en su camino.

—¡Por aquí! —indicó con amabilidad—. ¡Quítense la ropa y entren en la ducha de descontaminación! Después, cuando hayan terminado, ocupen las cápsulas de hibernación que estén libres.

A lo largo de toda la pared se alineaban cápsulas del tamaño de una persona, semejantes a ataúdes transparentes de cristal. En aquellos compartimentos realizarían, en estado de congelación profunda, el viaje de más de diez años. Una pequeña parte de las celdas todavía estaba vacía, pero en la mayoría podían verse cuerpos humanos desnudos en posición semirreclinada. Una sustancia gelatinosa cubría gran parte de sus cuerpos y un tubo fino penetraba en sus fosas nasales, pero aparte de eso todos estaban completamente desnudos. Y eran terriblemente gordos, barrigones, adiposos. El más pequeño debía de pesar por lo menos ciento veinte kilos.

Mientras los pasajeros recién llegados se desvestían con cierta vergüenza, dándose la espalda unos a otros, y entraban en la ducha desinfectante, la diferencia entre Jim y Julia y sus compañeros de viaje se hizo todavía más evidente. Jim tampoco era particularmente corpulento, pero las extremidades huesudas de su esposa, sus piernas delgadas como palillos y sus brazos escuálidos parecían casi traquetear.

Mientras el aerosol desinfectante caía sobre ellos, un grupo de angélicos trabajaba alrededor de las cápsulas de hibernación vacías.

—Esto no me gusta —susurró Jim a su esposa.

—¡Alégrate! —respondió Julia sonriendo—. Esto era lo que queríamos, ¿no? Estamos a bordo. ¡Dentro de unas horas estaremos camino al Cielo!

—Esos... ¡todos son gordos! Mira, ¡los alienígenas solo han elegido a gente obesa!

—¿Y qué?

—Mientras veníamos por el pasillo miré dentro de un par de habitaciones. Tuve la impresión de que pasábamos junto a cocinas, enormes almacenes de alimentos...

—¿Qué estás insinuando?

Jim se mordisqueó los labios.

—¿Por qué crees que la sala de hibernación está precisamente al lado de las cocinas y los comedores? ¿Para que si nos entra hambre durante la hibernación en el largo viaje podamos salir de nuestros ataúdes y comer algo?

De pronto Julia también se puso seria.

—¡¿De qué demonios estás hablando?!

—De que esto no es una sala de hibernación, sino un congelador... ¡donde guardan la carne!

La mujer miró horrorizada hacia una de las alienígenas de rostro angelical, que palpaba solícitamente a una señora obesa mientras la ayudaba a entrar en un ataúd de cristal vacío. Había algo extraño en los gestos del ser alienígena; era como si condujera a un cerdo al matadero.

—¡Es imposible! —susurró Julia, aunque se estremeció.

—Pero... es lógico —musitó Jim—. Los angélicos no vinieron por nosotros. Solo aterrizaron en la Tierra para reabastecer sus provisiones. ¡Mira sus dientes! ¡Son carnívoros!... ¡Y durante el resto del viaje nosotros seremos su comida!... Engañamos, robamos, mentimos, incluso recurrimos a la violencia para poder llegar al Cielo.

Suspiró.

—Pronto recibiremos nuestra recompensa por todo eso... No iremos al paraíso de los ángeles... sino a sus estómagos.



El autor dice de sí mismo: Me llamo István Nemes. Nací en 1961 en el este de Hungría, en una ciudad llamada Debrecen. Empecé a escribir a los diez años y mi primera obra se publicó cuando tenía dieciocho: un fanzine de ciencia ficción titulado *Spirál*. Mi primera novela, *A Káosz Szava* (La palabra del caos), se publicó en 1990 bajo el seudónimo de John Caldwell y alcanzó un éxito considerable. Desde entonces, he publicado entre 200 y 210 novelas, principalmente del género fantástico, utilizando seudónimos como John Caldwell, Jeffrey Stone, entre otros. He traducido al húngaro obras de autores de renombre, como Robert Silverberg, Alfred Bester, Jack Vance, Robert E. Howard, Robert Sheckley, Harlan Ellison, entre otros. En total, mi nombre figura —ya sea como autor, traductor o editor— en aproximadamente 550 novelas publicadas en húngaro. Actualmente trabajo como editor para la editorial húngara Delta Vision.

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