Igor Antoniuk
«La ciudad había
estado esperando
durante veinte mil
años».
Ray Bradbury, «La
ciudad»
El niño ya estaba
despierto cuando las luces aparecieron en el cielo.
Por un instante, desgarraron la
oscuridad de la noche. Con un estruendo, atravesaron la ciudad dormida.
Brillaron como fuegos artificiales del Cuatro de Julio y desaparecieron más
allá de las colinas arenosas. Siguió un minuto de silencio, como si nada hubiera
ocurrido. Por la mañana, regresó el padre.
—¡Papá! —El niño corrió a
abrazarlo.
El hombre se dejó caer, sin
fuerzas, en una silla y se apoyó contra el respaldo de madera. Tenía el rostro
flácido. La piel grisácea parecía escurrírsele como la cera de una vela recién
encendida. Su pecho hundido subía y bajaba lentamente. Mantenía la mirada fija
en la pared. Llevaba una camisa roja a cuadros y pantalones vaqueros
desteñidos. Olía a metal quemado, y de su respiración ronca emanaba un hedor a
caucho chamuscado. Entonces, por primera vez, el niño oyó aquellos sonidos
extraños:
Clic-clic-clic-clic.
—¿Volviste anoche? ¿Tú? ¿De verdad?
El hombre no respondió. No apartó
la mirada. Parecía estudiar la pared que tenía delante, como si en ella
hubieran aparecido constelaciones del zodíaco en lugar del hormigón desnudo.
Luego giró lentamente la cabeza hacia el niño y dijo:
—Sí. Soy yo.
—¡Reu! —llegó la voz de la madre
desde la cocina—. ¿Estás despierto? —Se quedó inmóvil, con los ojos muy
abiertos. Miró a su hijo y luego a su marido.
—Reu, ven a la cocina. Ahora.
—Cuando el niño se acercó, ella se agachó. Lo observó un momento antes de
hablar.
—Raymond, eres un buen niño,
¿verdad?
—Sí, mamá —respondió él.
—Entonces, si te pido algo…
Prométeme que no se lo dirás a nadie, ¿de acuerdo? ¿Lo entiendes? —Le sujetó la
muñeca, apretando los dedos—. No le digas a nadie que papá ha vuelto.
—¿Ni siquiera al tío Einar?
—preguntó el niño.
—Ni siquiera a él. Júralo —dijo
ella, apretándole aún más la muñeca, con la voz temblorosa—. ¿Me oyes? ¿Me
oyes?
—Sí, mamá —respondió él, al borde
del llanto—. Lo juro.
Por la tarde, llegaron los
militares.
Vinieron en tres vehículos
blindados. El rugido de los motores hizo que los vecinos apartaran las
cortinas. Las puertas se abrieron con un chirrido y unas botas marrones
golpearon el asfalto. Rostros adustos. Ningún rastro de emoción. Tras las gafas
oscuras, sus ojos eran indescifrables.
Llamaron suavemente a la puerta y
entraron sin esperar respuesta.
—Buenas tardes —dijo un hombre alto
y canoso al entrar en la sala. Vestía de civil. Dos oficiales más jóvenes
permanecían detrás de él.
Han venido por él. Lo saben…
El corazón de la mujer latía con fuerza. Intentó recomponerse. Se clavó las
uñas en las palmas.
—Claro, pasen, por favor —dijo,
esforzándose por mantener la calma—. ¿Quieren café? Está recién hecho. —El
oficial de más edad alzó una mano para detenerla.
—Señora Smith —comenzó.
—Nora —lo corrigió ella.
—Nora —repitió él con una sonrisa
seca—. Supongo que sabe quiénes somos y por qué hemos venido.
—Sí, me lo imagino —apenas logró
decir. Una lágrima le rodó por la mejilla. Se la secó rápidamente y tomó aire
con dificultad—. ¿Le ha ocurrido algo a mi marido?
—No lo sabemos —respondió él en voz
baja, pero con autoridad—. La expedición de su marido tuvo éxito. Estaban de
regreso.
—¿Encontraron algo?
—Tal vez. No puedo decírselo. Es
información clasificada, señora Smith… Nora. En el trayecto de regreso,
probablemente la nave quedó atrapada en una lluvia de meteoritos.
—¿Probablemente? —preguntó ella.
—A menos que hayan sido los rusos.
Perdimos contacto con la tripulación cuando la nave entró en la atmósfera
terrestre.
—Entonces, las luces que vimos
anoche en el cielo eran…
—Sí —la interrumpió el hombre,
recorriendo la habitación con la mirada, en busca de algo—. Eran restos de la
nave. Como sabe, la tripulación estaba compuesta por nueve personas.
Encontramos a siete.
—¿Muertas? —preguntó ella sin
rodeos.
—Se desconoce el paradero de las
otras dos —continuó él, ignorando la pregunta—. El capitán y su marido, el
señor Smith. Sospechamos que él…
—No creerá usted… —Volvió a
sollozar. Las lágrimas le corrían por el rostro—. ¿Que después del accidente mi
marido podría entrar sin más por esa puerta y decir: «¡Hola, Nora!»?
—¡Mamá! ¡Mamá! —llegó una voz desde
la cocina. En un instante, el niño estaba allí, abrazándola con fuerza.
—Pero papá volverá, ¿verdad?
—preguntó el niño, alzando la mirada hacia el hombre.
—Sí —susurró la madre, besándole la
coronilla. Tal vez fue entonces cuando el niño volvió a oír aquel sonido tenue:
Clic-clic-clic-clic.
—Mi papá es un héroe, ¿verdad?
—Deberías estar orgulloso de él,
niño —dijo el hombre—. Adiós, señora Smith. Nora… Adiós, Reu…
—Pero, señor, ¿cómo sabe mi nombre?
—El hombre no respondió y cerró la puerta tras de sí. Los motores rugieron y se
perdieron en la distancia.
—Lo sabe todo —susurró la mujer,
temblando—. ¡Todo!
Cuando se marcharon, el niño corrió
al sótano. La mujer se deslizó por la pared hasta quedar en el suelo,
impotente.
—¡Papá! ¡Papá, han venido! Pero yo
no…
El padre estaba de pie, de
espaldas, con la cabeza inclinada hacia arriba. Sostenía una lata de metal
opaco que brillaba débilmente. La tenía pegada al rostro. Unos espasmos
agitaban su camisa. En el sótano resonaba un burbujeo húmedo. El olor a grasa
de automóvil le irritó la nariz al niño.
Clic-clic-clic-clic.
El hombre se estremeció y apartó
lentamente la lata del rostro. Varias gotas negras salpicaron el suelo. Con la
otra mano se limpió la cara y se volvió.
En la penumbra, el niño vio un
líquido negro y aceitoso que rezumaba de la comisura de la boca de su padre. Le
goteaba por el cuello y empapaba la camisa.
—Papá, ellos… pero yo…
—Lo sé —respondió con una voz que
zumbaba como una corriente eléctrica—. Sube. YO. IRÉ. PRONTO. —No hizo falta
que lo repitiera.
El niño subió corriendo y dejó la
puerta entreabierta tras de sí.
De pronto, la cabeza de su padre se
torció hacia atrás y quedó colgando sobre el pecho. La boca se le abrió
convulsivamente y los ojos se le pusieron en blanco. Con un chirrido metálico,
como el de una escotilla al abrirse, el pecho se le abrió en dos. En lugar de
sangre, brotó aceite negro. Una aguja dorada salió disparada, y AQUELLO que
había sido su padre la atrapó con precisión.
—REU. PAPÁ. YA. VIENE —dijo la
madre a su espalda, sosteniendo en las manos una aguja idéntica.
Un chorro caliente corrió por la
pierna del niño y se derramó sobre los escalones. El niño no pudo gritar.
Igor Antoniuk (Skomorojy, región de
Ternópil, Ucrania, 1991) es escritor, historiador y docente. Estudió Historia y
Pedagogía en la Universidad de los Cárpatos Vasyl Stefanyk y reside en
Ivano-Frankivsk. Su narrativa breve combina elementos fantásticos,
sobrenaturales y de terror. Publicó las colecciones de cuentos Шепіт сосен
(«El susurro de los pinos», 2018) y Монету підкине кожен («Cualquiera
lanzará la moneda», 2024). Sus relatos han aparecido en las revistas Текстover
y Склянка часу, así como en diversas antologías de terror.

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