jueves, 22 de octubre de 2026

EL OTRO LADO DE LA MAMPARA

Sabeen Ali

 

El tiburón me clavó sus afilados dientes en la espalda y, con una oleada de dolor desgarrador, mis ojos cerrados se abrieron de par en par y fueron a posarse en el techo. Después de superar todo límite, la intensidad del dolor empezó a desvanecerse. Desde el techo, mis ojos miraban hacia abajo, donde una bolsa de color caqui, semejante a un sobre, se inflaba y desinflaba. Luego mi mirada se fijó en las luces lechosas de bajo consumo, encerradas en marcos de vidrio empotrados en el cielorraso. ¿Eran cortinas rojas lo que colgaba de los rieles o una ilusión óptica? Como un pececito, examiné aquella habitación semejante a un acuario, o aquel acuario semejante a una habitación. Por todas partes había luces que encandilaban. También distinguí unas sombras vestidas de verde que se movían. Contenía el aliento, absorta, siguiendo las luces.

—Respira…

—Respira…

—Solo respira —se oyeron unas voces. Entretanto, el tiburón que me perseguía volvió a clavarme los dientes en la espalda. Había fracasado mi intento de cerrar los ojos como una paloma. Ajenos ya al dolor, mis ojos empezaron a deslizarse por el techo, cada vez más lejos.

—Aguanta… Aguanta…

—Respira… Solo respira… —Las voces se fueron apagando, y una llamada impregnada de una espera profunda alcanzó mis sentidos.

—Adil… Adil… Mi vida…

—Tipu… Tipu…

Además de los míos, había otros dos ojos que se deslizaban por el techo y miraban de un lado a otro. También a aquella mujer la perseguía algún monstruo marino. Estaba a punto de preguntarle quién era y cómo había llegado allí cuando el tiburón volvió a hundirme los dientes en el cuerpo. Esta vez, junto con la carne, empezó a deslizarse sangre caliente. El dolor y una presión invisible me desgarraban.

Desde hacía muchos días, el miedo a aquel momento me sobresaltaba durante unos instantes en la oscuridad de la noche y me quitaba el sueño. Yo apartaba aquel temor impreciso, cambiaba lentamente de postura y dirigía mis pensamientos hacia otra cosa. En aquellos días era como si contuviera el universo entero, como si en cada vena guardara los secretos de la vida y de su crecimiento. Los días y las noches transcurrían en una embriaguez vital en la que la sensación de plenitud me perfumaba el alma. La piel, desde el rostro hasta los pies, había florecido como si bajo la carne irradiaran luz constelaciones enteras. Cuando me cepillaba despacio el cabello espeso, que me llegaba a las rodillas, no encontraba ni un solo pelo quebrado. Un nuevo brillo se había mezclado con su negrura. El blanco de los ojos se había vuelto más blanco, y las pupilas oscuras parecían iluminarse. Pero, bajo aquella felicidad, en algún momento las inquietudes empezaban a reptar como hormigas. Se insinuaba el temor de que algo se escurriera, de que algo se deslizara fuera de mí, y el corazón se me aceleraba. Sin embargo, el aroma de la ropa limpia e inmaculada barría todas aquellas inquietudes y las arrojaba al suelo.

Y ahora llevaba tres días jugando al escondite con el tiburón en aguas de un azul profundo. A veces conseguía despistarlo y escapar; otras, aquel pequeño tiburón me hería con un leve golpe. Al principio, su mordedura me había parecido una sensación casi dulce. Pero, a cada instante, aumentaban el dolor cortante de sus dientes y la intensidad de la presión. Después, al tercer día, el tiburón había crecido tan deprisa que, a su lado, yo parecía un pececito que podía devorar de un solo bocado.

Y cada vez que el enorme tiburón me clavaba sus dientes puntiagudos en la espalda, se me escapaba un leve gemido, por mucho que intentara contenerme. Durante aquel juego perdí el dominio de mí misma, los puños se aflojaron y mis ojos salieron volando de mi rostro, quedaron suspendidos en el aire y empezaron a examinar con gran asombro los objetos de abajo. El dolor, después de alcanzar su máxima intensidad, comenzaba a borrarse. Solo quedaba una dentellada. De pronto, el tiburón me devoró la mitad del cuerpo.

—Uah… Uah… Uaaah…

En una bandeja de acero, junto a la cama, había algo enrollado que parecía una pequeña manta de color rojo oscuro.

Mis ojos suspendidos en el aire dejaron de mirar hacia abajo, regresaron al techo y siguieron deslizándose.

—Adil… Adil… —Ella continuaba buscando a alguien.

—¿Cómo llegó aquí?

—¿Quién es Adil…? ¿Y dónde está?

—Shhh… Estoy esperando… —fue la respuesta.

—Uah… Uah… Uaaah…

Lloraba a pleno pulmón. Al oírlo, mis ojos suspendidos descendieron por el aire y regresaron a mi rostro. Las luces lechosas, los marcos de las lámparas y el techo blanco fueron alejándose.

Giré la cabeza hacia la voz. En lugar de la luz cegadora, me entró en los ojos un resplandor de estrellas titilantes. Lo miré y sonreí. La enfermera sostenía a un bebé envuelto en una tela verde, de piel rosada y vello dorado. Tenía cierto disgusto en los ojos y el ceño fruncido. Todos los dolores desaparecieron de golpe.

Mi mirada lo colmaba de bendiciones. Daría la vida por ti.

Oí unas voces.

—Es un niño…

—Un varón.

—Has tenido un hijo.

—Felicidades.

Volví a cerrar los ojos, sonriendo. Esta vez, al cerrarlos, en lugar de luces intensas empezó a extenderse la oscuridad.

Un rato después trasladaron la camilla desde la sala de partos hasta una habitación del sector privado. Cuando volví a abrir los ojos, la enfermera redujo la velocidad del goteo del suero y me indicó que durmiera.

Mientras descendía hacia las profundidades de aquellas aguas oscuras, la cabeza se me mecía como la de un viajero que, incluso después de regresar de una larga travesía marítima, sigue sintiendo durante varias noches el balanceo y la vibración de las olas resplandecientes.

Detrás de mis ojos cerrados no podía verla, pero su voz seguía haciendo vibrar mis tímpanos como un instrumento invisible.

—Adil… Adil… Tipu…

De pronto, aquellas voces cobraron intensidad.

—Quítenme estos cables… Sáquenme todas las agujas. No me hagan sufrir… No me maten…

Se oyeron pasos apresurados.

—Enfermera… Doctora… Por favor, sálvenla… —suplicaba una voz delicada.

—Perra… Maldita… Lárgate de aquí…

—¿Por qué haces que me claven tantas agujas?

—No me vas a dejar descansar…

—Adil, mi Adil…

—Tipu… Tipu…

En plena madrugada, el ruido de mis intestinos anunció un hambre feroz. Apenas despertó aquella sensación, entreabrí los ojos. Intenté moverme, pero tenía el cuerpo entero entumecido. Cuando recuperé un poco la conciencia, la presencia de un líquido caliente debajo de mí despertó todos mis sentidos. La cama estaba empapada de sangre. Al advertir que la miraba, la enfermera se acercó, examinó lo que ocurría y fue a llamar a la médica de guardia.

—Enfermera, llame de inmediato a su especialista. Es una hemorragia posparto.

—Doctora, son las cuatro de la mañana. ¿Vendrá a esta hora?

—No lo sé, pero explíquele todo el estado de la paciente. Nos indicará un tratamiento o vendrá.

Poco después, un médico de cabello blanco como la nieve estaba junto a mí, escuchando el informe de la doctora. Me administraron inyecciones y luego cambiaron el suero.

Una delgada pared de madera contrachapada me separaba de la habitación contigua. Seguía oyendo las voces apagadas que llegaban del otro lado.

El anciano profesor me miró y dijo:

—No hay ninguna complicación.

—Ánimo, has tenido un hijo varón…

—Y aun así te has venido abajo. ¡Las madres de varones se olvidan de cualquier sufrimiento con solo pensar en su felicidad! Y ahora come y bebe algo… Ve al baño por tus propios medios… Mañana, cuando pase de visita, quiero encontrarte muy fuerte.

—Ten el valor de una madre.

Unas horas después intenté incorporarme, tragué unos sorbos de té y volví a acostarme. Toda mi atención estaba puesta en aquellos dos ojos que había visto suspendidos en el techo de la sala de partos, acompañados de medio cuerpo. Tenía la impresión de que aquella misma mujer estaba en la habitación contigua, al otro lado de la pared de madera contrachapada. Durante el día, la sospecha se convirtió en certeza. La misma voz impaciente volvió a resonarme en los oídos.

—Lárgate de aquí. ¿Por qué me atormentas?

—Adil, Tipu, Adil, Tipu…

—¿Dónde están?

—Sí… Es la misma mujer —murmuré para mí.

El día entero transcurrió entre la debilidad y la somnolencia. Al atardecer empezaron a llegar las visitas. Resonaban las felicitaciones, mientras que de la habitación contigua llegaban murmullos apagados, expresiones de pesar, palabras de consuelo y oraciones.

Después oí a una mujer que hablaba por teléfono.

—El horario de visitas termina a las siete. Vengan pronto…

—¿De qué servirá que lleguen después?

—Sí, parece que está llegando el final…

—Tiene cáncer, de vejiga…

—Lo descubrieron en la última etapa.

—Que Dios se apiade…

—Está muy mal.

Me quedé mirando el reloj de la pared, siguiendo el movimiento circular de sus agujas.

La enfermera se acercó y me preguntó cómo me sentía.

—Ahora estoy perfectamente —respondí con una sonrisa—. ¿Podría traerme a mi hijo de la sala de recién nacidos? Anoche ni siquiera pude verlo bien.

Me moría de ganas de ver a mi bebé.

—Sí, se lo traeré. No lo trajimos antes debido a su estado. De todos modos, el primer día todos los bebés permanecen en la sala de recién nacidos.

—Bien, voy a asearme al baño. Tráigamelo dentro de un momento —respondí.

Me miré en el espejo que colgaba sobre el lavabo. Mi piel rosada había adquirido un tono amarillento, tenía hinchazón debajo de los ojos y los labios resecos. Parecía haber regresado de un largo viaje.

Me lavé bien las manos y la cara, me acomodé el cabello con los dedos, intenté dar al rostro toda la vivacidad posible y regresé a la habitación con pasos cortos. Era una sala grande del hospital, dividida en dos habitaciones pequeñas por una pared de madera contrachapada. Ambas compartían un único baño. En lugar de dirigirme a mi habitación, me acerqué a la de la otra paciente y aparté la cortina de la entrada. El horario de visitas había terminado. Frente a mí, en la cama, yacía una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años. A su lado, una muchacha de dieciocho o diecinueve estaba recostada junto a su madre. Era muy bonita, pero el cansancio y la preocupación se le notaban claramente en el rostro. Probablemente, agotada, se había acostado allí mismo, en la cama del hospital, pegada a su madre enferma. Al verme intentó incorporarse.

—Sigue acostada —le dije—. Has pasado toda la noche en vela. Estoy en la habitación de al lado. Vine a preguntar cómo está tu madre.

—Ah…

—Has cuidado mucho de ella, aunque todavía pareces muy joven.

—Estoy en tercer año.

—¿Y dónde están tus hermanos? ¿Cuándo llega su vuelo? ¿Adil y Tipu?

—Los dos viven en Australia. Mamá los extraña mucho. Vienen porque se enteraron de su enfermedad. Tienen un vuelo con escala. Acabamos de recibir un mensaje: ya llegaron a Bangkok.

Los ojos de la mujer seguían fijos en el techo.

La miré con intención y dije:

—Si ya están en Bangkok, pronto estarán en Lahore. En cualquier momento los tendrá aquí.

La paciente abrió los ojos y me sonrió. Había en su mirada un profundo reconocimiento. Después dijo:

—Tú eres la que tuvo un niño anoche, ¿verdad?

—Sí, señora.

—Muchísimas felicidades. Me alegra mucho que hayas tenido un varón.

—Sus hijos están por llegar. Esta vez no deje que vuelvan a irse. Cáselos.

Ella sonrió…

Me pareció que sus ojos también habían descendido del techo para regresar a su rostro. Volví a mi habitación y, mientras esperaba a aquel pedazo de mi alma, pensé: qué buena hija tenía. Era tan joven y pasaba todo el tiempo cuidando sola de su madre, oyendo los insultos que ella le lanzaba mientras se retorcía de dolor. La gente dice que las hijas son una riqueza destinada a otro hogar. Y, sin embargo, están presentes en los momentos difíciles. ¿Por qué los hijos varones se van a vivir tan lejos? ¿Por qué las madres los quieren tanto?

Poco después, la enfermera depositaba en mis brazos a un bebé regordete y rosado, envuelto en una manta azul. Miré una vez la pared de madera contrachapada, luego a mi hijo y, al darle el primer beso en la frente, se me escaparon dos lágrimas.

Sabeen Ali nació en Lahore, Pakistán, el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*, *Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario *Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea *Deedban*.

 

 

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