Sabeen Ali
El tiburón me clavó
sus afilados dientes en la espalda y, con una oleada de dolor desgarrador, mis
ojos cerrados se abrieron de par en par y fueron a posarse en el techo. Después
de superar todo límite, la intensidad del dolor empezó a desvanecerse. Desde el
techo, mis ojos miraban hacia abajo, donde una bolsa de color caqui, semejante
a un sobre, se inflaba y desinflaba. Luego mi mirada se fijó en las luces
lechosas de bajo consumo, encerradas en marcos de vidrio empotrados en el
cielorraso. ¿Eran cortinas rojas lo que colgaba de los rieles o una ilusión
óptica? Como un pececito, examiné aquella habitación semejante a un acuario, o
aquel acuario semejante a una habitación. Por todas partes había luces que
encandilaban. También distinguí unas sombras vestidas de verde que se movían.
Contenía el aliento, absorta, siguiendo las luces.
—Respira…
—Respira…
—Solo respira —se oyeron unas
voces. Entretanto, el tiburón que me perseguía volvió a clavarme los dientes en
la espalda. Había fracasado mi intento de cerrar los ojos como una paloma.
Ajenos ya al dolor, mis ojos empezaron a deslizarse por el techo, cada vez más
lejos.
—Aguanta… Aguanta…
—Respira… Solo respira… —Las voces
se fueron apagando, y una llamada impregnada de una espera profunda alcanzó mis
sentidos.
—Adil… Adil… Mi vida…
—Tipu… Tipu…
Además de los míos, había otros dos
ojos que se deslizaban por el techo y miraban de un lado a otro. También a
aquella mujer la perseguía algún monstruo marino. Estaba a punto de preguntarle
quién era y cómo había llegado allí cuando el tiburón volvió a hundirme los
dientes en el cuerpo. Esta vez, junto con la carne, empezó a deslizarse sangre
caliente. El dolor y una presión invisible me desgarraban.
Desde hacía muchos días, el miedo a
aquel momento me sobresaltaba durante unos instantes en la oscuridad de la
noche y me quitaba el sueño. Yo apartaba aquel temor impreciso, cambiaba
lentamente de postura y dirigía mis pensamientos hacia otra cosa. En aquellos
días era como si contuviera el universo entero, como si en cada vena guardara
los secretos de la vida y de su crecimiento. Los días y las noches transcurrían
en una embriaguez vital en la que la sensación de plenitud me perfumaba el
alma. La piel, desde el rostro hasta los pies, había florecido como si bajo la
carne irradiaran luz constelaciones enteras. Cuando me cepillaba despacio el
cabello espeso, que me llegaba a las rodillas, no encontraba ni un solo pelo
quebrado. Un nuevo brillo se había mezclado con su negrura. El blanco de los
ojos se había vuelto más blanco, y las pupilas oscuras parecían iluminarse.
Pero, bajo aquella felicidad, en algún momento las inquietudes empezaban a
reptar como hormigas. Se insinuaba el temor de que algo se escurriera, de que
algo se deslizara fuera de mí, y el corazón se me aceleraba. Sin embargo, el
aroma de la ropa limpia e inmaculada barría todas aquellas inquietudes y las
arrojaba al suelo.
Y ahora llevaba tres días jugando
al escondite con el tiburón en aguas de un azul profundo. A veces conseguía
despistarlo y escapar; otras, aquel pequeño tiburón me hería con un leve golpe.
Al principio, su mordedura me había parecido una sensación casi dulce. Pero, a
cada instante, aumentaban el dolor cortante de sus dientes y la intensidad de
la presión. Después, al tercer día, el tiburón había crecido tan deprisa que, a
su lado, yo parecía un pececito que podía devorar de un solo bocado.
Y cada vez que el enorme tiburón me
clavaba sus dientes puntiagudos en la espalda, se me escapaba un leve gemido,
por mucho que intentara contenerme. Durante aquel juego perdí el dominio de mí
misma, los puños se aflojaron y mis ojos salieron volando de mi rostro,
quedaron suspendidos en el aire y empezaron a examinar con gran asombro los
objetos de abajo. El dolor, después de alcanzar su máxima intensidad, comenzaba
a borrarse. Solo quedaba una dentellada. De pronto, el tiburón me devoró la
mitad del cuerpo.
—Uah… Uah… Uaaah…
En una bandeja de acero, junto a la
cama, había algo enrollado que parecía una pequeña manta de color rojo oscuro.
Mis ojos suspendidos en el aire
dejaron de mirar hacia abajo, regresaron al techo y siguieron deslizándose.
—Adil… Adil… —Ella continuaba
buscando a alguien.
—¿Cómo llegó aquí?
—¿Quién es Adil…? ¿Y dónde está?
—Shhh… Estoy esperando… —fue la
respuesta.
—Uah… Uah… Uaaah…
Lloraba a pleno pulmón. Al oírlo,
mis ojos suspendidos descendieron por el aire y regresaron a mi rostro. Las
luces lechosas, los marcos de las lámparas y el techo blanco fueron alejándose.
Giré la cabeza hacia la voz. En
lugar de la luz cegadora, me entró en los ojos un resplandor de estrellas
titilantes. Lo miré y sonreí. La enfermera sostenía a un bebé envuelto en una
tela verde, de piel rosada y vello dorado. Tenía cierto disgusto en los ojos y
el ceño fruncido. Todos los dolores desaparecieron de golpe.
Mi mirada lo colmaba de
bendiciones. Daría la vida por ti.
Oí unas voces.
—Es un niño…
—Un varón.
—Has tenido un hijo.
—Felicidades.
Volví a cerrar los ojos, sonriendo.
Esta vez, al cerrarlos, en lugar de luces intensas empezó a extenderse la
oscuridad.
Un rato después trasladaron la
camilla desde la sala de partos hasta una habitación del sector privado. Cuando
volví a abrir los ojos, la enfermera redujo la velocidad del goteo del suero y
me indicó que durmiera.
Mientras descendía hacia las
profundidades de aquellas aguas oscuras, la cabeza se me mecía como la de un
viajero que, incluso después de regresar de una larga travesía marítima, sigue
sintiendo durante varias noches el balanceo y la vibración de las olas
resplandecientes.
Detrás de mis ojos cerrados no
podía verla, pero su voz seguía haciendo vibrar mis tímpanos como un
instrumento invisible.
—Adil… Adil… Tipu…
De pronto, aquellas voces cobraron
intensidad.
—Quítenme estos cables… Sáquenme
todas las agujas. No me hagan sufrir… No me maten…
Se oyeron pasos apresurados.
—Enfermera… Doctora… Por favor,
sálvenla… —suplicaba una voz delicada.
—Perra… Maldita… Lárgate de aquí…
—¿Por qué haces que me claven
tantas agujas?
—No me vas a dejar descansar…
—Adil, mi Adil…
—Tipu… Tipu…
En plena madrugada, el ruido de mis
intestinos anunció un hambre feroz. Apenas despertó aquella sensación,
entreabrí los ojos. Intenté moverme, pero tenía el cuerpo entero entumecido.
Cuando recuperé un poco la conciencia, la presencia de un líquido caliente
debajo de mí despertó todos mis sentidos. La cama estaba empapada de sangre. Al
advertir que la miraba, la enfermera se acercó, examinó lo que ocurría y fue a
llamar a la médica de guardia.
—Enfermera, llame de inmediato a su
especialista. Es una hemorragia posparto.
—Doctora, son las cuatro de la
mañana. ¿Vendrá a esta hora?
—No lo sé, pero explíquele todo el
estado de la paciente. Nos indicará un tratamiento o vendrá.
Poco después, un médico de cabello
blanco como la nieve estaba junto a mí, escuchando el informe de la doctora. Me
administraron inyecciones y luego cambiaron el suero.
Una delgada pared de madera
contrachapada me separaba de la habitación contigua. Seguía oyendo las voces
apagadas que llegaban del otro lado.
El anciano profesor me miró y dijo:
—No hay ninguna complicación.
—Ánimo, has tenido un hijo varón…
—Y aun así te has venido abajo.
¡Las madres de varones se olvidan de cualquier sufrimiento con solo pensar en
su felicidad! Y ahora come y bebe algo… Ve al baño por tus propios medios…
Mañana, cuando pase de visita, quiero encontrarte muy fuerte.
—Ten el valor de una madre.
Unas horas después intenté
incorporarme, tragué unos sorbos de té y volví a acostarme. Toda mi atención
estaba puesta en aquellos dos ojos que había visto suspendidos en el techo de
la sala de partos, acompañados de medio cuerpo. Tenía la impresión de que
aquella misma mujer estaba en la habitación contigua, al otro lado de la pared
de madera contrachapada. Durante el día, la sospecha se convirtió en certeza.
La misma voz impaciente volvió a resonarme en los oídos.
—Lárgate de aquí. ¿Por qué me
atormentas?
—Adil, Tipu, Adil, Tipu…
—¿Dónde están?
—Sí… Es la misma mujer —murmuré
para mí.
El día entero transcurrió entre la
debilidad y la somnolencia. Al atardecer empezaron a llegar las visitas.
Resonaban las felicitaciones, mientras que de la habitación contigua llegaban
murmullos apagados, expresiones de pesar, palabras de consuelo y oraciones.
Después oí a una mujer que hablaba
por teléfono.
—El horario de visitas termina a
las siete. Vengan pronto…
—¿De qué servirá que lleguen
después?
—Sí, parece que está llegando el
final…
—Tiene cáncer, de vejiga…
—Lo descubrieron en la última
etapa.
—Que Dios se apiade…
—Está muy mal.
Me quedé mirando el reloj de la
pared, siguiendo el movimiento circular de sus agujas.
La enfermera se acercó y me
preguntó cómo me sentía.
—Ahora estoy perfectamente
—respondí con una sonrisa—. ¿Podría traerme a mi hijo de la sala de recién
nacidos? Anoche ni siquiera pude verlo bien.
Me moría de ganas de ver a mi bebé.
—Sí, se lo traeré. No lo trajimos
antes debido a su estado. De todos modos, el primer día todos los bebés
permanecen en la sala de recién nacidos.
—Bien, voy a asearme al baño.
Tráigamelo dentro de un momento —respondí.
Me miré en el espejo que colgaba
sobre el lavabo. Mi piel rosada había adquirido un tono amarillento, tenía
hinchazón debajo de los ojos y los labios resecos. Parecía haber regresado de
un largo viaje.
Me lavé bien las manos y la cara,
me acomodé el cabello con los dedos, intenté dar al rostro toda la vivacidad
posible y regresé a la habitación con pasos cortos. Era una sala grande del
hospital, dividida en dos habitaciones pequeñas por una pared de madera
contrachapada. Ambas compartían un único baño. En lugar de dirigirme a mi
habitación, me acerqué a la de la otra paciente y aparté la cortina de la
entrada. El horario de visitas había terminado. Frente a mí, en la cama, yacía
una mujer de unos cincuenta o cincuenta y cinco años. A su lado, una muchacha
de dieciocho o diecinueve estaba recostada junto a su madre. Era muy bonita,
pero el cansancio y la preocupación se le notaban claramente en el rostro.
Probablemente, agotada, se había acostado allí mismo, en la cama del hospital,
pegada a su madre enferma. Al verme intentó incorporarse.
—Sigue acostada —le dije—. Has
pasado toda la noche en vela. Estoy en la habitación de al lado. Vine a
preguntar cómo está tu madre.
—Ah…
—Has cuidado mucho de ella, aunque
todavía pareces muy joven.
—Estoy en tercer año.
—¿Y dónde están tus hermanos?
¿Cuándo llega su vuelo? ¿Adil y Tipu?
—Los dos viven en Australia. Mamá
los extraña mucho. Vienen porque se enteraron de su enfermedad. Tienen un vuelo
con escala. Acabamos de recibir un mensaje: ya llegaron a Bangkok.
Los ojos de la mujer seguían fijos
en el techo.
La miré con intención y dije:
—Si ya están en Bangkok, pronto
estarán en Lahore. En cualquier momento los tendrá aquí.
La paciente abrió los ojos y me
sonrió. Había en su mirada un profundo reconocimiento. Después dijo:
—Tú eres la que tuvo un niño
anoche, ¿verdad?
—Sí, señora.
—Muchísimas felicidades. Me alegra
mucho que hayas tenido un varón.
—Sus hijos están por llegar. Esta
vez no deje que vuelvan a irse. Cáselos.
Ella sonrió…
Me pareció que sus ojos también
habían descendido del techo para regresar a su rostro. Volví a mi habitación y,
mientras esperaba a aquel pedazo de mi alma, pensé: qué buena hija tenía. Era
tan joven y pasaba todo el tiempo cuidando sola de su madre, oyendo los
insultos que ella le lanzaba mientras se retorcía de dolor. La gente dice que
las hijas son una riqueza destinada a otro hogar. Y, sin embargo, están
presentes en los momentos difíciles. ¿Por qué los hijos varones se van a vivir
tan lejos? ¿Por qué las madres los quieren tanto?
Poco después, la enfermera depositaba en mis brazos a un bebé regordete y rosado, envuelto en una manta azul. Miré una vez la pared de madera contrachapada, luego a mi hijo y, al darle el primer beso en la frente, se me escaparon dos lágrimas.
Sabeen Ali nació en Lahore, Pakistán, el 8 de febrero de 1975. Es escritora de relatos cortos y poeta; reside en Yeda. Además de aparecer en revistas paquistaníes como *Funoon*, *Adab-e-Lateef* y *Tasteer*, sus relatos y poemas (*nazms*) se han publicado en revistas indias como *Aajka*, *Shair* e *Istefsaar*, entre otras. En 2018 se publicó *Gul Masloob*, su primera colección de relatos cortos. Su poemario *Anchal Mein Samandar* (libro electrónico) fue publicado en 2016 por Bazm Adab Urdu Library. Junto con otras dos mujeres, es editora de la revista en línea *Deedban*.

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