Jorge Etcheverry
Ya se había anunciado tantas veces que al
principio casi nadie creyó lo que estaba pasando, aparte de los observadores de
OVNIS, raelianos, teósofos y otra gente parecida, además de una secta que cree
que Cristo está en Venus.
Y para peor en Ottawa. En Estados
Unidos, con una enorme y prolífica comunidad de escritores y lectores de
ciencia ficción, santo y bueno. O incluso en Europa, porque todavía, aunque no
lo crean, todo lo que vale la pena pasa en Europa. Pero lo cierto es que el
disco aterrizó en Lebreton Flats, unos terrenos baldíos que bordean la
ciudad, casi al llegar al río Ottawa. El mismo lugar en que hace más de veinte
años levantaron unas enormes instalaciones prefabricadas cuando vino el Papa.
Pero el disco no se posó exactamente en la tierra. Se mantuvo como a cincuenta
metros de altura, suspendido en el aire, y se veía brillante, metálico, liso, e incluso elegante.
Nadie se le podía acercar ya que había una especie de campo de fuerza que
actuaba como barrera invisible. Las personas que pudieron llegar al lugar antes
de que lo acordonara la policía, pudieron entrever a unas figuras altas, muy
rubias, de piel muy clara que se paseaban debajo del disco en trajes ajustados,
color plata. Pero nadie parecía muy sorprendido, ya que más de un siglo de
novelas y de películas de ciencia ficción casi nos han convencido de que los
visitantes de otro planeta tienen que ser perfectos y puros, y abrigar buenas
intenciones, salvo una que otra rareza como La guerra de los mundos de Wells
o la película Independence Day.
Por unas horas no hubo
más señales de actividad del disco. Varios destacados personeros oficiales
declararon por televisión que se iban a hacer todos los esfuerzos para
establecer comunicación con esos seres. Se probó con banderas blancas, manos
abiertas con la palma hacia arriba, señales de comunicación naval y otros
medios de comunicación que no se hicieron públicos para no comprometer la
seguridad nacional, pero sin resultado. El único grupo al que se permitió pasar
la barrera policial fue una Comisión Parlamentaria formada por miembros de los
tres partidos políticos principales. Pero no pudieron atravesar un campo de
fuerza que producía una parálisis muscular que se hacía total una vez que se
alcanzaba un punto a más o menos cincuenta metros de donde paseaban o
conversaban en pequeños grupos las figuras de traje metálico. La segunda
intentona, esta vez iniciativa de un grupo de representantes de las principales
iglesias y denominaciones religiosas del Valle de Ottawa, también falló. No se
pudo impedir que las noticias se propagaran entre el público en general, y
alguna gente se entregó a las especulaciones más descabelladas e incluso al
pánico. Pero pasaron los días y las cosas siguieron igual. Algunos intentaban
ignorar todo el asunto. Cuando se encontraban intercambiaban información sobre
el clima y temas parecidos, sin mencionar para nada a los extraterrestres,
actitud que antes parecía haber tenido éxito antes frente a cualquier evento
fuera de lo común. No hubo más declaraciones de alto nivel del gobierno, nada se
filtró ni siquiera al periodista problema, que sin pensar en las consecuencias,
hace pública la información confidencial que se le escapa casualmente a un alto
funcionario. Al cabo de un par de días, a la gente al más alto nivel se le
ocurrió hacer lo mismo que el público en general ya había hecho de manera
espontánea, es decir mostrar desinterés y distancia. Mientras esos seres
continuaban paseándose sosegadamente y conversando en grupos de dos o tres bajo
su disco. Sólo grupos de fanáticos siguieron reservando salas en universidades,
iglesias y centros comunitarios para sostener reuniones de emergencia y votar
resoluciones que inevitablemente acababan pidiendo muy merecidos fondos a
fuentes gubernamentales.
Las iglesias se
desesperaban por establecer contacto y algunos oficiales de alta graduación del
ejército estaban empezando a ponerse nerviosos. El Primer Ministro llamó a uno
de sus predecesores, famoso en la resolución de situaciones internacionales difíciles,
para que tomara cartas en el asunto. Entonces fue que por todos los canales de
televisión y sin que se supiera cómo, una mujer de facciones perfectas según
los cánones griegos clásicos y voz de seda, informó que la situación que se
vivía en esta capital y de la que con seguridad estarían enterados los
televidentes, se desarrollaba de manera similar en todas las ciudades
importantes del mundo, y que ahora se iba a romper el impasse, ya que
ellos iban a escoger a algunos seres humanos sabios que pasarían a formar parte
de una especie de comité de gestión mundial, cuya tarea sería la de representar
a los visitantes aquí en la Tierra, una medida, no es necesario decirlo,
destinada a evitar la destrucción del planeta. Y, agregó, no había arma,
tecnología o argumento que pudiera cambiar las cosas. La desilusión de los
ciudadanos y autoridades del país de no ser los únicos a quienes les estaba
pasando algo extraordinario por lo menos una vez en la historia, se vio pronto
disipada entre consultas, recomendaciones y gestiones para decidir quién
entraría en contacto con esta gente venida de tan lejos, pero que, y era algo
que restableció un poco la calma, era tan parecida a nosotros. Al menos eso
afirmaba la mayoría de la gente en los países habitados principalmente por
personas que sí, en realidad podían pasar como reproducciones un poco
imperfectas de esos visitantes astrales casi desprovistos de pigmentos.
Habiendo aceptado, sin
recocerlo, claro, que la visita (para evitar referirse a la invasión) se debía
a la mala gestión de los asuntos del planeta, tema que tenía bastantes
antecedentes en la inagotable literatura de ciencia ficción y no era ajeno a
las especulaciones de parte de la opinión pública ilustrada de todos los
países, el gobierno se dio cuenta de que ningún funcionario público tendría la
oportunidad de cruzar la barrera. Después de cierta conmoción en los
ministerios y de un frenético intercambio de llamadas telefónicas, no de mensajes
electrónicos, porque el internet ya no es seguro, se decidió esta vez mantener
a representantes y miembros del Gobierno en segundo plano, como medida táctica
y provisoria por supuesto. Otro grupo representativo, esta vez del sector
privado, tampoco pudo pasar la barrera. Parecía no haber manera de darle en el
gusto a estas inteligencias del espacio exterior decididas a interferir con la
gestión de las cosas aquí abajo, que si bien no es perfecta, no es tan atroz
tampoco, si me preguntan mi opinión. La delegación que armaron las dos
universidades locales (que incluía a un par de poetas maduros e impecablemente
vestidos, bastante conocidos localmente) también falló. Hubo varios intentos
misceláneos que la policía, hecho redundante, no intentó detener.
Nunca se va a saber con
seguridad, pero parece que debido a una confusión administrativa o una idea
loca, un grupo grande de organizaciones de la comunidad y de gente curiosa del
barrio simplemente conocido como Barrio Chino (con las disculpas del caso),
hizo el próximo esfuerzo para llegar al disco. Sin mucho entusiasmo, se
acercaron a la barrera invisible y nadie se sorprendió al verlos detenerse uno
a uno, como en una película de cámara lenta, hasta que nadie pudo moverse, para
luego, como despertando, devolverse y recobrar el control de sus movimientos a
medida que se alejaban de ese círculo invisible. Sin embargo, una figura siguió
caminando, y una vez que los espectadores digirieron lo que estaba pasando,
empezó el murmullo (desde detrás de la barrera policial). El hombre, y que me
perdonen las mujeres, pero fue un hombre, ya estaba llegando a donde lo
esperaban algunas de las figuras de traje metálico. Era un hindú viejo, bajo y
delgado, con turbante, que de pronto se dio vuelta y empezó a caminar en dirección
opuesta, hacia los espectadores, sin decir una palabra.
Nadie pudo sacar nada de
sus labios y su rostro ajado. Los doctores que lo examinaron concluyeron que
quizás la impresión había sido demasiado grande, que a lo mejor mostraba signos
de senilidad debido a su avanzada edad. Su vieja mente cansada ni siquiera se
había adaptado todavía a su nuevo ambiente, ya que había llegado hace poco a
Canadá a través del Programa de Reunificación Familiar. De hecho, este viejo
vive cerca de mi casa y siempre es muy bueno con mi hija. Si se encuentra con
ella cuando viene de vuelta de la escuela, le da uno que otro dulce, o un dólar
para que ejercite su libre albedrío con los dulces de la tienda de la esquina.
Una vez que hacía calor, pero seco y él estaba bastante lúcido, me contó cómo
habían sido las cosas, porque hemos sido vecinos por algún tiempo y me tiene
bastante confianza. Me dijo que le había parecido que esa gente vestida color
plata era casi igual a los ingleses que mandaban su país cuando era niño, y a
los que no parecía tener mucho aprecio, por algunas cosas que no le pude
entender bien por el acento, pero que supongo es más o menos lo que muchos le
reprochan a gente parecida en todas partes del mundo. Además de que no le
gustaba esa ropa lisa, plateada, demasiado metal, muy mecánico el aspecto
aerodinámico y brillante de todo el asunto, el disco y todo eso. El inglés no
es mi primera lengua tampoco, pero eso era esencialmente lo que me dijo. Me
dijo también que nunca iba a los centros comerciales y que casi no salía nunca
del barrio. En lo que respecta al disco volador, ahora es parte integral de la
ciudad. Si pone un poco de atención, usted podrá ver cómo las luces de los
edificios se reflejan en su barriga por la noche, sobre todo en verano. La vida
sigue su curso y el gobierno aquí todavía existe, es una especie de cuerpo
administrativo. En el resto del mundo las cosas también siguen más o menos lo
mismo, parece.

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