domingo, 23 de agosto de 2026

LA ÚLTIMA RESPUESTA

Federico Tamanini

 

El ojo en el cielo, ese pequeño perdido en la oscuridad del espacio, observaba otro ojo, enorme, rojo de fuego, con una pupila cada vez más diminuta, casi invisible. El gran ojo era más vasto que una ciudad, más vasto que una luna. El gran ojo de fuego, con la pupila casi invisible, era tan grande como un planeta. El gran ojo de fuego era la Tierra.

 

El niño era arrastrado por los dos androides. Lo alejaban del humo que había aturdido a todos, dejándolos tendidos en el suelo, débiles y confundidos. Los dos androides no necesitaban respirar y no conocían el miedo. No temían la espesa nube gris que se elevaba desde las casas, convertidas en piras funerarias por el incendio global que se cerraba sobre aquel último sello de tierra.

El niño, sostenido en brazos por una de las máquinas humanoides negras, gritaba el nombre de su madre, que ya era un fácil alimento para las llamas azules y anaranjadas. Ella oía cada vez menos aquel grito, y eso la hacía feliz. Más allá del humo, a través de una última y pequeña brecha entre las llamas que estaban a punto de rodearla, veía alejarse las dos grandes siluetas con su hijo, del que apenas distinguía una mano extendida.

No tenía sentido, no había lógica alguna que sostuviera la idea de saberlo a salvo en un planeta que se había convertido en una antorcha en medio del cosmos. Pero el corazón de una madre no puede permitirse renunciar a la esperanza.

Mirando el camino de polvo, hacia el hombro del robot que huía mientras su hijo se aferraba a él, imaginaba que el pequeño pudiera alcanzar a ver las últimas casas. Aún seguían en pie, pero estaban destinadas a inclinarse ante el fin, como todas las demás, como la suya, que ahora representaba su papel en el acto final de la tragedia.

Allí, entre aquellos muros que habían sido amigos, la mujer sentía cómo el fuego le devoraba los pies, luego las piernas, pero encontraba, entre las lágrimas, la imposible felicidad de saber que su hijo viviría un poco más, unas horas, quizá unos días, gracias a los intrépidos robots. Sabía que aquellas máquinas de acero, capaces de derribar un muro de un solo puñetazo, sabrían medir su fuerza para convertirla en un abrazo.

Cuando el humo le llenó los pulmones, se asfixió pronunciando una vez más el nombre que había elegido para su hijo y estrechó la mano del hombre con quien lo había concebido. No habían huido al ver las altas llamas y el humo que envolvía el último bosque, porque ya no existía ningún lugar al que escapar. El fuego estaba en todas partes.

Los últimos androides al servicio de la humanidad seguirían luchando contra el incendio, pero ya no les quedaba nada con qué combatirlo: ni agua, ni espuma, ni polvo químico. La única solución que encontraron, en todos los rincones del mundo, fue regalarles a los humanos un poco más de tiempo, interponiéndose entre la bestia y sus amos, ardiendo antes que ellos y utilizando sus resistentes cuerpos como un muro. Muriendo así, mediante un último acto de sacrificio.

Los dos robots caminaban deprisa, porque también las llamas avanzaban deprisa, ansiosas por cerrar el círculo y apoderarse de todo. Su destino estaba cerca; la distancia era corta, igual que el tiempo que les quedaba.

En un callejón, ya iluminado por los resplandores rojizos del incendio, una figura femenina cantaba en medio de la calle. También era un robot, uno de los millones que ya no podían salvarse, uno de los que ya no servían para nada.

Su voz de soprano narraba la historia de un héroe y la nostalgia de la tierra, del hogar y de la familia. Cantaba en español y evocaba tiempos antiguos, cuando existía la música y las personas viajaban para descubrir nuevas culturas, alimentando dentro de sí la curiosidad y, al mismo tiempo, el deseo de regresar.

El niño nunca había conocido nada de aquello. Siempre había vivido con el terror del fuego que se acercaba y que nadie podía detener.

La flauta del destino había interpretado las notas del juicio, y el diablo había bailado alrededor del incendio más grande. Tenía el rostro de mil hombres.

Lautaro cerró los ojos y se dejó llevar de un lado a otro, blando y pasivo como el cadáver de un animal capturado. Para combatir el miedo evocó las imágenes de la Pampa, tal como la recordaba en las fotografías que su padre le había mostrado un año antes.

Aquellas viejas fotografías pertenecían a un mundo inmenso, cubierto de hierba y recorrido por caballos. Eran tiempos ya lejanos, cuando el Río de la Plata todavía no era una cicatriz seca. Tiempos en los que el diablo, con su rostro de mil hombres, ya tocaba su música, aunque aún no tuviera el mayor de los incendios alrededor del cual bailar.

Dejó de llorar cuando los robots lo llevaron bajo tierra.

No comprendía dónde había estado escondida aquella escalera tan larga, tan bien oculta que jamás la había visto, ni siquiera antes de que el fuego llegara a las puertas de Buenos Aires. Hasta seis meses atrás corría libre por el poblado de las afueras de la ciudad, y los robots no podían haberlo llevado demasiado lejos.

¿Cómo habían conseguido ocultar aquella escalera a la vista de todos?

Apenas comenzaron a descender, el cielo sobre sus cabezas se cerró con un estruendo de acero, y Lautaro imaginó que hasta unas horas antes enormes compuertas habían permanecido cubiertas por tierra o piedras, porque nunca había oído a nadie mencionarlas.

No descendieron mucho. Al principio creyó encontrarse apenas dos pisos bajo tierra, luego pensó que quizá fueran tres, o tal vez cuatro, a medida que recorrían el corredor en pendiente. Al final perdió la cuenta.

Los dos robots lo condujeron hasta una pequeña sala fría, donde resultaba evidente que hacía mucho tiempo que no entraba ninguna persona. Vasos cubiertos de costras adornaban una mesa polvorienta, y sobre el suelo había varios libros maltratados. Las plantas llevaban mucho tiempo muertas.

—Espera aquí, por favor —dijo uno de los robots.

Solo entonces Lautaro se dio cuenta de que hasta ese momento no le habían dirigido la palabra. Simplemente lo habían tomado y se lo habían llevado.

Había olor a quemado. Venía del exterior, pese a la distancia. La neblina que había entrado con ellos y que había recorrido toda aquella escalera y el corredor fue absorbida por una rejilla situada en lo alto del muro de enfrente, donde un arco lo bastante ancho como para que pasaran tres personas enmarcaba una puerta azul.

El robot que había hablado se acercó a ella y la abrió, mientras el otro androide permanecía junto al muchacho. Un minuto después, el primero volvió a salir.

—Ahora puedes seguirme.

—¿Qué? Yo no...

Lautaro no terminó la frase. Sus pensamientos fueron invadidos por la certeza de que, allá arriba, las llamas probablemente ya habían alcanzado las enormes compuertas y que todo, absolutamente todo, era un incendio total.

Y su madre... y su padre...

La imagen de sus cuerpos devorados por la bestia de fuego, gritando y suplicando piedad, se abrió paso en su mente. Los vio reducidos a esqueletos negros, todavía aterrorizados; los imaginó arrastrándose con las manos convertidas en ganchos de hueso, aferrándose a la tierra ardiente para salir de la casa.

—Por favor, sígueme —repitió el robot.

Sintiendo que la garganta se le cerraba y que las lágrimas regresaban, el muchacho echó a andar tras la máquina.

Atravesaron la puerta y entraron en una sala circular tan amplia y luminosa que, por un instante, Lautaro quedó maravillado y olvidó la tragedia de su vida.

El robot le indicó que avanzara hasta el centro, donde un cilindro de cristal encerraba el cuerpo anciano de un hombre suspendido en un líquido azulado que reflejaba miles de pequeñas luces intermitentes alrededor del cilindro, como los anillos de Saturno.

De su frente salían tres cables. En su abdomen se introducían tres tubos. Aquel pequeño despojo humano permanecía sostenido por unos tensores que apenas parecían esforzarse.

El cilindro superaba la estatura de Lautaro por poco más de un brazo.

El niño contempló horrorizado aquella figura humana seca y encogida, semejante a un feto decrépito conservado en formol.

—¡Ah! —gritó cuando el hombre abrió los ojos.

Uno de los tubos blancos dejó de agitarse con aquel ritmo que sugería una respiración lenta y forzada.

¿Había dejado de usar los pulmones? ¿O era una máquina la que había dejado de llenárselos?

Los tensores se tensaron y el cuerpo fue elevado lentamente fuera del líquido hasta abandonar el cilindro. Después lo depositaron, desnudo y goteando, sobre un sillón. El robot desconectó los tubos y los cables y cubrió el cuerpo con una sábana blanca.

El niño temblaba.

—Yo... —empezó a decir el anciano, pero calló enseguida.

La tela lo cubría por completo. Ninguna parte de aquella imposible forma de vida quedaba expuesta para ofender la vista de Lautaro.

Pasaron muchos segundos en silencio.

La sala era glacial.

—Yo... —tosió—... yo soy el testigo.

El niño permaneció callado. Dio un paso atrás, pero el robot lo sujetó.

—Soy el testigo de la historia —continuó el anciano, recuperando algo de fuerzas e incorporándose bajo la sábana—. Registro, observo y recuerdo, hasta donde me es posible... todo cuanto puedo... desde hace casi doscientos años.

—¿Qué?

—¡Silencio! Ya no me queda tiempo... Mis minutos están contados.

El muchacho clavó sus ojos negros en aquella extraña figura, mientras pensaba cómo escapar de aquella tumba helada.

—Que quede claro: yo no te habría elegido... —tosió—, pero las circunstancias, ¿sabes?, no me dejan muchas alternativas. En realidad... ninguna.

—¿Qué quiere de mí?

—¡Salvarte!

—¿Salvarme?

—Claro, muchacho. Verás, soy muy viejo... —Al decirlo levantó un brazo y se acarició la cabeza blanca, donde apenas unos pocos cabellos finísimos trazaban líneas aún más frías que su piel— ...y sé que ha llegado mi hora.

Lautaro miró alrededor. Apenas escuchaba las palabras del anciano y avanzó con paso incierto. El hombre llevó lentamente un dedo hasta casi rozarle la mejilla. Era tan joven... Un instante antes del contacto, Lautaro dio un salto hacia atrás.

—Quiero saber una cosa —dijo.

—¿Saber? Claro, supongo... Quieres saber qué quiero a cambio.

—No.

—¿No? ¿No quieres saber qué quiero de ti?

Por primera vez en muchos años, el anciano parecía sorprendido.

—No. Es verdad que lo pregunté antes, pero ya no es eso.

—Entonces ¿qué?

El anciano tenía prisa por volver al cilindro, por reconectarse y sentir otra vez el flujo de datos para el que había vivido durante tanto tiempo.

—Se lo pregunté a mi mamá y a mi papá. Después se lo pregunté a otras personas. Escuché muchas respuestas, pero no las entendí y, además, ninguna me pareció tener sentido. —Hizo una pausa—. Quiero saber por qué todo el planeta está ardiendo. Por qué desaparecieron los océanos y por qué la tierra se quema, incluso donde ya no hay árboles.

—Sí... claro...

El anciano se mordió el labio. Intentó enderezarse. En su cabeza habitaba un universo entero de información, datos y registros de la época en que aún existía gente que los recopilaba. Conocía todas las investigaciones sobre el llamado fuego autónomo, antes de que recibiera otros cien nombres, hasta el más aceptado de todos: la ira de Dios.

—Hay muchas respuestas. La ciencia cree haber comprendido por qué comenzaron a arder los fondos oceánicos después de que toda el agua se evaporara, y por qué también ardían las cumbres rocosas, el asfalto, el acero y todo aquello que jamás habríamos imaginado como... alimento para el fuego. —Hizo una pausa—. No sabemos cuál fue el último acontecimiento que empujó al sistema a arder de ese modo. Tal vez una perforación para buscar más gas, después de las guerras del petróleo y de la crisis energética. —El muchacho parecía decepcionado. El anciano lo advirtió—. Pero lo que sí sabemos es que ese último y pequeño acontecimiento no fue la verdadera causa. Del mismo modo que la explosión de una bomba sobre una casa no es la verdadera causa de la muerte de quienes vivían en ella. No... La causa está antes.

—¿La culpa es de quien lanzó la bomba?

—Tal vez... un poco. Pero no, en realidad no, o no solo. Hay que ir más atrás. Mucho más atrás.

En ese momento un robot se acercó.

—Señor, ya no queda tiempo. Debemos irnos.

El anciano asintió.

—Solo un momento. Esto es importante...

El robot retrocedió dos pasos.

—¿Ves, muchacho? Alguien dio una orden al piloto del avión que lanzó la bomba.

—Entonces la culpa es de quien le dio la orden.

—Tal vez... pero tampoco del todo. Más atrás. Más atrás...

—¿Entonces de quién es la culpa? ¿Del alcalde?

El anciano sonrió. Había olvidado lo maravillosa que podía ser la ingenuidad de un niño de once años, convencido de comprender ya muchas cosas, aunque todavía limitado por los mecanismos mentales propios de su edad.

—Sí, un alcalde tiene más responsabilidad, pero no basta.

—¿Ni siquiera el alcalde de Buenos Aires? Mi mamá decía que era la ciudad más grande y hermosa del mundo.

—Oh, quizá lo fue. Sin duda lo fue durante los últimos meses, ya que este fue el último lugar devorado por el fuego. Así que sí, fue la ciudad más grande y hermosa del mundo. Y para muchas personas lo era incluso cuando las demás ciudades todavía existían. Pero el alcalde no basta. Hay que ir mucho más atrás, hasta personas todavía más importantes. Más arriba... más arriba.

El muchacho no supo qué responder. El robot volvió a acercarse.

—Señor... Ha llegado el momento.

El anciano lo ignoró.

—Podría hablarte del metano, de la teoría del fusil de clatratos, de las reacciones en cadena en la atmósfera y en el subsuelo. Pero esas tampoco son la verdadera causa.

—¿Un fusil?

Olvídalo. Se trata de la inmensa cantidad de hidrato de metano que el permafrost y el fondo marino contienen... o mejor dicho, contenían. Se trata de llegar a ese pequeño punto que te empuja al otro lado de la montaña y te hace caer en picado sin remedio. La evaporación, el efecto invernadero que crece drásticamente en tan solo unos años, las temperaturas que suben siete u ocho grados en el espacio de una década. No importa; conocíamos los mecanismos. Los mecanismos ecológicos son como la bomba que cae sobre la casa, pero ¿qué hay más allá?

—¡Señor, ya no queda tiempo!

—Para esto sí lo hay...

El anciano, seco y encorvado, observó con sus ojos pálidos a un niño que luchaba entre la razón y el instinto. Aquel muchacho era, además de él, el último ser humano vivo sobre la Tierra. Y también el único capaz de comprender la respuesta, porque aún conservaba intactos el instinto y el corazón.

—Oh... —murmuró el muchacho, abriendo mucho los ojos.

—¡Señor!

—¡Silencio! Entonces... ¿cuál es la respuesta?

El joven, dispuesto a abandonar la infancia para afrontar, en el inédito infierno de un mundo condenado, su entrada en la edad de la razón, llevó una mano al pecho. Luego la apartó. Después volvió a apoyarla sobre el pecho.

—Soy yo... —dijo Lautaro.

—Exacto. Si retrocedes por la cadena de quien dio la orden, encontrarás a otro que dio la orden a ese, y a otro más, hasta llegar a las cumbres del poder, a quienes destruyeron el ecosistema para ganar dinero. Pero aún más arriba están las personas. Todas las personas. Las que consumieron, votaron, contaminaron, desperdiciaron y odiaron. Las que entregaron el poder a quienes sabían que eran unos miserables. Las que luego dejaron de interesarse. Las que no protestaron. Las que no aceptaban entrar en un supermercado y encontrar los estantes medio vacíos.

—¿Supermercado?

—Conoces las bombas, pero no los supermercados... Claro, eres muy joven. Solo conociste el mundo de las raciones, de la emergencia y de la lucha por la comida. Pero antes había enormes almacenes llenos de alimentos, siempre disponibles. Carne y verduras en abundancia, incluso pocos minutos antes del cierre. Y una enorme cantidad terminaba en la basura. Alimentos que se producían para ser desperdiciados. Animales criados y sacrificados...

—¡Señor! Dentro de cinco minutos será demasiado tarde.

—Sí... lo sé.

Respiró con dificultad.

—Muchacho, tú todavía puedes hacer algo.

—Ya sé lo que quiere de mí.

—¿Lo sabes?

—Quiere que entre en ese cilindro en su lugar, mientras usted escapa.

—¿Y por qué piensas que quiero meterte ahí?

—Para hacer su trabajo... mientras todavía sea posible.

—Mi trabajo consiste en registrar la historia. Pero ahora la historia casi ha terminado. Al menos nuestra historia.

—¿No quiere que entre ahí? —preguntó el muchacho, mirando con gesto de desagrado el cilindro lleno de aquel líquido blanquecino.

—No. Yo volveré al cilindro y esperaré el final, registrándolo todo hasta donde pueda. Después, la historia de la humanidad, almacenada en las memorias de este refugio y también en mi propia mente, será destruida. Porque este es el final.

—¿Y yo?

—Tú te irás con ellos.

El anciano señaló a los robots.

Una de las máquinas humanoides extendió la mano derecha hacia Lautaro.

—¿Por qué?

—Alguien consiguió escapar al espacio. No nos engañemos: probablemente también morirán. Pertenecen a esa raza miserable que es capaz de hacerse la guerra por una medalla más. Pero una de las cápsulas estaba reservada para mí, que, si soy sincero, durante mucho tiempo también pertenecí a esa especie. Después de tantos años...

Sonrió con cansancio.

—Ya no tiene sentido que sea yo quien parta. Tengo más de doscientos años. ¿Qué necesidad hay de prolongar aún más mi vida? Además, estoy cansado.

Levantó la vista hacia el muchacho.

—Pero tú debes ir. Estos dos hombres de hierro serán buenos compañeros de viaje. Dormirás durante muchísimo tiempo y, si el destino así lo quiere, llegarás a un planeta verde y azul. Tal vez los robots sigan funcionando cuando despiertes; dependerá del tiempo transcurrido. No sé qué ocurrirá allí. Es una posibilidad. Muy pequeña, no voy a ocultártelo.

—¿Y si no quiero?

—Te llamas Lautaro, ¿verdad?

El muchacho asintió.

—Tu nombre significa "halcón veloz". Un halcón vuela, pero también ama su tierra. La decisión es tuya. Dentro de cuatro minutos...

—Tres —corrigió el robot.

—...las llamas de la superficie serán tan intensas que impedirán el despegue del globo aerostático especial que tenemos aquí. Ese globo te elevará hasta gran altura, donde será recogido por...

Sacudió la cabeza.

—No importa. Debes elegir. Quedarte aquí y morir... o intentar el camino hacia las estrellas.

—Nosotros prepararemos la cápsula —dijeron los robots, alejándose por un corredor de paredes blancas.

—Ellos irán de todos modos. Forma parte de su programación. Deben estar preparados. Si decides marcharte, toma ese corredor. A treinta pasos encontrarás una bifurcación. A la derecha llegarás a la cápsula. A la izquierda hay un pequeño jardín interior, un invernadero con las últimas plantas del planeta. Puedes esperar allí el final.

El anciano hizo un gesto de despedida.

—La elección es tuya.

Los tensores volvieron a tensarse, levantando aquel miserable saco de huesos y piel para sumergirlo de nuevo en el cilindro.

Lautaro echó a andar y llegó hasta la bifurcación. Miró hacia la derecha. Miró hacia la izquierda. En uno de los platillos de la balanza estaba la remota posibilidad de sobrevivir. En el otro, aquel tesoro: el último jardín de la humanidad sobre un planeta consumido por un fuego eterno. Si elegía huir, quizá jamás volvería a contemplar una sola forma de vida. Quizá permanecería dormido durante un millón de años y, al despertar, los dos robots no serían más que chatarra inútil. Quizá no existiera ningún otro planeta verde y azul. Quizá la humanidad hubiera destruido el único. A pocos metros de distancia, en cambio, distinguía un destello de verde y percibía el perfume de las flores. Una magia que hacía muchísimo tiempo no podía tocar. Y ahora estaba apenas a diez pasos. Si decidía quedarse, podría acariciar las plantas y el agua durante unas horas, o quizá unos días, esperando el último segundo del último ser humano.

Él.

¿Qué hacer? Lautaro sonrió. E hizo su elección.

Federico Tamanini nació en Italia en 1977. Escritor apasionado por la ciencia ficción, el fantástico y la historia alternativa, comenzó a escribir influido por las lecturas de Isaac Asimov y William Gibson, así como por su temprana afición a la informática y los videojuegos, experiencias que marcaron de forma decisiva su imaginación literaria. Es autor de las novelas Il Dio Elettrico (El Dios Eléctrico), finalista del Premio Mondofuturo 2024; Orfani del sole (Huérfanos del sol), Le case dei miracoli (Las casas de los milagros) y La macchina della prossimità (La máquina de la proximidad), además de las colecciones de relatos Il peso degli Ultimi (El peso de los últimos) e I robot del crepuscolo (Los robots del crepúsculo). Su obra transita con naturalidad entre el ciberpunk, la ciencia ficción, la ucronía, el realismo mágico y el relato histórico, explorando cuestiones como la inteligencia artificial, la memoria, la libertad, el poder y los dilemas éticos del desarrollo tecnológico. En 2024 presentó Orfani del sole en el Salón Internacional del Libro de Turín. Además de su labor como novelista y cuentista, mantiene una activa presencia en la divulgación y el intercambio con lectores a través de distintos medios y redes dedicados a la literatura fantástica y la ciencia ficción.

 

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