Gerardo Horacio Porcayo
Levanta
la vista con algo más que cansancio. Sus movimientos son discordantes,
erráticos. Por el rabillo del ojo alcanza a distinguir una silueta conocida.
—Te
hacía en Milton —comenta Jack Rompesoles, sin sorpresa, arrastrando las
palabras. Su lengua torpe. Luego vuelve a hundir la mirada en el vaso de
Láudano.
—Mmm...
Lo mismo me dijeron los otros... Seguro que algo les pasó durante la transición
por el hiperespacio. Tienen la mente torcida.
—Como
si eso fuera novedad —barbota Jack, aburrido. —Es casi una exigencia tener el
coco volado, mi querido Ruperto, para entrar en este maldito cuerpo de
exploración.
—Un
Infierno Verde doble —pide Ruperto al cantinero— y un Jim Beam de Chaser...
—El
mismo Ruperto de siempre... La misma mierda de siempre... estoy harto de viajar
en esas malditas teteras voladoras, de las pinches estaciones de tránsito, de
sus alcoholes adulterados, de que jamás pase nada.
—Estás
loco...
—Eso
ya lo sabemos...
—Obtuvimos
lo que queríamos. Viajar. Siempre en constante mudanza. Saltar soles, explorar
mundos, enfrentar alienígenas monstruosos. Nuestra vida es puro cambio...
—Sí,
sí. Por supuesto. Oh maravilla de maravillas.
—Mírate
a ti mismo —dice Ruperto, obligándolo a enfrentar el azogue —. Estás lleno de
cicatrices y condecoraciones. Tu traje raído. ¿Qué ya no recuerdas cuanto
odiabas aquel uniforme inmaculado, de insignias brillantes? Tu traje es testigo
del cambio y la transformación. Tu pelo largo, la barba, como te admiran los
cadetes...
—Mierda,
todo es mierda.
—Mira
a tu alrededor. ¿Acaso imaginaste alguna vez un paisaje como este? —dice
Ruperto, suspirando, girando 360 grados y señalando el horizonte que se
extiende tras la esfera transparente que es el bar—. Es como estar en un mal
viaje de LSD, caos de colores, volcanes ardientes, montañas que gravitan, se
desplazan por el aire y derriban cohetes y platos voladores...
—Una
mierda...
—Acuérdate
de tus sueños infantiles, de...
—¿No
te cansas de repetir el mismo casete? Don Ruperto el Empático. Alivio de los
pobres y los deprimidos. Me das asco.
—Mírame
Jack —dice Ruperto, concentrándose en su tono de voz.
—Guau.
Viva. Hurra. Te cortaste el cabello, gran cambio.
—No
dejes de mirarme —ordena Ruperto y su voz ya troca.
—Magnífico.
Al fin conseguiste el deformador holográfico... También debiste conseguir un
software de imágenes, para suplirte el cerebro. Tu sueño hecho realidad y lo
único que se te ocurre es transformarte en demonio estilo Doré...
—Imbécil
—dice Ruperto, y su voz cimbra la cristalería, la misma estructura del bar—, no
me vas a aguar mi fiesta. A mí, lacayos —vocifera.
De
todos los rincones, de cada una de las mesas, surgen figuras contrahechas,
reptantes.
—Me
has convencido, cantinero, sírveme otra — pide Jack con un atisbo de sonrisa.
—No
es el Láudano, mi querido Jack Rompesoles...
—De
todos modos sírvelo, cantinero...
—Tampoco
es un proyector holográfico. Estás en el infierno...
—Que
suenen las fanfarrias —dice Jack y bebe con lentitud, mientras explora sus
alrededores. El horizonte ya no es cristal, visión caótica, sólo cuerpos
deformes cerrando formación.
—Deberías
estar asustado —comenta Ruperto.
—Esto
no es mejor ni peor que la superficie del cuarto planeta de Algol.
—A
él, lacayos.
Las
figuras se ciernen sobre Jack. Múltiples manos lo apresan y elevan sobre
cabezas cornadas.
—Ahora,
ya sin más preámbulos, sufrirás la peor de las torturas. Entiéndelo de una vez
Jack, esto es el infierno. Moriste durante el salto hiperespacial y te espera
el tormento eterno...
Jack
mira una vez más a Ruperto.
—Demonio.
Y una lágrima escapa de su ojo derecho.
—¡Ah,
al fin te ablandas!
—¡Dioses y demonios —clama Jack—, hasta en el más allá tenían que ser tan poco originales!

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