Erica Echilley
Poco
importa a la guadaña
La mirada del enterrador […]
Vetusta
Morla
Un
dolor imperceptible me sorprendió subiendo las escaleras. Como pude, sujeté mi
existencia de las barandas grises que adornaban los costados. Al final de aquel
largo corredor, estaba la puerta marrón de mi escondite. Bueno, no era un
escondite, era mi refugio. Como cuando jugábamos a la mancha y elegíamos un
lugar en el que nadie podía tocarnos. Eso era esto para mí, aunque para la
gente que me amaba este sitio era mi cárcel, porque aquí alimentaba mi ufana
obsesión.
Llegué a duras penas, me apoderé de la
perilla dorada, giré el picaporte y se abrió el pasadizo secreto. Sin aliento
me senté en la sala, observé las torres de papeles sobre la mesa y a Baudelaire
riéndose desde los estantes. En cada recoveco de este viejo lugar, se escondían
respuestas encriptadas de aquello que quería descifrar. Si había algo que me
atormentaba hace un tiempo era la idea de la muerte. Yo no quería morir y me
enloquecía no poder controlarlo todo. No quería terminar como Poe, pero mis
tardes y noches, cuando escapaba de mis obligaciones como terrateniente, me la
pasaba acariciando los bordes de las copas para saborear la sangre de Cristo.
Luego escribía. En cada línea, buscaba y buscaba una simple esperanza que
adormeciera las miles de avispas que se agitaban en mi abdomen cuando me
asaltaba la certeza de saber que moriría. Quizás no ahora, quizás no dentro de
diez años, pero moriría. Mi cuerpo se entregaría a la fiesta infame de los
gusanos. ¿Qué sentiría cuando me llegara la hora de partir? No quiero morir,
repetía como un demente mientras caminaba por la sala. Tranquilo, te
encontrarás con la gente que ha partido. Tranquilo, seguramente no sentirás
nada más que una paz inmensa. Todo eso pensaba para calmar mi miedo atroz a
dejar de existir.
Cuando llegué, volví a adentrarme entre
mis lecturas. Si la lógica no me serviría para encontrar una solución, quizás
algo más me permitiría salvarme de la caducidad de este saco de huesos. De
repente, un libro se entregó a la ley de gravedad y se precipitó desde lo alto
de las estanterías de mi biblioteca: La alquimia de Tánatos cayó de
repente sobre la mesa. El ruido estrepitoso inundó todo el salón y yo me
levanté de un salto. Se me olvidó el dolor que sentía, el desgano y la falta de
energía. La adrenalina del momento se apoderó de mí, mientras el polvo cubrió
por completo la habitación. Me acerqué con sigilo, mientras el libro yacía
abierto sobre mi escritorio. Siempre fui temeroso, pero ahora era diferente.
Tenía miedo, un miedo incómodo, pero que no coartaba mi curiosidad. Lentamente
las partículas de polvo se disiparon y observé con cuidado cada rincón de mi
amada colección de libros. ¿Cómo había caído desde allá arriba? Sin pensar
demasiado, me arrojé sobre sus páginas como poseído por un deseo incoherente y
sacrílego. ¿Cómo no le había prestado atención antes? Cuando el sacerdote del
pueblo me lo regaló, directamente lo coloqué en el sitio donde ponía los libros
que nunca leería. ¿Qué podía saber un simple sacerdote de pueblo sobre
Literatura o Física cuántica? ¿Qué podría saber alguien que había llegado al
pueblo casi en harapos?
Tomé el libro lo más rápido que pude. Como
si fuera una serpiente que me picaría, lo estrujé con fuerza entre mis falanges
y me volví a sentar. Leía en voz alta. Mi voz se volvió tan grave que el eco
viajaba por cada rincón del salón. Las paredes altas albergaban los fonemas
desesperados que escapaban de mis cuerdas vocales. Un delirio ilusorio se
apoderó de mí. No podía parar de leer sus páginas. Hasta que llegué a una
frase: Memento mori. Comencé a repetirla con celeridad perdiendo
totalmente la cordura. Memento mori. Y sucedió.
Amayne, Amayne, despierta. Podía oír un
susurro muy lejano. Alguien repetía mi nombre con la dulzura que solo conoce
una madre. Y ahí estabas. Separé lentamente los párpados y te vi acariciando mi
rostro como quien cree estar viendo lo imposible. Me diste la mano, me
reincorporé y me dijiste que la abuela nos estaba esperando. Observé la
bicicleta tirada a un lado y el prado enorme del patio a cielo abierto me
devolvió la juventud y la ingenuidad. Caminamos por el jardín interminable de
rosas y nos adentramos en el silencio abismal de la casa. A nuestro paso se
erigían aquellos cuadros que había regalado hace años cuando me enojé con Dios,
cuando te fuiste. Pero estaban ahí. Nada quedaba de la Torre de Babel de libros
sobre mi escritorio ni de mi sentimiento de tristeza. El aire del verano se
asomaba por las ventanas. Sentía esa brisa cálida y el cantar amebeo de los
pastores se deslizaba entre las cortinas. El ruido del río entraba estrepitoso,
pero adormecía mi inquietud. No me soltabas la mano, con prisa y ternura caminábamos
hacia lo que era nuestro amado comedor. Las notas del piano de la abuela se
sentían como un arrullo hipnótico que adormecía mi angustia. Amayne, volviste,
¿dónde te habías metido?, dijo ella. Estaba jugando con su bicicleta y se cayó,
dijiste riendo. Todos giraron sus cabezas y me miraron con amor. Había vuelto,
por fin. Ni un ápice de miedo recorría mis extremidades. Mis ojos se inundaron
de repente. Mares intempestivos escaparon de mis ojos. Así se sentía volver a
casa. Mis labios dibujaron una sonrisa kilométrica que iba de extremo a
extremo. Corrí exacerbado y abracé a todos. Justo yo que nunca demostré ni una
pizca de sentimiento. Ante las caras atónitas de todos los invitados, seguí
corriendo y me estrellé en los brazos de cada uno. Me miraste con ese amor tan
tuyo y me dijiste que me amabas. De esto se trataba. Respiré aliviado y me
senté a la mesa. Memento mori. Memento mori.
Su rostro tenía dibujada una sonrisa. La paz se transfiguraba en cada expresión amena de su piel rozagante. La vida parecía no haberlo abandonado en absoluto. Su cabeza estaba apoyada sobre el escritorio nadando en un río carmesí cuando lo encontraron. El libro, que lo había sorprendido de espaldas, estaba abierto a la mitad sobre la superficie de madera. Fue un golpe directo. Seco. Certero.
Erica Echilley es una escritora oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza, finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula, llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza.

Genial, creativo y ... para que mas! Simplemente estupendo
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