miércoles, 7 de octubre de 2026

MEMENTO MORI

      Erica Echilley

Poco importa a la guadaña
La mirada del enterrador […]

Vetusta Morla

 

Un dolor imperceptible me sorprendió subiendo las escaleras. Como pude, sujeté mi existencia de las barandas grises que adornaban los costados. Al final de aquel largo corredor, estaba la puerta marrón de mi escondite. Bueno, no era un escondite, era mi refugio. Como cuando jugábamos a la mancha y elegíamos un lugar en el que nadie podía tocarnos. Eso era esto para mí, aunque para la gente que me amaba este sitio era mi cárcel, porque aquí alimentaba mi ufana obsesión.

Llegué a duras penas, me apoderé de la perilla dorada, giré el picaporte y se abrió el pasadizo secreto. Sin aliento me senté en la sala, observé las torres de papeles sobre la mesa y a Baudelaire riéndose desde los estantes. En cada recoveco de este viejo lugar, se escondían respuestas encriptadas de aquello que quería descifrar. Si había algo que me atormentaba hace un tiempo era la idea de la muerte. Yo no quería morir y me enloquecía no poder controlarlo todo. No quería terminar como Poe, pero mis tardes y noches, cuando escapaba de mis obligaciones como terrateniente, me la pasaba acariciando los bordes de las copas para saborear la sangre de Cristo. Luego escribía. En cada línea, buscaba y buscaba una simple esperanza que adormeciera las miles de avispas que se agitaban en mi abdomen cuando me asaltaba la certeza de saber que moriría. Quizás no ahora, quizás no dentro de diez años, pero moriría. Mi cuerpo se entregaría a la fiesta infame de los gusanos. ¿Qué sentiría cuando me llegara la hora de partir? No quiero morir, repetía como un demente mientras caminaba por la sala. Tranquilo, te encontrarás con la gente que ha partido. Tranquilo, seguramente no sentirás nada más que una paz inmensa. Todo eso pensaba para calmar mi miedo atroz a dejar de existir.

Cuando llegué, volví a adentrarme entre mis lecturas. Si la lógica no me serviría para encontrar una solución, quizás algo más me permitiría salvarme de la caducidad de este saco de huesos. De repente, un libro se entregó a la ley de gravedad y se precipitó desde lo alto de las estanterías de mi biblioteca: La alquimia de Tánatos cayó de repente sobre la mesa. El ruido estrepitoso inundó todo el salón y yo me levanté de un salto. Se me olvidó el dolor que sentía, el desgano y la falta de energía. La adrenalina del momento se apoderó de mí, mientras el polvo cubrió por completo la habitación. Me acerqué con sigilo, mientras el libro yacía abierto sobre mi escritorio. Siempre fui temeroso, pero ahora era diferente. Tenía miedo, un miedo incómodo, pero que no coartaba mi curiosidad. Lentamente las partículas de polvo se disiparon y observé con cuidado cada rincón de mi amada colección de libros. ¿Cómo había caído desde allá arriba? Sin pensar demasiado, me arrojé sobre sus páginas como poseído por un deseo incoherente y sacrílego. ¿Cómo no le había prestado atención antes? Cuando el sacerdote del pueblo me lo regaló, directamente lo coloqué en el sitio donde ponía los libros que nunca leería. ¿Qué podía saber un simple sacerdote de pueblo sobre Literatura o Física cuántica? ¿Qué podría saber alguien que había llegado al pueblo casi en harapos?

Tomé el libro lo más rápido que pude. Como si fuera una serpiente que me picaría, lo estrujé con fuerza entre mis falanges y me volví a sentar. Leía en voz alta. Mi voz se volvió tan grave que el eco viajaba por cada rincón del salón. Las paredes altas albergaban los fonemas desesperados que escapaban de mis cuerdas vocales. Un delirio ilusorio se apoderó de mí. No podía parar de leer sus páginas. Hasta que llegué a una frase: Memento mori. Comencé a repetirla con celeridad perdiendo totalmente la cordura. Memento mori. Y sucedió.

Amayne, Amayne, despierta. Podía oír un susurro muy lejano. Alguien repetía mi nombre con la dulzura que solo conoce una madre. Y ahí estabas. Separé lentamente los párpados y te vi acariciando mi rostro como quien cree estar viendo lo imposible. Me diste la mano, me reincorporé y me dijiste que la abuela nos estaba esperando. Observé la bicicleta tirada a un lado y el prado enorme del patio a cielo abierto me devolvió la juventud y la ingenuidad. Caminamos por el jardín interminable de rosas y nos adentramos en el silencio abismal de la casa. A nuestro paso se erigían aquellos cuadros que había regalado hace años cuando me enojé con Dios, cuando te fuiste. Pero estaban ahí. Nada quedaba de la Torre de Babel de libros sobre mi escritorio ni de mi sentimiento de tristeza. El aire del verano se asomaba por las ventanas. Sentía esa brisa cálida y el cantar amebeo de los pastores se deslizaba entre las cortinas. El ruido del río entraba estrepitoso, pero adormecía mi inquietud. No me soltabas la mano, con prisa y ternura caminábamos hacia lo que era nuestro amado comedor. Las notas del piano de la abuela se sentían como un arrullo hipnótico que adormecía mi angustia. Amayne, volviste, ¿dónde te habías metido?, dijo ella. Estaba jugando con su bicicleta y se cayó, dijiste riendo. Todos giraron sus cabezas y me miraron con amor. Había vuelto, por fin. Ni un ápice de miedo recorría mis extremidades. Mis ojos se inundaron de repente. Mares intempestivos escaparon de mis ojos. Así se sentía volver a casa. Mis labios dibujaron una sonrisa kilométrica que iba de extremo a extremo. Corrí exacerbado y abracé a todos. Justo yo que nunca demostré ni una pizca de sentimiento. Ante las caras atónitas de todos los invitados, seguí corriendo y me estrellé en los brazos de cada uno. Me miraste con ese amor tan tuyo y me dijiste que me amabas. De esto se trataba. Respiré aliviado y me senté a la mesa. Memento mori. Memento mori.

Su rostro tenía dibujada una sonrisa. La paz se transfiguraba en cada expresión amena de su piel rozagante. La vida parecía no haberlo abandonado en absoluto. Su cabeza estaba apoyada sobre el escritorio nadando en un río carmesí cuando lo encontraron. El libro, que lo había sorprendido de espaldas, estaba abierto a la mitad sobre la superficie de madera. Fue un golpe directo. Seco. Certero.

Erica Echilley es una escritora oriunda de Ezeiza, profesora en Lengua y Literatura y diplomada en escritura creativa. En su trayectoria, ha obtenido varios galardones literarios nacionales e internacionales: 2do premio en el concurso Binacional Osvaldo Bayer, 2do premio en el Concurso Literario De la Universidad de Ezeiza, finalista en el concurso Internacional Don Benito Diverso en España, entre otros. En sus obras, desde un enfoque realista y alegórico asume la escritura como denuncia, crítica y expresión. Su narrativa, desde una perspectiva intimista, nostálgica y de ruptura, explora la pobreza, la diversidad, el amor, la desigualdad social, entre otros temas, concibiendo el texto literario como una representación situada de la realidad social. Por su parte, sus obras han sido publicadas en diversas antologías de cuento a nivel nacional e internacional. Actualmente se desempeña como docente en escuelas secundarias de la Prov. de Buenos Aires donde promueve la producción literaria en el aula, llevando a cabo hace cuatro años un proyecto literario que impulsa la participación de estudiantes en certámenes literarios como los Torneos Bonaerenses de Cultura del municipio de Ezeiza. 

 

 

 

 

1 comentario:

  1. Genial, creativo y ... para que mas! Simplemente estupendo

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