martes, 25 de agosto de 2026

SOILE GRIM

Tanya Tynjälä

 

La costa de la Isla siempre ha sido famosa por sus pejerreyes. Algunos prefieren una caña de acción 5 o 6, eso permite sentir mejor la pelea que los peces te ofrecen, otros prefieren unas cañas más delgadas con una línea más larga. Yo prefiero la línea española, ¿recuerdas cómo te enseñé a hacerla?, ¿cómo me dejaste usar las perlitas de tu collar para poder separar el esmerillón de los nudos corredizos? Esos que se hacen con hilo de seda y que sirven para regular el largo de la brazolada, ¿recuerdas?… ¡Huy!

El viejo calló pues algo tiraba del hilo que tenía en sus manos. Una sonrisa iluminó su rostro surcado por las arrugas que el sol implacable le dejara de recuerdo de sus años de pescador. Tiró una vez más y una botella plástica siguió su movimiento. Suspiró descorazonado. Había estado en ese espigón desde muy temprano y todo lo que había conseguido era una botella enganchada en el anzuelo.

Cerró los ojos para evitar que una lágrima corriera por su mejilla. La niña le tomó la mano, él la miró y volvió a sonreír. Ella le devolvió una sonrisa luminosa como sus ojos grises que resaltaban aún más por su piel bronceada.

 —Es culpa del hilo, como no había de seda usé uno de nylon que encontré en los desechos. Así no se pueden hacer buenos nudos corredizos y sin ellos…

 —Sí Tata, mañana tendremos más suerte, seguro que regresan los pejerreyes.

El camino a casa era largo y pesado bajo el sol, ni siquiera los grandes sombreros de cartón los protegían por completo y los gastados zapatos no los defendían lo suficiente del árido camino. Constantemente debían detenerse para quitar alguna piedra que fácilmente se metiera por los huecos de los zapatos. El viejo sufría por la niña; él ya tenía tantos callos en los pies que el dolor causado por las piedrillas no le causaban mayor molestia… pero ella, tan tierna, sus piececitos… Si por lo menos no hiciera tanto calor…

Sin embargo ella no se quejaba y caminaba cantando y solo se detenía para hacer dibujos en la tierra… y quitarse disimuladamente las piedras del zapato; lo que menos quería era que el Tata se preocupara. Cruzaron el “centro” del pueblo, si así se podía llamar a ese montón de casuchas agrupadas frente al pozo. No había ni un solo árbol en donde protegerse del calor, no había ni un solo perro jugando con la basura. Todo había desaparecido hace tanto que ya nadie recordaba y por lo tanto no extrañaban. Todos menos el Tata. 

Antes de la hecatombe, él había sido pescador, uno de los mejores. En ese entonces la isla ere un popular punto turístico, lleno de hoteles de todas las categorías, restaurantes que servían los cangrejos más grandes del mundo (o eso decían) y otras delicias que ofrecía el mar, calles con palmeras, pájaros exóticos y jóvenes ligeros de ropas buscando algún turista solitario para ofrecerles su compañía. Ahora los pocos hoteles que seguían de pié eran refugios en donde vivían los pocos que no pudieron irse y que no deseaban vivir en sus “casas”. Los hoteles de lujo habían sido construidos con materiales más sólidos y por eso se conservaban en mejor estado que los baratos o las casas particulares. Éstas se habían convertido en casuchas derruidas que apenas si protegían del calor.

Era verdad que con los años la pesca se iba haciendo cada vez más escasa, pero cuando pescó esos pejerreyes espantosamente deformes, él supo que algo malo estaba pasando. Poco a poco las cosas fueron cambiando. Los turistas se hacían raros, algunos hoteles y restaurantes de lujo cerraron y cuando llegaban extranjeros a la isla, ellos hablaban de guerras y otras cosas que el Tata no entendía por más que su hija tratase de explicarle. ¿Cómo podía haber una guerra en el mundo? ¿Acaso ellos no eran parte del mundo? ¡Y era claro que a parte de menos turistas, todo estaba en paz! Ella trataba de explicarle que se encontraban muy lejos de los países en conflicto, que no eran un punto militarmente estratégico y cuando perdía la paciencia, lo ponía frente a la televisión. Eso no daba resultado pues escuchaba tantas palabras incomprensibles para él, que las noticias no tenían sentido. Pronto ella perdió su trabajo pues el hotel en donde laboraba también se vio forzado a cerrar. Las palmeras empezaron a secarse, los pájaros a morirse y él seguía pescando más animales deformes que no se atrevía a comer. De guerras no sabía, pero de que algo malo le pasaba al mundo, de eso no le quedaba la más mínima duda y poco importaba si eso era culpa de la guerra o no. Lo que le preocupaba es que llegaría el momento que no tendrían nada que llevarse a la boca.

Cuando se fueron los últimos turistas, llegaron los soldados, nunca dijeron de qué país venían y el tata nunca se preocupó por preguntar qué idioma hablaban entre ellos; seguro su hija sabía pero, ¿qué más daba? Mucho menos explicaron qué había pasado, quién había ganado la guerra o porqué habían desaparecido todas las plantas y animales. Solo se limitaron a explicarles cortantemente las nuevas reglas del juego: debían recoger esa arcilla roja con la que los loros –cuando había loros en la isla– se alimentaban, y a cambio recibirían una ración suficiente de comida. Así es como todos se dedicaron a recoger la arcilla, adultos y niños mayores de diez años. Al principio algunos quisieron exigir explicaciones, pero pronto se acostumbraron al nuevo régimen, un poco obligados por las cortantes miradas que les lanzaban los soldados a modo de explicación, un poco por temor a no recibir la ración que les correspondía. Era evidente que las cosas estaban muy mal en todas partes, que no solo era allí que faltaba la comida y que aceptar la propuesta de esos soldados evitaba los conflictos que aparecieron los meses antes de que ellos llegaran: la gente defendiendo frenéticamente lo poco de víveres que habían guardado, llegando a la más grande violencia por robar una lata de sardinas. Por lo menos así se asegurarían una ración de comida sin tener que pelear.  El Tata no necesitaba trabajar recolectando, debido a su edad. Él, junto con los otros ancianos, se encargaba de recibir las raciones de comida y bebida que mensualmente traían los soldados y de distribuirla equitativamente. La niña el próximo año formaría parte del equipo de trabajo, mientras tanto él la cuidaba y le enseñaba a pescar. Él confiaba en el mar, pensaba que mientras hubiera mar los peces volverían algún día, que quizá se habían asustado con la guerra, que se habían escondido en las profundidades, que cuando se dieran cuenta que todo había terminado, ellos regresarían.

Ese día llegaba el helicóptero con los víveres. Cuando escuchó el familiar sonido, el Tata tomó a la niña en sus brazos y apresuró el paso. Llegó jadeando hacia lo que había sido el hotel más caro de la región. Ahora era el lugar de almacenamiento, solo algunos cuartos eran utilizados por los soldados. Ellos pasaban una noche en la isla, revisaban la cantidad y calidad de la arcilla y luego partían con su cargamento. Casi no se comunicaban con los aledaños, ni siquiera con los que hablaban su idioma.

Al ver entrar al Tata, los otros ancianos empezaron a murmurar y sonreír, para él era obvio que se burlaban. Algunas frases entrecortadas llegaban a sus oídos: perdiendo el tiempo, enseñándole fantasías a la niña… Él estaba acostumbrado a ello, sin embargo eso no lo desanimaba de repetir incansablemente: “mientras haya mar, la vida tiene una segunda oportunidad sobre la tierra, en algún momento los peces volverían a aparecer y luego las aves y luego”… Por supuesto nadie lo respetaba y se burlaban de él sin siquiera tomarse la molestia de hacerlo a sus espaldas. Eso solo le molestaba por la niña. Se sentía obligado a preservar sus esperanzas e ilusiones, eso que antes era algo que hasta los niños más pobres poseyeran. No importaba no tener juguetes, ellos siempre se las ingeniaban para agenciarse uno de la basura. Y es que ante la imaginación de un niño, no hay lata que se resista y que se convierta automáticamente en el más hermoso auto de carrera. ¿Por qué quitarle a una niña la ilusión de un futuro mejor? ¿Acaso no era en momentos como el que vivían que mantener la ilusión era lo único que los seguía haciendo humanos? Veía a esos niños sin brillo en los ojos, pegados a una silla, esperando su ración de comida, ya ni siquiera jugaban. Y al llegar a los diez años, se dedicaban a cumplir con su parte del trabajo con una mecánica apatía. Eso le causaba mucha tristeza. Su nieta seguiría esperando los peces y las aves, por lo menos eso nadie se lo quitaría.

Los soldados lo sacaron de sus pensamientos. Bajaron las pesadas cajas y se dirigieron hacia sus aposentos, al día siguiente se dedicarían a revisar la arcilla recolectada.

Las cajas se abrieron y se sacaron las latas. Siguiendo una estricta lista separaron las latas en montones según familias o personas viviendo solas. Pasaron unas horas antes que llegara la gente. La cola se formó sin problemas, nadie parecía tener prisa, todos sabían que había suficiente comida. A nadie parecía importarle lo que en realidad había en las latas.

El Tata recuerda bien el día en que el antiguo profesor de la escuela dijo que las latas venían de Soile Grin. Alguien dijo:

—¿Soile? ¿Qué Soile? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿No será más bien Zoila?

—Soile es un nombre finlandés. —Y al ver la cara de extrañeza de su interlocutor, explicó —Es uno de esos países que existían antes. Pero yo no dije Soile, dije Soylent Green. Es una película en donde la comida se hacía… —el profesor miró a todos y suspiro. —No tiene importancia. De todas maneras está claro que la comida se hace de la arcilla. Si era bueno para los loros ¿por qué no para nosotros?

El nombre quedó dando vueltas por la cabeza del anciano, así pues cuando su hija dio a luz a la niña, luego de un embarazo del que nadie supo el nombre del causante, el Tata insistió para que la niña se llamase Soile. Su hija no protestó, le importaba poco el nombre de la niña cuya concepción se debió a la promesa de recibir uno de esos antiguos detergentes con los que antes de la hecatombe la gente se lavaba el pelo. Ya no recordaba cómo se llamaba, pero sabía que el pelo quedaba suave y perfumado.  Y es así como hizo lo que nunca antes había hecho a pesar de las promesas de ricos turistas. Eran pobres, pero no morían de hambre gracias a que a ella no le faltaba trabajo en el hotel. No necesitaba acostarse con algún asqueroso gringo viejo y gordo para comprarse linda ropa y cosméticos y aunque no eran de la mejor calidad ella podía lucir su bella cabellera negra con el orgullo de saberse honrada… ahora, si no fuera por las latas. En realidad más que la ilusión por el producto de limpieza, fue su temor a que el soldado dejara de darles víveres en represalia por su negativa. Eso nunca había pasado, pero ella prefirió no correr el riesgo.

Por suerte la gente estaba tan preocupada en sobrevivir que nadie la criticó cuando quedó embarazada. Todos tenían sus propios problemas, sus propias angustias, sus propias maneras de seguir viviendo. Por otro lado la pequeña Soile siempre fue una niña tranquila y feliz. Solo con mirarla jugar, a ella se le olvidaban los problemas. Le molestaba un poco que su padre metiera ilusiones tontas en la cabeza de su hija. El mundo era un desierto, todos se alimentaban de arcilla y no había nada que hacer, ¿para qué obsesionarse con que todo volvería a ser como antes? Sin embargo ella, como todos en edad, debía trabajar y su padre era la única opción de cuidado para Soile. Es así como debía soportar las historias de cómo casi pescan pejerreyes o que les pareció ver una gaviota a lo lejos (que seguro no se acerca a la costa, de miedo que la atrapen para comérsela).

Así transcurría la vida en la isla, monótona y opaca como la arcilla que recogían y gracias a la cual no habían sido exterminados: los necesitaban para recoger esa arcilla de vital importancia para el mundo. Solo quedaba rogar que no se acabara eso también. En cuanto a la vida en el resto del mundo… pues preferían no enterarse. Al parecer todavía existían los países, por lo menos algunos de ellos. Los soldados evidentemente se llevaban la arcilla a algún lado, porque luego regresaba en las latas, transformada en una suerte de puré ligeramente salado. En algún rincón del mundo había una fábrica que se encargaba de la producción, con obreros que se alimentaban del mismo puré. ¿Cuántos? Eso no lo sabían y poco les importaba. Seguro que “allá” tampoco se preocupaban por los que recogían la arcilla.

A Soile le faltaban unos meses para formar parte del cuerpo de trabajo cuando el abuelo se enfermó. La niña, sin perder su sonrisa, le aseguró a la madre que se ocuparía bien de todo hasta que ella regresase. ¡Total! no era tan difícil mantener el orden en el cuarto que les servía de vivienda. Ella recordaba bien que cuando trabajaba en ese mismo hotel, el cuarto llevaba el pomposo nombre de “junior suite”. Ahora casi no tenía muebles y en los pocos que había, apenas si se guardaba la escasa ropa y los contados utensilios que les quedaban.

Tres días duró la enfermedad del viejo o mejor dicho su agonía. No tenía nada, dijo el doctor, era solo la edad que ya le pesaba. Y es que sin medicinas o por lo menos vitaminas, ¿cómo no esperar que un anciano dure poco? Soile lo cuidó durante tres días, descansando solo para ir un par de horas al espigón, para regresar con las manos vacías, pero la mente llena de historias que contar: que le pareció ver un extraño movimiento en el agua, que seguro era un cardumen… El viejo la miraba y sonreía.

Esa tarde el viejo se sintió muy débil, con ganas solo de dormir y olvidarlo todo. Su cuerpo estaba dejando de funcionar, los ojos se le cerraban y a penas si podía mover la cabeza para evitar ese impertinente rayo de sol que insistía en lamerle las mejillas. Supo que estaba muriendo y lamentó tener que dejar a la pequeña Soile en ese mundo tan viejo y agonizante como él. Sintió una lágrima que se resistía a salir. Una suave mano le hizo abrir los ojos. Soile le acariciaba tiernamente el cabello.

—¿Estás despierto Tatita? —murmuró—. No quería molestarte pero mira —dijo levantando un pejerrey fresco a la altura de los ojos del anciano. Él se estremeció y le pareció que era el pescado más hermoso que había visto en su vida—. Tenías razón Tata, los pejerreyes volvieron y pronto volverán también las aves.

La lágrima salió. Lo que no logró la tristeza lo había logrado la felicidad. Volvió a cerrar los ojos y decidió que era tiempo de morir, pero que ya no temía dejar a Soile, ella sabía muy bien qué hacer.

 

Tanya Tynjälä ha seguido estudios de pedagogía en el Instituto Superior Pedagógico de Lima y en la Universidad de Grenoble Francia. Actualmente realiza su doctorado en filología francesa en la Universidad de Helsinki. Ha publicado la novela de ciencia - ficción La Ciudad de los Nictálopes y el libro de cuentos de hadas Cuentos de la princesa Malva con la editorial NORMA. Poemas suyos han sido incluidos en la antología Canto a un prisionero de la Editorial Poetas Antiimperialistas de América 2005, Ottawa, Canadá. En 2003 fue nominada escritora del año para la colección Torre de Papel Amarilla por la misma editorial Norma. En 2007 ganó el primer premio en la categoría de monólogo teatral hiperbreve del Concurso Internacional de Microficción «Garzón Céspedes».

      

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

SOILE GRIM