Anatoly Belilovsky
Mamá murió hoy, o
tal vez fue ayer; yo no estaba allí para darme cuenta. Le llevé un frasco de
aguardiente casero para el desayuno, como siempre, y su cama estaba vacía. Era
imposible que se hubiera marchado caminando si todavía era mamá, después de
cómo la habían destrozado en el ataque de los zombis, así que debía de haber
muerto y haberse ido a reunir con ellos.
Podría haber sido peor. Yo podría
haber sido su desayuno. O sus provisiones de medianoche. Dependiendo de cuándo
hubiera muerto.
Qué expresión tan graciosa,
provisiones de medianoche. Papá me contó una vez que en la jerga de la Marina
se refería a las raciones de la guardia nocturna, refrescos y sándwiches en
mitad de la noche, pero yo siempre imaginaba a los marineros royendo ratas
ensartadas en pinchos. Servía para echarse unas risas cuando no había muchas
otras cosas de las que reírse. No con mamá convirtiendo la pensión de papá en
activos líquidos: un aguardiente tan fuerte que bastaba olerlo para dejarte
sentado de culo.
Ni con los de Protección de Menores
intentando llevarme. Yo no habría podido impedir que se llevaran a mamá si
hubieran querido; pero a mí no iba a llevarme nadie. No de mi casa. Si me
hubieran sacado de mi dormitorio, de la cocina de mamá, del garaje de papá, de
los frijoles y las papas que crecían casi silvestres y las gallinas que
correteaban por ahí, de los troncos de liquidámbar de la pila de leña y del
bosque de atrás, de los hongos de sombrero viscoso que asomaban entre las hojas
muertas y las bolitas que pican en otoño, y de Blackjack y Bear, dos perros
amarillos demasiado viejos para cazar y demasiado inteligentes para ladrar...
¿quién sería yo sin todo eso?
Y entonces llegaron los zombis.
No sé de dónde vinieron; mucha
gente dice saberlo, y todos cuentan cosas diferentes. Solo sé que prometían la
inmortalidad, y yo le dije a mamá que sería estupendo, que papá todavía estaría
vivo y que ella nunca moriría, y ella apartó la mirada, se bebió de un trago lo
que quedaba de aguardiente en el frasco y se fue tambaleándose a dormir. Yo me
quedé despierto, mirando la luna y escuchando a las zarigüeyas revolver el
montón de chatarra, y poco después volví a ver a papá. Me había quedado dormido
sobre un montón de heno y, en el sueño, corrí hacia él para decirle que pronto
regresaría a casa, pero él se limitó a negar con la cabeza, suspiró y dijo:
—Hijo, no creo que la inmortalidad
sea retroactiva.
Y desperté con el canto del gallo y
el cielo del otro lado del camino empezando apenas a teñirse de rosa, aunque
encima de mí seguía negro y lleno de estrellas.
Nunca volví a hablar de la
inmortalidad hasta que empezaron a aparecer los zombis.
Son inmortales, esos zombis, y
transmiten la infección que te vuelve inmortal... o casi, salvo que recibas un
disparo de escopeta en la cabeza o te quemen hasta reducirte a cenizas. Todos
parecen jóvenes y hermosos; eso, y que no sienten dolor ni frío, ha hecho que
dejen que la ropa se les caiga a pedazos. Los que todavía llevan jirones
pegados al cuerpo parecen más desnudos que los que no llevan nada, lo cual,
pensándolo bien, supone una tentación mayor que la inmortalidad, y
probablemente yo nunca les habría dicho que «no» si ellos aceptaran un «no»
como respuesta.
Pero no lo hacen.
Se acercan con una enorme sonrisa y
hacen todo lo posible por morderte.
Igual que la gente de Protección de
Menores, salvo por lo de morder y por lo de andar sin ropa, pero la sonrisa es
la misma, y también eso de no preguntarte si quieres hacer lo que ellos han
venido a obligarte a hacer, y la parte en que te dicen que es por tu propio
bien.
Llegaron anoche, y mamá me miró a
mí, luego los miró a ellos, dio un trago de aguardiente y dijo:
—¡Corre, muchacho!
Y se lanzó contra ellos con una
azada que recogió del suelo, donde estaba desde la vez que la había blandido
contra la gente de Protección de Menores, y yo corrí hacia el bosque, que
todavía conocía mejor que nadie, mientras Blackjack y Bear salían disparados,
ladrando, casi en la dirección contraria. Esos sí que son dos perros amarillos
muy listos. Volví y encontré a mamá toda mordida y magullada, con fiebre, y la
acosté. Guardé un frasco de licor casero por si seguía aquí por la mañana, como
mamá, quiero decir, y no como una criatura que camina cuando mamá no está.
Vertí el resto del licor en el suelo para cubrir los charcos de la sangre de los
zombis, porque eso también es contagioso, supongo, y no quiero pisarlo,
levantándome a la medianoche, y convertirme en zombi por accidente.
No hay tumbas que visitar: papá,
perdido en el mar; mamá, encontró la vida eterna. Los predicadores hacían que
eso sonara muy bien, cuando todavía había iglesias. Mamá nunca regresó; ninguno
regresa. Ninguno intenta morder a los suyos. Supongo que no necesitas alcanzar
la inmortalidad a través de tus descendientes cuando puedes conseguirla
simplemente no muriendo. ¿Por qué se pasan la eternidad vagando sin rumbo?
Supongo que deberían haberles preguntado eso a los extraterrestres antes de
subirse al Expreso de la No Muerte.
Los perros regresaron, tal como yo
sabía que harían. No me molestaría que ellos vivieran para siempre, pero
la infección no funciona así. Yo seguiré aquí mientras pueda, y cuando llegue
el momento, me iré. Me pregunto si podré ir al cielo.
El cielo es donde mamá recoge los huevos de debajo de las gallinas y los fríe con cebollas, tocino y tomates, y los pies de papá sobresalen de debajo del viejo Chevy oxidado cuando está de permiso, y Blackjack y Bear pasan volando junto a ti como dos rayas amarillas, entre ladridos y jadeos. El cielo es donde está mi familia. No quiero ir al infierno. El infierno son los otros.

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