martes, 25 de agosto de 2026

EL ÚLTIMO HOMBRE EN PIE

Anatoly Belilovsky

 

Mamá murió hoy, o tal vez fue ayer; yo no estaba allí para darme cuenta. Le llevé un frasco de aguardiente casero para el desayuno, como siempre, y su cama estaba vacía. Era imposible que se hubiera marchado caminando si todavía era mamá, después de cómo la habían destrozado en el ataque de los zombis, así que debía de haber muerto y haberse ido a reunir con ellos.

Podría haber sido peor. Yo podría haber sido su desayuno. O sus provisiones de medianoche. Dependiendo de cuándo hubiera muerto.

Qué expresión tan graciosa, provisiones de medianoche. Papá me contó una vez que en la jerga de la Marina se refería a las raciones de la guardia nocturna, refrescos y sándwiches en mitad de la noche, pero yo siempre imaginaba a los marineros royendo ratas ensartadas en pinchos. Servía para echarse unas risas cuando no había muchas otras cosas de las que reírse. No con mamá convirtiendo la pensión de papá en activos líquidos: un aguardiente tan fuerte que bastaba olerlo para dejarte sentado de culo.

Ni con los de Protección de Menores intentando llevarme. Yo no habría podido impedir que se llevaran a mamá si hubieran querido; pero a mí no iba a llevarme nadie. No de mi casa. Si me hubieran sacado de mi dormitorio, de la cocina de mamá, del garaje de papá, de los frijoles y las papas que crecían casi silvestres y las gallinas que correteaban por ahí, de los troncos de liquidámbar de la pila de leña y del bosque de atrás, de los hongos de sombrero viscoso que asomaban entre las hojas muertas y las bolitas que pican en otoño, y de Blackjack y Bear, dos perros amarillos demasiado viejos para cazar y demasiado inteligentes para ladrar... ¿quién sería yo sin todo eso?

Y entonces llegaron los zombis.

No sé de dónde vinieron; mucha gente dice saberlo, y todos cuentan cosas diferentes. Solo sé que prometían la inmortalidad, y yo le dije a mamá que sería estupendo, que papá todavía estaría vivo y que ella nunca moriría, y ella apartó la mirada, se bebió de un trago lo que quedaba de aguardiente en el frasco y se fue tambaleándose a dormir. Yo me quedé despierto, mirando la luna y escuchando a las zarigüeyas revolver el montón de chatarra, y poco después volví a ver a papá. Me había quedado dormido sobre un montón de heno y, en el sueño, corrí hacia él para decirle que pronto regresaría a casa, pero él se limitó a negar con la cabeza, suspiró y dijo:

—Hijo, no creo que la inmortalidad sea retroactiva.

Y desperté con el canto del gallo y el cielo del otro lado del camino empezando apenas a teñirse de rosa, aunque encima de mí seguía negro y lleno de estrellas.

Nunca volví a hablar de la inmortalidad hasta que empezaron a aparecer los zombis.

Son inmortales, esos zombis, y transmiten la infección que te vuelve inmortal... o casi, salvo que recibas un disparo de escopeta en la cabeza o te quemen hasta reducirte a cenizas. Todos parecen jóvenes y hermosos; eso, y que no sienten dolor ni frío, ha hecho que dejen que la ropa se les caiga a pedazos. Los que todavía llevan jirones pegados al cuerpo parecen más desnudos que los que no llevan nada, lo cual, pensándolo bien, supone una tentación mayor que la inmortalidad, y probablemente yo nunca les habría dicho que «no» si ellos aceptaran un «no» como respuesta.

Pero no lo hacen.

Se acercan con una enorme sonrisa y hacen todo lo posible por morderte.

Igual que la gente de Protección de Menores, salvo por lo de morder y por lo de andar sin ropa, pero la sonrisa es la misma, y también eso de no preguntarte si quieres hacer lo que ellos han venido a obligarte a hacer, y la parte en que te dicen que es por tu propio bien.

Llegaron anoche, y mamá me miró a mí, luego los miró a ellos, dio un trago de aguardiente y dijo:

—¡Corre, muchacho!

Y se lanzó contra ellos con una azada que recogió del suelo, donde estaba desde la vez que la había blandido contra la gente de Protección de Menores, y yo corrí hacia el bosque, que todavía conocía mejor que nadie, mientras Blackjack y Bear salían disparados, ladrando, casi en la dirección contraria. Esos sí que son dos perros amarillos muy listos. Volví y encontré a mamá toda mordida y magullada, con fiebre, y la acosté. Guardé un frasco de licor casero por si seguía aquí por la mañana, como mamá, quiero decir, y no como una criatura que camina cuando mamá no está. Vertí el resto del licor en el suelo para cubrir los charcos de la sangre de los zombis, porque eso también es contagioso, supongo, y no quiero pisarlo, levantándome a la medianoche, y convertirme en zombi por accidente.

No hay tumbas que visitar: papá, perdido en el mar; mamá, encontró la vida eterna. Los predicadores hacían que eso sonara muy bien, cuando todavía había iglesias. Mamá nunca regresó; ninguno regresa. Ninguno intenta morder a los suyos. Supongo que no necesitas alcanzar la inmortalidad a través de tus descendientes cuando puedes conseguirla simplemente no muriendo. ¿Por qué se pasan la eternidad vagando sin rumbo? Supongo que deberían haberles preguntado eso a los extraterrestres antes de subirse al Expreso de la No Muerte.

Los perros regresaron, tal como yo sabía que harían. No me molestaría que ellos vivieran para siempre, pero la infección no funciona así. Yo seguiré aquí mientras pueda, y cuando llegue el momento, me iré. Me pregunto si podré ir al cielo.

El cielo es donde mamá recoge los huevos de debajo de las gallinas y los fríe con cebollas, tocino y tomates, y los pies de papá sobresalen de debajo del viejo Chevy oxidado cuando está de permiso, y Blackjack y Bear pasan volando junto a ti como dos rayas amarillas, entre ladridos y jadeos. El cielo es donde está mi familia. No quiero ir al infierno. El infierno son los otros.

Anatoly Belilovsky nació en, Leópolis, actualmente Ucrania, y aprendió inglés con las revistas de Star Trek. Ingresó en una universidad estadounidense enseñando ruso mientras se especializaba en química, y ha sido pediatra en Nueva York durante los últimos 25 años, en una consulta donde el inglés es el cuarto idioma más hablado. Hasta la fecha, ha publicado historias de ciencia ficción en Andromeda Spaceways, Ideomancer, Steampunk Immersion Book, entre otros medios especializados.

 

 

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