Patrick Eris
Si hay una imagen
de mi padre que quiero conservar, es esta: inclinado sobre su mesa de dibujo,
con la barba revuelta, los ojos miopes ocultos tras aquellos enormes anteojos
de gruesos cristales y la cabeza calva animada por un ligero movimiento de
vaivén: de arriba abajo, de abajo arriba. A veces, debido a la concentración,
se le arrugaba la frente y la boca se le torcía en una expresión que podía
parecer cómica.
Para mí no lo era. Yo observaba
fascinada aquellos signos precursores, la calma antes de la tormenta.
De pronto se animaba, como un
autómata de feria al que acabaran de poner en funcionamiento. Y dibujaba, con
la frente cubierta de sudor; dibujaba con grandes ademanes, en un ballet sin
música de movimientos bruscos y frenéticos. Y yo no podía hacer otra cosa que
mirarlo una y otra vez, embelesada de admiración.
Cuando mi padre empezaba una de sus
obras, aquel hombrecito calvo se volvía de pronto formidable, un titán
legendario que manejaba el lápiz o el pincel como rayos que surcaban la
tormenta de la creación. Instantes mágicos en los que el arte trasciende la
carne y la belleza subyuga al mundo. Es cierto que, desde la altura de mis seis
años, cualquier adulto era un gigante; pero, a medida que yo crecía, aquellos
momentos privilegiados nunca cambiaban. Mi padre, el Creador, se metamorfoseaba
entonces en un Júpiter surgido de los relatos antiguos que manipulaba los
rayos. Una vez, una sola, tuve la misma impresión al ver a un gran pianista
interpretar una pieza de Chopin de una complejidad asombrosa. Presencié
entonces un enfrentamiento primordial: el hombre contra la materia inerte,
empleando todas sus fuerzas y toda su voluntad para extraer de ella la belleza.
Después llegaba mi momento
preferido. Aquel en que, de pronto, mi padre parpadeaba, se secaba la frente,
tomaba con dedos temblorosos la copa de vino olvidada para beber un sorbo y
advertía mi presencia.
—Ah, ¿estás ahí, hija? —decía,
sonriéndome—. Ya terminé. ¿Quieres verlo?
¡Claro que quería! Entonces me
sentaba sobre sus rodillas –al menos hasta que fui demasiado grande para eso– y
me mostraba su obra.
Mi padre utilizaba toda clase de
técnicas, cuyos nombres a veces me resultaban bárbaros –acrílicos, pasteles,
qué sé yo–, pero su instrumento predilecto seguía siendo el carboncillo. Un
cuadro tardaba demasiado en adquirir su forma ideal; un dibujo al carboncillo
era un torrente de energía bruta extendida sobre el soporte, inmediato e
impetuoso como su inspiración. Cuando trazaba grandes líneas sobre una tela o
sobre su eterno bloc, yo tenía la impresión de que ninguna fuerza del mundo
habría podido impedirle plasmar en el papel aquello que le dictaban su visión o
su musa, como se prefiera.
Mi padre, aquel gigante.
Tenía un sencillo empleo como
maestro de escuela, que desempeñaba lo mejor que podía. Una tarea incesante que
evocaba el mito de Sísifo: cada año terminaba el curso de la misma manera para
volver a empezar al año siguiente, enseñando siempre más o menos las mismas
nociones básicas ante rostros diferentes. En verano le gustaba instalarse
frente al caballete y pintar de una manera más minuciosa y reposada. También me
gustaban sus cuadros, complejos paisajes inspirados en nuestra bella ciudad de
Gante, llena de arabescos góticos, a veces iluminados por tonos pastel
mediterráneos cuando sentía deseos de viajar y de exotismo. Pero creo que solo
cobraba verdadera vida cuando empuñaba el carboncillo para combatir con el
caballete, realizando el trabajo inverso al de un escultor que toma un bloque
de mármol para, según la definición clásica, descubrir la estatua que se oculta
en su interior.
Por desgracia, yo no había heredado
su talento. Y ahora lo comprendo mejor: ¿cómo habría podido compararme con mi
dios tutelar? Ejercía contra mí misma la crueldad que la juventud suele
reservar para los demás, y todos mis intentos me parecían condenados de
antemano. Probé con la escritura, pero, después de tres páginas, por lo general
mi propia prosa me hacía dormir. ¿Concebir una novela? ¡Habría sido como
pretender cruzar el Atlántico a nado! Entonces descubrí las computadoras y,
como tantos introvertidos, me dediqué a la forma de creación que más se
correspondía con mis escasas capacidades: el diseño de sitios de Internet. La
red se convirtió en mi lienzo inmaterial.
Mi padre nunca expuso ni obtuvo
reconocimiento. No sentía la menor inclinación por los honores ni por la vida
social, y padecía un defecto imperdonable en nuestros tiempos: no sabía
promocionarse. Ignoro si aquello le importaba realmente poco, si para él la
felicidad de pintar o hacer bocetos constituía un fin en sí mismo. O quizá
pensara que disponía de todo el tiempo del mundo.
Se equivocaba.
Yo tenía veintidós años cuando
llegó el veredicto: un cáncer fulminante. Creo que tardé todavía más que él en
aceptar la verdad. Después pasé sus últimos días en un estado de rabia y dolor
apenas concebible, vagando entre la niebla de nuestra casa, a la que él nunca
regresaría, y aquella anónima habitación de hospital donde terminarían sus
días. Creo que, si Dios en persona se me hubiera aparecido, le habría escupido
en la cara. En presencia de mi padre procuraba mostrarme animada, pero su valor
me resultaba todavía más doloroso. Porque, hasta su último aliento, hizo todo
lo posible para que yo no careciera de nada. No era rico, ni mucho menos, pero
se aseguró de que todo quedara para mí: nuestra pequeña casa familiar al fondo
de un callejón sombrío y sus escasas inversiones, acumuladas con la paciencia
de una hormiga.
Creo que lo peor fue la primera
noche después de su muerte, cuando regresé a aquella casa, nuestra casa, y solo
me recibió el silencio. Aquel silencio y las preguntas sin respuesta. ¡Yo
apenas tenía veintidós años! Estaba muy lejos de haber comprendido todo sobre
él y, todavía hoy, no dejan de perseguirme los interrogantes. ¿Había sido
feliz? ¿Soñaba con la gloria? ¿Deseaba en secreto otra vida? Nunca lo sabré.
Y yo, tan insignificante, ¿qué
podría hacer sin él?
Lo enterramos discretamente en el
cementerio de Campo Santo, en Gante. Fue una ceremonia sencilla, a la que
asistieron sus amigos maestros e incluso algunos de sus alumnos. Hacía buen
tiempo. Lloramos por él. Y regresé a aquella casa silenciosa, habitada
únicamente por los fantasmas del pasado.
La continuación ya la conocen.
Hice lo único que estaba a mi
alcance para honrar su memoria. Creé este sitio, el mismo sitio que, si están
leyendo estas líneas, sin duda conocen. Una extraña catarsis que me proporcionó
momentos de absoluta desesperación al recordar aquellas manos mágicas
afanándose sobre el papel. Precisamente mientras le rendía homenaje, su
ausencia se volvía todavía más dolorosa.
Píxel a píxel, escaneé todo con la
mayor resolución posible. Cada cuadro, cada boceto, incluso los garabatos
hechos sobre un mantel de papel de un restaurante mientras esperábamos una
pizza; mantel que yo había arrancado para conservar el retrato, de un realismo
conmovedor, de una desconocida sentada en la mesa de al lado.
¿Fue una obra catártica? Tal vez.
Llevar a cabo aquel trabajo me produjo más sufrimiento que alegría y, sin
embargo, en ningún momento pensé en abandonarlo. Tenía que hacerlo, impulsada
por la misma pasión que animaba a mi padre, mi héroe. Después lo publiqué todo
en Internet, acompañado por una fotografía y unos pocos datos biográficos.
Y, como ustedes saben, Willy Van De
Waere fue uno de esos descubrimientos póstumos de los que existen tantos. No
llegó a convertirse en el Van Gogh de Gante ni en el favorito de los grandes
salones, pero hubo suficientes personas capaces de apreciar su trabajo, de
firmar el libro de visitas o de debatir sobre él en el foro que abrí a pedido
de todos. Algunos incluso quisieron comprar sus cuadros, pero me negué. ¿Qué
importancia tenía el dinero? Aquellas obras eran todo lo que me quedaba de él.
Cuando mi propia vida termine, su obra completa pasará a la ciudad con la
esperanza de que algún día se convierta en un museo. Acepté organizar una
exposición en París, pero fui tan exigente con las condiciones que creo que la
directora de la galería terminó arrepintiéndose de haberme hecho la propuesta.
Una parte de la élite parisina
acudió a ver sus obras. También los críticos. No sentí la menor necesidad de
leer lo que escribieron.
Apenas empezaba a aceptar su
pérdida cuando comenzaron a aparecer nuevos dibujos.
El primero fue un carboncillo –por
supuesto– que representaba a una gitana bailando flamenco, con aquel movimiento
fluido, aquella silueta esbelta y aquella cascada de cabellos desdibujada por
el movimiento, tan característica del trazo de mi padre. Y luego aparecieron
otros.
Por fortuna, Van De Waere no era lo
bastante famoso como para que alguien pensara en una falsificación o en una de
esas polémicas que tanto fascinan al mundo del arte. En el libro de visitas y
luego en la red de contactos que había creado en distintas plataformas
sociales, todos celebraban que el humilde maestro de escuela de Gante hubiera
dejado discípulos. Se analizaba la perfección de la imitación, la forma más
sincera de la admiración. Incluso llegaron a sugerir que aquellos dibujos
podían ser obra mía.
¡Qué disparate!
Como a todo el mundo, aquellas
extrañas apariciones me intrigaban. No; más aún. Porque yo, que administraba
aquel espacio donde sobrevivía la obra de mi padre, estaba en la mejor posición
para saber que no había sido yo quien había subido aquellos dibujos. Ni yo ni
ninguna otra persona. Revisé todos los datos, hice todas las comprobaciones
imaginables, y nunca encontré nada: ni la intrusión de un pirata informático,
ni el robo de mis contraseñas. Aquellos dibujos, realizados con el estilo de mi
padre, simplemente aparecían en el sitio que le estaba dedicado.
Nadie los publicaba. Simplemente
estaban allí, y yo los descubría con la misma sorpresa que los aficionados al
arte que nos visitaban. Llegué incluso a esperarlos.
Lo sé. Muchos me tomarán por loca,
sobre todo porque no creo ni en Dios ni en el diablo y, mucho menos, en los
fantasmas. Pero, como decía Sherlock Holmes, cuando se eliminan todas las
explicaciones racionales...
Porque reconocí aquellos dibujos. Volví
a ver escenas de mi infancia. Aquella gitana la habíamos admirado durante un
concierto de música gitana cerca de Villeneuve-d'Ascq cuando yo tenía ocho
años, y me hizo decidir en el acto que, de mayor, sería bailarina, con una
abundante cabellera negra y brillante y un enorme aro dorado en la oreja.
Aquella estatua era el pequeño jade
que durante mucho tiempo había permanecido sobre mi mesa de noche, hasta que lo
rompí con un movimiento torpe.
¿Y aquellos caballos fogosos? ¿Qué
niña no sueña con caballos?
Creo que ya comprenden adónde
quiero llegar. Sí. No existe otra explicación. Es mi padre, mi querido padre,
quien necesariamente está detrás de esos dibujos, inspirados en nuestro pasado
compartido, antes de que me fuera arrebatado con tanta crueldad.
¿Cómo puede mantener algún tipo de
contacto con un símbolo de la modernidad como Internet, él, que apenas sabía
encender una computadora? No lo sé. Pero lo que sí creo, y lo que por fin me
permitió volver a dormir, es que él, que hasta su último aliento solo se
preocupó por el bienestar de su hija; él, que nunca pidió a la vida nada más
que poder dibujar a mi lado, encontró este medio para decirme que nada había
terminado.
Que allí, en algún lugar, en algún
abismo más allá de la muerte –un paraíso, un limbo, qué sé yo–, sigue siendo
exactamente como lo imagino todavía hoy: oculto detrás de sus gruesos anteojos,
con la cabeza calva cubierta de sudor, la barba revuelta, luchando contra la
materia, impulsado por un fervor creador imposible de extinguir.
Y cuando termina, advierte mi
presencia, me sonríe y me dice:
—Ah, ¿estás ahí? Ya terminé.
¿Quieres verlo?
Gracias, papá.
Gracias, de todo corazón.
Patrick Eris, uno de los nombres que
utiliza Thomas Bauduret para publicar sus obras, nació en París el 22 de
octubre de 1963. Trabaja como traductor profesional. En 2007, tradujo y publicó
en Francia la novela Stone Baby de su amigo Joolz Denby,
y se convirtió en coeditor de Éditions Malpertuis. Ha publicado una docena de novelas, entre las que
se destacan Born killer, 1996; Une balle dans l'esthète, 1997; Rush,
1997; La Première Mort, 2003; L'Autobus de minuit, 2001; Fils
de la haine, 2005; Ceux qui grattent la terre, 2016; Les Arbres,
en hiver, 2016; Quelques grammes de brutes dans un monde de finesse,
2019 y Dans la nuit du monde, 2024, así como tres colecciones de cuentos:
Docteur Jeep, 2011 Histoires vraies sur les rails, 2012 y Le
Seigneur des mouches, 2020.

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