Finn Audenaert
Incluso el detector
de humo se había dado por vencido. Marc se despertó sobresaltado por el
repentino silencio. Desde hacía cuatro días, un pitido persistente resonaba por
toda la casa, señal de que había que cambiarle la batería a aquel maldito
aparato. El detector estaba instalado a una altura imposible en el hueco de la
escalera, junto a la puerta de su dormitorio, que daba directamente a los
peldaños, pero justo fuera de su alcance. Eso era lo que pasaba cuando
contratabas profesionales para instalar algo: siempre elegían el lugar más
lógico… lógico mientras el aparato funcionara. Marc tenía una escalera de mano,
por supuesto, pero no tenía ganas de usarla. Además, sufría un poco de vértigo,
aunque solo en sus mejores días se atrevía a admitirlo. En cualquier caso,
¿para qué seguir invirtiendo tiempo y energía en una casa que ya no sentía como
su hogar?
Era un sonido maligno y estridente.
Cada minuto desgarraba el silencio como un chacal. Sin embargo, se había
acostumbrado. Ahora reinaba un silencio absoluto. Inquieto, Marc se incorporó
en la cama. Las cosas terminaban tan inesperadamente como empezaban. Eso no le
gustaba. Marc era más bien un hombre de planes.
Había sido Karen. Al fin y al cabo,
¿qué no era culpa de ella? Aquella loca había encontrado la manera de acabar
con el pitido. En realidad, debería estar contento. Pero no quería a su mujer
cerca de su dormitorio. Oh, Dios. Ahora ya no conseguiría volver a dormirse.
Uno aprendía a convivir con un pitido –también decían eso del tinnitus,
pensó– y, al cabo de un tiempo, dormía a pesar del ruido. Era como los trenes
que pasaban cerca –la casa donde se había criado– o las campanas que sonaban a
horas imposibles de la madrugada, como la residencia estudiantil que había
compartido con otros cuatro. Uno se acostumbra, filtra el sonido hasta dejar de
oírlo. Con Karen no ocurría lo mismo: a ella no había manera de filtrarla.
¿Estaría en casa esa noche? Tenía que estar. De lo contrario, ¿cómo habría
desactivado el detector de humo?
No eran horas para complicados
ejercicios mentales. Marc echó un vistazo al radiodespertador. Las 4:44, sin
duda la hora más estúpida de la noche. ¡Gracias, Jay-Z! Aquel rapero entrado en
años tenía un álbum que se llamaba así. Las 4:44 era el momento exacto en que
el tipo se despertaba entre sus costosas sábanas Gucci y se sentía culpable por
haber engañado a su mujer. Menuda explicación de mierda; hoy en día cualquier
excusa servía para colgarle un título a un álbum. Y su Beyoncé no era mucho
mejor. Había exprimido toda aquella miseria hasta sacarle un montón de
canciones lacrimógenas. Marc soltó una risita involuntaria y pulsó algunos
botones del radiodespertador, simplemente para oír algún sonido. Sonaron unos
compases de música clásica. Puaj, ¡confesiones! Al final, ese Jay-Z no era más
que un pequeño burgués que quería llegar dignamente a la vejez. Hablaba de sus
«sentimientos», de «hacer las paces» y cosas así. Marc jamás confesaría a Karen
sus infidelidades. Él no participaba de esas modernidades de moda. A los
cuarenta y siete años uno ya no cambia, qué va. Después de escucharlo dos
veces, había tirado a la basura aquel ridículo disco de arrepentimiento. Desde
entonces escuchaba música por streaming, solo por llevar la contraria.
Karen era como Beyoncé, pensó
mientras intentaba en vano aliviarse la picazón del cuero cabelludo. Era menos
hermosa, por supuesto –quién no–, pero tenía unos… talentos igual de grandes.
Cuando se conocieron, Karen había sido la chica más bonita del pueblo. Claro
que era un pueblo, ni siquiera llegaba a municipio. Marc, en cambio, era muy
consciente de que había tenido que valerse de su labia y sus artimañas. Y las
había perfeccionado a lo largo de los años. Bah, Beyoncé, la idiota
benefactora. A ella la habían engañado, a Karen también. Nadie estaba a salvo;
eso reconfortaba a Marc.
—¿Por qué engañarías a tu mujer
teniendo al lado a una preciosidad como Karen? —le había preguntado muchos años
atrás Jerry, su compañero de copas.
Estaba claro: por entonces Jerry
todavía era virgen o, al menos, virgen en materia de relaciones, como decían
entre sus amigos. ¿Por qué los hombres engañaban a las mujeres? ¿Y viceversa?
Desde luego, no tenía nada que ver con que tu pareja fuera hermosa o fea. Ah,
sí, Jerry. Ahora estaba de vacaciones en Tailandia. Marc prefería no conocer
los detalles.
Bostezó, salió trabajosamente de la
cama, arrastró los pies hasta la puerta y descorrió el pestillo. Comenzaba la
larga expedición hacia la planta baja. La luz del hueco de la escalera no
funcionaba. Tampoco era ninguna sorpresa. Bajó en la oscuridad la interminable
sucesión de escalones.
Cuando Karen y Marc compraron la
casa, él se había lanzado a reformarla con un entusiasmo ilimitado. No le había
importado que la vivienda fuera demasiado grande para un hombre que solo
disparaba balas de fogueo. En aquellos tiempos se habría reído a carcajadas
ante un detector de humo rebelde o un par de lámparas estropeadas. ¡Ni siquiera
eran verdaderas reparaciones! Eso había sido antes de que Karen destrozara su
Mercedes AMG GT Black Series y el airbag le hiciera polvo la cabeza; solamente
la cabeza, por desgracia.
—Imposible —habían afirmado en
Mercedes—. En un accidente así, eso sencillamente no puede ocurrir.
Precisamente el airbag está para protegerte.
La aseguradora de Marc no había
tardado en ceder ante el fabricante del automóvil. Así que nada de
indemnización por la cabeza destrozada de su mujer. No es que a Marc le
importara. Tampoco se trataba de eso.
Entretanto había llegado a la
planta baja. Tenía un poco dormido el pie izquierdo. Por lo menos algo de
su miserable cuerpo conseguía dormir. Él todavía estaba bastante cansado por el
tango horizontal que había bailado con Marieke anteayer, durante una agradable
pausa para almorzar. Y aunque lograba dormir pese al pitido persistente, sin
duda aquel ruido afectaba la calidad de su descanso nocturno. Entró renqueando
en la cocina y abrió el refrigerador. La luz del interior parpadeó. Todo en
aquella casa estaba dejando de funcionar. Suspiró resignado y sacó un frasco de
mermelada de ciruela. No se atrevió a encender los focos de la cocina. Abrió a
tientas un armario bajo y sacó una hogaza de pan. Ah, sí, un cuchillo. Volvió a
bostezar. Sospechaba que Karen estaba en la sala, en el sofá. Podía olerla, a
la loca de Karen con su estúpida cabeza. Cerró con cuidado la puerta entre la
cocina y la sala, y solo entonces encendió los focos –¡eh, esos todavía
funcionaban!– y sacó de un cajón un cuchillo procurando no hacer ruido.
Mecánicamente untó una rebanada de pan y se la comió de pie junto a la
encimera. El pantalón del pijama se le había deslizado hasta dejarle medio
trasero al aire. Mientras Karen engordaba, él estaba a dieta para mantener
intactas sus posibilidades con las mujeres.
Excepto esa noche. Marc no había
llegado al cuarto bocado cuando se abrió la puerta. Mierda.
—¡Manipulaste los frenos, hijo de
puta! —espetó ella sin preámbulos—. Admítelo, Marc.
La voz aguda de la loca de Karen
era algo a lo que uno nunca se acostumbraba. Salió de la sala y avanzó hacia él
con paso decidido. Mierda, debería haber sabido que no convenía encender los
focos –la puerta de la cocina tenía un pequeño panel de vidrio–, pero el hambre
lo había vuelto imprudente. Marc tragó con dificultad y la miró con los ojos
muy abiertos. Durante los últimos meses Karen había llamado muchas veces a la
policía. ¡Marc había manipulado los frenos del automóvil! ¡Marc había puesto
sustancias venenosas en su sopa! ¡Marc había untado jabón en el umbral de la
puerta de entrada! En resumen, Marc quería matarla. Innumerables veces los
representantes de la ley habían llamado a su puerta. Hasta que también los
policías comprendieron que aquella mujer estaba loca.
—¡Di algo, asesino! —chilló ella.
Marc negó con la cabeza y
retrocedió un paso. El cabello de Karen estaba grasiento y pegajoso, observó
con desagrado. Su camisón tenía manchas amarillas. Por lo menos podía cuidarse
un poco. Al fin y al cabo, seguía siendo su mujer. ¿Qué pensaría la gente del
pueblo de él, que soportaba resignadamente convivir con semejante esperpento?
Desde el accidente de automóvil,
Karen dormía en el sofá, lo más lejos posible de él. A Marc no le molestaba.
Podía mantenerse bien alejada. El cuchillo de carnicero sobre la mesita de la
sala le gustaba bastante menos.
—Es para protegerme de los ladrones
y, sobre todo, de ti, hijo de puta —le había dicho ella más de una vez.
Que el detector de humo fallara y
emitiera cada pocas semanas aquel desagradable pitido de advertencia no le
preocupaba, le había espetado en cierta ocasión. Era mejor permanecer despierta
por las noches que acabar con el cuello cortado por su propio cuchillo de
carnicero. Estaba como una cabra. Con aquella mujer no se podía razonar.
Por otra parte, siguiendo esa
lógica, Karen no podía tener nada que ver con la desaparición del pitido. Marc
sintió que comenzaba a dolerle la cabeza. Se masajeó ostentosamente las sienes.
A la débil luz de la farola de la
calle vio brillar el cuchillo de carnicero sobre la mesita de la sala. Tenía
que elegir entre un hambre feroz y conservar el pellejo. Su estómago gruñendo
ganó aquella batalla. Se arriesgó a dar otro bocado y masculló algo, con una
miga de pan pegada a la comisura. Sonó más o menos como:
—Mañana temprano. Tengo que
trabajar.
Era demasiado pedir siquiera
imaginar que Karen pudiera responder a una observación tan práctica. Le clavó
un dedo en el pecho.
—¡Mi marido, el aseeeesino!
En materia de variedad, su esposa
no era precisamente una especialista. Marc le hizo una mueca. Pretendía ser una
sonrisa. Alrededor de las 5:02 de la madrugada era mucho pedirles a sus
músculos faciales.
Sería mejor volver a buscar la
tranquilidad del dormitorio, decidió Marc. Aquella noche simplemente había
tenido mala suerte. Su media naranja se había quedado en casa. Karen entraba y
salía cuando se le antojaba. De día o de noche, le daba igual. A menudo vagaba
por el barrio con un montón de fotocopias bajo el brazo. Llevaban una
fotografía de Marc –naturalmente, había elegido una en la que parecía
particularmente desaliñado– seguida de un montón de acusaciones. Marc conocía
demasiado bien aquellas hojas. A veces Karen las deslizaba de noche por debajo
de la puerta de su dormitorio. Brrr. Llevaba un tiempo pensando en colocar un
segundo pestillo en la puerta de arriba. Pero nunca pasaba de pensarlo: carecía
de energía para ese tipo de cosas.
Guardó el pan en el armario con
cierta reticencia. Su estómago protestó.
—Mañana hablaremos, cariño.
—¡Voy a buscar mi cuchillo de
carnicero! —gritó ella.
Por suerte, nunca lo había hecho.
El cuchillo siempre había permanecido inmóvil sobre la mesita. Pero Marc
sospechaba que algún día sería diferente.
Asintió.
—Intenta dormir un poco.
Mientras subía la escalera, intentó
recordar qué había salido mal con los frenos del automóvil en aquella época.
Efectivamente, no habían funcionado, pero en el momento equivocado. Había
salido a hacer una prueba después de dedicar una de sus creativas sesiones en
la intimidad del garaje a trabajar en el coche –nadie había acusado jamás a
Marc de ser demasiado inteligente; los comentarios de sus boletines escolares
repetían invariablemente «primero piensa y después actúa, pequeño Marc»– y en
un cruce cercano a su casa había estado a punto de chocar contra un camión. Los
frenos habían funcionado perfectamente en su propósito de no funcionar. El
susto había sido tan grande que decidió reajustarlos un poco. Tampoco convenía
que todo resultara demasiado evidente.
Dos horas más tarde Karen, aquella
Karen de la que estaba tan harto, la Beyoncé venida a menos, la… bah, qué más
daba, su Karen, había salido a hacer unas compras. Y se había estrellado
de lleno contra un árbol. La investigación del accidente no había encontrado
nada fuera de lo normal. El airbag había funcionado perfectamente –en eso Marc
discrepaba de la opinión del experto– y los frenos también. Karen,
sencillamente, no había pensado en frenar.
Sí, el airbag. Se había olvidado de
hacer algo con él. Aunque tampoco habría sabido cómo manipularlo sin que nadie
se diera cuenta, comprendió después. Y ahora estaba atrapado con una versión
todavía más irritante de su esposa.
Quizá fuera por el somnífero que
mezclaba diariamente con la leche chocolatada de Karen, pensó Marc a mitad de
la escalera, justo cuando el detector de humo reanudó inesperadamente su
estrépito, implacable pero extraordinariamente bienvenido, cuatro metros por
encima de su cabeza.
PIIP.
Quizá Karen hubiera comenzado a
adormecerse mientras conducía. Normalmente toleraba perfectamente aquella
dosis. Se la daba para que sus quejas resultaran un poco más soportables.
¡Dios, cómo echaba de menos los tiempos casi despreocupados anteriores al accidente!
Si hubiera sabido que iba a empeorarlo todo de aquella manera…
Marc cerró con llave la puerta del
dormitorio y se tendió en la cama.
PIIP.
Las listas de espera de los
hospitales psiquiátricos eran largas. Solo se podía internar a un paciente
cuando representaba un peligro inmediato para sí mismo o para los demás. Hoy en
día, un vulgar cuchillo de carnicero sobre una mesita ya no bastaba. ¿En qué
clase de país vivimos?, se preguntó Marc mientras golpeaba impotente el colchón
con el puño. ¿Cómo era posible que los enfermos no terminaran en el lugar que
les correspondía?
¡Clang, clang, clang!
Abajo se desató un ruido infernal.
Marc conocía demasiado bien aquel sonido. Karen revolvía frenéticamente con sus
garras el cajón de los cubiertos. Sacaba todos los cuchillos, los ordenaba
desde el menos peligroso hasta el más peligroso y luego hacía lo mismo con los
tenedores e incluso con las cucharas. Después volvía a meterlo todo en el cajón
haciendo el mayor ruido posible. A veces también lo dejaba todo sobre la
encimera, como un gigantesco dedo medio levantado. Aquella mujer estaba
completamente loca.
El PIIP del detector de humo
sonó tranquilizador y por un instante ahogó el estrépito de abajo. Los
pensamientos de Marc se desviaron hacia la nueva vecina de enfrente. Metió una
mano en el pantalón del pijama. Tendría unos veinticinco años y estaba
realmente buena. Se llamaba Bailey. No es que su nombre importara. En cualquier
caso, él sentía un interés sincero por ella. Por desgracia, era difícil seducir
mujeres teniendo a una loca pisándote constantemente los talones.
Ya no podía preparar sopa. Karen
solo comía fuera de casa. Quizá debería volver a intentarlo con el umbral
enjabonado. Hoy en día el jabón líquido era tan transparente que apenas se
veía. Alguna vez tendría que funcionar. Aunque solo consiguiera mandarla cuatro
meses al hospital. Sí, todavía podía reunir fuerzas para aquella pequeña tarea.
Con ese plan en mente, Marc se quedó plácidamente dormido.

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